Krzyzanowski y su codo sin morder

[Como supe que había sido “baneado” del blog de Daniel Espinar cuando ya había escrito este post, y como aún guardo las claves de acceso, he resuelto hackear Miedo a la Literatura publicando mi post de forma abiertamente intrusiva; porque la causa lo merecía; porque soy un escritor blogless que no tiene donde postear; porque me gusta este tipo de apariciones trasnochadas y ver la cara que pone Dionys (aunque no pueda verla en este momento). Copio y pego mi post intrusivo y terriblemente largo ahora que lo veo en borrador:]

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Sigismund Krzyzanowski no vio publicada ninguna de sus obras en vida. Alguna vez estuvo a punto. Pero su obra no vio la luz hasta cuatro décadas después de su muerte, sólo de manera parcial y, por lo demás, con escasa repercusión hasta la fecha en Rusia. Y ello, además de ser el resultado de una serie de contingencias y dificultades coyunturales, es, sobre todo, la realización paulatina y la culminación final de una toda una poética, la poética de su propia inexistencia como autor.

Nacido en 1887, de origen polaco y ucraniano, Krzyzanowski hizo de Moscú el escenario de su acuciante invisibilidad y del ruso la lengua adoptiva de su penosa inexistencia literaria.

No fue la invisibilidad, sin embargo, una elección o una postura, o al menos no lo fue de forma expresa. Intentó publicar en numerosas ocasiones, pero como para poner a prueba una y otra vez lo que ya sabía, como si con cada intento fallido jugara a cerciorarse de una coherencia apabullante en su destino como escritor. Así hasta caer en una definitiva inopia, sepultado en su  “caja de cerillas” de 8 metros cuadrados, bajo el frío y la desmemoria de Moscú.

El hueco de Krzyzanowski

Este año, la editorial Siruela ha dado el primer paso para la difusión en España de Sigismund Krzyzanowski, con el volumen de relatos “La nieve roja y otros relatos”, a cargo de Jesús García Gabaldón, con un prólogo que podría ser perfectamente el relato borgiano en torno a un autor apócrifo marcado en obra y en vida por una variedad especial de la paradoja. Desde 2001, la editorial Symposium intenta reconstruir el papel de Krzyzanowski en la historia de la literatura rusa, para llenar un hueco que, bien mirado, nunca existió. Porque Krzyzanowski había descartado su tiempo. Su escritura, en todo caso, sólo se dirigía a un futuro lejano e improbable. “No me llevo bien con el tiempo presente”, escribió, “pero la eternidad me ama”. No en vano, la primera obra de Krzyzanowski que salió del cajón para ser editado en la URSS, ya en tiempos de la Glasnost de Gorvachov, fue un conjunto de cuentos titulado Recuerdos del futuro.

En su prólogo a “La nieve roja y otros relatos”, García Gabaldón va desgranando los diferentes títulos que fueron saliendo de la pluma de Krzyzanowski a lo largo de cuarenta años. Y esos títulos, que están dotados de cierta pregnancia borgiana, tienen la facultad de sugerir y encerrar en sí mismos lo que parece tan sólo una posibilidad irrealizada. Pero lo terrible es que esos títulos pertenecen a obras reales. Y lo más terrible es que no son precisamente pocas, sino medio centenar, en diversos campos: ensayo, poesía, novela, narrativa breve, teatro, cine e incluso ópera.

Lo queda claro por el prólogo es que Krzyzanowski no es un autor menor rescatado de manera anecdótica y vuelto a traspapelar en el archivo de las curiosidades literarias. Krzyzanowski es un autor mayor, con una prosa de gran calado, una enorme vocación filosófica y un instinto universalista perfectamente comparable, aunque salvando ciertas distancias, con el de Borges.

Leer a Krzyzanowski es un déjà vu constante. Porque en él encontramos muchas de las construcciones metaliterarias (aunque coincidamos en que la metaliteratura no existe) que se generalizaron en la segunda mitad del siglo XX. De hecho, no sería muy atrevido considerar a Krzyzanowski un Italo Calvino eslavo. O, a ratos, mediante ese juego sincrético-algorímico que tanto nos gusta, la suma de Swift, Calvino, Borges y Gombrowicz dividida por Kafka. Del primero, reconocemos cierto ascendente satírico-humanista. Del segundo, una maravillosa propensión al pitorreo bibliográfico. Del tercero (avant-la-letre), la presencia constante del lector como sujeto del relato en ese juego de espejos metaliterario. Del cuarto, un cierto humorismo de cuño polaco. Y del quinto elemento que completa el algoritmo, una cierta propensión a la alegoría, aunque poco más, a decir verdad. [Porque a Kafka, pese a su manoseo constante como comodín, casi siempre es preferible echarle de comer aparte.]

Así nace un autor inexistente

He aquí, según del prólogo a La nieve roja y otros relatos, la perfecta secuencia de desplantes que pudo anular y relegar al olvido a un autor de la talla de Krzyzanowski.

1) En 1925, la editorial Dennitsa se propone publicar Cuentos para niños prodigio y Autobiografía de un cadáver. La editorial se declara en quiebra y el proyecto queda abortado.
2) Entre 1927 y 1928, intenta publicar dos novelas en la editorial Zemlja i Fabrika, que termina rechazándolas.
3) A finales de 1928, intenta publicar en una cooperativa de escritores independientes dos selecciones de cuentos: El coleccionista de fisuras y El club de los asesinos de letras, que no logran pasar el filtro de la censura.
4) En 1930, escribe el guión de La fiesta de San Jorge, dirigida por Protazanov con cierto éxito y en cuyos créditos el nombre de Krzyzanowski brilla por su ausencia.
5) En 1932, todas las editoriales privadas son clausuradas por el régimen soviético. Dos amigos de Krzyzanowski, con la mejor de las intenciones, solicitan la intercesión de Gorki. El informe de éste sobre Krzyzanowski concluye así:

“Me parece que en nuestros trágicos días […] la vanilocuencia maliciosa está fuera de lugar, incluso en el caso de que sea sincera. […] La mayoría de la gente no entiende de filosofía. […] Por eso pienso que las obras del ciudadano Krzyzanowski difícilmente encontrarán un editor, y si lo encuentran, entonces, sin duda, deformarán algunos jóvenes cerebros, y esto último, ¿acaso hace falta?”

6) En 1933 escribe el guión de El nuevo Gulliver, dirigida con gran éxito por Alexander Ptushko. El nombre de Krzyzanowski sigue sin aparecer en los créditos.

7) En 1939, tras una serie de desplantes en el ámbito teatral, parece que la Unión de Escritores se decide a publicar sus Relatos de Occidente. Pero un mes antes del imprimátur, el ejército alemán invade la Unión Soviética, y las esperanzas de Krzyzanowski se esfuman definitivamente, hasta su muerte en 1950.

El hombre que intentó morderse el codo en pleno realismo socialista

Uno de los relatos que se recogen en La nieve roja y otros relatos cuenta la historia del sujeto número 11.111. El núm 11.111 de una encuesta a los suscriptores de la, así llamada, Revista Mensual. A la pregunta por sus aspiraciones vitales, el núm. 11.111 responde que su meta es llegar a morderse el codo. Esta postura, amplificada por el pensador anti-kantiano Kint, que encuentra en el número 11.111 la demostración de sus nuevos postulados gnoseológicos, da pie a un debate filosófico de gran alcance y, posteriormente a un nuevo paradigma sociológico y económico en el que la estabilidad geopolítica global depende de la cercanía, creciente o decreciente, entre la boca y el codo del núm. 11.111.

El núm. 11.111 había decidido llegar hasta el final, y morderse el codo. Sus posibilidades son comparables a las que tenía Krzyzanowski de ver publicada su obra en la Rusia soviética, en pleno realismo socialista.

Quizá el error de Krzyzanowski fue trasladarse a Moscú. Quizá no debió construir su obra en ruso y en  Rusia. ¿Le habría ido mejor escribiendo, por ejemplo, en polaco? Hay algo en su literatura que uno no consigue conciliar de ningún modo con el espíritu de la literatura rusa de su época. Algo chirría. Un tipo con esa literatura, con esa jeta (véase la solapa de la edición de Siruela), no pintaba demasiado, definitivamente, en una literatura anquilosada en el realismo social.

Su literatura metaliteraria  y satírica no pintaba nada en una época y en un lugar dominados por la afectación y las grandes palabras. Gorki, con su informe difamatorio contra Krzyzanowski, negaba tozudamente, hasta nueva orden, cualquier presencia de lo experimental, de lo fantástico, en el debate literario de su época.

Uno se pregunta cómo es posible reconstruir el papel en la historia de la literatura de un autor inexistente como Krzyzanowski. La crítica literaria quizá pueda operar como aquella máquina de Stanislav Lem en Un valor imaginario, que detectaba las lagunas de lo no-escrito y conseguía simular su posibilidad mediante un proceso de interpolación geométrica. En este caso, claro, solo bastaría con desempolvar el archivo, del que, por cierto, aún queda una parte sin publicar en Rusia.

Con este post intrusivo en Miedo a la Literatura, en fin de cuentas, uno sólo pretende lanzar el nombre de Krzyzanowski a los mares de la indexación de Google. Egoístamente, con la esperanza de que un creciente boca a boca anime Siruela (o a Impedimenta, puestos a pedir) a dar continuidad a su proyecto de rescate de un maravilloso autor inexistente que debe regresar de un futuro improbable para llenar su hueco.

[Anímate, Dionys; ¡muy pronto dejaré de ser blogless!]