Como si David Foster Wallace fuera mi amigo

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Hace unos meses, con motivo del no sé cuántos aniversario del suicido de David Foster Wallace, la revista malagueña Manual de uso cultural supuso que yo estaría capacitado para decir algo mínimamente interesante o revelador sobre DFW por el simple hecho de que es uno de mis autores predilectos y me pidió que escribiera un artículo al respecto. No sé si la idea de que hiciera un breve recorrido a través de su obra fue mía o de la revista, pero el título pomposo, autoparódico y efectista está más que claro que se me ocurrió a mí y que fue el desencadenante de lo que se desarrollaría a continuación. Si quieren leerlo en su totalidad, este es el enlace, si prefieren que lo limitemos a unas cuantas referencias necesarias para las posteriores disertaciones de esta reseña, sigan leyendo y hagan caso omiso al hipertexto. A la hora de abordar un artículo sobre las obras completas de DFW me topé con un hándicap evidente pero no por ello insoslayable: a saber, no he leído todos sus libros publicados en español. Mi estrategia, como podrán suponer, fue la de incidir en las obras que conozco bien y pasar de puntillas, apoyándome en obviedades o en datos que había leído previamente en alguna parte, sobre la bibliografía fosterwalliana que aún me quedaba por leer. El libro de ensayos y opiniones Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer pertenecía a este segundo grupo que me haría caer en una suerte de vergüenza o al menos pudor intelectual si mi ego estuviera capacitado para caer en semejantes pozos. Sobre él -y sobre Hablemos de langostas– dije lo siguiente:

Si, en cambio, le apetece variar el tono, sepa que DFW puede ofrecerle otras experiencias distintas, como sus artículos y ensayos, en donde nuestro autor es enviado por varias revistas a diversos eventos para que escriba sobre ellos. Los resultados serán prodigiosos, llenos de ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad; por lo que en ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ y en ‘Hablemos de langostas’ usted podrá disfrutar de una serie de ejercicios periodísticos ideados en las antípodas del periodismo.

No se preocupen. No sientan agitación si acaso leyeron aquel artículo en su momento y fueron corriendo a su librería de confianza a por un ejemplar de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Lo hicieron muy bien porque a) DFW siempre es ir sobre seguro y b) acerté de lleno en lo que me atreví a decir acerca de esta obra. Encontrarán, tal como les prometí un tanto a ciegas en aquella ocasión pero anticipando a DFW como si ya me hubiera tomado muchas cervezas con él, “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”, así como unos “resultados prodigiosos”. Y es ahora cuando he de suponer que ustedes estarán esperando una prueba fehaciente de mi vaticinio. Quizá este fragmento podrá aplacar esa ceja alzada que mantienen desde hace varias líneas:

[…] Un porquerizo despierta de una patada a una cerda para añadir más serrín a su corral. La Compañera Nativa [amiga oriunda de DFW que lo acompaña a la feria de ganado] deja escapar un gemido de dolor. Está claro que hay exactamente dos partidario de los Derechos de los Animales en este establo. Los dos podemos apreciar una especie de pericia huraña e insensible en los profesionales agrícolas de por aquí. Un ejemplo perfecto de alienación de la tierra entendida como factoría, postulo. Pero ¿por qué tomarse la molestia de criar, entrenar y cuidar un animal de características especiales y traerlo a la Feria Estatal de Illinois si no te importa un comino?

Luego se me ocurre que ayer comí tocino y hoy ya tengo ganas de comerme mi primera salchicha rebozada de maíz de la Feria. Estoy aquí de pie retorciéndome las manos por culpa de un cerdo angustiado y luego me voy a zampar una salchicha rebozada. Por esta razón me resisto a ir corriendo a buscar a un cuidador de cerdos y pedirle que aplique reanimación de emergencia a este Hampshire agonizante. Me imagino cómo me iba a mirar el granjero.

No es nada profundo, pero en medio de los chillidos y jadeos del cerdo me llama la atención el hecho de que estos profesionales agrícolas no ven a sus animales como mascotas ni como amigos. Lo único que les preocupa es el rollo agrícola del peso y la carne. No sienten ninguna conexión ni siquiera en esta ocasión Especial autoconsciente para sentirla. ¿Y por qué no habría de ser así? Aunque estén en la Feria, sus productos continúan babeando, oliendo mal, tragándose sus propios excrementos y chillando, y el trabajo no se detiene. Me imagino lo que estos profesionales agrícolas deben de pensar de los que estamos aquí haciéndoles arrumacos a los cerdos: los visitantes de la Feria no tenemos que ocuparnos de criar y alimentar nuestra carne. Nuestra carne simplemente se materializa en el puesto de salchichas rebozadas, permitiéndonos separar nuestros apetitos saludables del pelo, los chillidos y los ojos en blanco. Los turistas nos podemos permitir nuestra simpatía por los Derechos de los Animales con las barrigas llenas de tocino. No sé qué sentido de la ironía deben de tener estos granjeros huraños, pero el mío se me ha curtido en la Costa Este y en este Establo Porcino me siento como un gilipollas.

He de reconocer que jamás me he tomado una cerveza con David Foster Wallace. Tampoco hemos salido a pasear juntos ni hemos sido compañeros en clases de yoga, cocina o cualquier otra actividad semanal que nos haga sentirnos mejores personas. De hecho, solamente lo conozco por sus libros. No obstante, siempre lo he tratado con cierta familiaridad, porque me recuerda, en muchas ocasiones, a un par de amigos míos muy queridos, que no voy a sacar a colación por no ruborizar a nadie innecesariamente. Esto no me da para escribir una tesis sobre DFW, pero sí para creerme con derecho a poner la mano en el fuego por él.

Y bien, después de haber leído Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, puedo tirarme al charco sin miedo y decirles que, en todo caso, me quedé corto cuando mencioné aquello de la “ironía, inteligencia y la más hilarante crueldad”. DFW es sarcástico y corrosivo, pero sin aspavientos que lo hagan parecer ridículo, es lúcido y brillante y, para colmo, es un cabroncete con mucha gracia. Además, con DFW he aprendido cosas. Incluso me atrevería a decir que he aprendido cosas prácticas, por ejemplo, he aprendido algo acerca de cómo funcionan los torneos de tenis profesional; he aprendido que Carretera perdida es la película que estaba catalogada en mi memoria como Terciopelo azul, ambas de David Lynch, y he podido poner remedio a semejante confusión este fin de semana; he aprendido por qué diantres tanta gente ve tanta mierda en televisión; he aprendido por qué no acepté, hace unos años, la invitación de mis padres a hacer un crucero familiar y qué argumentos podrían haber sido consecuentes; he aprendido, sobre todo, que la vida diaria es mucho más interesante cuando uno la observa atentamente a través del prisma de Foster Wallace.

Anuncios

Merendar con Foster Wallace

Conversaciones con David Foster Wallace

Conversaciones con David Foster Wallace

Mi experiencia personal es que las entrevistas te hacen parecer más tonto de lo que en realidad eres. Me han hecho alguna que otra entrevista, y en ninguna de ellas me he gustado. Me he caído mal, me he visto un tanto idiota o intentando ser demasiado guay. Las entrevistas son una distorsión de la idea que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo, la entrevista es un género muy estimulante para el lector. Recuerdo haber comprado los cuentos de Kjell Askildsen tras haber leído una entrevista que le hicieron en El País. Sus respuestas me cautivaron y eso me llevó a sus relatos. Lo mismo me pasó con Sergio Chejfec, quedé prendado por la lucidez que demostraba en un par de entrevistas y corrí a comprar uno de sus libros.

Ahora quiero imaginar que jamás he leído a David Foster Wallace y que cae en mis manos el compendio de entrevistas Conversaciones con David Foster Wallace. Imagino que voy descubriéndolo a través de sus respuestas y me hago una idea de lo fascinado que me tendría y de lo raudo que acudiría a hacerme con toda su obra. No quiero decir que no esté fascinado ahora, sino que tras haberlo leído ya sabía que me iba a topar con una mente maravillosa.

Confieso que soy de esos que miran la foto del escritor en la solapa del libro porque tienen curiosidad por saber la pinta que tienen. Aquí he encontrado mucho más que la imagen de un tío con un pañuelo en la cabeza, he encontrado sus propios testimonios, y ahora sería capaz hacerle un retrato. Pero más allá de la persona de Foster Wallace y mi vergonzoso voyeurismo, esta recopilación de entrevistas ofrece pistas y claves para entender mejor -o para entender de otro modo- las obras suyas que ya he leído. Todo está en su sitio, solo había que alejarse un poco y contemplar este extraño orden.

Al final del libro, hay una especie de reportaje anudado con todo tipo de testimonios de amigos y familiares de Foster Wallace y del propio escritor. Nos muestra su vida desde muy temprano y nos ayuda a hacernos una idea de cómo fue su suicidio. No he podido dejar de pensar en un programa de televisión del canal Divinity en donde hacen reportajes de los famosos siguiendo una estructura muy similar. Hace tiempo pasé una mañana, destrozado en la cama por culpa de haberme excedido con la cena de la noche anterior, en donde solamente fui capaz de ver este programa, dedicado a Drew Barrymore. Al leer el reportaje sobre Foster Wallace mi cabeza intentaba convertirlo en el sustituto de Drew Barrymore y encajarlo en el programa de Divinity. La percepción me estaba resultando divertidamente coherente, pero en las últimas páginas Foster Wallace acaba suicidándose y a mí, al final, se me han saltado las lágrimas.

En fin, hay dos razones para leer este libro: 1) No haber leído todavía a David Foster Wallace y 2) haber leído antes a David Foster Wallace.

Mi lectura cyborg de David Foster Wallace

La broma infinita, de David Foster Wallace

La broma infinita, de David Foster Wallace

Hace unos meses compré la edición en pasta dura de La broma infinita, de David Foster Wallace, con la intención de convertirla en una lectura de verano. Este proyecto pronto se vino abajo, duró solamente unas cuatrocientas o quinientas páginas. Me vi abocado a abandonar el libro tras descubrir o, para ser más exactos, tomar conciencia de mis hábitos de lectura. Me di cuenta de que no soy capaz de leer durante muchas horas seguidas, pero, en cambio, soy capaz de hacerlo e multitud de momentos distintos a lo largo del día. Me di cuenta de que avanzo considerablemente en mi lectura durante los tiempos muertos, es decir, mientras he de esperar a algo o a alguien, como por ejemplo en los transportes públicos o en la sala de espera de hospitales y ambulatorios. Por lo tanto, me di cuenta de que mi lectura es nómada, no tengo un sillón de lectura, sino que el libro que leo me acompaña a todas partes. Tomé conciencia de todo esto una razón muy sencilla: La broma infinita tiene unas mil doscientas páginas, que componen un objeto voluminoso y pesado de difícil portabilidad. Mis hábitos no eran los adecuados para tales dimensiones.

Ha pasado el tiempo y, en mi último cumpleaños, mi amadísima Elisa Calatrava me regaló un Kindle. Reconozco que se lo pedí yo, pese a ufanarme con frecuencia de estar chapado a la antigua en cuanto a libros se refiere. Lo utilizo, sobre todo, para no llevar muchos papeles a clase. Pero, al sentir la levedad de semejante artilugio entre mis manos, recordé mi deuda con DFW. Aquí comenzó mi primera lectura cyborg.

Para ser honesto y preciso, aclaro que mi lectura cyborg comenzó donde abandoné mi lectura analógica y orgánica. En realidad, nunca salí de la novela, porque La broma infinita es una suerte de ambiente que te rodea y que te persigue cuando te desplazas hacia otra parte. Poco importa el argumento. Solo se me ocurre decir que se cuentan las vidas cotidianas de los residentes de una academia de tenis y de un centro de rehabilitación para drogodependientes. Pese a ser una novela coral, en el primer espacio destacan las vicisitudes de Hal Incadenza y en el segundo las de Don Gately. Pero todo esto no importa. Sí podría destacar alguna que otra historia apasionante, reflejada a lo largo de algún pasaje, como esa alucinante partida al Escaton -una especie de Risk jugado sobre las pistas de tenis- que culminó en un verdadero apocalipsis mundial. Pero, de todos modos, no importa, lo que cuente sobre el argumento no importa, porque La broma infinita, más que una historia es una época.

A partir de ya, justo después de cerrar el libro, me resulta imposible recordar esta novela como una historia que me han contado, sino como una época que he vivido y de la que todavía percibo ciertas sensaciones de las que he quedado impregnado. Debería referirme a ella con expresiones del tipo “allí en La broma infinita, en aquel momento de mi vida, el mundo se movía de un modo determinado; yo pensaba así o yo actuaba así y las cosas eran diferentes a como lo son ahora”. Si alguien me pregunta por la AET o por la Ennet House o si alguien menciona a Les Assassins des Fauteuils Roulants, a lo mejor me viene a la cabeza alguna anécdota, algún hilo narrativo, pero, por lo demás, todo es un paisaje con zonas iluminadas y zonas borrosas.

Hace poco leí en una entrevista cómo DFW explicaba que sus textos han de hacerle “clic”. La verdad es que a mí Foster Wallace me hace mucho “clic”; es una sensación que aparece a menudo en mi cabeza cuando lo estoy leyendo. Pero sobre todo me ha ocurrido con sus relatos. En cambio, en La broma infinita, uno navega a través de cientos de páginas buenísimas esperando a que de un momento a otro hagan “clic”. Y ese “clic” siempre llega, antes o después, y en repetidas ocasiones, pero no se trata de una sensación continuada, porque es muy difícil que ese “clic” suene alto y claro en un espacio tan, tan, tan amplio como lo es esta novela. La broma infinita es un texto inmenso, no solo por su tamaño, sino por su fuerza arrolladora; La broma infinita se lee como quien se deja llevar por un alud, pero yo creo que a mí me tira más el snowboard sobre la sintaxis intrincada de sus cuentos largos.

Y todo esto, quiero recordarlo, como primera lectura cyborg. En un aparato liviano y ergonómico. Un aparato de plástico, sin más encantos que su diccionario hipervinculado, sin más ritual que sus botones laterales para pasar las páginas virtualmente. Un cyborg que ha renunciado al cuerpo del libro para quedarse, estrictamente, con la esencia del texto. Jamás me atreví a pensar que, al menos en la lectura, acabaría viviendo algo parecido a Ghost in the Shell. Pero esta es la nueva moda que intenta imponernos la multinacional Amazon.

David Foster Wallace y mis amigos de Almería

La niña del pelo raro, de David Foster Wallace

En una era postapocalíptica, paso mis días jugando a diversos juegos  de mesa. Juego con mis amigos de Almería, porque es allí y es con ellos donde puede darse una era postapocalíptica con todas sus consecuencias y, por tanto, todas sus ventajas. En un orden de cosas paralelo, en el mismo marco, pero siempre antes o después de dedicar mi tiempo a los juegos de mesa, leo a David Foster Wallace con la intención  de que La niña del pelo raro inaugure y clausure esta era postapocalíptica en donde uno puede ser feliz incluso en Almería si tiene amigos y el Apocalipsis ya ha tenido lugar.

Primero me dedico a construir granjas sobre un tablero y a adquirir todas las fichas posibles que simbolizan ovejas, vacas y -para mi sorpresa- jabalíes. Jugamos a Agricultura o a Los agricultores o a alguna variante similar que sirve de título y tema del juego, por cierto, perfecto para el inicio de una era postapocalíptica. Jugamos partidas de dos a cuatro horas a este juego de mesa y a otros y he de asimilar sobre la marcha distintos reglamentos con los que poder interactuar con Elisa, Candela, David, Reyes, Pablo , Jafet (y una María in absentia que de momento solo funciona como hipótesis) en distintos órdenes de turno, en distintas agrupaciones según la concurrencia de cada partida, lo que propicia distintos estadios microsociales de amor al prójimo y tontuna oscilante. Esto mismo es David Foster Wallace en La niña del pelo raro, un compendio de juegos de mesa donde el mismo Foster Wallace elige un reglamento y demuestra que bajo esas normas no hay quien le gane. ¿La niña del pelo raro es como querer ser el mejor en todo? ¿Trata David Foster Wallace de ganarle la partida a alguien en cada propuesta cuentística? En los juegos de mesa tenemos a su homónimo y quizá esto nos desvele algo sobre La niña del pelo raro. Por eso, a partir de este momento, nos referiremos al David norteamericano y virtuoso escritor como DFW y al David almeriense (perdón) y virtuoso jugador  de juegos de mesa como DPF.

DPF suele explicarme el reglamento de cada juego: Alta tensión, Arkham,  Aventureros en  el tren, ¡Bang! (les aviso de que quizá no haya citado con exactitud todos los títulos). Yo he de amoldarme a cada uno de ellos, cambian las normas, cambia el tono, cambia el propósito. Pero DPF sigue explicando, jugando y ganando, del mismo modo que lo hace DFW en cada uno de los relatos de La niña del pelo raro. El libro y los juegos de mesa se convierten en dos seminarios solapados en donde tanto DFW como DPF han ido desarrollando sus múltiples y variadas habilidades para que yo aprenda algo en en ambos terrenos. En un post anterior sobre DFW ya hablé  de su pelo largo y lo comparé con el de un amigo mío, algo importantísimo desde mi enfoque. En este caso, por si esto me hubiera parecido insuficiente, descubro que tengo a mi propio DFW con una ligera variante en las iniciales y que, además, es amigo mío. Mi propio DPF (¿puedo tomarme la licencia de usar esta expresión?) me hace incluso más feliz que el  DFW de todo el mundo, lo cual ya es un grado  de felicidad avanzado para todo lector exigente.

La niña del pelo raro es un libro que, además de ostentar múltiples registros y la evidencia de estar construido a partir de argumentos que contados en pocas palabras parecen impracticables, acaba con un juego-de-mesa-para-pasar-toda-la-tarde-y-parte-de-la-noche-y-acabar-hablando-de-cualquier-cosa. Me refiero al relato/novela Hacia el Oeste, el avance del imperio continúa, del que tuve noticia por primera vez en un post del joven, elegante y erudito Ibrahim Berlin (elegante en todo, menos quizá en su seudónimo), donde hablaba de su relación con otro cuento de John Barth. Yo que también soy joven y elegante, pero no tan erudito, solo podría relacionarlo con la última partida que echamos mis amigos de Almería y yo en esta era postapocalíptica. Cuando uno ya sabe jugar a un juego no dedica su atención a ese juego mientras juega, sino a lo que ocurre mientras se juega. ¿Es a esto a lo que llaman metaliteratura? Nosotros le llamamos “estadios microsociales de amor al prójimo y tontuna oscilante” (yo mismo dixit un poco más arriba) o “pasarlo bien con lo que estamos haciendo” (versión reducida y considerablemente más amena de la misma expresión). De esto podemos inferir una cosa: en el último relato, DFW acaba pasándoselo bomba haciendo lo que le gusta, comentándose a sí mismo cada jugada y haciéndole jugarretas a John Barth como si este fuese uno de sus propios amigos almerienses.

Les aseguro que cada partida jugada por DPF -y por el resto de los jugadores que ya he mencionado- fue gloriosa en esto que hemos quedado en llamar metaliteratura de los juegos de mesa. De hecho, puedo presumir (de) algo más, en el momento en que aceptamos la literatura y los tableros como distintas fórmulas para un proyecto narrativo se impone una sinergia deslumbrante, mediante la que DFW y DPF podrían compartir más de un truco.

Foster Wallace es mi nuevo ídolo

Extinción, de David Foster Wallace

Extinción, de David Foster Wallace

Si David Foster Wallace no hubiera abandonado su prometedora carrera como tenista, quizá hoy día los comentaristas hablarían de “el merecido sucesor de André Agasi”, y en el improbable caso de que el deporte hubiera evitado que se ahorcase en su casa tal y como hizo hace un año, estoy convencido de que Foster Wallace siempre perdería contra Rafa Nadal en cuartos de final de cualquier Grand Slam. Si esto fuera así, la televisión nos regalaría imágenes de Foster Wallace odiando a Rafa Nadal por su integridad en la pista y por su entereza moral, del mismo modo que Lucas Martín lo hace cada vez que encendemos la tele y Nadal anuncia un todoterreno o juega contra el ese suizo alto y guapo. Yo no odio a Nadal tanto como Lucas Martín ni como hipotéticamente lo haría David Foster Wallace, pero a ellos dos les cuesta admitir su integridad moral y psicológica. A uno en el sofá de casa y a otro en una ya imposible carrera como tenista. Y es que Foster Wallace y Lucas Martín tienen muchas más cosas en común que Foster Wallace y Rafa Nadal o que Rafa Nadal y Lucas Martín. Ambos están en mi top ten de mejores escritores, mientras que a Nadal no le queda más consuelo que moverse en el top ten de la ATP. Es cierto que los tres coinciden en poseer una bien poblada y larga cabellera. Pero incluso en este detalle, Foster Wallace y Lucas Martin comparten más semejanzas en cuanto a tono, longitud y ondulación del pelo; además, ambos son mucho más guapos.

Pero volvamos con André Agasi, porque si los comentaristas deportivos podrían haber llamado a Foster Wallace “merecido sucesor” suyo es porque también podríamos llamar a Foster Wallace “merecido sucesor” de buena parte de los escritores del siglo XX norteamericanos y europeos. Porque (ahora con respecto a su narrativa) David Foster Wallace es capaz de hacerlo todo bien. Foster Wallace ha leído y ha comprendido y, después, ha sabido aplicarlo. Es decir, parece que sus lecturas son en sí mismas herramientas para sus obras. Se supone que esto se puede predicar de cualquier escritor, pero no siempre parece tan claro como cuando uno se encuentra con los cuentos de Foster Wallace. Por eso sus cuentos pueden ser cualquier cosa, desde el nouveau-roman hasta lo carveriano. Porque Foster Wallace es la medida exacta que hay entre un punto y otro de una gran historia de la lectura. Él siempre nos aporta la fórmula exacta para que una historia funcione. Y no importa qué historia. Como ya me pasó con Roberto Bolaño, David Foster Wallace me hace comprender nuevamente que cualquier historia, por estúpida, anodina o extravagante que sea, puede convertirse en literatura, en muy buena literatura. Aunque aclaro que todas las historias que se proponen en Extinción, el libro que en este caso nos ocupa, me parecen estupendas. Por ejemplo, en Extinción se relatan, entre otras cosas, un conflicto matrimonial por culpa de los supuestos ronquidos del marido, las esculturas de mierda que un artista modela directamente al cagar, la presentación de un nuevo pastelito a un grupo de personas del target elegido, etc. En todos ellos ocurre lo mismo, no importa si la historia suena o no a gran historia, porque el relato de la historia es buenísimo.