Max Frisch promueve mi vida contemplativa

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

En el mes de julio estuve en Tenerife. Uno de los rincones que más recuerdo es Masca, en lo más recóndito de un valle, en el mismísimo culo del mundo, en donde, según me contó alguien, no se enteraron de que en España había tenido lugar una Guerra Civil hasta bastantes años después. Hoy día es un pueblecito muy visitado, abierto al turismo; hay, de hecho, un restaurante absolutamente maravilloso, regentado por un siciliano, con unas vistas espectaculares, llamado La Pimentera, que bien merece el viaje. Más allá de mis consejos gastronómicos, menciono la actual Masca porque es donde he imaginado al viejo Geiser, el protagonista de El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch, como sustitución empática de su verdadera ubicación en el cantón de Tesino. Lo he imaginado allí porque necesitaba un marco reconocible y coherente con su historia para imaginarme a mí, sintiéndome en el lugar del viejo Geiser, sospechando que Max Frisch habla con inquietante tino del estilo de vida que trato de seguir actualmente

El hombre aparece en el Holoceno es como leer la biografía de un místico, es un manual para el ascetismo. Actualmente, hago esfuerzos por convertirme en un anacoreta, por llevar con diligencia una vida contemplativa, reconozco que me permito demasiadas licencias, pero hay una voluntad clara en mí. Otra cosa sería explicar lo que yo entiendo por ser, en mi caso, un anacoreta. No voy a hacerlo, pero puedo poner de ejemplo esta novela de Frisch. Como novela es un texto corto, parco y contenido, pero tiene tanta fuerza que funciona como una instalación artística dentro de la cabeza del lector.

El viejo Geiser vive aislado en su casa, en un pueblo recóndito en donde apenas se relaciona con nadie. A veces, en verano, viene gente de fuera. Sale poco. Llueve mucho (aquí me valdría Segovia en lugar del valle de Masca). Le preocupa que haya un desprendimiento de tierra, siente ese peligro en el exterior. Por lo demás, vive tratando de retener las cosas importantes que hay que saber en la vida, pegando hojas de diccionarios y enciclopedias en las paredes para no olvidar lo esencial, para construir y mantener su mundo allí dentro, para aprovechar la poca memoria y la poca vida que le quedan.

A veces el señor Geiser se pregunta qué es en realidad lo que quiere saber, qué es lo que se promete del saber.

Solamente hace una excursión y casi le cuesta caro. En cambio, en su casa logra controlar todos los parámetros. El viejo Geiser proyecta su saber sobre las paredes empapelándolas con recortes. Allí dentro, tranquilo, es feliz, y no siente demasiadas ganas de salir afuera a comprobar que el mundo es como dicen sus libros. Por eso este extraño artefacto de Max Frisch me ha recordado a la máxima 139 de los Pensamientos de Blaise Pascal, que un amigo me leyó hace años y que, por supuesto, he tenido que buscar para poder citar (pero la idea permanecía fija en mi cabeza):

[…] he descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación. Un hombre que tiene suficientes medios de vida, si supiera estar en casa a gusto, no se marcharía para ir al mar o sentarse en una plaza. No se compraría tan caro un puesto en el ejército si no fuera insoportable el no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y los divertimentos de los juegos sino porque no se puede permanecer en casa a gusto.

Yo no sufro esa desgracia, ni el viejo Geiser tampoco.

Después de haberlo intentado hace años con Max Frisch leyendo Homo Faber y de que pasara sin pena ni gloria por mi cabeza, he logrado reencontrarme y conectar con este autor. Tengo una sonrisa tontorrona, provocada por la complicidad y por el sueño a estas horas. Me gustaría hablar del peculiar uso de la tercera persona, que casi parece primera y hace sentir al lector en la casa del viejo Geiser, pero mejor no digo más.

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