Examen de conciencia: razones por las que he acabado leyendo a Murakami

 

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami

 

Me encanta repetir eso de que adoro mi sistema de prejuicios, y eso de que sufro mucho cuando le soy infiel. Pues ahora estoy sufriendo terriblemente por abrirme a nuevas y diferentes expectativas. ¿Para qué quiero nuevas y diferentes expectativas si no siempre puedo cumplir las ya viejas y consolidadas? Si uno tiene un prejuicio infundado contra Haruki Murakami tiene que conservarlo, porque de lo contrario podría convertirse en un prejuicio fundado. Esas cosas hay que saberlas. Pero uno solo aprende a base de palos.

Hagamos un examen de conciencia. A lo mejor esto me sirve de ayuda para el futuro. Lo primero que he de hacer sería localizar las señales que Murakami me ha estado enviando a lo largo de los años para tentarme a que lo lea:

  • Muy atrás en mi memoria está Isabel Coixet hablando de Murakami o, de otro modo, una película de Isabel Coixet donde aparece Sputnik, mi amor. A mí me gustaba mucho Isabel Coixet en aquella época y no me daba vergüenza reconocerlo. Supongo que pensé que si de ella me han quedado referencias como Antony & the Johnsons, podría funcionar también con el japonés.
  • Luis es muy importante en la Historia personal de mi lectura (y en todas mis historias), porque me dio un buen empujón para que leyera más narrativa y menos poesía. Recuerdo un día que hizo paella en su casa y antes o después de comer, eso no lo recuerdo, se sentó con un libro enorme en el sofá y dijo algo así como:  “Ahora me apetece leerme el tocho del japo este, que a mí me molan mucho los japos”. Era Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami.
  • Yo vivía en Londres y trabajaba en el almacén de la tienda de ropa Mango (como tantos jovencitos españoles que quieren hacer un break y sentirse un poco especiales). Todos los días cogía el metro para trabajar y en los túneles había grandes carteles anunciando Kafka en la orilla, de Haruki Murakami. En aquel momento, yo estaba leyendo El castillo, de Franz Kafka, y leía, ante todo, en mis trayectos de metro de 45 minutos. Miraba los grandes carteles publicitarios y luego miraba el libro que me estaba manteniendo a flote. Y me preguntaba si existiría alguna correspondencia.
  • Mi amiga Isabel me descubrió hace mucho La velocidad de las cosas. Me abrió la puerta de Rodrigo Fresán. Y Fresán, a su vez, empezó a abrirme un montón de puertas; puertas que siguen abriéndose a medida que sigo sus libros y sus artículos; puertas que no pueden cerrarse porque mi amadísima Elisa Calatrava estudia a Fresán en su doctorado. Una de sus puertas era Murakami.
  • El otro día entré a una librería de Segovia. David (más información sobre él aquí) y Reyes estaban de visita. Buscábamos algo que llevarnos a casa. Observábamos las estanterías y Reyes dijo, sin ninguna intención, ínfula o aspaviento, de un modo claro, contundente y sugestivo: “¿y Murakami, qué pasa con Murakami?” Todos mis prejuicios se vinieron abajo y, de repente, entraron agolpadas las señales que Murakami me había estado enviando hasta la fecha. Reyes fue el catalizador. ¿Será Reyes una agente japonesa enviada por Murakami? Quizá, todo haya sido una conspiración y la identidad real de Reyes sea la de este dibujo y ahora esté regresando a a Japón para informar a Murakami de que su trabajo ha concluido.

Tendré que preguntarle a David, a ver qué sabe de toda esta teoría de la conspiración. Si finalmente Reyes no es una agente japonesa enviada por Murakami, si no hubo alevosía en el modo en el que me convenció rotundamente con un solo comentario, he de decirle que yo por ella me leo a todos los Murakamis del mundo si ella vuelve a mencionarlo, a todos los Murakamis y a buena parte de otros chungos.  Pero si se confirma la teoría conspiranoica en donde Reyes es la chica del dibujo, vamos a tener problemas serios.

Mi prejuicio, por cierto, era sencillo: Murakami aparecía de modo sospechoso y patizambo en lugares o personas que me gustan o gustaban. Pero el catalizador (Reyes o la agente japonesa, todavía no se sabe) hizo que todo encajara por un momento.

Después de mi ejercicio de diván, podría decir algo sobre Sputnik, mi amor. Es la primera vez que me siento tentado a contar el argumento de una novela -pero intentaré no hacerlo-, porque me parece una historia tan ridícula que creo que se podría dejar en evidencia a sí misma. Si Murakami se hubiera contentado con ese triángulo de personajes planos y huecos que se creen especiales (por cierto, la protagonista es una chica que quiere-ser-escritora y a mí me cae fatal la gente que quiere-ser-escritora) y que intentan empatizar con el lector a base de calzador la novela sería mediocre y ya está. No pasa nada. A mí también me gustan los telefilms de sobremesa. Pero ocurrió algo mucho peor. Casualmente, estos días estaba buscando material sobre el doppelgänger para ver cómo le hablaba de ello a mis alumnos a propósito de un cuento de Maupassant. Encontré en la wikipedia una lista de obras literarias que usaban esta figura. Imaginen mi cara, a mitad de mi lectura de Sputnik, mi amor, cuando vi que esta novela estaba entre esas obras. Sí, Murakami tiene los huevos toreros de meter un doppelgänger en esta novela. Y lo deja para el final, para terminar de amargarte el día con el uso más cutre del doppelgänger de toda la Historia de la Literatura.

Hay que creerse muy guay para hacer esto. Supongo que ser Murakami es muy guay. Leer a Murakami también puede parecer muy guay, pop, indie o para gente sensible que comprende las metáforas de la vida. En realidad no sé para quién o para qué es Murakami, me da igual. Para mí no. Dirán que me he equivocado de novela, que tendría que haber comenzado por otra. Quizá Reyes ha tenido más suerte, ella se llevó Tokio Blues. Si consigo confirmar que no es una agente japonesa a los servicios de Murakami ya me contará qué le ha parecido este otro libro.

 

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