Vigilando a Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

En mi época de oposiciones, trabajé como recepcionista nocturno de un hotel. Pasaba las noches solo, apoltronado en mi sitio, vigilando el sueño de los clientes, previendo que, en el momento menos esperado, podría darse cualquier incidente que truncara la calma de mi turno. Me sentaba a esperar y nunca pasaba nada, noche tras noche, pero mi inquietud siempre era la misma. Imaginen, conservando esa experiencia de meses en mi recuerdo, cómo se puede leer una novela como El vigilante, de Peter Terrin (Rayo verde, 2014).

En esta novela, como en todas partes, caben muchas interpretaciones, hay distintos pálpitos, se alcanzan asideros incompatibles. Pero me atrevo a asegurar que El vigilante no provocará ninguna pelea de bar por motivos hermenéuticos; con este texto y una panda de amigos se disfrutará más de las discrepancias y las contradicciones que del mutuo acuerdo y el consenso general, porque se trata de un texto sugestivo, de los que sigues contándote a ti mismo cuando cierras el libro, tratando de calcular la deriva de la narración.

Y esa extraña virtud me hace no saber por dónde empezar. Quizá por el engranaje de las tres partes, por la idea de que El vigilante, en realidad, es un tríptico que, visto en conjunto plantea tres niveles de una lógica que ya en su primer estadio podría parecer condenada a un cul de sac, pero que, como demuestra Terrin, convierte el tradicional planteamiento/nudo/desenlace en un ejercicio acrobático sobre un fino alambre.

Trato de mantener mi hábito de no hablar apenas sobre el argumento de la obra, pero me apetecería contar de qué va la historia de cabo a rabo. Me apetecería -lo confieso- dar mi propia versión de los hechos. Me apetecería sentarme al lado de Peter Terrin y decirle, sin un ápice de rubor, que lo he calado desde el principio. Me voy a tener que aguantar y que atenerme a otras estrategias. Por ejemplo, durante casi toda la primera mitad de la novela pensé, una y otra vez, en El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, además de en una versión obrera de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. ¿Hasta qué punto estuvieron en la cabeza de Peter Terrin estas dos obras? ¿En qué momento decidió dejarlas atrás y seguir adelante solo? Fue, seguramente, en la segunda parte de este tríptico.

También pensé mucho en Kafka. Pero me mordí la lengua del discurso mental para no decirme Kafka y solucionar la propuesta que plantea El vigilante. En realidad, no vale decir Kafka, porque Kafka vale para casi todo, porque Kafka sirve como desatascador de referencias. Me parece mucho más preciso y acertado decir Cervantes, decir Don Quijote y Sancho sin el colchón de la comedia. Harry y Michel, en este caso, prometiéndose la villa blanca del señor Van der Burg-Zethoven como si se tratrase de la ínsula de Barataria.

Y también pensé en los supermercados Mercadona. Pensé en Sánchez Gordillo y los suyos entrando en uno de ellos para llevarse por la fuerza comida para los necesitados. Pensé, sobre todo, en esas imágenes que vi en las noticias de unos trabajadores del Mercadona defendiendo los productos de su empresa como si ellos fueran los dueños, poniendo en juego su integridad física para salvaguardar unas minucias de las que no dependen sus sueldos. Pensé en la estupidez supina del empleado haciendo el trabajo sucio del empresario, identificándose con él, queriendo complacerlo en todo, pensando en su bienestar como si ese fuera un verdadero sentido del deber. Pues bien, El vigilante también es esto, una lectura política de nuestro capitalismo, en donde la clase obrera afianza y perpetúa la lógica de quien vive a su costa.

El vigilante, de Peter Terrin, también está enhebrado con muchos otros hilos que darían para muchas cervezas en una charla distendida en una terracita. Como en Segovia hace mucho frío, me atengo al solipsismo de mi blog, pero si alguno de ustedes quiere alcoholizarse conmigo, lea la novela y quedemos en algún sitio con sol.

Anuncios