Heinrich Böll / autocaravana familiar

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll

Hace 48 horas:

Escribo en la parte de atrás de la autocaravana, mientras recorremos el trayecto entre Pamplona y Elizondo. Mi padre está al volante y mi madre da las indicaciones, pero parecen estar jugando al Risk sobre el mapa de carreteras del GPS. A esto hay que añadirle una cierta resaca mística que me acompaña durante todo el día después de haber deambulado por entre tantas esculturas juntas de Jorge Oteiza. Eso y terminar Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll.

Este libro tiene una trampa hecha a mi medida, porque posee dos elementos sumamente importantes para mí: 1) la figura del bufón y 2) un anticlericalismo acérrimo. Así es fácil seducirme. Adoro a Hans Schnier, me siento profundamente hermanado con él. Me duele mucho su situación y me gustaría poder estar a su lado. Yo también echo de menos a Marie. Por otro lado, estoy seguro de que él comprendería perfectamente lo complejo que puede ser el proyecto de irse de vacaciones en autocaravana con los padres. De hecho, el capítulo de la conversación con su padre ha salpimentado estas idas y venidas familiares.

El bufón puede hablar impunemente. Quedaría bien decir que esto lo he aprendido en las obras de Shakespeare, pero no, en realidad, me lo ha enseñado Leo Bassi. El bufón, más allá de ser una profesión o incluso un rol social es una actitud ante la vida, una actitud que admiro muchísimo y que en ocasiones envidio porque mi cobardía y mis complejos me impiden estar a la altura. Bufón es aquel que prescinde del consenso social de la dignidad y alcanza así una posición privilegiada desde la que poder arrasar con todo. El bufón me recuerda, en cierto modo, a la trinchera moral de Jean Genet. Quizá ambos coincidan en la ética y se distingan en la estética.

Pese a que el payaso posee el don de quebrar su propia dignidad, cuenta con el acuerdo tácito con el público de que todo ocurre dentro de un escenario. A Hans Schnier ya no le queda ni siquiera eso. También ha perdido su prestigio sobre el escenario, ha sido expulsado de él, se siente dolorido y empapado en alcohol. Hans Schnier es un paria, un exiliado del mundo, busca refugio en su piso de Bonn y tiene un teléfono a mano. Aquí, en este extremo, es donde se convierte del todo en un personaje de Jean Genet. Sus opiniones son el mal de Jean Genet: el seísmo que desbarata la ideología que asumimos todos. En el caso de Genet era la burguesía bienpensante, en el caso del payaso Hans Schnier es el Catolicismo.

Pienso en el payaso Hans Schnier al teléfono tratando de ser el epicentro del terremoto y me pregunto qué hubiera hecho Leo Bassi en su lugar. Quizá Leo Bassi no hubiera vuelto del escenario al piso de Bonn. Quizá Leo Bassi hubiera trasladado el epicentro bufonesco a los mismos hogares que pretendía erosionar. Tengo fe en Leo Bassi y me lo imagino como un superhéroe del abismo, como un kamikaze de la vergüenza ajena. No obstante, quiero a Hans Schnier tal como es. Aunque todo esto me lleva a reconocer algo que me está quemando la lengua (o las yemas de los dedos) desde el principio: durante la lectura, no he podido abandonar la idea de un Hans Schnier escrito por Thomas Bernhard. No quiero reflejar aquí la comparación que me he configurado en mi cabeza, la lectura hipotética y en paralelo que he ido haciendo. Creo que nombrar a Thomas Bernhard en este contexto ya es suficiente.

Ya es por la mañana y estamos saliendo de Elizondo rumbo a Roncesvalles, y después, quizá, a Saint Joan de Pie de Port. Y, luego, a otros sitios. Y así hasta volver a casa. Viajando en una autocaravana familiar.

(Mini PD: ¡Ojalá contraten a un corrector para pulir la edición de Seix Barral!)