Antidepresivos Elfriede Jelinek

La pianista, de Elfriede Jelinek

La pianista, de Elfriede Jelinek

Lo malo de no tener riñones es afrontar la tristeza de estar completamente sobrio en un bar a partir de ciertas horas. Para ser más preciso, debería utilizar el concepto de melancolía, que, sergún la RAE, es una “tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.” Eso es exactamente lo que siento cuando un garito no me interesa y no puedo abusar del alcohol para remediarlo. Hace un rato, me sentía imbuido exactamente en esa melancolía y me acordé de La pianista, de Elfriede Jelinek, y de que todavía no había escrito nada sobre este libro debido al trasiego navideño, pese a que lo terminé el treinta y uno por la tarde, en un tren hacia Almería, huyendo de mi maldito dos mil trece. He cogido un taxi porque prefiero enfrentarme a la tara emocional que supone la lectura de La pianista que a un bar sin tres o cuatro gin tonics.

¿Por qué?

Leer una novela tan destructiva como La pianista para cerrar un año de mierda y dejar a los amigos en un bar para escribir sobre ella me compensa sobradamente. No soy, en absoluto, un masoquista. Sencillamente, tengo muy presente la importancia de que la literatura nos incomode y nos ponga en apuros, en un aprieto insoslayable de esos que no nos ofrece un bar. Hablo de ponerme a prueba, regularmente, ante textos que no me van a perdonar ni el miedo, ni la ineptitud, ni la ignorancia. O, dicho de un modo más práctico, en el bar tengo la opción de disimular mi melancolía para no cortarle el rollo a los demás, pero leyendo a Elfriede Jelinek, en cambio, no me queda más remedio que meterme esa melancolía donde me quepa, porque de lo contrario no hay modo de surcar el texto.

¿Han visto ustedes la adaptación cinematográfica que hizo Michael Haneke? La vi hace años y quedé abrumado ante aquellas imágenes. Por suerte, los fotogramas se iban sucediendo y en cuestión de una hora y pico todo pasó ante mis ojos y la experiencia se terminó. Pero con el texto escrito siempre es diferente, es uno quien tiene que pasar los ojos ante cada línea, y si uno se detiene el libro también lo hace y espera pacientemente a que recomencemos la lectura. El texto escrito es inevitable. El tempo lo marca el lector como si se tratase de un proceso metabólico.

Y todo esto es necesario. Ayer me tomé una Coca-Cola con Zaitegui y se lo dije: hay que desfogar en la ficción para poder comportarse cívicamente en sociedad.

Porque La pianista ofrece la crueldad y la obsesión de un Thomas Bernhard y, al mismo tiempo, se posiciona en el bando de los malditos de Jean Genet, es decir, pretende desmoronar los postulados que mantienen en pie la sociedad del bien y de lo correcto. A saber, nuestra protagonista demuestra una filiación sexual perversa y retorcida, con la que logra alumbrar el corazón de la juventud burguesa y bienpensante, en donde, en lo más recóndito, brilla el más centelleante de los fascismos. Metodología Genet y modales Bernhard, lo que da como resultado un seísmo emocional, intelectual y ético.

Por muy mal que me haya ido en dos mil trece, esta literatura me es necesaria para sobrevivir. Quizá funcione como el veneno de las abejas en dosis pautadas. Quizá sea el sumidero por donde se van mis ganas de aprender a fabricar bombas caseras.