E.L. Doctorow y la verdadera disidencia

Homer y Langley, de E.L. Doctorow

Homer y Langley, de E.L. Doctorow

El problema de tener un blog es que me he acostumbrado a leer obligándome a crear una opinión sobre lo leído. Leo y, al mismo tiempo, me planteo qué me parece lo que estoy leyendo, voy meditando lo que contaré aquí después de acabar el libro y, por supuesto, uno no siempre tiene una opinión sobre cualquier cosa, menos aún una opinión interesante. En la primera mitad de Homer y Langley mi opinión sobre esta novela de E.L. Doctorow no acababa de tomar una forma medianamente decente, era una opinión que no me merecía la pena dar a nadie. No le encontraba la gracia a las vicisitudes de estos dos hermanos huérfanos, procedentes de una clase acomodada, uno con síndrome de Diógenes y el otro ciego, uno loco de remate por culpa de su experiencia en la Primera Guerra Mundial y el otro dócil y capaz de seguirle siempre el rollo a su hermano mayor. A lo sumo, me estaba pareciendo un  paseo por el  siglo XX americano, quizá, como mucho, el reverso de otra novela que tampoco me entusiasmó,  me refiero a Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser.

Pero, por suerte, las personas cambian de opinión.

Cambié de opinión en el momento en que empecé a sentir envidia por Homer y por Langley. Entre los dos estaban construyendo una forma de afrontar el mundo que ya querría yo para mí en algunos momentos de ánimo cabizbajo. A uno, a veces, le gusta dárselas de misántropo, uno reniega del mundo de vez en cuando mientras toma café con los amigos, uno se considera hogareño porque en el afuera solo se pierde el tiempo, uno pretende ser un disidente de un sistema que no comparte. Con todo esto, uno demuestra ser, en el mejor de los casos, un completo incoherente. Uno ha sido criado en el bienestar y en la sociedad, por lo tanto, uno nunca se atreverá a encerrarse en casa, vivir con losmínimo para ser autosuficiente, regirse por sus propias normas y, por ende, mandar a tomar por culo el estilo de vida que resulte habitual de puertas para fuera. Pues precisamente eso es lo que hacen los hermanos Collyer, como si de dos héroes mitológicos se tratase, se comportan como los mayores disidentes de los que jamás he oído hablar. Homer tiene la aptitud, porque es ciego y, por lo tanto, posee un punto de partida ventajoso para el aislamiento y la creación de un universo propio; Langley tiene la actitud, porque ha visto el horror de la guerra y no cree que el mundo vaya a mejorar. De hecho, Langley tiene un proyecto a lo largo de la novela que no logré comprender al principio. Pretende crear un periódico total, en donde todo lo que aparezca explique el mundo en cualquier época. Su proyecto se sostiene en su teoría del reemplazo, según la cual todos los roles que desaparecen serán tomados por nuevas generaciones. Somos lo mismo que siempre hemos sido; por lo que su proyecto -al menos así me lo parece a mí- es un desgarrador grito de desesperanza. Lo que parecía ser una sucesión de peripecias de dos excéntricos personajes acaba convirtiéndose en una empatía inquietante y en un presentimiento amargo.

Me gustaría hablar del final de la novela, de cómo acaban los dos hermanos, de por qué Homer se decide a escribir sobre sus propias vidas. Todo esto me daría para poder seguir mareando la perdiz de esta gran parábola. Pero ya saben que a mí no me va demasiado eso de hablar de lo que sucede en los libros que leo, sino de lo que sucede en mí cuando leo libros. Así que lo voy a dejar aquí, demasiado he contado de ellos y, si realmente les tengo envidia, demasiado he contado de mí.