Me gustaría aparecer en el blog de Alberto Olmos

El estatus, de Alberto Olmos

Una de las cosas más fascinantes de mi abúlica y opaca vida es escribir un blog. Es lo más parecido que hago a salir a la calle, a tomarme una caña con los amigos, a mantener una charla con alguien. No les aconsejo mi vida. Dentro de muy pocos días hago el examen de oposiciones y hace muy pocos días publiqué mi primera novela. Este tipo de cosas no deberían solaparse. De hecho, me han salido dos canas: una por las oposiciones y otra por la publicación de la novela. Me han salido dos canas, en serio.

Pero todavía puedo hablar de los libros que leo y, por ende, de los escritores que escriben los libros que  leo. Incluso, en un esfuerzo apoteósico, puedo hablar de los blogs de los escritores que escriben los libros que leo. Y, a veces, como es en este caso, puedo hablar de los libros de los escritores que escriben los blogs que leo, puedo hablar (¡oh, sí!) de Alberto Olmos.

A este señor no recuerdo cómo empecé a seguirlo. Alguien me habló de él. O leí alguna entrevista en algún sitio. Luego, supongo, iría a buscarlo en Internet y llegaría hasta su http://hkkmr.blogspot.com/ Pese a leer su blog con frecuencia, jamás me he dignado a incorporarlo a mi lector de feeds, porque necesito un estado de ánimo especial para enfrentarme a los argumentos que Alberto Olmos da sobre las cosas del mundo. Tengo que ser yo quien dé el paso hacia su bitácora. Tengo que respirar hondo y concienciarme. Por decirlo de algún modo (antes o después lo iba a decir), muchas de las ideas de Alberto Olmos me repatean, no las aguanto, no estoy de acuerdo y acabo siempre enfadado (aunque está claro que la pataleta es culpa mía y no suya), pero al mismo tiempo me parece un señor tremendamente inteligente, un señor con el que da gusto no estar de acuerdo. Esto da pie a entender dos cosas: 1) estoy mintiendo o 2) estoy reconociendo que yo soy tonto. Creo que ambas posibilidades nos darían un callejón sin salida, así que me decanto por una tercera vía, o por cualquier otra vía que se les haya ocurrido a ustedes.

En algún momento tendría que dar el gran salto y leer uno de sus libros. ¿Qué pasaría entonces? ¿Cómo progresaría nuestra relación unilateral? Para avivar el fuego, un amigo mío escribió un post sobre su novela El estatus y el mismísimo Alberto Olmos la republicó en su blog. Y lo gracioso es que mi amigo Emilio y yo no solemos estar muy de acuerdo en lo que a gustos literarios se refiere. Es decir, Emilio me acababa de proporcionar un incentivo para leer a Olmos. Hasta el momento, yo hacía todo lo posible por evitar leer a todo autor vivo, joven y nacido en España y, además, me encantaba tener este prejuicio (¡y me sigue encantando!). Pero claro, la reciente publicación de mi primera novela me convierte ipso facto en un autor vivo, joven y nacido en España, por lo que me he visto abocado a ese sector marginal y oscuro que antes ignoraba con tanto esmero. Ahora soy uno de ellos. Ahora quiero saber qué se siente cuando alguien te lee. Esto me dio la razón definitiva para leer El estatus.

En uno de sus posts, Olmos explicaba sus capacidades telepáticas para que los críticos literarios dijeran lo que él quería que dijesen. El secreto está en la contraportada, ese texto que aparece en la parte de atrás del libro y que también escribe el autor de la novela, pese a que parezca que lo ha escrito un ser objetivo e independiente. Cuando leí la contraportada de El estatus, yo estaba escribiendo mi propia contraportada (con la ayuda de mi amadísima Elisa Calatrava). Si Alberto Olmos hablaba de Faulkner y de Beckett yo quería animarme a hablar de Kafka y de otros muchos que también molan. Pero finalmente no me atreví, por suerte. La verdad es que en El estatus no he sabido encontrar ni un solo rastro de Faulkner ni de Beckett. O al menos nada de lo que yo entiendo por Beckett y por Faulkner. Gracias a mi inmenso desconocimiento del s. XIX español, quiero imaginar que Galdós escribe tan bien como Alberto Olmos o que Clarín se inspiró (retroactivamente) en Clara -la protagonista de El estatus– para escribir el personaje de Ana Ozores -la protagonista de La Regenta-; si alguien me pudiera confirmar estas sospechas completamente infundadas me pondría a leer de inmediato el Realismo-Naturalismo patrio.

Supongo que en El estatus hay un experimento del autor consigo mismo (esto que voy a contar no sé si se lo he leído a él en el blog o si se me ha ocurrido a mí solito), hay una intención de hacer del lenguaje un elemento invisible. El lenguaje, en esta novela, no aparece en la novela. Para mí, el tema fundamental de la literatura siempre es el propio lenguaje, la literatura es, de un modo u otro, aquello que se hace o se deja de hacer con el lenguaje para que sea otra cosa distinta de lo que usamos en la vida. Supongo que por eso, en esta novela, el lenguaje se lleva hasta las máximas consecuencias de su funcionalidad, sirve como vehículo subterráneo de la obra, no brilla ni desentona, hace lo suyo y ya está. Eso es un logro, incluso para alguien como yo a quien le gustan las frases molonas y la sintaxis pegadiza como una canción del verano.

Esta novela me recuerda a un spot publicitario que vi hace mucho: una tía buena pasa revista a una serie de tíos que la pretenden. Todos ellos intentan fardar delante de ella, todos tienen cochazos tremendos con los que creen poder impresionar a cualquier chavala. Todos menos uno. Uno de ellos aparece tranquilo, sereno y relajado. Este tipo conduce un Mini. Como ustedes saben, se trata de un coche pequeño, de no mucha potencia e ideado para la ciudad y poco más. Este tipo no intenta impresionarla con ningún coche de alta gama porque se siente seguro de sí mismo. Tiene todo lo que necesita. Pues ese tío del anuncio es Alberto Olmos, y la tía buena es un lector paradigmático. Aunque he de reconocer que quizá la tía buena pudiera haberse quedado con las ganas de un automóvil de amplias prestaciones después de leer el final de El estatus. Me dejó exclamando un ¡ay, eso no, por favor, así no! El problema de los finales de novela es que, en ese tramo de la lectura, el lector ya tiene que resignarse con lo que venga.

No sé si con todo esto conseguiré el propósito que ya anuncio en el título de este post. Ni siquiera sé si llegaré a ser leído (no ya mi novela, sino este post) por Alberto Olmos. De todos modos, recuerdo que Olmos comentaba en su blog que solía empezar las críticas de sus novelas por el final para ver si se concluía con un veredicto positivo o negativo sobre su libro. Entonces, si llega usted aquí y quiere comenzar por estas líneas que estoy escribiendo ahora, le dejo este mensaje antes de hacer su flashback: señor Olmos, aparece usted muy guapo en las fotos de la solapa de El estatus.

 

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