Mi cabeza laminada en escenas de Thomas Pynchon

Vineland, de Thomas Pynchon

Vineland, de Thomas Pynchon

Lo he dicho en otras ocasiones: el calor difumina mi contorno, hace que me vuelva más voluble y que se me confunda más fácilmente con otro. En los días de mucho calor no consigo que mi cabeza se mantenga perfilada dentro del hueco de mi cabeza, y eso da lugar a errores de cálculo que, traducidos al juego cotidiano que pretendo mantener conmigo mismo, condicionan cualquier proceso o idea que podría haber tenido si todo estuviera al 100%. Sé que esto suena a excusa, pero los días de calor pierdo la fe en mi cabeza. Pero por fin ahora estoy en condiciones de proclamar que el verano ha concluido en este punto geográfico. El frío vuelve a esbozar el óvalo deformado de mi cráneo, pero la transición he de reconocer que no ha sido fácil. 

Aquí es donde entra de lleno Vineland, de Thomas Pynchon, una narración perfectamente adecuada para asistirme en este mecanismo de autoadaptación. ¿Quién lo diría? Hace tiempo le tenía miedo a Pynchon porque creía que mi cabeza se derrumbaría, pero ahora ha sido él quien me la ha devuelto. Vineland se ha instalado en mí como un work in progress con ciertas esperanzas de cumplir con algo que en realidad nadie ha señalado. Vineland es un trabajo de disgresiones armadas sobre el desorden, y que solo así se mantienen en pie, conectadas unas con otras de un modo sencillo y eficaz, como si Thomas Pynchon tan solo utilizara una llave Allen para montar sus estructuras. Quizá en Vineland comienzo a comprender esa idea de entropía que Rodrigo Fresán le asignaba en alguna parte. O, aún mejor, se me ocurre una imagen más clarificadora: imaginen que un niño sentado en el banco de un parque juega a expandir con su zapato un montoncito de tierra que había reunido previamente. Al final queda un dibujo de suelas de zapato solapadas entre sí que describen líneas y curvas en todas direcciones. Pues así se desarrolla la narración en esta novela. 

También he pensado en otras cosas. Por ejemplo, he pensado mucho en Quentin Tarantino. Parece ser que este señor fue el empleado de un videoclub. Yo quiero pensar que Tarantino a veces buscaba un rato para leer en las horas de menor clientela, y que allí leyó Vineland, donde era posible que hippies y ninjas convivieran en un mismo argumento, del mismo modo que podía tocar una banda de punk en una boda italiana o darse un “romance” entre una revolucionaria que hacía cine documental y un policía corrupto y fascista. Esta capacidad para acoplar estéticas tradicionalmente monocromas y crear una paleta propia se la reconozco a Tarantino, y por eso al leer esta obra pensé de pasada en Kill Bill, por ejemplo. Y he pensado otras cosas que ahora no recuerdo pero que no creo que importen demasiado. El único mensaje importante es que vuelvo a creer en mi cabeza después de atravesar el espacio que encierra Vineland. Por fin hace frío, y el frío es salud.

 

 

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Este señor está hecho para que yo acabe vomitando por la ventanilla y no haya toallitas perfumadas con las que mi madre pueda limpiarme la boca. Sin embargo, celebro mi vómito al igual que se celebran tantas cosas pasadas de rosca. Me topé con Pynchon y con su Arcoiris de gravedad y no pude resistir ese asalto. Algo grande ocurría en mis manos y yo era pequeño, y torpe y un poco miope. La culpa tuvo que ser mía, porque este señor despliega mecanismos de narración con los que yo me masturbaría hasta manchar todos mis juegos de sábanas. Pero quizá La subasta del lote 49 es el comienzo que yo le estaba pidiendo. Unas doscientas páginas que describen una paranoia parecida a una bola de nieve, una paranoia que se construye a través de los saltos que Edipa Maas da de una dimensión a otra, de un nivel de consciencia a otro, o, de un modo más sencillo, de una versión a otra de la verdad. La verdad, en esta novela, puede ser la obra de teatro que se desarrolla dentro, o alguna de sus varias derivaciones. La verdad, además, puede ser la realidad del sistema postal de Correos que todos conocemos, o la conspiración secreta del sistema postal que vislumbra Edipa. La verdad puede estar aquí delante o debajo de nosotros, podemos desenvolvernos en ella o quizá sólo aparezca en la literatura. ¿Quién sabe? ¿A quién le importa? A mí no, desde luego, me da igual ese tema, pero empieza a gustarme Thomas Pynchon.

 

 

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