Un trono de Semana Santa para Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

¡Aquí se viene a sufrir!

Llevo amodorrado un tiempo y estoy saliendo de una extraña zona de confort en donde mi felicidad se obtiene por un camino poco adecuado a mis expectativas. ¿Y sufrir es la solución? No, pero vivir más intensamente y lograr que las buenas intenciones se conviertan en acciones contundentes necesita de un pincho que me haga saltar, de un resorte que me haga reaccionar. El sufrimiento medido y correctamente aplicado es el pincho para salir de la modorra. Angélica Liddell es esa dosis de sufrimiento empático y renovador; Ciclo de las resurrecciones es la tormenta con la que convivir, la tormenta que me hace calcular mis movimientos para salir airoso.

Angélica Liddell es de lo mejorcito que se pueda leer en este país. Angélica Liddell es un ángel caído en España. Angélica Liddell es el Jean Genet o el Thomas Bernhard con el que siempre quise compartir documento nacional de identidad. Angélica Liddell es libérrima. A Angélica Liddell yo no le importo un carajo, ni ustedes tampoco. Angélica Liddell es, a la vez, mesiánica e invisible. Angélica Liddell lleva razón cuando habla. Angélica Liddell es Premio Nacional de Teatro. A Angélica Liddell no la conoce ni el tato. Angélica Liddell merece todo mi proselitismo.

Resumiendo demasiado, las últimas exploraciones de Angélica Liddell tienen que ver, a mi entender, con la subversión de ciertos cánones, de algunos cimientos básicos. Desde la transgresión del feminismo a partir de una violación en donde la violada se apodera del violador amándolo y obligándolo a vejarla, a la aniquilación de Jesucristo transformándolo en un hombre amado al que Angélica coacciona para que él no deje de pensar en ella. De un modo u otro, Angélica Liddell busca en esta etapa de su obra lo misterioso, lo que ya no se atiene a teorías ni cánones, descreída como confiesa sentirse de todo. ¿Y qué hay en lo misterioso? Según ella, lo misterioso es la puerta hacia lo sagrado. Por supuesto, lo sagrado desarticula toda imaginería religiosa previa, que no deja de ser un artificio que nos aleja de esta meta.

En Angélica Liddell he vivido un ateísmo místico como si un San Juan de la Cruz nihilista se tratase. Hay quien podría ver en ella un pesimismo y un derrotismo ante la vida, pero yo he encontrado lo contrario, una luz que nos ilumina cuando todo está perdido. Me pregunto hacia dónde se dirigirán sus próximas obras, porque el camino que dibuja es un discurso verdaderamente estimulante intelectualmente. Me queda por leer la obra que hay entre este Ciclo de las resurrecciones y La casa de la fuerza. Angélica Liddell me hace feliz, me hace creer que, si acaso no hay esperanza, al menos, hay un modo de seguir adelante con coherencia. Y para darle más leña a este fuego, Angélica Liddell se declara una enferma y, claro, ustedes ya lo saben, la enfermedad ronda mi vida y, por tanto, mi identidad y, por tanto, mi forma de ver el mundo. Ante la finitud de las cosas, en ella encuentro cierta trascendencia aplicable a mi día a día.

Y nada más, joder, que parezco un groupie con las manos alzadas coreando los grandes éxitos de una estrella del rock. Ya saben, esta tía me toca la fibra. Con eso basta. Con eso y con este vídeo, en donde la entrevistan y ella habla de su poética y a mí se me caen las bragas asimilando cada una de sus ideas:

PD: Termino el libro en plena Semana Santa y lo sagrado adquiere un sentido antagónico. El último texto del libro lo confirma:

SALMO XII

De nada hubiera servido leer la profecía, pues hubiera hecho este mismo viaje.
He llegado hasta la rosa de cuatro pétalos, hasta la roca y hasta el patio.
He llegado hasta los pies del Bautista
con la intención de matarme bebiendo oro derretido.
Cuanto más asciendo, más sufro,
cuanto más concluyo, más ancho se vuelve el círculo,
vivo en la boca de mi tumba.
Bajo el éter de tu nacimiento, no hay una escama de mi cuerpo que no tiemble,
como si mi corazón bombeara espinas.
(Sentía los dolores de tu mismísimo parto,
en mis dedos, mi pecho, mis rodillas y mi garganta.)
Si abres mis labios con tu lengua, oh Señor, moriré cantando,
aun con las entrañas abrasadas por el oro ardiente, moriré cantando,
y así como el calor del sol se hace vino,
mi ardor se hace lágrimas.
Ahora me marcho ensangrentada camino a Citerea.
¿Por qué para coronarme me han clavado en la frente las puntas de las estrellas?

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El amor en los tiempos de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

Antes a mí no me daba corte -cuando me ponía a leer en una cafetería, en el autobús o en un parque- dar rienda suelta a mis gritos de entusiasmo, lanzar el libro hacia arriba para celebrar sus páginas o dar golpes de satisfacción contra cualquier objeto inerte. No me importaba que los demás me miraran con cara de sorpresa o estupor y se preguntaran que qué diantres le ocurre al tío ese montando tanto jaleo con su dichoso librito. Con el tiempo, he ido sintiéndome más y más idiota y hace mucho que ya no hago esas cosas. Pero acabo de leer La casa de la fuerza / Te haré invencible con mi derrota / Anfaegtelse y me han entrado unas ganas locas durante su lectura de dar saltos en el asiento, de aullar como un mono feliz y de lanzarle el libro a la cabeza a alguien para que se dé cuenta de lo que se está perdiendo por no leer a Angélica Liddell. Me he zampado las tres obras de teatro del tirón, en un bar mientras esperaba a mi amadísima Elisa Calatrava, en la biblioteca del instituto mientras le hacía el examen a una alumna que se tenía que ir pronto y en clase mientras mis demás alumnos hacían el mismo examen. No me he atrevido a gritar y a revolcarme en el suelo de gusto ante el discurso brutal y sangrante de Angélica Liddell porque mis alumnos, pese a que me han visto hacer ya muchas payasadas, no tienen por qué soportar eso. A cambio, he usado Facebook para desfogarme y, al mismo tiempo, parecer un tipo civilizado.

 Todo este regocijo podría ser entendido como la consecuencia de leer una obra maestra, pero no. Estos tres textos no son una obra maestra, si acaso, algo mejor: una obra con la que identificarme, con la que conectar, con la que sentirme a gusto en sus virtudes y sus defectos. Una obra-líquido amniótico. Una obra por la que partirme la cara en los mentideros de las redes sociales y en las tertulias más sofisticadas. Por ejemplo, el próximo que me cite a Shakespeare para hablarme del amor le meto entre pecho y espalda un parrafazo de Angélica Liddell.

Y es que esta señora habla de amor, y con él define al sujeto de nuestros días en tensión con lo femenino y con una sociedad globalizada e intolerable. La histeria de los personajes de Angélica Liddell parece el resultado de un amor que ya no nos hace sentirnos unidos a nadie y tampoco sirve para sentirnos diferentes a los demás. En sus textos hay una brecha, una crisis, hay algo irreparable y no tengo ni idea de si el amor podría servir de sutura o de apoyo o si solo es un fantasma que nos atraviesa y que nos hace sentir un calambre o un escalofrío.

Le dije a un querido compañero de trabajo: “Angélica Liddell me recuerda a Jean Genet” y él me miró valorando y ya casi desaprobando mi ocurrencia. Entonces rectifiqué: “De hecho, no. Angélica Liddell es todo lo contrario a Jean Genet y por eso me recuerda a él”. Porque Angélica Liddell no se posiciona en el afuera y desde ahí destruye, sino que Angélica Liddell es, más bien, una autoinmolación emocional desde el mismo centro de la vida que tenemos montada; es una contradicción que agita los códigos de conducta que usamos habitualmente; es un espejo que refleja desde dentro.

A mí esta señora me ha pellizcado y me ha convencido. Me ha hecho sentir más vivo, más persona; incluso me ha hecho sentirme como una mierda, y yo se lo agradezco. La seguiré leyendo para descubrir más cosas de mí mismo y de todos ustedes. Y, sí, lo sé, estoy eufórico, pero es que estoy arrastrándome como puedo hacia el fin del curso y estos subidones me sirven de catapulta.