Joyce Mansour aguardando en la nevera

Islas flotantes, de Joyce Mansour

Islas flotantes, de Joyce Mansour

He pasado una temporada leyendo algunos libros que, de un modo u otro, hablaban sobre la enfermedad y, claro, mi amadísima Elisa Calatrava estaba empezando a preocuparse al presenciar cómo la enfermedad se estaba convirtiendo en mi tema predilecto y recurrente y, sobre todo, cómo podía yo sacar tanta diversión y tanto entusiasmo de algo que debería ahuyentarme. Creí haber dejado el tema a un lado y ahora no sé cómo decirle que Islas flotantes, de Joyce Mansour, reincide en lo mismo y me devuelve el código que he estado manejando últimamente.

Yo solo quería leer a Joyce Mansour porque lo vi en el último tweet de Cristof Polo:

nevera

Un último tweet de hace ya año y medio. Una de sus últimas señales de humo para todos los públicos. A mí, por el contrario, sí que me han llegado otras señales de humo, de un humo destinado a aposentarse exclusivamente en el techo de mi cocina. Pero ya saben ustedes cómo es el humo, el humo lo emborrona todo y no hay quien entienda un carajo con tanto humo. De ahí mi intención de leer a Joyce Mansour, para descifrar la nevera de Cristof Polo, para saber si hay algo que descongelar.

Y, por supuesto, Islas flotantes me trae un trasunto del Cristof Polo que yo conocí antes de ser Cristof Polo y también me trae a mí mismo, porque este libro habla de lo que yo querría haber escrito durante estos últimos años. Joyce Mansour fue una de los surrealistas y se tomó muy en serio eso de liberar el Ello freudiano mediante su escritura para reflejar los impulsos del Eros y del Tánatos, porque, a su lado, Breton y compañía parecen un grupo de mariachis. El surrealismo de Joyce Mansour duele, no hay forma de encararlo con la conciencia tranquila. El sexo y la enfermedad están anudados en sus textos, gravitan uno sobre el otro y se influyen del mismo modo que lo hacen los planetas. El sexo es la única respuesta a morirse y morir es la única calma que puede encontrar el deseo.

El narrador en primera persona de Islas flotantes nos recuerda que el lector no asiste a una historia sino a un relato, a una decodificación particular del mundo, a una interpretación que convierte a los Otros en algo necesariamente distinto. He dicho “voz narradora” y podría haber dicho “yo lírico”, da igual, porque las pautas terminológicas son herramientas imprecisas con textos como los de Joyce Mansour, que nos recuerdan qué es literatura, qué es asistir al mundo a través de la literatura. No es un conjunto de poemas ni una novela, es un artefacto para posicionarse de un modo particular y determinado ante las cosas, es ser Joyce Mansour o, mejor dicho, es ser lo que a Joyce Mansour le dé la gana que seamos.

Puede sonar incómodo, desagradable, confuso, pero a mí me tranquiliza y me hace respirar hondo. A saber, la noche previa al día de San Juan habían programado en Segovia un maratón de teatro al aire libre. Salí de casa con Islas flotantes en el bolsillo de la chaqueta sin haber empezado a leerlo todavía. Iba acompañado y sabía que no iba a tener oportunidad de comenzar la lectura, pero, por alguna razón, llevar este libro en el bolsillo de la chaqueta me hizo salir a la calle más despreocupado y más sereno. A mitad de la primera función se puso a llover y volvimos a casa. Me metí en la cama, buscando el calor de las sábanas tras zafarme de la ropa mojada. Soñé con un reencuentro con Cristof Polo. Conversábamos. Había más gente. A la mañana siguiente, día de San Juan, empecé a leer a Mansour, abrí la nevera. El resto ya lo he contado.