Virginie Despentes es mi hospital

Teoria King Kong, de Virginie Despentes

Teoria King Kong, de Virginie Despentes

En el hospital también se puede no leer, no escribir, no hacer nada, mirar la tele, incluso mirar la tele apagada. En el hospital se puede tener a mis padres como figuras de cera con los ojos fijos en mí, se pueden dar paseos por el mismo pasillo, se puede mirar a los demás enfermos tan horribles como uno mismo o cerrar la puerta y asumir que enfermeras y auxiliares la abran sin avisar para hacer su parte de la ronda en la que les toca importunarme a mí. En el hospital uno puede dejar de ser uno mismo. En el hospital uno no es nadie y el paso del tiempo, sencillamente, desordena los restos que me ayudan a reconocerme.

No me apetece explicar cómo he llegado a leer Teoría King Kong, de Virginie Despentes, aunque es una historia muy buena y conecta a dos mujeres absolutamente interesantísimas y maravillosas que me han hablado de este libro. No me apetece contar tantas cosas.

Pero si entre la nada hospitalaria y el babeo de las horas me queda algo de pataleo, algo de articulación neuronal que configure monigotes, si todavía me quedan ganas de adornar mi apatía, me veo obligado a escribir esta reseña, porque Virginie Despentes ha sido la médica más eficaz entre infectólogos, cardiólogos y nefrólogos; porque, de todos ellos, ella ha sido acertada y extrema con el diagnóstico, ella ha sido el punk entreverado en las noches de hospital donde el lorazepam y el bromazepam acaban conviriténdose en caramelitos de placebo. Ella me ha hablado como un freak mientras que los médicos me han tratado como un enfermo. Ella sabe que, pese a toda esta terapia antibiótica que me lleva friendo el cuerpo durante semanas, hay un estado del alma que supura y deja un rastro de amargor inagotable.

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Virginie Despentes también escribe para mí, y quizá, ¿quién sabe?, por eso mi endocarditis está remitiendo, y por eso esté saliendo de esta coyuntura, aunque se sucedan los colapsos y el temblor en el futuro, vuelvo a hacerme a la idea de que este desgarro me define y me conforma y hay hay algo hermoso en ello.

En estas condiciones, no me apetece analizar, ni aseverar, ni sacar conclusiones acerca de este libro. Casi no me apetece tomar partido férreo y esgrimir argumentos y perfilar matices. Solo quiero embadurnarme del tono del texto de Virginie Despentes. Ella no ha escrito un ensayo, sino una forma de silabear como si se tratase de un ataque aire tierra. De eso quiero impregnarme para que las auxiliares y las enfermeras que abren la puerta de mi habitación impunemente examinen sus rondas y hagan una crucecita temblorosa en mi nombre.

Despentes, por cierto, nos habla sobre tres temas: su violación, su prostitución y su pornografía. Y me siento tan cómodo con sus postulados, incluso con los que todavía no he pensado a fondo, o apenas nada, que creo estar leyendo la historia de mi propios ingresos hospitalarios. O, dicho, de otro modo, escribo estas líneas en una mesa plegable incorporada a los pies de mi cama de hospital. Las sábanas están revueltas y observo mi almohada, observo el hueco que ha dejado mi nuca, observo el signo en donde se lee toda la Teoría King Kong.

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E.L. Doctorow y la verdadera disidencia

Homer y Langley, de E.L. Doctorow

Homer y Langley, de E.L. Doctorow

El problema de tener un blog es que me he acostumbrado a leer obligándome a crear una opinión sobre lo leído. Leo y, al mismo tiempo, me planteo qué me parece lo que estoy leyendo, voy meditando lo que contaré aquí después de acabar el libro y, por supuesto, uno no siempre tiene una opinión sobre cualquier cosa, menos aún una opinión interesante. En la primera mitad de Homer y Langley mi opinión sobre esta novela de E.L. Doctorow no acababa de tomar una forma medianamente decente, era una opinión que no me merecía la pena dar a nadie. No le encontraba la gracia a las vicisitudes de estos dos hermanos huérfanos, procedentes de una clase acomodada, uno con síndrome de Diógenes y el otro ciego, uno loco de remate por culpa de su experiencia en la Primera Guerra Mundial y el otro dócil y capaz de seguirle siempre el rollo a su hermano mayor. A lo sumo, me estaba pareciendo un  paseo por el  siglo XX americano, quizá, como mucho, el reverso de otra novela que tampoco me entusiasmó,  me refiero a Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser.

Pero, por suerte, las personas cambian de opinión.

Cambié de opinión en el momento en que empecé a sentir envidia por Homer y por Langley. Entre los dos estaban construyendo una forma de afrontar el mundo que ya querría yo para mí en algunos momentos de ánimo cabizbajo. A uno, a veces, le gusta dárselas de misántropo, uno reniega del mundo de vez en cuando mientras toma café con los amigos, uno se considera hogareño porque en el afuera solo se pierde el tiempo, uno pretende ser un disidente de un sistema que no comparte. Con todo esto, uno demuestra ser, en el mejor de los casos, un completo incoherente. Uno ha sido criado en el bienestar y en la sociedad, por lo tanto, uno nunca se atreverá a encerrarse en casa, vivir con losmínimo para ser autosuficiente, regirse por sus propias normas y, por ende, mandar a tomar por culo el estilo de vida que resulte habitual de puertas para fuera. Pues precisamente eso es lo que hacen los hermanos Collyer, como si de dos héroes mitológicos se tratase, se comportan como los mayores disidentes de los que jamás he oído hablar. Homer tiene la aptitud, porque es ciego y, por lo tanto, posee un punto de partida ventajoso para el aislamiento y la creación de un universo propio; Langley tiene la actitud, porque ha visto el horror de la guerra y no cree que el mundo vaya a mejorar. De hecho, Langley tiene un proyecto a lo largo de la novela que no logré comprender al principio. Pretende crear un periódico total, en donde todo lo que aparezca explique el mundo en cualquier época. Su proyecto se sostiene en su teoría del reemplazo, según la cual todos los roles que desaparecen serán tomados por nuevas generaciones. Somos lo mismo que siempre hemos sido; por lo que su proyecto -al menos así me lo parece a mí- es un desgarrador grito de desesperanza. Lo que parecía ser una sucesión de peripecias de dos excéntricos personajes acaba convirtiéndose en una empatía inquietante y en un presentimiento amargo.

Me gustaría hablar del final de la novela, de cómo acaban los dos hermanos, de por qué Homer se decide a escribir sobre sus propias vidas. Todo esto me daría para poder seguir mareando la perdiz de esta gran parábola. Pero ya saben que a mí no me va demasiado eso de hablar de lo que sucede en los libros que leo, sino de lo que sucede en mí cuando leo libros. Así que lo voy a dejar aquí, demasiado he contado de ellos y, si realmente les tengo envidia, demasiado he contado de mí.

Sintiéndome huésped de Mark Z. Danielewski

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski

Hemos pasado este finde en casa de David y Reyes, disfrutando de su inmejorable y estimulante compañía, comiendo bien y bebiendo bien a todas horas, comprando libros y cómics, revisando el Robocop de Paul Verhoeven y algún que otro capítulo de Twilight Zone, bañándonos en el sol de Sevilla y leyendo las últimas páginas de La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Comienzo estas líneas en el tren de vuelta a casa, después de haber concluido la serie de cartas que a Johnny Truant le escribe su madre y que no acerté a leer en el momento adecuado, cuando una supuesta nota al pie de página me lo sugirió, conmovido por tanta ternura, en parte por la madre de Johnny Truant y en parte por mis propios amigos.

Cuando iba por la página 178, mantuve una conversación con Zaitegui y me avisó de la existencia de estas cartas y de cuánto merecían la pena. A esas alturas de mi lectura me había saltado voluntariamente varias de las incursiones de Truant porque me estaban sentando del mismo modo que los anuncios publicitarios en mitad de una buena película. No quería leer “El expediente Navidson”, lo que verdaderamente me ha apasionado de esta obra, como si lo echaran en Antena 3 o en Telecinco. A eso habría que añadirle, tal y como Zaitegui me confirmó, los pies de página sin su correspondiente número en el texto, que escaparon a mi atención y, quizá también, a mi interés. En la zona de los cuadrados azules en mitad del texto estaba tan desorientado que Truant era el menor de mis problemas. Johnny Truant, con el cariño que le he cogido al final (no mucho, pero sí lo suficiente como para reconocerlo), distanciándome una y otra vez de “El expediente Navidson” como si de una técnica del teatro de Brecht se tratase, incordiando en manos de Mark Z. Danielewski, en este caso ya no solamente el autor de La casa de hojas, sino un jugador de ping-pong avezado con ganas de echar una partida conmigo mientras leo su novela.

Y eso que a mí solamente me interesaba adentrarme en la inconmensurable oscuridad de la casa y forzar la apertura de mis pupilas al máximo. Las páginas fueron quedándose casi en blanco, con pequeños párrafos aquí y allá, y así comprendí a lo que se referían algunas reseñas de esta novela cuando decían que todo su juego tipográfico tenía un propósito definido, a saber: me sentí en el interior/exterior que experimentaron Navidson y compañía. Ya que yo también he estado dentro/fuera de la casa, puedo plantear la siguiente pregunta y tratar de dar mi propia opinión al respecto: ¿Novela de terror? No en un sentido estricto. Es una novela de corte fantástico y, de hecho, todos los textos que acompañan “El expediente Navidson”, entrevistas, investigaciones, ensayos, documentos, etc. constituyen una máscara para que la historia parezca, en todo caso, ciencia-ficción, pero tampoco funciona así (porque en realidad no explican nada), se trata de literatura fantástica pura y dura. Reconozco que en ocasiones puede dar miedo, al fin y al cabo lo siniestro y lo sublime –dos elementos ligados a lo fantástico– aparecen constantemente.

Con Johnny Truant, el punto de inflexión tuvo lugar a partir de la historia del perro pequinés. Ahí le cogí cariño a este tipo, comencé a empatizar con él. Empecé a ver que la obsesión de Truant se parece a estar encerrado dentro de la casa sin encontrar la salida y, al mismo tiempo, se parece a estar enganchado a un libro y no poder dejar de leer. Truant y Navidson se van pareciendo cada vez más, al menos hasta cierto instante de la novela, a Bastian y a Atreyu en La historia interminable. Y, por si esto fuera poco, hay un momento, ya casi al final, en donde parecemos estar al principio de la segunda parte de El Quijote, cuando este lee su propia novela dentro de la novela. Y sí, por supuesto, otra vez El Quijote, como en casi todas las obras que pretendan subvertir los cánones tradicionales, casi todas suenan a la obra de Cervantes. Esto sería como para sentarse y ponerse a pensar en ello, ¿El Quijote está en esta/s novela/s o en mi lectura de ella/s?

En lo que respecta a La casa de hojas, he de dejar bien claro que me declaro fan de “El expediente Navidson”, porque plantea los momentos más memorables, como por ejemplo cuando Tom se queda esperando al resto de la expedición en una tienda de campaña y vence al “señor Monstruo” contando un chiste tras otro, a cada cual más bueno (al menos en lo que concierne a mi sentido del humor). Dentro de la casa, la historia se desarrolla con una incertidumbre que me recuerda a la película Cube, con el aliciente de que aquí las luces están apagadas. Para colmo, lo que en esta novela causa miedo no persigue a los protagonistas a lo largo de la historia. Ocurre todo lo contrario, es decir, el protagonista persigue sin descanso aquello de lo que debería huir.

He tardado mucho en leer La casa de hojas, no porque me haya resultado complicada ni pesada, que no lo es, sino porque la he dilatado en el tiempo, haciendo caso omiso a los consejos de algún que otro blog que proponía leerla de seguido en tres o cuatro días, porque La casa de hojas es, entre otras muchas cosas, tiempo dilatado (no solamente espacio), y Mark Z. Danielewski quiere que nos sintamos dentro de ella, de eso no cabe duda: Mark Z. Danielewski se sienta a nuestro lado cuando nos ponemos a leer su novela.

Friedrich Dürrenmatt escribiendo The Wire

El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt

El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt

El otro día, mi amadísima Elisa Calatrava y yo estuvimos ordenando nuestros libros por géneros. Descubrimos, muy sorprendidos, que tenemos más volúmenes de ensayo y filosofía que de poesía. Ganan por poco, pero ganan. La sección de cómics también es modesta, pero va creciendo poco a poco, al fin y al cabo se trata de un gusto relativamente reciente en nuestras vidas. La sección de narrativa abarca la mayor parte del espacio. Pero, ahora que lo pienso, ni si quiera le hemos dedicado un hueco a la sección de teatro, lo hemos dejado donde estaba, intercalado entre las novelas, quizá porque son muy pocos y quizá porque no hemos aprendido todavía a darles la importancia que tienen. Últimamente estoy leyendo bastante teatro, entendamos por “bastante” un porcentaje visible respecto de mis demás lecturas: Genet, Fassbinder, Shakespeare, Weiss y Vian desde abril del año pasado. Y ahora le ha tocado el término a El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt.

En un momento de esta pieza, más o menos a la mitad, uno de los personajes, declarado anarquista, dice:

Ya que el individuo se convierte en esclavo de su propio sistema, él debe destruir sin cesar este sistema. Las revoluciones, con sus innumerables víctimas, tan solo crean nuevas necesidades de cambiar otra vez el mundo. En vano inventamos nuevas ideologías, en vano erigimos nuevas utopías. Se ha hablado demasiado. Solo una misera más grande, llevará al hombre a la razón.

(El subrayado es mío)

Yo todavía no sabía que, dentro de la lógica de El cooperador, la opción que he resaltado en subrayado era la más congruente y la más serena de todas. Porque esta obra funciona como si William Shakespeare, con todos los rasgos de sus tragedias, estuviera escribiendo la serie televisiva The Wire. En esta sociedad, el científico ayuda al criminal, el criminal al policía y al político, y estos, nuevamente, a los criminales. El sistema es una lucha de poderes que se tensan continuamente, en donde todos cooperan, únicamente, para salir beneficiados en detrimento de los demás. Hay un modo de no participar en este juego, lo dice un personaje casi al final: “Aquel que muere no coopera más.”

¿Y yo? ¿Voy a tener que morirme para no cooperar? ¿Y ustedes? ¿Hay otras formas de no cooperar? ¿Estamos dispuestos a afrontarlas? ¿Qué es más cómodo, creer en el sistema y cooperar o negarlo pese a que se coopera? Dürrenmatt no nos ofrece respuestas en su obra. De todos modos, tampoco creo que haya muchas respuestas válidas fuera de este texto. Sus tesis y sus planteamientos son casi siempre brutales. Recuerdo que me impactó mucho otra de sus obras de teatro, La visita de la vieja dama, y, de hecho, estoy deseando leer Los físicos, en donde, según tengo entendido, se trata un tema que aquí se ve tangencialmente. Me refiero a la implicación moral que supone el trabajo de un científico. Friedrich Dürrenmatt, para mí, siempre es un valor seguro, un golpe en el estómago necesario.

Philip K. Dick en la HBO

 

Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba, de Philip K. Dick

Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba, de Philip K. Dick

Si pudiera pedir un deseo antes de entrar a quirófano sería el siguiente: Quiero que la HBO dedique parte de su presupuesto a resucitar a Philip K. Dick. Cuando lo hayan traído de vuelta a este mundo y lo hayan puesto al día un poco (no es necesario que se entretengan mucho en esto, porque él ya habría atisbado su futuro), la HBO le encargará a Dick el proyecto de una serie de ciencia ficción en la que a priori estén aseguradas las tres primeras temporadas. Philip K. Dick, como productor ejecutivo y guionista, tendrá la última palabra en cuanto a la idea original y la dirección que tomará la teleserie. No dudo de la capacidad de Dick para  tener el proyecto preparado de inmediato; sin embargo, espero que la HBO no se demore en poner en marcha toda su maquinaria, porque me operan la semana que viene probablemente y desearía poder bajarme los capítulos con el BitTorrent durante el postoperatorio, a ser posible en la misma UVI.

A a la hora de encadenar ideas impactantes, seductoras y descabelladas, una tras otra, retorciendo la trama y dejándonos boquiabiertos, me quedo con Philip K. Dick. En estos menesteres, Dick se merendaría a J.J. Abrams, por ejemplo. De hecho, deseo una teleserie creada por Philip K. Dick porque Lost me hizo pensar que la televisión sería el medio ideal para un escritor como él. Ya me he quejado en otras ocasiones de que Dick no es un gran estilista, a veces tengo la sensación de que su narración resulta torpe, o quizá solamente desquiciada. No sé si es por eso que intuyo en él (sin ningún tipo de fundamento) un talento para lo audiovisual que jamás conoceremos (a no ser que la HBO cumpla mi deseo). Es posible que Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba sea una de sus obras mejor escritas. Solo he leído una tercera parte de sus novelas, de modo que tampoco sé si estoy en lo cierto. Qué importa. En realidad, creo que lo que intento decir es que Philip K. Dick parece un escritor cuya imaginación desborda su destreza narrativa, por lo que uno tiene la sensación de estar navegando en un barco que zozobra y que va a la deriva, pero, al mismo tiempo, su singladura resulta un viaje alucinante.

Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba lleva en ocasiones esta imaginación hasta el extremo del disparate, incluso dentro del ámbito de la ciencia ficción. La novela trata sobre el momento previo a un apocalipsis nuclear y los siete años posteriores, por supuesto, con todas sus consecuencias. Adoro la literatura apocalíptica, pero nunca me cayeron bien los perros que hablan, y en esta novela aparece uno. A eso me refiero. Sin embargo, existen otros elementos en los que se vislumbra algo fascinante, como el personaje de Walt Dangerfield, dando vueltas en su satélite, uniendo mediante transmisiones vía radio todos los reductos de civilización que quedan en la Tierra, compartiendo el conocimiento que todavía se conserva y los nuevos descubrimientos que permiten que las poblaciones sobrevivan. Al fin y al cabo, como reconoce el mismo Philip K. Dick en el epílogo, se trata de una novela llena de esperanza. De hecho, es la novela más esperanzadora que he leído sobre el Apocalipsis, y pese a esto la he disfrutado mucho (porque huelga decir que lo que a mí me gusta es que el Apocalipsis mande a tomar por culo a todo el mundo). Los supervivientes se agarran a lo que tienen y construyen sociedades protocapitalistas, intentando imitar sus días pasados. Pese a la multitud de deficiencias, muchos de ellos son más felices así que en el pasado. Quizá con esto Dick nos esté enviando un mensaje político.

Ahora que lo pienso, esos elementos disparatados a los que hacía referencia hace un momento quizá estén poniendo en cuestión los límites de la ciencia ficción. Me pregunto si Dr. Bloodmoney no es en realidad una novela fantástica. La frontera (o al menos una de ellas) entre la ciencia ficción y la fantasía es, expuesta de un modo parco e impreciso, la siguiente: la ciencia ficción propone al lector unas reglas que este acepta, mediante las cuales se explican los sucesos imposibles de la historia; en cambio, en la fantasía, estos sucesos imposibles aparecen en el plano de lo real como elementos inexplicables. Por lo tanto, depende de la intención del escritor de pactar con el lector una explicación para que el mundo que narra sea posible o la intención de que el mundo narrado sea así pese a ser inexplicable. La relación entre ciencia ficción y fantasía es una camisa de once varas, y supongo que si quisiéramos ponerle esa camisa a Philip K. Dick no nos pondríamos de acuerdo con los botones y los ojales, porque Dick no es, por suerte, uno de esos autores que se obsesionan con la idea de que todo encaje dentro de sus historias. No creo que en su visión del mundo las cosas cuadren y se muevan ordenadamente. Quizá leer a Dick no sea asumir unas reglas, sino asumir el modo en que funciona su cabeza. Una vez dentro de ella solo tenemos que dejarnos arrastrar.

Jim Dodge cultiva sus novelas en un huerto ecológico

Stone Junction (Una epopeya alquímica), de Jim Dodge

Stone Junction (Una epopeya alquímica), de Jim Dodge

Hace ya varias semanas, mi amadísima Elisa Calatrava estaba leyendo Stone Junction, Una epopeya alquímica, de Jim Dodge, y a menudo la oía emitir toda clase de ruidos que mostraban estar pasándoselo muy bien con la novela. Cuando la terminó, poseída por su euforia, me obligó a empezar a leerla de inmediato, aunque tuviera que robarle tiempo de lectura al libro que ya tenía entre manos. Y cualquiera le decía que no.

Stone Junction es un bildungsroman en donde hay magos y forajidos, maestros capaces de enseñar al protagonista una serie de habilidades dispares y disparatadas, a saber: meditación, saber drogarse a lo bestia, abrir cajas fuertes, jugar al póker, disfrazarse de cualquier persona, etc. En cierto modo, todos los maestros de Daniel Pearse -nuestro protagonista- le abren la puerta de un oficio por el que la novela no discurrirá. Vemos a este excepcional joven como una suerte de Lazarillo de Tormes hippie pasando airosamente a través de distintos mentores. Y, sí, hemos de sustituir inevitablemente la picaresca por un jipismo de espíritu libre.

Estas entradas y salidas a diferentes estadios de conocimiento y experiencia, a veces demasiado distintos entre sí, algo incongruentes y que parecen darle a todo un giro que acaba siendo un cul-de-sac, hacen que Jim Dodge me trajera a la memoria, en ocasiones, las digresiones típicas de algunas novelas de su admirador y prologuista Thomas Pynchon. De hecho, yo quería encontrar un nuevo Thomas Pynchon en estas páginas. En realidad, encontré algo parecido: una versión de dibujos animados de Thomas Pynchon. Es decir, es como si Pynchon estuviera escribiendo un guion para los Loony Tunes, porque para poder disfrutar con Stone Junction es necesario partir del mismo punto que para pasarlo bien con el Coyote y el Correcaminos: todo es posible, nos lo vamos a creer todo y no vamos a hacer demasiadas preguntas sobre lo que no encaje o lo que, sencillamente, sea imposible; tan solo hay que sentarse y disfrutar.

De hecho, entendiendo esta novela como un bildungsroman, haría una comparación que me parece más adecuada que la del Lazarillo. Stone Junction es, para ser más exactos, como Bola de Dragón. Son Goku se parece mucho más a Daniel Pearse, tan precoz, tan habilidoso, tan ávido de aprender y con tanta suerte de rodearse, a lo largo de su vida, de los mejores maestros. En ambos casos, la estética cartoon hace digeribles un sinfín de detalles y, además, ambas historias de aprendizaje persiguen, curiosamente, una bola. No recuerdo exactamente cuándo se venía abajo Bola de Dragón y se hacía intragable, pero, en la novela, la trama acaba derrumbándose cuando la mencionada bola entra en escena. Lo que en un principio seguía a duras penas los cánones de una novela de formación acaba tomando un rollito new age pseudotrascendental que (esto es lo mejor) no va a parar a ningún sitio. Imagino una legión de lectores de Paulo Coelho cortándose las venas por no descubrir finalmente los más íntimos secretos que se sugieren en este tramo de la novela. Por seguir con mi comparación anime, es como si Son Goku ya supiera convertirse en Súper Sayan, tuviera en su poder las bolas del dragón de turno, pero todo esto no consiguiera tocarnos la fibra sensible.

He terminado la novela y mi amadísima Elisa Calatrava estaba preparando una maravillosa ensalada templada de repollo, setas y queso rallado. Le he comentado mi decepción, especialmente, en lo que concierne el final del libro. Pese a que disfrutó tanto la novela, hemos estado de acuerdo en el diagnóstico. Ella insiste en que la obra tiene todos los ingredientes que le gustan, pero aparecen mal explotados, tanto que hacen de la trama un resultado un poco deshilachado. La novela está llena de vitalismo y de personajes de los que se podría sacar oro. Ha llegado a compararlos con Bolaño, y ese señor es sagrado para ella. Yo me he puesto de mal humor al terminar el libro. Ella, en cambio, dice que le gustaría ir al rancho donde vive Jim Dodge y hacer con él lo que Gordon Lish hizo con Raymond Carver. Estoy seguro de que así le saldrían unas novelas redondas a este tipo.

Don Delillo high-class

Cosmópolis, de Don Delillo

Cosmópolis, de Don Delillo

Pese a que pueda parecer lo contrario, yo soy de los que prefieren ver la película a leer el libro. Quizá porque la mayoría de mis libros favoritos no tienen adaptación cinematográfica –al menos, que yo sepa y, al fin y al cabo, tampoco me interesa saberlo- o quizá porque las películas me permiten hablar sobre libros que no pienso leer. Esta aseveración, por supuesto, se convierte en un parpadeo de duda o en un temblor de rodillas cuando a David Cronenberg le da por adaptar al cine una novela que todavía no he leído de Don Delillo. Adoro a Cronenberg y adoro a Delillo y no sé decir si quiero más a papá o a mamá. Cosmópolis, la película, ha pasado fugazmente por los cines y me he quedado sin verla en pantalla grande, porque finalmente he decidido que primero había que leer Cosmópolis, la novela. Por lo tanto, mientras busco algún cine, aunque sea en Madrid, que todavía proyecte esta cinta, vamos a ocuparnos del libro.

Hace años abrí por primera vez una obra de Don Delillo, titulada Fascinación, y la dejé a medias. La razón que me di a mí mismo fue que Delillo suena demasiado profesional. Esta sentencia me lleva hoy a pensar dos cosas: 1) Fui bastante gilipollas como lector en aquella ocasión y 2) en cierto modo llevaba razón, pero ese absurdo reproche es, en realidad, una gran virtud. Cuando leo a Delillo tengo la sensación de que trabaja conociendo todas las herramientas a su alcance para lograr un propósito con su obra. O, dicho de otro modo, Delillo me da la sensación de “profesionalidad” porque en su literatura siempre encuentro un propósito que había que cumplir desde el principio.

Hablo de propósito y no de tema o sentido de la obra. No se trata solamente de significar algo con el texto sino de lograr algo con el lector. Hay un salto cualitativo en este movimiento a partir del que podríamos enmarañarnos con la Teoría de la literatura. Pero prefiero limitarme a pensar en ese propósito, a contemplarlo y a disfrutarlo.

Tanto en Cosmópolis como en Ruido de fondo –las dos obras que he leído hasta el momento–, Don Delillo crea un texto capaz de envolver (al lector) como contexto. No solo se nos cuenta una historia, sino que esta funciona de marco en el que podríamos estar viviendo. La ficción del libro se superpone a la realidad de nuestras vidas para hacérnosla ver con mayor profundidad. Esto se debe a que estas dos obras de Delillo poseen una fuerte empatía, una ligazón íntima, con el mundo en el que vivimos. Esta idea de la obra-contexto en lugar de la obra-texto quizá sea la que permita a Don Delillo cumplir esos propósitos de los que hablaba más arriba.

Si acaso fuera cierto esto de que las obras de Delillo buscan conformar su propio contexto, sería interesante rastrear la misma historia en situaciones o épocas distintas. Por ejemplo, estoy pensando en El hombre de la multitud, de Edgar Allan Poe. En este cuento un narrador en primera persona nos relata cómo observa desde un café a las personas que circulan por la calle. En un momento de la tarde, se fija en un individuo en concreto y decide consagrar el resto del día a seguirlo cautelosamente por toda la ciudad, con lo que comprueba que este ser anónimo se esfuerza en moverse siempre dentro de lugares concurridos, parece necesitar sentirse rodeado por la masa. Este relato nos ayuda a observar las tensiones entre individuo y masa en plena Modernidad, ya que Poe intentó con esta obra, al igual que Delillo, construir un contexto que se solapara con la realidad que le tocó vivir y, de algún modo, la volviera más nítida. Pero esta misma historia, trasladada a la Posmodernidad, adquiere un código nuevo con el que expresar un mensaje diferente. Esa historia actualizada sería Cosmópolis. En la novela de Don Delillo nos encontramos a un individuo que atraviesa Nueva York y, en lugar de buscar voluntariamente la presencia de la multitud como en el caso del personaje anónimo de Poe, es constantemente obstaculizado por la masa en su camino. En el caso de Poe, la masa es un alivio para el individuo y en el caso de Delillo es –al menos, en principio–, un impedimento; así que en el trayecto moderno y en el trayecto posmoderno encontramos relaciones muy distintas entre estos dos parámetros.

Diré, para situarnos, que Cosmópolis trata acerca del trayecto en limusina de un joven multimillonario que decide ir a cortarse el pelo al otro lado de la ciudad. A lo largo de su periplo, entre otras cosas, se nos narra cómo la masa de Nueva York se arremolina de distintas formas intentando engullir la voluntad del individuo. Pero claro, hablamos del individuo posmoderno, perteneciente, para más inri, a una élite, personificación del neoliberalismo capaz de hacer cumplir su voluntad sin ceder ante nada ni nadie; es decir, capaz de mantener su identidad en contra de cualquier manifestación de lo social.

El protagonista de Cosmópolis, Eric Packer, contempla el mundo desde su limusina como algo exótico. Se siente seducido por la gente, hace algunos gestos para rozarla con cierta curiosidad pero, al fin y al cabo, solo le resulta tolerable porque permanecen a una distancia prudente. Su limusina es, en cierto modo, la celda de un anacoreta que ama la humanidad porque vive cultivando, a través de su soledad, un individualismo exacerbado.

Más que un hombre, Eric Packer es una idea. Eric Packer es el movimiento arrollador del capital, es el punto álgido del ser humano según la ética y la estética del capitalismo, es a lo que todos deberíamos aspirar si creyéramos que este mundo es el mejor de los mundos posibles. Se me antoja pensar que Cosmópolis podría ser, de algún modo, una precuela de Ironman. Tony Stark no es un superhéroe a secas, sino que es un superhéroe del capital. Dentro de la naturaleza del superhéroe está tener superpoderes, pero Tony Stark no los tiene en la suya, por eso necesita cubrir su cuerpo con una armadura superpoderosa, una armadura que funciona como punta de iceberg de su desaforada riqueza. El capital, por lo tanto, es el superpoder que vence las limitaciones humanas para que la voluntad de un individuo triunfe sobre la de todos los demás. Eric Packer no tiene la armadura de Ironman, pero sí tiene el dinero que representa esa armadura, por lo tanto, es igual de poderoso; por lo tanto, también es un superhéroe del capitalismo.

La lógica neoliberal es incapaz de integrar la idea de saciedad, menos aún, la idea de saciedad como alivio, como placer, como logro. Por suerte, el protagonista de Cosmópolis, aunque haya insistido en su condición de idea, es un ser humano. El corte de pelo no es solo el leitmotiv de la novela, sino que es una búsqueda de la saciedad, es la necesidad de sentirse colmado con algo. Es precisamente por eso que descubrimos, al final de la narración, por qué va a cortarse el pelo a la otra punta de la ciudad y por qué allí consigue integrarse dentro de lo social y establecer, aunque sea solo durante un rato, relaciones humanas normales, en donde la voluntad ha de hacer concesiones. La sociedad sacia, por fin, aunque solo sea una tregua dentro de un modelo que no acaba de derrumbarse.

El gurú Philip K. Dick

Simulacra, de Philip K. Dick

Simulacra, de Philip K. Dick

Nos movemos en un mundo extraño, no reconocemos nada a nuestro alrededor y, por tanto, cualquier novedad nos resulta incomprensible. Avanzar es un ejercicio tan enrevesado que muchos acaban por seguir lo que dictan los líderes de opinión, los guías espirituales, los políticos mesiánicos y, en fin, cualquiera que extienda su dedo índice para indicarnos un camino. Yo también me siento muy desorientado, pero, puestos a buscar la luz, prefiero aferrarme a profetas esquizoides y lúcidos como Philip K. Dick. Él es mi gurú y de él extraigo las verdades de este mundo.

Mi problema en mis diversos contactos con mi gurú ha sido el modo de aprehender sus mensajes. Philip K. Dick decidió hacerse escritor pese a que su destreza para contar historias quizá no esté siempre a la altura de sus ideas. De todos modos, esto no evita que sea un gran creador de parábolas, porque es capaz de saldar esta tara con una irradiación que trasciende los mecanismos de la narrativa.

Creo que será mejor que matice esto. Si me quejo de la narrativa de K. Dick es porque Simulacra es una de sus obras menores. Como tantas otras obras de Dick, parece escrita con prisa, con la necesidad de entregarla a tiempo para poder pagar las facturas. Por decirlo de algún modo, parece una novela deshilachada, a la que le faltan unos cuantos remiendos. Esto no ocurre, por ejemplo, con obras como El hombre en el castillo o Ubik, armadas con muchísima más pericia, escritas, supongo, en condiciones más favorables.

De todas formas, todas las obras de Philip K. Dick comparten un mecanismo común. Leyéndolo, uno tiene la sensación de que a Dick no se le ocurren historias, sino que sufre visiones que trata de trasmitirnos. Cada una de sus novelas es como una alucinación en diferido que podemos compartir con él, tan solo hemos de decodificar los poderosos símbolos que nos propone para que lleguemos a experimentar sus mismas epifanías.

Soy consciente de que estoy hablando en términos exageradamente místicos y que de lo literario solo he comentado algunas quejas, pero es que la lectura de Philip K. Dick se convierte a veces en una experiencia psicotrópica. Leer a K. Dick siempre resulta atractivo, tentador, sus obras son esa pequeña pastilla que nos hará ver las cosas de otra manera. Con todo esto, podría parecer que las obras de Philip K. Dick, como es el caso de Simulacra, son una suerte de viaje interior o de ejercicio espiritual. Sin embargo, siempre nos hablan de nuestra relación con los demás. De un modo u otro siempre se nos habla dentro de un plano político, en donde la convivencia aparece distorsionada por las drogas, la teología, la esquizofrenia, la policía, los extraterrestres, el Imperio Romano que sigue en pie, etc Por ejemplo, en Simulacra es más que evidente la obsesión por comprender cómo funciona el poder oficial y cómo se obtiene a través de la conspiración. La política en Dick quizá lo sea todo, porque es el ámbito en el que resulta más evidente la distorsión de la realidad.

Insisto, Philip K. Dick es un profeta. El mundo, a través de sus ojos, cobra un sentido más amplio y profundo, especialmente el mundo en el que vivimos hoy día. Yo soy uno de sus devotos y esto es puro proselitismo.