¿Por qué leer a Italo Calvino?

El vizconde demediado, de Italo Calvino

El vizconde demediado, de Italo Calvino

Si usted es infeliz, lea a Italo Calvino. La vida puede ser una lata, por eso es importante encontrar un buen cobijo. Italo Calvino me recuerda por qué le dedico tanto tiempo y tanta atención a la lectura. Leo porque soy un cobarde, porque me dan miedo las agujas y desde que estoy en este hospital me pinchan todos los días varias veces, leo porque a menudo me dan malas noticias sobre alguna parte de mi cuerpo que está mal porque la de al lado también está mal, leo para que mi cabeza no se venga abajo, como lo están haciendo otros órganos, leo porque leer es un clavo ardiendo al que agarrarse para seguir adelante cuando se hace difícil echar el día atrás; si me duele avanzar a lo largo del día, leo porque es más llevadero avanzar a lo largo de la ficción.

Usted podrá corregirme y matizar que esta no es una facultad exclusiva de Italo Calvino, sino de la literatura en general. Le doy la razón. Pero para mí Calvino es el ejemplo. Su manera de entender la literatura fantástica es un modelo intachable de cómo ser abducido por la felicidad. Me han traído varios libros de casa y me cuesta introducirme en la lectura entre tanta enfermera, tanto médico y tanto antibiótico cada cuatro horas. He dejado algún libro a medias, otros esperan por la mitad a que los retome. He dicho que leer me salva de todo esto, pero, aun así, leer se me hace difícil aquí. Pero, por suerte, mi amadísima Elisa Calatrava me dio la clave. Me dijo: “Voy a llevarte El vizconde demediado, Italo Calvino va a funcionar”. ¡Y cuánta razón tiene mi amadísima Elisa Calatrava! Con él la lectura funciona desde el primer contacto: es como cuando dos niños que no se conocen de nada se encuentran en el parque y a los diez minutos ya están jugando como si fueran los mejores amigos de toda la vida.

Italo Calvino tras la frondosa vegetación

El barón rampante, de Italo Calvino

El barón rampante, de Italo Calvino

El barón rampante, de Italo Calvino, es un libro maravilloso. Lo es en dos sentidos distintos. Me refiero, por supuesto, a que es un libro admirable, genial, precioso, excelente, y todos los elogios por el estilo que se me puedan ocurrir. Lo es porque se trata de una de esas obras que cumplen a la perfección una de las misiones de la literatura: ayudarnos a no estar aquí. El barón rampante está escrito por si acaso la vida es una mierda. Si se ríen de ti en el colegio, si no eres popular entre las chicas, si te han echado del trabajo, si tu mujer te ha puesto los cuernos, si te agobian las facturas, solo tienes que subirte a los árboles con Cosimo de Rondò, el protagonista de esta historia, y comprobar cómo los problemas terrenales dejan de afectarte, porque esta novela nos demuestra que la literatura es un plano ulterior de la vida, un lugar en el que siempre nos podemos sentir amparados. Los problemas no habrán desaparecido, pero Italo Calvino, a la larga, sienta mejor que los antidepresivos.

Cuando digo maravilloso, en otro sentido, también me refiero a fantástico, es decir, El barón rampante pueden enmarcarse dentro del ámbito de la literatura fantástica. De hecho, si lo fantástico es aquello que subyace en el plano de lo real y nos lleva hasta una experiencia inexplicable, Calvino parece darnos una versión distinta de este concepto, ya que el mundo arbóreo que nos propone es un estrato que descansa sobre lo real y que no se inmiscuye de lleno. Ambos planos, lo fantástico-arbóreo y lo real-terrenal, interactúan cuando Cosimo se relaciona con el mundo o cuando las personas miran hacia arriba y se atreven a ascender hasta el hogar de Cosimo. Aquí, lo real y lo fantástico no son planos incompatibles, se solapan con comodidad aunque en ocasiones existan ciertas fricciones. Italo Calvino nos plantea que lo fantástico está sobre nuestras cabezas, pero a nuestro alcance. Y, lo que es más importante, lo fantástico puede habitarse a lo largo de una vida.

Ahora recuerdo que Italo Calvino preparó una antología del relato fantástico, donde expone lo siguiente: “[…] el verdadero tema del cuento fantástico del siglo XIX es la realidad de lo que se ve: creer o no creer en apariciones fantasmagóricas, vislumbrar detrás de la apariencia cotidiana otro mundo encantado o infernal. Es como si el cuento fantástico, más que cualquier otro género, estuviera destinado a entrar por los ojos, a concretarse en una sucesión de imágenes, a confiar su fuerza de comunicación al poder de crear «figuras». No es tanto la maestría en el tratamiento de la palabra o en perseguir el fulgor del pensamiento abstracto que se narra, como la evidencia de una escena compleja e insólita”.

Al leer esta definición, no puedo dejar de pensar que se está refiriendo al paisaje arbóreo de El barón rampante. Cosimo de Rondò decidió establecer sus propios parámetros del mundo el día en que sus padres le obligaron a comer un plato de caracoles. Su hermano pequeño no se atrevió a seguirlo, en cambio, como el resto de los personajes de la novela y como todos sus lectores, se convirtió en un espectador de lo fantástico. A mí solo me queda parpadear con fuerza, por estupor y por fascinación, guardar este libro en la estantería y preguntarme qué pasará mañana cuando vea un árbol en la calle.