Iniciándome en Thomas Wolfe

El niño perdido, de Thomas Wolfe

El niño perdido, de Thomas Wolfe

Casi siempre que voy a la librería Tipos Infames, en Madrid, acabo notablemente embriagado por el vino o los gin tonics que allí sirven y con una parte significativa de mi sueldo dilapidada en libros. Aquel lugar es una trampa, es mi fumadero de opio personal. Los dueños de Tipos Infames, no contentos con presenciar cómo arruino mi vida con alcohol y literatura, han afinado aún más sus garras y, en mi última visita, me recomendaron un par de libros por iniciativa propia, por aquello de que parezco un buen lector y soy un cliente asiduo. Por supuesto, me llevé sus recomendaciones además de otros tantos títulos. Una de ellas fue Stoner, de John Williams, del que hablé hace tiempo. La otra es El niño perdido, de Thomas Wolfe.

Se trata de una novelita autobiográfica que no llega a las cien páginas en donde Thomas Wolfe (al que no hay que confundir, por cierto, con el escritor y periodista Tom Wolfe) se dedica a retomar la memoria de su hermano muerto y trazar surcos narrativos a lo largo de un recuerdo con límites imprecisos, acercándose a él desde varios ángulos y mediante distintos recursos. Que su hermano muriera cuando él era pequeño es algo que no me conmueve nada en absoluto. Esta obra hubiera funcionado igual si el muerto hubiera sido su gato o incluso su jilguero. El hermano muerto, por suerte, importa un rábano, y eso que se habla de él con insistencia. Esto quizá se deba a un logro paradójico: aunque la novela se desarrolle con un sobrecogedor tono lírico, este lirismo no llega nunca a resultar tan empalagoso ni tan sangrante como para que un niño muerto nos toque la fibra sensible y nos haga un nudo en el estómago. Ahora que lo pienso, lo mejor de esta novela quizá sea la capacidad de dosificación que demuestra Thomas Wolfe. ¿Hay algo más difícil que saber dosificar cuando uno se propone contar una historia?

En realidad, lo que tengo que agradecer a Gonzalo, el librero de Tipos Infames que me aconsejó esta obra, es el descubrimiento de un narrador de la talla de Thomas Wolfe -más allá de la recomendación de este título en concreto- al que le supongo novelas de mucho más peso, porque ya en este “ejercicio mnemotécnico” demuestra una destreza impresionante. Ha despertado mi curiosidad ante la obra de un escritor que desconocía, coetáneo de Faulkner y de March.

Hace tiempo que no paso por Tipos Infames, porque se me están acumulando muchos libros sin leer en casa y porque mi pequeña bodega está al completo. Pero yo soy un hombre frágil y Tipos Infames es un lugar tremendamente seductor, así que no tardarán mucho en volver a verme entre sus estanterías con un par de copas de más.