César Aira o la Coca-Cola de la literatura

Cómo me hice monja, de César Aira

Me gusta mucho el vino. Me estoy convirtiendo en un humilde aficionado, no de esos que saben hablar con propiedad de los “taninos”, sino de esos otros, mucho más limitados, que sienten curiosidad por probar todo tipo de caldos para ir cultivando, pacientemente, una torpe pero reconfortante sensibilidad vitivinícola. Si me dedicara a hablar de vinos, no alcanzaría a decir de ellos mucho más de lo que puedo decir de los libros que leo. Sería incapaz de hacer una crítica ortodoxa, en cambio, acabaría hablando de en qué cena y con quién bebí tal o cual botella.

También me gusta el whisky (solo y con hielo). Voy, poco a poco, comprando distintas marcas, esperando encontrarme con nuevas y agradables sorpresas. Sé, además, que aunque el vino y el whisky sean bebidas, no puedo hablar de ellas a partir de los mismos parámetros, del mismo modo que no se puede hablar de Raymond Carver y de Thomas Pynchon -por poner un ejemplo más que discutible- en los mismos términos. Pero, sin embargo, en ambos casos acabo usando cada experiencia única con cada uno de esos objetos como parámetro conciliador para hablar de lo que me plazca.

En este orden de cosas, habría que situar a César Aira, experiencia verdaderamente refrescante a la que habré de volver de vez en cuando. Seguramente, este señor hace mejor que nadie aquello que sabe hacer: tener grandes ocurrencias y saber hilarlas a lo largo de una narración que finalmente se sostenga. En Cómo me hice monja, aparecen tres novelas cortas (cortísimas) en donde se tiene la sensación de que cualquier acontecimiento de los que narra Aira podría encajar en las tres historias que se cuentan o, incluso, en cualquier otra de sus obras. Esto no ocurre porque todo lo que aparezca en el libro sea disparatado y, por tanto, se pueda hacer uso “del todo vale y todo queda bien en cualquier parte”. Quizá sea todo lo contrario. La narrativa de César Aira parece tener una lógica aplastante que se cierne sobre sí misma. Su narrativa es, por así decirlo, un mecanismo en donde, si se siguen las instrucciones (esas instrucciones que Aira ha inventado para sí mismo) se pueden obtener resultados potencialmente infinitos. La narrativa de César Aira es algo así como un Mr. Potato omnivariable. Aunque, al mismo tiempo, esto hace de Aira un Mr. Potato autorrefencial. Él es siempre su punto de referencia, y no los demás juegos.

Por eso, a la hora de situar a César Aira solo me sirve el paradigma de la Coca-Cola. La Coca-Cola es Coca-Cola, ellos inventaron sus propias reglas. Los demás refrescos saben a naranja, piña, limón o a cualquier otra cosa. La Coca-Cola, además, es otra bebida muy presente en mi vida, tanto como el vino o el whisky, pero ocupando otras necesidades. La Coca-Cola es el comodín perfecto, es la bebida que me evita las dudas de arriesgarme a pedir en un restaurante un vino que no conozco y que no sé si me va a gustar o no. La Coca-Cola siempre sabe a Coca-Cola, nunca llegará a los matices del vino, nunca llegará a cotas tan altas, pero tampoco me amargará una buena comida. Uno sabe que un vaso cargado de hielo con Coca-Cola siempre nos va a dar esa experiencia excepcional y limitada en la que podemos confiar.

Después de leer Cómo me hice monja sé que seguiré arriesgándome con nuevos caldos, porque de lo contrario nunca llegaré a hablar de los “taninos” con propiedad, pero siempre podré volver a César Aira si necesito una solución rápida y compatible en cualquier establecimiento donde vendan alcohol.

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