La guerra a la manera de Wajdi Mouawad

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Dejé de trabajar y me apunté al Taller de Teatro Municipal de Segovia. Era una espinita que tenía clavada desde hace tiempo. Poder medirme según los parámetros de un personaje inventado por otro; permitirme el lujo de no hacer de mí mismo durante un buen rato. Todavía estamos buscando el texto definitivo con el que trabajaremos hasta final de curso. Mientras tanto, poco a poco, mis lecturas se inclinan hacia lo teatral, abriendo una veta a la que todavía le queda mucho por ensanchar.

Aparecen multitud de posibilidades que desearía que lleváramos a escena. La última es Incendios, de Wajdi Mouawad. Esta lectura me ha dejado muy tocado, y me pregunto si lograría tocar con el mismo pulso a un hipotético público en el caso de que nos atreviéramos a construir tanta desolación y tanta tristeza sobre el escenario.

Quizá no hay tristeza más grande que la que describe Incendios, quizá no hay mayor horror, quizá no hay mejor paradigma del fundido en negro dentro de la propia vida. Podría describir en pocas palabras esa tristeza a la que me refiero, pero trato de morderme la lengua para no escupir el espoiler que se me acumula en la garganta. A lo sumo, me aclaro la voz y confieso que Sófocles estaría orgulloso de semejante vuelta de tuerca. Ustedes no quieren saber de qué va Incendios, y sus personajes tampoco hubieran querido saberlo. Todos éramos más felices antes de conocer esta historia.

Wajdi Mouawad es un autor canadiense de origen libanés, y nos habla de la guerra entre cristianos y musulmanes en su país natal. Pero eso es lo de menos. Incendios trabaja con el recorrido de la memoria y del descubrimiento personal para reconstruir la identidad (algo similar al funcionamiento de la película Vals con Bashir, de Ari Folman, que ha planeado sobre mi cabeza durante la lectura de esta obra). Pero eso es lo de menos. El meollo de la cuestión duele más que la suma de estas dos desgracias. Me parece que Incendios es un título muy apropiado, porque tras la lectura uno queda hecho cenizas.

Imagino a Carlos Tongoy leyendo esta obra. ¿Se le haría a él también un nudo en la garganta? Él siempre dice que la poesía no es lo suyo. Pero me acordé mucho de él leyendo el texto, porque para Wajdi Mouawad lo poético resulta imprescindible para poder afrontar ciertas realidades. De hecho, me doy cuenta de que me interesa ese tipo de teatro que se apoya en la metáfora y en lo simbólico para verbalizar de un modo más amplio, rotundo y certero con que solemos decir en nuestras vidas con un código practicable pero insuficiente. Incendios posee un lirismo arrollador, un lenguaje que excede los lugares comunes de la guerra.

¿Y qué se puede hacer con un texto así? Pues a Denis Villeneuve se le ocurrió hacer una película, darle mayor importancia a las imágenes y cercenar el texto. Se le ocurrió cambiar ciertos elementos, resumir ciertas piezas. Se le ocurrió darle una extravagante coherencia al conjunto. El resultado, para quien haya visto Incendies, de Denis Villeneuve, es una versión Disney del texto original. Un acercamiento comedido y despojado del desgarro que propone Wajdi Mouawad. No creo en eso de que el libro siempre es mejor que la película, pero en este caso no hay color. Comparen ustedes.

 

Thomas Mann se gusta a sí mismo

La montaña mágica, de Thomas Mann

La montaña mágica, de Thomas Mann

Estando en la universidad, aquella novia húngara que tuve me regaló un libro de Thomas Mann, Tonio Kröger. Yo, por aquel entonces, me debí creer tan a la vanguardia y tan experimental, que la lectura de aquel pequeño texto me pareció infumable y eso conllevó algunas palabras tirantes con mi exhúngara. Esperaba, hoy día, que mi regreso a Thomas Mann fuera una reconciliación con un autor consagrado, ya que mi visión de la literatura podría considerarse más madura y más amplia. Pues bien, a lo mejor me sigo creyendo demasiado listo, porque mi relación con Thomas Mann no ha parecido mejorar mucho con el tiempo.

 Me atreví, poniendo carita sonriente y abriéndole los brazos y el pecho, con las mil ciento cincuenta páginas de La montaña mágica porque habría de ser la piedra angular de mi diminuta recopilación bibliográfica sobre la enfermedad en la literatura, de la cual podrán encontrar el rastro en varias entradas de meses anteriores. Pude decir de ella -mientras todavía me anegaba en las primeras decenas de páginas- en el congreso de Nefrología al que fui invitado como ponente, que era una mina de oro para entender la relación médico-paciente y el proceso de identidad del enfermo. Personajes de la talla de Lodovico Settembrini me iban dejando perlas como esta:

Y es que, en verdad, La montaña mágica se puede escalar desde dos de sus flancos. El que a mí me interesa es el concerniente a la sociología del enfermo que se crea allá arriba en el sanatorio, el proceso de aceptación de la enfermedad y de inclusión en la identidad como elemento que determina la vida. Este es el propósito de Thomas Mann que a mí me ha encandilado y me ha dado fuerzas para seguir leyendo, pese a los diversos descansos que le he dado al libro; este es el camino en el que me he sentido iluminado y comprendido y querido y conectado al poder de la literatura para explicar el mundo.

Pero hay otra cara de esta lectura, un montón de páginas por las que he transitado y otro buen tanto que ya ni siquiera me da vergüenza confesar que me he saltado (quizá me dé vergüenza en el futuro, cuando tenga que hacerme el interesante delante de los demás o cuando pretenda ligar con alguna  chica enumerándole mi exquisito calendario de lecturas). Me refiero al otro propósito palpable de Thomas Mann, a esa necesidad de demostrar su erudición a lo Saber y Ganar y sus tibias y continuas reflexiones filosóficas absolutamente carentes de chispa. Seguramente, Thomas Mann sabía todo lo que había que saber en su época y estaba empeñado en demostrarlo a toda costa, aunque para no dejarse nada atrás tuviera que someter a algunos de sus personajes más relevantes -por ejemplo, Settembrini y Naphta- a un duro estado de marionetización. En la novela, con mucha frecuencia, le dan delirios de ventrílocuo y los pone a dialogar como si le hubiera metido una mano por dentro a cada uno y las moviera a modo de teatrillo durante páginas y páginas. Asistiendo a cómo Thomas Mann “aparece” una y otra vez en su propia novela sin que nadie lo haya invitado, solo puedo suponer que este señor se gusta mucho a sí mismo. De hecho, apostaría algo a que, hoy día, Thomas Mann sería opinólogo y tertuliano de la tele, y hablaría con igual autoridad del caso de las tarjetas Black como del virus del ébola.

Después de todo esto, podría atenuar mis palabras recordando que Thomas Mann escribe muy bien. Y es cierto, ¿por qué no?, pero en su estilo también se ve ese ser anfitrión constante para el lector, recordándonos de vez en cuando que estamos en una narración y que es él -usando un plural de cortesía- quien se encarga de organizar el cotarro narrativo que tanto estamos disfrutando. Tanto es así que me atrevería a decir que se trata de una prosa que envejecerá mal.

De todos modos, recordemos que, hoy día, La montaña mágica es considerada un clásico indiscutible y, para colmo, a Mann le concedieron el premio Nobel; por eso, sería sensato avisarles de que aquí el problema estriba en que yo sigo creyéndome un listillo y un modernete con un criterio despiadado y un gusto literario mitomaníaco. Prueben ustedes, si se atreven, a meterse entre pecho y espalda La montaña mágica, pero luego no digan que yo no les advertí de lo que se iban a encontrar.

Herman Melville por una camiseta

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

 

El fin de semana pasado, en mi visita a Barcelona, tuve la oportunidad de regresar a La Central del Raval y me atendió un dependiente con esta camiseta:

Ya me había fijado varias veces en ella en La Central de Callao, en la sección de merchandising que hay en el mostrador para pagar. Me había imaginado con ella puesta, fardando por la calle, haciéndome el guay delante de los demás. Pero había algo que me prohibía comprármela, un impedimento moral, unos escrúpulos, no sé. Quizá mi objeción estribara en que todavía no había leído Bartleby, el escribiente y no quería sentirme como esos idiotas que van por ahí con la cara del Che Guevara estampada en el pecho y no tienen ni idea de lo que es la Revolución cubana. Al menos, esos remilgos sí que los tengo.

Por lo tanto, podríamos decir que, a lo largo de mi vida como lector, NO he leído Bartleby, el escribiente hasta el día de hoy, pese a disponer de las siguientes buenas razones que, a bote pronto, se me ocurren:

1. Por tratarse de una obra de contrastado prestigio, escrita por Herman Melville, nada más y nada menos que el autor de Moby Dick.

2. Porque Vila-Matas escribió una obra basándose en el arquetipo de Bartleby, que leí hace años y que me impresionó mucho.

3. Porque mi amadísima Elisa Calatrava me dijo hace unos meses que a qué diantres estaba esperando para leerme semejante maravilla y que me iba a encantar.

4. Porque la obra es muy cortita.

 Digamos que la primera opción es la que menos peso tiene para mí. Otro día confesaré mi atraganto con Moby Dick. El caso es que al final he leído Bartleby, el escribiente por culpa de una simple camiseta.

Aunque al final, como siempre, mi amadísima Elisa Calatrava tenía razón. Bartleby, el escribiente es esa literatura aplicada en una sola dosis que puede cambiarte la vida. Es el ejemplo para atreverse a tomar la decisión de bajarse del carro. Es la única respuesta honesta ante el desencanto. Nos fijamos en Bartleby como si él estuviera en el error, como si padeciera una enfermedad, como si esperáramos que su distanciamiento fuera pasajero y soñáramos con verlo restituido, al fin útil y feliz. Pero esta obra se lee mucho mejor si se hace desde la perspectiva de Bartleby y se ve el despacho, los compañeros, el jefe, en fin, el mundo, desde sus ojos. Ahí es donde todo esto empieza a dar vértigo.

Me ha llamado la atención el hecho de que sus colegas de trabajo acabaran contagiándose del uso incisivo del verbo preferir. Quizá, con un poco más de paciencia, Bartleby los hubiera conquistado a todos, inseminando en ellos la idea de que siempre existe la posibilidad de decidir qué hacer. Imaginen, por un momento, un Bartleby que hubiera aguantado durante más tiempo en su trinchera. Imaginen varios Bartlebys en las oficinas donde se calcula la prima de riesgo, en los despachos donde se especula con el crédito, en los gabinetes donde se diseñan las políticas de austeridad. ¿Qué quieren que les diga? Yo antes era de Batman, ahora soy de Bartleby.

¿Seguiré yo el ejemplo de Bartleby? Cuando nuestro escribiente se limitaba a escribir y a rechazar el resto de las órdenes llegué a pensar que había encontrado mi guía espiritual, pero, un poco más adelante, cuando fue más allá, me dio un vuelco el corazón, me dejó trastocado y falto de equilibrio. A mí todavía me hace falta reunir mucho valor para seguirlo hasta el final, pero me queda bien claro que se trata de un símbolo potentísimo.

En fin, para empezar con buen pie, la próxima vez que me tope con la camiseta me la compraré y, a lo mejor, incluso podré experimentar un atisbo de orgullo.

Lectura desértica de Pedro Mairal

El año del desierto, de Pedro Mairal

El año del desierto, de Pedro Mairal

Soy muy aficionado a la literatura apocalíptica porque me gusta hacer porras acerca de cómo desaparecerá el mundo que conocemos. Apostar por el fin del mundo me parece tremendamente más excitante y gratificante que apostar en un partido de fútbol, por ejemplo. Voy leyendo, cada cierto tiempo, obras que aborden este tema desde distintos ángulos para disponer de información contrastada cuando las casas de apuestas abran sus puertas. He probado esta vez a documentarme con El año del desierto, de Pedro Mairal, deseando que el buen -y terribe- sabor de boca que me dejó la ciencia ficción argentina de Rafael Pinedo se intensifique con su compatriota (como si hubiera algo generacional en esto) Pedro Mairal.

En El año del desierto, un fenómeno urbanístico-ambiental, llamado la intemperie, va arrasando los arrabales de Buenos Aires y avanza inminentemente en dirección al centro de la ciudad. A su paso, todos los edificios se van derruyendo, se vienen abajo y se vuelven inhabitables. Esto lleva a la pérdida del bienestar de los ciudadanos, sumiéndolos en la pobreza y el desamparo, convirtiendo a la clase media en damnificados de una catástrofe de la que no se aclara nada más. La intemperie, avanzando como una ola a través de la realidad de la sociedad argentina, responde mucho mejor a la categoría de lo fantástico que a la ciencia ficción. La intemperie, de hecho, no es más que una metáfora de la crisis económica argentina; funciona, sin más, como una parábola. Si bien este concepto de intemperie añade cierta poética a la novela, no es más que un sinónimo de crisis y no aporta ninguna otra cosa. Es una idea sugerente en el comienzo pero irrelevante a lo largo del texto. Es el leitmotiv, pero no el soporte de tantas páginas que acabaron aburriéndome.

El primer desengaño fue comprobar así que en realidad no estaba leyendo una novela de ciencia ficción, pero me consoló la idea de que quizá estaba ante una gran novela política. En un primer momento no pude evitar una comparación exhaustiva de El año del desierto con Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Esperé que la intemperie de Mairal nos revelara las estructuras de poder y los mecanismos de represión de una sociedad como lo hacía la ceguera blanca de Saramago. Si hay algo bueno en la novela de Saramago, es esa capacidad de comprender cómo funcionamos en sociedad y esa esperanza de una democracia incipiente fundada en el derrumbamiento de todo el andamiaje sociopolítico. Saramago nunca me ha parecido un gran narrador, pero sí un señor con muy buen ojo para el ser humano. De hecho, reconozco que la decepción de El año del desierto me lleva a realzar a José Saramago dentro de mis filias. La decepción de El año del desierto quizá tenga tenga mucho que ver con esta comparación y con mis expectativas. La novela de Mairal es una historia de supervivencia en la pobreza, en donde Buenos Aires parece una isla dentro del mundo y en donde las reacciones sociales a veces me son incomprensibles. Por ejemplo, hay una suerte de guerra civil cuyo motivo desconozco.

Pero lo peor de todo es que El año del desierto no es una novela que nos hable del grupo o que aporte perspectivas o un gran ángulo, sino que se enfoca de principio a fin en la protagonista, una joven insulsa, con la más absoluta falta de carisma, que nos cuenta sus vicisitudes para tratar de sobrevivir a todo lo que se le viene encima. Sus aventuras, desgracias y peripecias me han acabado resultando tan pesadas que el último tramo del libro ha sido leído en modo turbo, saltándome tantas páginas como he considerado necesario.

Me da pena comprobar que en este tipo de obras se describa una sociedad poscatástrofe que trata de emular las estructuras sociales que ya existían, en lugar de proponer alternativas de convivencia que quizá serían idóneas si nos viéramos obligados a montar un nuevo chiringuito. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, la teleserie Battlestar Galáctica, como un intento de reafirmar la democracia presidencial y militar. Por otra parte, espero que el desarrollo sea muy distinto en el cómic que voy leyendo a plazos, Y: El último hombre, en donde la sociedad patriarcal desaparece de un plumazo porque todos los varones (menos el protagonista) mueren. No sé, prefiero no extenderme con esto, porque el cómic de Brian K. Vaughan ya tendrá su correspondiente entrada a su debido tiempo.

Joyce Mansour aguardando en la nevera

Islas flotantes, de Joyce Mansour

Islas flotantes, de Joyce Mansour

He pasado una temporada leyendo algunos libros que, de un modo u otro, hablaban sobre la enfermedad y, claro, mi amadísima Elisa Calatrava estaba empezando a preocuparse al presenciar cómo la enfermedad se estaba convirtiendo en mi tema predilecto y recurrente y, sobre todo, cómo podía yo sacar tanta diversión y tanto entusiasmo de algo que debería ahuyentarme. Creí haber dejado el tema a un lado y ahora no sé cómo decirle que Islas flotantes, de Joyce Mansour, reincide en lo mismo y me devuelve el código que he estado manejando últimamente.

Yo solo quería leer a Joyce Mansour porque lo vi en el último tweet de Cristof Polo:

nevera

Un último tweet de hace ya año y medio. Una de sus últimas señales de humo para todos los públicos. A mí, por el contrario, sí que me han llegado otras señales de humo, de un humo destinado a aposentarse exclusivamente en el techo de mi cocina. Pero ya saben ustedes cómo es el humo, el humo lo emborrona todo y no hay quien entienda un carajo con tanto humo. De ahí mi intención de leer a Joyce Mansour, para descifrar la nevera de Cristof Polo, para saber si hay algo que descongelar.

Y, por supuesto, Islas flotantes me trae un trasunto del Cristof Polo que yo conocí antes de ser Cristof Polo y también me trae a mí mismo, porque este libro habla de lo que yo querría haber escrito durante estos últimos años. Joyce Mansour fue una de los surrealistas y se tomó muy en serio eso de liberar el Ello freudiano mediante su escritura para reflejar los impulsos del Eros y del Tánatos, porque, a su lado, Breton y compañía parecen un grupo de mariachis. El surrealismo de Joyce Mansour duele, no hay forma de encararlo con la conciencia tranquila. El sexo y la enfermedad están anudados en sus textos, gravitan uno sobre el otro y se influyen del mismo modo que lo hacen los planetas. El sexo es la única respuesta a morirse y morir es la única calma que puede encontrar el deseo.

El narrador en primera persona de Islas flotantes nos recuerda que el lector no asiste a una historia sino a un relato, a una decodificación particular del mundo, a una interpretación que convierte a los Otros en algo necesariamente distinto. He dicho “voz narradora” y podría haber dicho “yo lírico”, da igual, porque las pautas terminológicas son herramientas imprecisas con textos como los de Joyce Mansour, que nos recuerdan qué es literatura, qué es asistir al mundo a través de la literatura. No es un conjunto de poemas ni una novela, es un artefacto para posicionarse de un modo particular y determinado ante las cosas, es ser Joyce Mansour o, mejor dicho, es ser lo que a Joyce Mansour le dé la gana que seamos.

Puede sonar incómodo, desagradable, confuso, pero a mí me tranquiliza y me hace respirar hondo. A saber, la noche previa al día de San Juan habían programado en Segovia un maratón de teatro al aire libre. Salí de casa con Islas flotantes en el bolsillo de la chaqueta sin haber empezado a leerlo todavía. Iba acompañado y sabía que no iba a tener oportunidad de comenzar la lectura, pero, por alguna razón, llevar este libro en el bolsillo de la chaqueta me hizo salir a la calle más despreocupado y más sereno. A mitad de la primera función se puso a llover y volvimos a casa. Me metí en la cama, buscando el calor de las sábanas tras zafarme de la ropa mojada. Soñé con un reencuentro con Cristof Polo. Conversábamos. Había más gente. A la mañana siguiente, día de San Juan, empecé a leer a Mansour, abrí la nevera. El resto ya lo he contado.

La visión empresarial de Steven Millhauser

Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser

Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser

Vivir el sueño americano tiene que ser algo muy aburrido y cansino, toda la vida progresando, desde una posición humilde a lo más alto que un hombre sea capaz de llegar gracias a su propio tesón. A lo mejor yo me lo tomo así de mal porque al sueño americano hay que echarle muchas horas al día, y al final no queda tiempo para leer. Martin Dressler, historia de un sueño americano, de Steven Millhauser, trata precisamente sobre esto: un chico humilde que, gracias a las burbujas del capitalismo, logra subir en el escalafón empresarial de Nueva York montando chiringuitos (léase restaurantes y hoteles) cada vez más complicados. La historia del hombre que se ha hecho a sí mismo es ya muy vieja y aquí se sitúa a finales del s. XIX. A mí esa canción me suena gris y repetitiva, carente de atractivo, una bildungsroman tan común que en cada calle de cada pueblo y de cada ciudad vive un hombre que se ha hecho a sí mismo y que, por supuesto, se siente muy orgulloso de ello y que, por consiguiente, se ha tirado toda su vida trabajando como un mulo para poder contarle la misma historia trillada de superación personal a los que nos hemos esforzado por disfrutar de la vida.

La aspiración del hombre que se ha hecho a sí mismo, enmarcada en un contexto capitalista, supongo que es aumentar su capital y, para esto, el hombre que se ha hecho a sí mismo emprende proyectos empresariales cada vez más complejos en busca de un sentido de la vida que se vislumbra al final de cada proyecto y que desaparece cuando se culmina, porque el capital no está cargado de sentido. Al menos, esto es lo que creo haber entendido de la vida de Martin Dressler, el protagonista de la novela. Por decirlo de otro modo, el fin último de un hombre que se ha hecho a sí mismo es construir Disneyland, y en esto Baudrillard tendría cachondeo para rato.

Al principio, Martin Dressler me recordaba un poco a Stoner, el protagonista de la novela homónima de John Williams. Asistía atento al devenir de su vida, veía un cierto paralelismo entre ambos personajes, al menos en el plano matrimonial. Pero la comparación no puede ir mucho más allá, mientras que William Stoner acabó cayéndome bien, Martin Dressler me parece uno de esos horteras que construyen megaurbanizaciones en la Costa del Sol.

Que quede claro que me estoy metiendo solamente con el personaje, porque, en cambio, la novela está escrita con una fluidez asombrosa. Nunca creí que sería capaz de leer tantas páginas dedicadas a la descripción de un restaurante o de un hotel. Es algo así como cuando un amigo se va a hacer una casa y te enseña los planos y te describe la distribución y la decoración palmo a palmo, y tú aguantas toda la retahíla porque él está tremendamente ilusionado y lo quieres mucho.

Por cierto, hace poco, comenté en otro post que había “aparcado” la lectura de La educación sentimental. Ahora me pregunto si esta obra de Steven Millhauser dista mucho del estilo realista de Flaubert. No quiero hacer comparaciones imposibles, sencillamente veo una suerte de “compatibilidad” entre ambos estilos. No obstante, no pude con uno pero sí con el otro. Me aburrió una historia del siglo XIX contada por alguien del siglo XIX, pero he podido leer una historia del siglo XIX contada por alguien del siglo XX. Esto ratifica mis limitaciones como lector, pone de manifiesto mis preferencias, mis lagunas, mis tics. Reconozco que dejar “aparcados” libros con ese peso hiere un poquito mi amor propio, porque evidencia mi falta de objetividad como lector. Pero bueno, me consuelo pensando que leer es un discurso y que todo discurso lleva consigo un punto de vista.

Slawomir Mrozek en Muchachada Nui

El árbol, de Slawomir Mrozek

El árbol, de Slawomir Mrozek

En Londres tuve un amiguete polaco llamado Piotrek. Sin pensar en los riesgos, se fue a vivir a un ghetto negro ufanándose de no tener prejuicios raciales. A la semana, vino al trabajo contando que una panda de quinceañeros le había pegado en la calle y le había robado la mochila. Yo ya lo avisé. Piotrek no perdió el sentido del humor. A  Piotrek le gustaba Gombrowicz, lo flipaba con Ferdydurke. Ambos son la sinécdoque que pretendo conservar de Polonia.

Polonia crece muy despacio en mi cabeza. Que si un poco de Kieslowski por allí, que si otro tanto de Lem por allá. Y ahí paro de contar. Así no hay modo de contemplar Polonia desde lejos, sin haberla pisado nunca, a pesar de mi preciada sinécdoque.

Mis inconvenientes con el pueblo polaco quizá estriben en que, como es ahora el caso, muestro una dicción horrible cuando comento que acabo de leer El árbol, de Slawomir Mrozek (y faltan algunos signos que no encuentro en el teclado). En ocasiones así, mi trocito de Polonia se vuelve chicloso y no sé si tragar o escupir al suelo. Para que no nos pase esto, me referiré a este autor como SM. Pues bien, leyendo El árbol es fácil pensar que SM fue el abuelo oculto entre las sombras de La hora Chanante y, por ende, de Muchachada Nui. Imagino a Joaquín Reyes en el regazo de SM, oyendo atento sus cuentos de página y media. Las chorradas como pianos por fin lograrían convertirse en el humor que nos deja estupefactos, tradición que ni siquiera perteneció a los surrealistas.

Los cuentos de SM son un sketch tras otro al borde del abismo del “¡No, por favor!” que acaban dejándote buena cara. Con SM mi Polonia se despliega un poco más. Junto al combo Piotrek- Gombrowicz voy a terminar pensando que estos polacos son unos cachondos.

Millares Sall hace Krak y mi tos también

Krak, de José María Millares Sall

Krak, de José María Millares Sall

Permítanme que les cuente cómo ha sido mi puente de carnaval. Verdaderamente entretenido. Por ejemplo, el domingo mi amadísima Elisa Calatrava y yo nos fuimos a Madrid y almorzamos en un restaurante coreano, luego vimos una función de Leo Bassi. A la noche, cenamos ceviche en un restaurante peruano y luego estuvimos en un concierto del Populart. Dormimos en una pensión. Al día siguiente, antes de volver a casa, fuimos a visitar la nueva librería Central que han abierto en Callao. Entre otros libros, compré Krak, una obra póstuma de José María Millares Sall. A mí esto me suena a felicidad. Pero debo ampliar este cuadro incluyendo en todos estos eventos una profunda y contundente tos que baila incansablemente desde mi pecho a mi garganta, de mi garganta a mi pecho, y ensombrece todos mis gestos convirtiéndome en una rara especie de desterrado de mi propia vida. Toso en el trabajo, en la cama, en el desayuno y en la cena, en clase de yoga, en el sofá mientras veo la tele, mientras leo, mientras mantengo una conversación, toso, lo interrumpo todo y toso. Por tanto, mi puente de carnaval ha sido una gran tos ramificada sobre mis pequeños proyectos cotidianos y mal disimulada en público. El médico de cabecera y el neumólogo me dicen que me hidrate continuamente la garganta. Mi nefróloga, en cambio, me dice que no abuse de los líquidos porque se me hinchan las piernas. Todos los años llegan las semanas del monstruo de la Tos, pero en esta ocasión se parece más a un destino que a una dolencia.

Toda esta tos expresada así en un párrafo tiene que ver con Krak, de José María Millares. Esta obra consta de un conjunto de poemas unidos por la presencia de un enigmático y monstruoso personaje. Krak está ahí, en los poemas, interfiere en ellos, participa, a veces se esconde. Quizá sea el lado oscuro de algo que ya de por sí estaba en penumbra. Podríamos suponer que Krak es el leitmotiv de esta obra, pero eso lo obligaría a caminar recto, y Krak se ladea entre línea y línea, y corcovea para encabalgar los versos, y nos hace muecas histriónicas para que lo reconozcamos entre el animalario que Millares Sall va proponiendo. Krak es una una constante, y es por esto que lo identifico con mi propia Tos.

Me he sentado esta mañana, tosiendo, a leer Krak y a intentar encontrar en él mi calma. He aparcado mis demás lecturas y, por supuesto, cualquier otra tarea pendiente. Leer a Millares Sall siempre es una experiencia alucinada, una dilapidación exhaustiva de todas las reglas de la gramática. En la realidad lingüística de Millares Sall mi Tos podría ser un bolero, la ebullición del agua en un cazo sobre la vitrocerámica o incluso un ronroneo parecido al de mis gatos. Por eso me veo obligado a hablarles, con tanta insistencia, de mi puñetera y agobiante Tos, porque es la única forma en la que soy capaz de hablar de este libro, de mi experiencia con la poesía de Millares Sall, de todo aquello que suena como Krak.

…………………………………………….

PD: Por cierto, me acabo de acordar de otro que también sabe muy bien Cómo hacer crac:

Emilio de Marchi pintando en giallo y negro

El sombrero del cura, de Emilio de Marchi

El sombrero del cura, de Emilio de Marchi

Hace unos años escribí un relato que trataba sobre un millonario lector que contrató a un explorador de libros para que le descubriera otra Historia de le literatura. El lector millonario ya había leído todas las obras pertenecientes al canon, y buscaba, para no quedar desocupado y aburrido, otro conjunto de obras que apuntalara ese canon pero que, sin embargo, hubiera pasado desapercibido por toda la historia de lectores anteriores a él. Hoy día, esta misma labor arqueológica está en manos, en buena parte, de las editoriales independientes que han ido apareciendo a lo largo de los últimos años. Ya no volvería a escribir un cuento así, ahora preferiría explorar yo mismo esa amplia oferta de propuestas que desconozco.

Recientemente cayó en mis manos El sombrero del cura, de Emilio de Marchi, autor italiano del siglo XIX que yo desconocía por completo y del que se dice que fue el precursor del giallo. Para ser honestos, también desconocía que el giallo fuera la adaptación italiana del género negro y, en cuanto descubrí esto, pensé en cuánto me gusta la novela negra y en cuánto me gustaría un misterioso precursor de este tipo de historias en una literatura en la que nunca he profundizado. Todo apuntaba a que Emilio de Marchi sería uno de esos escritores que exploraba el personaje de mi relato, un autor desconocido (para mí) capaz de apuntalar y ampliar el canon, pero no tengo muy claro si este escritor italiano goza de los recursos necesarios para codearse con los grandes.

El sombrero del cura trata de un asesinato y de los devaneos de su perpetrador por no ser descubierto. Su argumento, en realidad, se parece mucho, aunque solo sea a priori, al de Crimen y castigo, y esta semejanza podría ser un inconveniente a la hora de su lectura, porque las comparaciones son odiosas. En ambas novelas la culpa es una pieza importante que configura toda la trama. En la obra de Dostoyevski, el fuero interno del personaje se convierte en un escenario y asistimos a una culpa en 3D; en cambio, en la obra de Emilio de Marchi, la culpa es una mosca cojonera que persigue al personaje a lo largo de la historia. De hecho, no sería justo buscar más paralelismos, porque sendas novelas persiguen objetivos muy distintos.

La novela de Marchi es, más bien, un divertimento, una historia liviana aderezada con los quebraderos de cabeza del asesino para mantenernos atentos hasta su resolución, en donde el sombrero funciona como una suerte de McGuffin que nos lleva de una mano a otra hasta averiguar la suerte de nuestro homicida protagonista. He de reconocer que a mí, el barón de Santafusca, protagonista de esta novela, me ha resultado un señor que ni fu ni fa, así que no he sufrido demasiado por él, ni he sentido alegría, ni me he impacientado demasiado por saber cómo acabaría todo este embrollo. En realidad, se podría decir que he tenido suerte, llevo varias semanas en período de exámenes y corrigiendo trabajos de mis alumnos, así que me ha venido muy bien no haberme sentido embaucado por la novela; es fácil salir y entrar de ella sin sufrir el doloroso tránsito que hay de la ficción a la vida real y viceversa.

Quizá haya echado en falta -ya que el asesino no me ha terminado de convencer- un buen detective. Aunque si le exigiera a de Marchi un correlato a la italiana de Philip Marlowe estaría encerrándome en un modelo que no tiene porque ser exportable al género del giallo, que desconozco por completo. Sería tan injusto como pedir que las hamburguesas de soja sepan a ternera. En lugar de un detective, eso sí, tenemos a algunos ciudadanos destacados de Nápoles que harán sus pesquisas y aportarán pruebas, trabajando en común para suplir a un verdadero profesional del crimen.

Con esta obra, entre otras, se presenta la editorial Ginger Ape, tratando de descubrir y cubrir los huecos, las ausencias y las desapariciones de la literatura. Como lector, me siento fascinado porque existan tantos exploradores como el de mi ingenuo y destartalado cuento, en donde, por cierto, todavía queda libre el rol de multimillonario bibliómano. Ojalá me toque a mí hacer de ese personaje.

Fuegos artificiales para William March

Compañía K, de William March

Compañía K, de William March

Discúlpenme, pero hoy tengo la cabeza muy espesa y no consigo darle una dirección a este post, y eso es una auténtica pena, porque se trata de un descubrimiento que me ha dejado impresionado. Me refiero a Compañía K, de William March. No encuentro razón para comportarme con más torpeza de la habitual, no pesa sobre mí ninguna preocupación ni tarea pendiente, he dormido bien esta noche y me acabo de echar una siesta mientras televisaban la natación sincronizada. Se me han ocurrido varios comienzos que en principio me parecían atractivos, pero que, a lo largo del día, no he tenido más remedio que desechar por desmedidos, así que no los voy a detallar para no sonrojarme. Estoy ante un gran libro y no se me ocurren los fuegos artificiales apropiados para celebrarlo. No importa, no hay que desesperarse. Hagámoslo sencillo, mi humilde opinión es esta:

Leyendo Compañía K, de William March, no he podido dejar de pensar en La perfección del tiro, de Mathias Enard; de hecho, la única novela bélica que había leído hasta el momento. No he pensado en ella por el parecido, sino por su antagonismo. La novela de Mathias Enard es un ejercicio de hipersubjetivización, se nos narra una historia a través de la mirilla de un fusil y esta siempre está condicionada por la posición que logre el francotirador para realizar su misión: disparar y relatar. La novela de Mathias Enard requiere un acto de fe en su personaje, si no confías en su palabra no verás la guerrra. La novela de William March, en cambio, nos propone una experiencia colectiva. No tienes que confiar en toda la tropa, pero puedes oír, uno a uno, los testimonios de cada soldado. La guerra es intersubjetividad y el lector está viéndola en el libro en 3D. Así que podríamos decir que Mathias Enard nos acercaba al misticismo y William March a una microcultura.

Piensen en Mientras agonizo, de William Faulkner, coetáneo, por cierto, de William March, y maximicen el multiperspectivismo hasta dimensiones monstruosas. Faulkner narraba una tragedia desde todas las posiciones de una familia, mientras que March narra una guerra desde todas las posiciones de un ejército. El resultado es un pequeño zeitgeist bélico, capaz de calar en nuestros huesos, a la larga, con mucha más fuerza que la retransmisión en directo de un ataque en Fallujah.

Una vez dentro de Compañía K, uno percibe a cada soldado-personaje como un segmento, pero cada segmento tiene su propia naturaleza, su escala de valores, sus expectativas, sus creencias etc. Asimismo, cada segmento funciona como un microrrelato autosuficiente y valioso por sí solo. Por suerte, para confirmar esto tengo una prueba empírica: al final de cada uno de estos capítulos se me ha ido escapando una carcajada o una exclamación de algún tipo o he lanzado un insulto. Podría decirse que cada capítulo ha provocado una reacción concreta en mí, independiente de la suma de la novela. Tanto es así que, en el transcurso de la lectura, mi amadísima Elisa Calatrava solía volver la cabeza hacia mí, a veces incluso con cierto sobresalto, para preguntarme qué me estaba ocurriendo y por qué soltaba esos grititos. Yo la tranquilizaba alegando que era por el libro, a lo que ella solía responder: “Pues sí que tiene que ser buena la novela”. Lástima que ustedes no hayan podido oírme lanzar esos grititos al final de cada capítulo, eso sí que hubiera sido unos buenos fuegos artificiales para celebrar esta obra.

Warren Ellis y Mark Millar demuestran distinta autoridad

The Absolute Authority, de Warren Ellis y de Mark Millar

The Absolute Authority, de Warren Ellis y de Mark Millar

El otro día fui a La Casa del Libro sin darme cuenta de que vestía una camiseta verde. Los demás clientes me paraban y me preguntaban por la ubicación de distintos libros a medida que yo iba moviéndome por varias secciones. Yo les replicaba que no era librero, sintiendo una mezcla de incomodidad y adulación por el malentendido. Mi camiseta verde, pese a tener estampada la cara de Woody Allen con el cuerpo de Alien, bajo el cautivador apelativo de “Woody Alien”, coincidía con el tono Pantone usado por La Casa del Libro como color corporativo. Al llegar a la sección de cómics, mi camiseta verde, ya convertida en tótem bibliómano, me hizo más sagaz que la librera que debía asesorarme. Encontré, en un recoveco de una estantería, la edición de The Absolute Authority, ya descatalogada y que, además, la librera me aseguró que no tenían.

The Authority es un buen cómic para leer cuando Mario Draghi aparece en televisión con aspecto de tener la conciencia tranquila. Hay pocas cosas que me preocupen más que su serenidad. Zizek hablaba de que vivimos en un mundo “autocolonial”, en donde entidades privadas colonizan los países a los que pertenecen. Para que una sociedad pueda mantener semejante tensión autodestructiva es necesario un índice de violencia de mayor envergadura que las ruedas de prensa desde las que los políticos nos humillan. Por eso, ante tal coyuntura entiendo que es necesaria una pieza más, a elegir entre estas dos: A) terroristas o B) superhéroes. Como el terrorismo es un timo y, dentro de un capitalismo global, no dista mucho de los objetivos empresariales de un banco o de una agencia de calificación de riesgos, solo nos queda agarrarnos a la opción B. Pero, por desgracia, aún no tengo noticias de que los superhéroes existan.

En The Authority aparece la pieza del superhéroe que faltaba en el juego, pero funciona de modo distinto según la perspectiva de Warren Ellis o la de Mark Millar. Ambos guionistas dan su propia versión de la misma idea y la cimentan, supongo, a partir de su visión del mundo. Veamos:

The Authority según Warren Ellis

Ellis enmarca la figura del superhéroe en un mundo reconocible, en el mundo de hoy día, abriendo, de este modo, la posibilidad de alcanzar una mayor empatía con un puñado de personas con superpoderes. Incluso para alguien como yo, que no sabe casi nada acerca de superhéroes, es fácil observar que, tanto en los cómics como en el cine, existe una fuerte tendencia a insertar esta mitología dentro de una problemática actual. Por ejemplo, en la trilogía sobre Batman dirigida por Christopher Nolan, la Gotham paradigmática y atemporal se transforma en un lugar concreto y localizable dentro del mapa geopolítico.

Pero esta apuesta requiere de una fuerte dosis de hiperrealidad. Si el superhéroe es la pieza que falta en la estructura global ha de interactuar de un modo verosímil con el resto de factores que componen el mundo que conocemos. Aquí es donde Warren Ellis se equivoca o -con ánimo de ser menos drástico- donde se queda corto. Pese a que establece los lazos pertinentes con el mundo real (gobiernos, Naciones Unidas, etc.), su grupo de superhéroes parece trabajar al margen de todo y de todos, sin proponer un análisis de las relaciones que se establecerían entre este grupo de superhombres y los distintos planos sociales; tanto es así que la sociedad queda reducida a una sombra al fondo de la trama, cuyo único protagonismo reside en su condición de víctima.

Si hay una víctima es necesario un salvador. Los superhéroes existen porque hay alguien a quien salvar. Lo interesante sería saber de quién hay que salvar al mundo. Y es aquí donde la propuesta de Ellis me parece más deficiente, porque considero imperdonable que se permita, tratando un tema fundamentalmente ético, un ápice de maniqueísmo. Ya no porque los buenos sean muy buenos, sino porque los malos son seres absolutamente malos, aparecidos deus ex machina, para hacer daño por motivos que superan la comprensión humana.

Otro aspecto reprochable es que no se haya sabido sacar más tajada de algo tan suculento como la presentación de los personajes. En lugar de ir mostrándonoslos a través de urdimiento de la trama, el guionista los pone delante de nosotros y permite que se justifiquen a sí mismos, casi como si estuvieran entregándonos un currículum vitae.

En definitiva, no he visto esta primera parte a cargo de Warren Ellis a la altura de la idea que representa, mucho más ambiciosa y con más potencial. Por suerte, The Authority fue a parar a manos de Mark Millar, y aquí cambiaron las tornas.

The Authority según Mark Millar

Millar se dedica a intentar resolver algunas de las preguntas que me surgieron al leer los capítulos de Ellis. Creo que para escribir una buena historia hay que saber hacerse las preguntas que le vayan a asaltar al lector, y luego hay que decidir cuáles se responden y cuáles no. Las respuestas a esas preguntas son un material magnífico para construir una estructura narrativa sólida. Mark Millar no solo hace que estos superhéroes salven el mundo, sino que, para que esto ocurra, él salva a estos superhéroes.

En la versión de Ellis ya resonaba la idea de que un grupo superpoderoso capaz de controlar el mundo puede traer consigo grandes dilemas morales y democráticos. Pero esta idea era un latido que jamás llegó a oírse con estetoscopio. Para auscultar estos entresijos del poder, Mark Millar se decanta por enemigos a los que el lector pueda temer. Los superhéroes de The Authority se dedican ahora a resolver conflictos armados, a desmantelar dictaduras o a paliar desastres naturales, por ejemplo. Y, como cabría esperar en un mundo mediático, estos superhéroes, lejos de buscar el anonimato, se convierten en personajes de fama mundial, en modelos a seguir para los adolescentes y copan todas las portadas como si fuesen jugadores de fútbol o estrellas del pop. El superhéroe recibe el máximo reconocimiento social y es ahí donde encuentra su legitimación, mucho más allá que en el apoyo de los gobiernos.

De hecho, estos nuevos objetivos deberían poner en duda la neutralidad de este grupo, porque para luchar contra unos han de estar de parte de otros. Pero The Authority persigue un ideal de independencia que los acerca a la idea de Gran Hermano. Al principio de la trama de Millar, el líder de The Authority mantiene la siguiente conversación con el presidente de los EEUU:

PRESIDENTE.- No le voy a mentir, señor. Realmente le agradecemos todas las veces que ha salvado el mundo a las órdenes de la coronel Sparks, pero su injerencia en los asuntos del sudeste asiático nos tiene tremendamente preocupados. ¿Se da cuenta de que su actuación ha convertido a los EEUU en blanco de posibles represalias terroristas?

JACK HAWKSMOOR.- Bobadas. The Authority es un grupo multicultural sin vinculación especial con ninguna nación en concreto, y el resto del mundo es muy consciente de ello. Cualquier represalia nos tendría a nosotros como objetivo, y estoy seguro de que podemos con cualquier cosa que nos echen encima.

PRESIDENTE.- Maldita sea, Hawksmoor. Los asuntos internacionales son demasiado delicados para este enfoque tan torpe que vosotros les habéis dado. Este tipo de situaciones quedan fuera de vuestra jurisdicción.

JACK HAWKSMOOR.- No está en posición de definir cuál es nuestra jurisdicción, señor presidente. Nuestra principal meta puede ser la defensa de la Tierra, pero eso no quiere decir que nos vayamos a quedar cruzados de brazos mientras se violan los derechos humanos delante de nuestras narices. No somos un supergrupo de cómic que se ve inmerso en peleas sin sentido con supercriminales absurdos mes tras mes para preservar el orden establecido. Si mis colegas y yo vamos a estar en primera línea arriesgando por él nuestras vidas, este tiene que ser un mundo que merezca la pena ser salvado.

PRESIDENTE.- Tenga cuidado con lo que hace, señor Hawksmoor.

JACK HAWKSMOOR.- Sinceramente, podríamos darle el mismo consejo, señor presidente.

Tras esta declaración de intenciones, Mark Millar propone un desarrollo bien distinto al de Warren Ellis. El problema no es que The Authority ponga en peligro la democracia, sino que, desde su posición, revela su verdadero funcionamiento. El enemigo ya no viene de fuera, sino que forma parte de la sociedad, por eso la democracia sirve para transformar al enemigo en un ser con poder legítimo. La democracia legitima al enemigo, y el enemigo no va a permitir que The Authority cuestione este mecanismo perverso.

Este planteamiento nos deja una pregunta en el aire: ¿Qué ocurre cuando el brazo ejecutor del poder no actúa como el poder desea? Imagínense, para poder visualizar esta idea en el marco de nuestras vidas, que los policías antidisturbios decidieran no golpear a la gente que se manifiesta reclamando sus derechos. Pues de eso, más o menos, trata el The Authority de Mark Millar.

Teoría del contrato social según Mark Millar

Némesis, de Mark Millar

Némesis, de Mark Millar

Recuerdo una llamada telefónica de mi amigo David mientras yo estaba ingresado en el hospital. Posiblemente fuera la tarde anterior a la cirugía. Había que sortear el miedo y la preocupación de algún modo. David fue extremadamente hábil y me brindó dos horas de conversación sobre superhéroes. Recuerdo que hablamos de los X-Men. Recuerdo que también hablamos de Garth Ennis y de Mark Millar, y me puso los dientes largos contándome maravillas sobre The Boys, sobre The Authority y sobre Némesis entre tantos otros.  Gracias a él dejé de estar encerrado en un hospital durante un buen rato.

Ayer compré y leí una de las obras de esa conversación: Némesis, de Mark Millar. Como me decía David, Mark Millar es un tío al que se le ocurren ideas que parecen obvias pero que a nadie se le han ocurrido antes. Por ejemplo, si una persona dispone de los recursos necesarios para imponerse sobre los demás, ¿por qué presuponemos que obrará con bondad y usará su ventaja para mantener la justicia?

La mitología construida alrededor de los superhéroes nos ha llevado a pensar que si un solo individuo dispone de un poder especial sentirá el impulso de usarlo en favor de la gente inferior, es decir, del común de los mortales. Hay, en concreto, en la historia de algunos superhéroes una intención moralizante para los que estén en condición de superioridad. Por ejemplo, la letanía que tiene que oír Spiderman en multitud de ocasiones: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

Si queremos pensar en una ética del superpoderoso (con este término, en principio, evitamos distinguir entre héroe o villano), me parece pertinente que situemos a estos seres en el plano de lo divino o de lo humano.

En el primer caso, si los superpoderosos modernos fueran herencia de las religiones, quizá de la mitología grecolatina, deberíamos preguntarnos qué ética nos imponen, cuáles son sus leyes sobre la faz de la Tierra. No recuerdo a ningún superpoderoso predicando sus valores morales entre la gente ni nada parecido. Ellos aparecen y evitan que infrinjamos nuestra propia ley. Además, si son dioses ¿por qué llevan máscara?

Si los hacemos semejantes a nosotros, si los convertimos en seres humanos, la ética del superpoderoso debería entenderse dentro del marco del contrato social. Si vivimos en un mundo donde hay seres humanos que se imponen a los demás gracias a su superioridad, ya sea para hacer el bien o el mal, podemos pensar en la versión del contrato social que plantea Thomas Hobbes, donde delegamos nuestra libertad en favor de un tercero, el Estado, que acumula un poder capaz de retener el egoísmo colectivo. De este modo, nos libramos de los peligros del estado de naturaleza, donde podríamos incurrir en una guerra de todos contra todos, presumiendo que “el hombre es un lobo para el hombre”.

Dentro de  este modelo teórico, damos voluntariamente un superpoder al Estado, pero los superhéroes y los supervillanos ejercen fuertes tensiones dentro de este sistema. Por un lado, los supervillanos aprovechan su superioridad para intentar derrocar el Estado y reimplantar el estado de naturaleza, así podrán comportarse libremente como lobos con sus semejantes. Pero el caso de los superhéroes no es mejor, adoptan la misión del Estado sin que los hombres les hayan cedido su libertad. Tal como se explica con claridad en Watchmen o como resulta obvio en la figura de Batman, un individuo decide imponer aquello que considera correcto dentro de su campo de acción. Nadie lo ha pedido. Nadie lo ha aceptado. Pero el superhéroe ejerce de juez y verdugo al mismo tiempo. A esto, por muchas buenas intenciones que queramos ver en ello, solo se le puede llamar fascismo.

Némesis, de Mark Millar, nos presenta a un superpoderoso que reúne las mismas condiciones que Batman (dinero, tecnología, fuerza e inteligencia), pero que nos muestra unas intenciones más cercanas a las del Joker. ¿Por qué hacer el bien cuando se puede hacer el mal? Supongo que el mal nos define mejor. Supongo que el mal es más honesto. Siempre nos odiarán con honestidad si hacemos el mal, pero quizá nos nos quieran de verdad si somos bondadosos. El mal construye relaciones humanas más sólidas.

Visto así, Némesis es un personaje mucho más coherente que Batman. Ya no es necesario ostentar la cuota de poder mediante la filantropía, eso ha quedado desplazado y ahora pertenece al espíritu de la clase media. Parece que esta obra de Mark Millar pretende responder al verdadero zeigeist del capitalismo neoliberal, porque Némesis es un supervillano pospolítico y, por tanto, posideológico. El Joker es un símbolo de la anarquía y por eso ha caducado, por limitarse a pervertir una ideología heredada. Némesis, en cambio, está exento de discurso, sus actos son limpios, puros, como el atuendo blanco que lo enmascara.

Me estoy mordiendo la lengua para no entrar en detalles y hablar de la obra con ejemplos precisos. Yo no tengo nada contra los espoilers, pero el final de esta obra es un giro demasiado bueno como para desvelarlo. Dejémoslo aquí, para seguir profundizando siempre están las llamadas telefónicas.