Cara y Cruz de Richard Ford

Canadá, de Richard Ford

Canadá, de Richard Ford

Me doy cuenta de que las reseñas hospitalarias son notablemente más complicadas. Uno está pachucho, sensiblón y se emociona con cualquier cosa. Leer y escribir en el hospital debería ser un género aparte en el mundo de la reseñística. Por ejemplo, cuando uno lee en una habitación de hospital, la lectura pasa por una extraña lente de aumento. Lo bueno se vuelve tan bueno que se convierte en una salvación y lo mediocre, lo malo o, sencillamente, lo que no se ajuste al estado de ánimo hospitalario se percibe como un coñazo tan grande como un compañero de habitación que te pregunta por tu salud. Así que no se fíen mucho de mí durante mis épocas de ingreso. O no lo hagan nunca. Al fin y al cabo, qué mas da lo que yo diga.

He logrado terminar Canadá, de Richard Ford. Regalo hecho con amor por gente a la que quiero un montón y que tiene un gran criterio literario. Yo quería leer en algún momento a Ford y ellos me lo pusieron en bandeja. Buscar intersecciones entre sus preferencias y las mías es un juego laberintístico y divertido, y Ford podría ser una tangente entre nuestros gustos literarios.

Digamos que Canadá, de Richard Ford, consta de dos partes. En realidad son tres, pero la última casi no cuenta, el narrador trata de justificarse porque ya está viejo y pone las cosas en su sitio y tranquiliza un poco al lector; además, es muy cortita. Por eso, digamos que esta novela consta de dos partes:

La primera parte ha sido jodidamente buena. He estado a punto de proclamar en Facebook que uno sería muy feliz escribiendo como Richard Ford. La primera parte trata -y lo cuento porque queda claro en las primeras páginas- de cómo los padres de una familia de modesta clase media acaban atracando un banco. El narrador es uno de los dos hijos, un tierno e ingenuo adolescente que ha de encajar que sus padres han hecho algo contrario a la educación recibida y que con ello todo va a cambiar.

Durante este tramo de lectura, pensé mucho en A sangre fría, de Truman Capote. Novela que he dejado dos veces a medias y que me parece tremendamente sobrevalorada. De algún modo, vi en esta primera parte un análisis del crimen mucho más humanizado, más complejo. Ford hace que el narrador dé vueltas alrededor de su relación familiar intentando entender cómo y por qué, aportando matices en cada vuelta, haciendo comprender al lector detalles que él no podía entender todavía por su juventud. Me pareció una narración llena de sutileza, pero que, poco a poco, iba iluminando a los personajes.

Luego llegó la segunda parte. Aquí el narrador está solo, dado el cambio que ha dado su vida. Tiene que enfrentarse al trauma de hacer de su vida algo muy distinto de lo que esperaba. La premisa me parece maravillosa, pero el resultado es un verdadero despropósito. Quiero pensar que no está escrita por la misma persona. Propone dos personajes como puntos de referencia que, por muy pintorescos que sean, parecen hechos de cartón piedra. Lo que debería convertirse en un verdadero bildungsroman se queda en un narrador protagonista plano que va perdiendo interés página a página. Para colmo, acabé muy nervioso por el abuso que hace de la raya de paréntesis para intercalar todo tipo de comentarios que podrían fluir perfectamente en la narración. Tal torpeza no me ha ayudado a avanzar en mi lectura.

Soy consciente de que casi toda esta segunda parte ha sido leída en el hospital. Eso, ya he confesado, puede variar los parámetros de mi criterio. Pero, en realidad, si lo vuelvo a pensar, me niego a creerme lo que he dicho al respecto. Si yo fuera un tipo muy feliz y sano como una pera tampoco hubiera disfrutado de este segundo tramo.

Siento si he hablado demasiado del argumento de la novela. No es mi costumbre. Pero no sé dónde rascar más en esta obra. Lo dejamos aquí. Voy a aprovechar que ahora no tengo ningún compañero de habitación para ver cualquier programa de la tele a falta de una lobotomía para aguantar las movidas hospitalarias que me quedan por delante.

Max Frisch promueve mi vida contemplativa

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

En el mes de julio estuve en Tenerife. Uno de los rincones que más recuerdo es Masca, en lo más recóndito de un valle, en el mismísimo culo del mundo, en donde, según me contó alguien, no se enteraron de que en España había tenido lugar una Guerra Civil hasta bastantes años después. Hoy día es un pueblecito muy visitado, abierto al turismo; hay, de hecho, un restaurante absolutamente maravilloso, regentado por un siciliano, con unas vistas espectaculares, llamado La Pimentera, que bien merece el viaje. Más allá de mis consejos gastronómicos, menciono la actual Masca porque es donde he imaginado al viejo Geiser, el protagonista de El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch, como sustitución empática de su verdadera ubicación en el cantón de Tesino. Lo he imaginado allí porque necesitaba un marco reconocible y coherente con su historia para imaginarme a mí, sintiéndome en el lugar del viejo Geiser, sospechando que Max Frisch habla con inquietante tino del estilo de vida que trato de seguir actualmente

El hombre aparece en el Holoceno es como leer la biografía de un místico, es un manual para el ascetismo. Actualmente, hago esfuerzos por convertirme en un anacoreta, por llevar con diligencia una vida contemplativa, reconozco que me permito demasiadas licencias, pero hay una voluntad clara en mí. Otra cosa sería explicar lo que yo entiendo por ser, en mi caso, un anacoreta. No voy a hacerlo, pero puedo poner de ejemplo esta novela de Frisch. Como novela es un texto corto, parco y contenido, pero tiene tanta fuerza que funciona como una instalación artística dentro de la cabeza del lector.

El viejo Geiser vive aislado en su casa, en un pueblo recóndito en donde apenas se relaciona con nadie. A veces, en verano, viene gente de fuera. Sale poco. Llueve mucho (aquí me valdría Segovia en lugar del valle de Masca). Le preocupa que haya un desprendimiento de tierra, siente ese peligro en el exterior. Por lo demás, vive tratando de retener las cosas importantes que hay que saber en la vida, pegando hojas de diccionarios y enciclopedias en las paredes para no olvidar lo esencial, para construir y mantener su mundo allí dentro, para aprovechar la poca memoria y la poca vida que le quedan.

A veces el señor Geiser se pregunta qué es en realidad lo que quiere saber, qué es lo que se promete del saber.

Solamente hace una excursión y casi le cuesta caro. En cambio, en su casa logra controlar todos los parámetros. El viejo Geiser proyecta su saber sobre las paredes empapelándolas con recortes. Allí dentro, tranquilo, es feliz, y no siente demasiadas ganas de salir afuera a comprobar que el mundo es como dicen sus libros. Por eso este extraño artefacto de Max Frisch me ha recordado a la máxima 139 de los Pensamientos de Blaise Pascal, que un amigo me leyó hace años y que, por supuesto, he tenido que buscar para poder citar (pero la idea permanecía fija en mi cabeza):

[…] he descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación. Un hombre que tiene suficientes medios de vida, si supiera estar en casa a gusto, no se marcharía para ir al mar o sentarse en una plaza. No se compraría tan caro un puesto en el ejército si no fuera insoportable el no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y los divertimentos de los juegos sino porque no se puede permanecer en casa a gusto.

Yo no sufro esa desgracia, ni el viejo Geiser tampoco.

Después de haberlo intentado hace años con Max Frisch leyendo Homo Faber y de que pasara sin pena ni gloria por mi cabeza, he logrado reencontrarme y conectar con este autor. Tengo una sonrisa tontorrona, provocada por la complicidad y por el sueño a estas horas. Me gustaría hablar del peculiar uso de la tercera persona, que casi parece primera y hace sentir al lector en la casa del viejo Geiser, pero mejor no digo más.

Una hagiografía de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Llevo todo el mes de agosto viviendo solo en casa. Mi amadísima Elisa Calatrava está en su tierra -en régimen de tapitas y playeo- poniendo al día su felicidad. Yo me ocupo de que a nuestros gatos no les falte comida, agua y un poco de cariño mientras pongo al día mi cabeza. Estoy ordenando los sinsabores de este año y preparándome para una nueva época, si acaso llega. Entre semana paso la mayor parte del día encerrado conmigo mismo, casi sin hablar con nadie. En cambio, los fines de semana, cojo un tren y viajo a varios puntos de la península para reconocerme en mi propio discurso y reiniciar relaciones que habían quedado entumecidas o que merecen un bis después del espectáculo. Ambas cosas le sientan bien a mi cabeza, pero confieso que incluso así echo de menos a mi amadísima Elisa Calatrava. Por eso he decidido, de forma impulsiva y no premeditada, leer Vidas de santos, de Rodrigo Fresán.

Ya saben que hubo una época en la que mi amadísima Elisa Calatrava dedicó su atención al estudio de Rodrigo Fresán. Podrán imaginar que el ejemplar de Vidas de santos está subrayado, garabateado y anotado hasta la extenuación. Tendré que reconocer que esta vez no me apetecía tanto leer a Fresán (con el que, ya lo he dicho otras veces, siempre me siento cómodo) como seguirle el rastro a mi amadísima Elisa Calatrava para poder bocetarla justo donde llevo sentado casi todo el mes, en el sillón de su despacho.

Pero sigamos ordenando piezas. Bajo este rastro de lápiz hay un texto del que hay que hablar para tratar de encajarlo en alguna parte.

Repito -una vez más- que me siento tremendamente cómodo en manos de Rodrigo Fresán. Algunos amigos míos frucen el ceño, pero mi gesto es plácido entre sus páginas. Vuelvo a él de vez en cuando y casi siempre en momentos importantes, y casi siempre me da un empujoncito. Me entran ganas de hacer un top five de lo que he leído hasta ahora de él (precisamente cinco obras), pero me conformo con posicionar Vidas de santos más o menos en el medio de la tabla.

Vidas de santos es diez años anterior al celebérrimo y vilipendiado Código Da Vinci, novela que no he leído, entre otras razones, porque he decidido pensar que Dan Brown es un capullo (por ejemplo), pero ateniéndome a las aventuras que Tom Hanks me trajo hasta el televisor de mi casa una noche en la que estaba demasiado cansado como para cambiar de canal, me gustaría pensar que la obra de Fresán es lo que Dan Brown hubiera querido escribir para tocarle realmente los huevos a la Iglesia y lo que lo hubiera convertido en un ser humano digno de respeto y consideración. Pero Fresán se le adelantó y a Dan Brown no le quedó más remedio que sacarse de la manga una intriga mal balbuceada e incapaz de competir ante el festival de Cristianismo Pop multirreferencial y resignificado que es, entre otras muchas y alocadas cosas, Vidas de santos. Ustedes dirán que Dan Brown tuvo más éxito comercial, pero eso solo es un espejismo. En realidad, existe un Tom Hanks leyendo el guion adaptado de Vidas de santos y pensándose la posibilidad de interpretar el papel de Judas Tomás para asegurarse así su tercer Óscar. En fin, la historia se puede contar de muchas formas.

“Dios no existe, pero es un gran personaje”, dicen unos y otros a lo largo de los distintos capítulos-cuento que forman esta suerte de novela coral. La verdad es que no se me ocurre otro personaje tan atractivo, menos aun si ejerce de pareja dramática con su hijo: Dios y Jesucristo, la mejor versión jamás contada del poli malo y el poli bueno. A mí, si me preguntan, los prefiero en las películas Jesucristo Superstar, de Norman Jewison, y La vida de Brian, de los Monty Python. En otro tono, también lo hacen muy bien en la novela de José Saramago, El evangelio según Jesucristo. Además, siempre han sabido rodearse de unos personajes de reparto muy carismáticos.

No crean que estoy frivolizando, estoy en éxtasis pop. El otro día viajaba en metro por Barcelona e iba pensando en comprarme una camiseta con una crucifixión en donde Jesucristo dijera: “Kill your idols”. Todo por culpa de Rodrigo Fresán y de este libro. Al fin y al cabo, de algún modo habrá que salpimentar ese vacío existencial de serie que padecemos los ateos. Mucha literatura y alguna que otra camiseta ingeniosa.

Mi lectura cyborg de David Foster Wallace

La broma infinita, de David Foster Wallace

La broma infinita, de David Foster Wallace

Hace unos meses compré la edición en pasta dura de La broma infinita, de David Foster Wallace, con la intención de convertirla en una lectura de verano. Este proyecto pronto se vino abajo, duró solamente unas cuatrocientas o quinientas páginas. Me vi abocado a abandonar el libro tras descubrir o, para ser más exactos, tomar conciencia de mis hábitos de lectura. Me di cuenta de que no soy capaz de leer durante muchas horas seguidas, pero, en cambio, soy capaz de hacerlo e multitud de momentos distintos a lo largo del día. Me di cuenta de que avanzo considerablemente en mi lectura durante los tiempos muertos, es decir, mientras he de esperar a algo o a alguien, como por ejemplo en los transportes públicos o en la sala de espera de hospitales y ambulatorios. Por lo tanto, me di cuenta de que mi lectura es nómada, no tengo un sillón de lectura, sino que el libro que leo me acompaña a todas partes. Tomé conciencia de todo esto una razón muy sencilla: La broma infinita tiene unas mil doscientas páginas, que componen un objeto voluminoso y pesado de difícil portabilidad. Mis hábitos no eran los adecuados para tales dimensiones.

Ha pasado el tiempo y, en mi último cumpleaños, mi amadísima Elisa Calatrava me regaló un Kindle. Reconozco que se lo pedí yo, pese a ufanarme con frecuencia de estar chapado a la antigua en cuanto a libros se refiere. Lo utilizo, sobre todo, para no llevar muchos papeles a clase. Pero, al sentir la levedad de semejante artilugio entre mis manos, recordé mi deuda con DFW. Aquí comenzó mi primera lectura cyborg.

Para ser honesto y preciso, aclaro que mi lectura cyborg comenzó donde abandoné mi lectura analógica y orgánica. En realidad, nunca salí de la novela, porque La broma infinita es una suerte de ambiente que te rodea y que te persigue cuando te desplazas hacia otra parte. Poco importa el argumento. Solo se me ocurre decir que se cuentan las vidas cotidianas de los residentes de una academia de tenis y de un centro de rehabilitación para drogodependientes. Pese a ser una novela coral, en el primer espacio destacan las vicisitudes de Hal Incadenza y en el segundo las de Don Gately. Pero todo esto no importa. Sí podría destacar alguna que otra historia apasionante, reflejada a lo largo de algún pasaje, como esa alucinante partida al Escaton -una especie de Risk jugado sobre las pistas de tenis- que culminó en un verdadero apocalipsis mundial. Pero, de todos modos, no importa, lo que cuente sobre el argumento no importa, porque La broma infinita, más que una historia es una época.

A partir de ya, justo después de cerrar el libro, me resulta imposible recordar esta novela como una historia que me han contado, sino como una época que he vivido y de la que todavía percibo ciertas sensaciones de las que he quedado impregnado. Debería referirme a ella con expresiones del tipo “allí en La broma infinita, en aquel momento de mi vida, el mundo se movía de un modo determinado; yo pensaba así o yo actuaba así y las cosas eran diferentes a como lo son ahora”. Si alguien me pregunta por la AET o por la Ennet House o si alguien menciona a Les Assassins des Fauteuils Roulants, a lo mejor me viene a la cabeza alguna anécdota, algún hilo narrativo, pero, por lo demás, todo es un paisaje con zonas iluminadas y zonas borrosas.

Hace poco leí en una entrevista cómo DFW explicaba que sus textos han de hacerle “clic”. La verdad es que a mí Foster Wallace me hace mucho “clic”; es una sensación que aparece a menudo en mi cabeza cuando lo estoy leyendo. Pero sobre todo me ha ocurrido con sus relatos. En cambio, en La broma infinita, uno navega a través de cientos de páginas buenísimas esperando a que de un momento a otro hagan “clic”. Y ese “clic” siempre llega, antes o después, y en repetidas ocasiones, pero no se trata de una sensación continuada, porque es muy difícil que ese “clic” suene alto y claro en un espacio tan, tan, tan amplio como lo es esta novela. La broma infinita es un texto inmenso, no solo por su tamaño, sino por su fuerza arrolladora; La broma infinita se lee como quien se deja llevar por un alud, pero yo creo que a mí me tira más el snowboard sobre la sintaxis intrincada de sus cuentos largos.

Y todo esto, quiero recordarlo, como primera lectura cyborg. En un aparato liviano y ergonómico. Un aparato de plástico, sin más encantos que su diccionario hipervinculado, sin más ritual que sus botones laterales para pasar las páginas virtualmente. Un cyborg que ha renunciado al cuerpo del libro para quedarse, estrictamente, con la esencia del texto. Jamás me atreví a pensar que, al menos en la lectura, acabaría viviendo algo parecido a Ghost in the Shell. Pero esta es la nueva moda que intenta imponernos la multinacional Amazon.

Papá Noel es en realidad Jonathan Franzen

Las correcciones, de Jonathan Franzen

Las correcciones, de Jonathan Franzen

Una de las explicaciones posibles es una canción de Astrud. Los Reyes Magos son los padres y, hoy, Papá Noel es Jonathan Franzen. En Las correcciones reside la misma mentira, el mismo simulacro baudrillardiano en donde se desvanece el sueño navideño y aparece la familia como una realidad desoladora.

[…]

Sale al salón, y mira a su madre a los ojos,
y ve el árbol y los regalos, y entiende
que eso era todo, era todo.
El árbol, los regalos, eso siempre ha sido todo.

Sus hermanos le miran
y le señalan una caja.
Él se acerca y rompe el precinto.
Y sí, era lo que había pedido.

¿Y ahora qué hacer, después de la primera gran mentira?
Porque eso es lo que es,
no una ilusión o un juego sino una mentira,
una mentira, los reyes son mentira.

[…]

Pero el nihilismo no es la solución. Jonathan Franzen quiere hacernos entrar por el aro del Realismo. Hay que creer. Hay que creer.

¿Qué es el Realismo?

Si hemos sido capaces de aceptar la idea de que la realidad es un pacto, podríamos aceptar, del mismo modo, que el Realismo es una propuesta, como lo es, al fin y al cabo, cualquier discurso artístico. Pero el Realismo podría ser la única propuesta habitable para los seres humanos, como si hubiéramos descubierto un planeta con la misma proporción de gases que la atmósfera terráquea.

Si el Realismo es eso, una ficción en la que podríamos estar viviendo, ha de tener una caducidad inminente. Tarde o temprano nos veremos obligados a cambiar la propuesta. ¿Son realistas las obras de Pérez Galdos leídas en el siglo XXI? ¿Cuánto daño le hace la perspectiva histórica al Realismo? El proyecto fosilizador del Realismo hace de Las correcciones una obra parecida a la piedra de ámbar que desencadena Jurassic Park; dentro de la piedra quedaría un lánguido mosquito posmoderno con el ADN de la tradición cultural y política que pretendemos dejar atrás, allá en el siglo XX.

Parecidos razonables

Yo diría que Jonathan Franzen y David Foster Wallace son primos hermanos. Este es más de posturitas y aquel es más paradito, pero se nota que jugaron juntos durante toda la infancia. Hay quien ha decidido posicionarse y, la verdad, esa opción me parece incomprensible, además de inaceptable. ¿Leer a Foster Wallace es más guay que leer a Franzen? ¡Venga ya! Mismo perro, distinta sintaxis.

Las correcciones también me ha traído a la cabeza Ruido de fondo, de Don Delillo. Hay un cierto paralelismo en los efectos que han provocado en mí. El otro día, un compañero me contó que en ciertos pueblos de los alrededores de Segovia está prohibido beber agua del grifo, porque los acuíferos están contaminados con arsénico. Pensé, inmediatamente, en la nube tóxica de Ruido de fondo. Por eso, estoy seguro de que la próxima Navidad pensaré en Las correcciones.

Creer en la Navidad

En mi familia paterna, la Nochevieja es un evento indispensable. Se congregan alrededor de treinta o cuarenta personas, respetando una tradición que, hasta donde alcanza mi memoria, siempre ha existido. El caso es que hace cinco o seis años que no hago acto de presencia en la fiesta familiar. Estas últimas nocheviejas he preferido configurar el cambio de año según mis gustos, expectativas y escala de valores. Esto quizá me convierta en un despegado a los ojos de mis mayores, aunque a mí me gusta buscar consuelo en la idea de que soy el único miembro de la familia con una conciencia nítidamente posmoderna.

Estoy hablando de la Navidad como conflicto estético. Creer en la Navidad hace las cosas más fáciles, pero, al mismo tiempo nos pervierte como sujetos, nos obliga a asumir una suerte de autoficción. Creer en la Navidad implica aceptar la realidad pactada y no proponer nada a cambio. De modos distintos, con estrategias más o menos brutales, los hijos de Alfred y Enid Lambert luchan contra la Navidad, porque desde lejos vislumbran una dictadura microbiótca cocinada en el útero materno.

Se nos cuenta en la novela que Enid Lambert incluye en su acostumbrada tarjeta para felicitar la Navidad la siguiente nota breve:

[…] El restaurante de Denise, un establecimiento de superlujo, en Filadelfia, ha salido dos veces en el NY Times. Chip sigue con su bufete en NY, invirtiendo también en el este de Europa. Fue una gran alegría recibir la visita de Gary y de nuestro “precoz” nieto pequeño, Jonah. Esperamos que la familia entera se reúna en St. Jude estas Navidades. ¡Un maravilloso regalo para mí! Os quiere a todos…

Una visión desencajada del mundo -como comprenderá quien haya leído las vidas de los hermanos Lambert- capaz de hacer sufrir a sus más allegados, lo que me hace pensar en una oscura conexión entre Enid Lambert y Emma Bovary.  Y siguiendo con los símiles del Realismo:

Los hermanos Lambert / Los hermanos Karamazov 

Leí Los hermanos Karamazov, más o menos, a la par que un amigo. Él terminó primero. Me decía: “Este libro está vivo, si le pusiéramos un par de patas andaría solo”. De esta obra de Dostoyevski recuerdo (y espero no estar inventándomelo, porque mi memoria es uno de mis mejores mecanismos para la ficción) la preocupación por no obviar ningún aspecto esencial para comprender a aquella familia. Había que mostrarlo todo, solo así sería posible aprehender el texto. Jonathan Franzen tiene muy claro este concepto, para comprender el conflicto en su totalidad hay que seguir todas las estelas, solo de esta forma tendremos derecho a adoptar una postura al respecto. Las páginas y páginas dedicadas a que rastrear las vidas de Chip, Gary y Denise son la causa de que seamos capaces de evaluar los daños en el momento del conflicto. Esta novela jamás podría haber tenido un formato distinto, menos voluminoso, del mismo modo que en Los hermanos Karamazov es inherente su extensión como algo absolutamente necesario.

Por si acaso no lo he confesado nunca, la familia es mi tema literario favorito. La familia es una estructura capaz de soportar las mayores tensiones narrativas. La familia es una estructura que no puede venirse abajo, porque se adapta perfectamente a la concepción derridiana. En Las correcciones, la enfermedad de Alfred Lambert es la ausencia de centro. Por eso, desde el principio, se nos permite que pongamos nuestra atención en los distintos vértices y en sus movimientos. La familia es un juego continuo de infinitas combinaciones.

Una historia política

La verdad es que no he leído mucho a Slavoj Zizek. Conozco sus ideas, sobre todo, por sus vídeos en Youtube. Había uno especialmente interesante, un documental llamado Zizkek! en donde este señor propone la idea de que “es más fácil imaginar el fin de toda la vida en la Tierra que un mucho más modesto cambio radical en el capitalismo”. Zizek desarrolla esta idea a partir del minuto 3:30. Por cierto, el documental no tiene desperdicio.

Me he acordado de Zizek por la parte de Las correcciones ambientada en Lituania. Cuando el comunismo se viene abajo, no hay imaginación para crear un modelo distinto. A lo sumo, se intenta hacer una copia apresurada del capitalismo, que solamente goza del privilegio de haber sido capaz de mantenerse en pie durante más tiempo. Jonathan Franzen, para mantenerse cómodo dentro de los parámetros del Realismo, usa la metáfora de Lituania, entre otras cosas, para mostrarnos un capitalismo así:

Y esto me ha hecho pensar en el concepto de utopía que aparece en el documental de Slavoj Zizek: “Cuando no hay un camino que nos guíe a la resolución de un problema, cuando no hay coordenadas posibles que nos saquen de la pura urgencia de sobrevivir, tenemos que inventar un nuevo espacio. La utopía no es una especie de libre imaginación. La utopía es una cuestión de la más profunda urgencia. Eres forzado a imaginarlo como el único camino posible, y esto es lo que necesitamos hoy.”

(La traducción corresponde a los subtítulos del documental)

Me gusta esta idea, porque refuerza la necesidad de entender el Realismo como un ámbito caduco. Con suerte, el panorama presentado por Franzen dejará de ser, algún día, una revelación para convertirse en un objeto arqueológico.

Paisaje emocional

He quedado tocado y casi hundido después de leer Las correcciones. Me ha costado un esfuerzo considerable volver a mi vida cada vez que cerraba el libro. De hecho, he dejado cosas importantes sin hacer para seguir leyendo, para no pasar por el proceso traumático de salir del texto. Para colmo, he acompañado buena parte de la lectura con los discos de Matt Elliott. Una noche acabé llorando sin saber muy bien por qué. Por todo esto, no puedo dejar de acordarme del primer intento de reseña de Javier Avilés en el Lamento de Portnoy, que leí muchos meses antes de llegar a esta novela. Finalmente, Franzen no derrotó a este señor bloguero. A mí tampoco, pero quizá porque ya estaba avisado por él.