Virginie Despentes es mi hospital

Teoria King Kong, de Virginie Despentes

Teoria King Kong, de Virginie Despentes

En el hospital también se puede no leer, no escribir, no hacer nada, mirar la tele, incluso mirar la tele apagada. En el hospital se puede tener a mis padres como figuras de cera con los ojos fijos en mí, se pueden dar paseos por el mismo pasillo, se puede mirar a los demás enfermos tan horribles como uno mismo o cerrar la puerta y asumir que enfermeras y auxiliares la abran sin avisar para hacer su parte de la ronda en la que les toca importunarme a mí. En el hospital uno puede dejar de ser uno mismo. En el hospital uno no es nadie y el paso del tiempo, sencillamente, desordena los restos que me ayudan a reconocerme.

No me apetece explicar cómo he llegado a leer Teoría King Kong, de Virginie Despentes, aunque es una historia muy buena y conecta a dos mujeres absolutamente interesantísimas y maravillosas que me han hablado de este libro. No me apetece contar tantas cosas.

Pero si entre la nada hospitalaria y el babeo de las horas me queda algo de pataleo, algo de articulación neuronal que configure monigotes, si todavía me quedan ganas de adornar mi apatía, me veo obligado a escribir esta reseña, porque Virginie Despentes ha sido la médica más eficaz entre infectólogos, cardiólogos y nefrólogos; porque, de todos ellos, ella ha sido acertada y extrema con el diagnóstico, ella ha sido el punk entreverado en las noches de hospital donde el lorazepam y el bromazepam acaban conviriténdose en caramelitos de placebo. Ella me ha hablado como un freak mientras que los médicos me han tratado como un enfermo. Ella sabe que, pese a toda esta terapia antibiótica que me lleva friendo el cuerpo durante semanas, hay un estado del alma que supura y deja un rastro de amargor inagotable.

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Virginie Despentes también escribe para mí, y quizá, ¿quién sabe?, por eso mi endocarditis está remitiendo, y por eso esté saliendo de esta coyuntura, aunque se sucedan los colapsos y el temblor en el futuro, vuelvo a hacerme a la idea de que este desgarro me define y me conforma y hay hay algo hermoso en ello.

En estas condiciones, no me apetece analizar, ni aseverar, ni sacar conclusiones acerca de este libro. Casi no me apetece tomar partido férreo y esgrimir argumentos y perfilar matices. Solo quiero embadurnarme del tono del texto de Virginie Despentes. Ella no ha escrito un ensayo, sino una forma de silabear como si se tratase de un ataque aire tierra. De eso quiero impregnarme para que las auxiliares y las enfermeras que abren la puerta de mi habitación impunemente examinen sus rondas y hagan una crucecita temblorosa en mi nombre.

Despentes, por cierto, nos habla sobre tres temas: su violación, su prostitución y su pornografía. Y me siento tan cómodo con sus postulados, incluso con los que todavía no he pensado a fondo, o apenas nada, que creo estar leyendo la historia de mi propios ingresos hospitalarios. O, dicho, de otro modo, escribo estas líneas en una mesa plegable incorporada a los pies de mi cama de hospital. Las sábanas están revueltas y observo mi almohada, observo el hueco que ha dejado mi nuca, observo el signo en donde se lee toda la Teoría King Kong.

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