Daniel Cabrera Espinar (1982-2015)

Zapato rojo

“No me gusta leer las inscripciones de las lápidas; siempre viene a ser lo mismo”, escribió en alguna parte Dostoievsky. Daniel Cabrera Espinar habría secundado esta peculiar desidia funeraria con absoluto fervor, no les quepa la menor duda. Pero Daniel ya no está entre nosotros para llevarnos la contraria y decirnos qué opinión le merecen las lápidas en general y la suya en particular.

Porque lo cierto es que Daniel ya no está entre nosotros. Se lo ha llevado la vida a alguna otra parte, a algún lugar más tranquilo y mejor iluminado, idóneo para los que están destinados a leer y leer por los siglos de los siglos.

Sí, la literatura da miedo. La vida casi siempre da tanto o más miedo que la literatura. Pero Daniel no le temió demasiado a la vida, y mucho menos a la muerte. Porque la literatura acaparaba todo su miedo y toda su fascinación, y le salvaba cada día.

Daniel fue un lector voraz y brillante, pero también un grafómano irredento. Su avidez lectora no era la del coleccionista diletante, sino la del ferviente explorador. Porque toda exploración genuina es una huida hacia adelante con lo puesto, e incluso al precio de lo puesto. Daniel se buscaba una y otra vez en cada libro que leía con una perseverancia sisífica. Y este blog le permitía contar su propia historia a través de cada libro que dejaba atrás. Era su historia personal de la lectura.

Las 230 entradas que Daniel publicó en este blog son mucho más que reseñas o notas de lectura; son los diferentes pasajes de una vida contada a través del acto de leer, literatura leída y vivida. Daniel nunca pretendió ejercer como crítico literario. Durante los siete años de su periplo bloguero, se sometió a un régimen de ingenuidad y extrañamiento deliberados hacia el hecho literario. Le gustaba considerarse un lector parcial y maniático. Ahí cabían tanto el novicio cándido e impresionable como el erudito desencantado y cascarrabias. No reseñaba libros; reseñaba lecturas, sus lecturas, se reseñaba a sí mismo encontrándose o perdiéndose o en todo lo que leía. Como escribió alguna vez, “todos los libros hablan de mí”. Y así seguirá siendo.

Este blog se quedará donde está, en el punto donde se detuvo, sometido a las marejadas de la indexación y abierto a todos los que quieran dejarse caer por sus páginas. Así se mantendrá como un camino que ni se borra ni se interrumpe, sino que vuelve una y otra vez sobre sus pasos. Seguiremos leyendo con Daniel. Seguiremos reencontrándonos con su historia personal de la lectura, que es también parte de la nuestra.

Daniel no podrá aburrirse de su propia lápida, porque no la tiene, ni falta que le hace. Su recuerdo seguirá vivo y etcétera. Pero es mucho más y mucho menos que eso: la imperiosa necesidad de imaginarle y saberle vivo aún. Y la mirada que, cómo no, se dirige involuntariamente a las alturas. Seguro que, desde las insondables alturas parmenídeas, leer es mucho más fácil, la mirada lectora abarca mucho más, penetra sin problemas la opacidad del papel y convierte cada libro en una sola página con un puñado de palabras. Sencillo, práctico e inconmensurable.

Igual que su vida fue inseparable de la literatura, ahora el cuerpo de Daniel será inseparable de las páginas que más le fascinaron. Sus cenizas están mezcladas con las de Altazor, de Vicente Huidobro, un libro que adoraba, con ese arranque fulminante: “Nací a los 33 años, edad de la muerte de Cristo”. Altazor habla de viajes en paracaídas, de saltos al vacío, de “hortensias y aeroplanos del calor”.

Y así será. Un avión ultraligero sobrevolará los campos de Villanueva de Algaidas dejando a su paso una breve y ligera neblina. Cuerpo y texto se mezclarán en una misma precipitación de polvo plateado. Así será será la tumba sin lápida de Daniel en las alturas.

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