Mathias Enard es la bomba

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

A un tío como yo no se le puede dejar que lea este tipo de libros, porque me tomo demasiado en serio la literatura, siento una exacerbada fe por la ficción y, luego, me lo tomo todo al pie de la letra. Me deberían haber visto ustedes el jueves en la estación de Atocha, con esta barba que dejó de ser hipster para emparentarme con un fervoroso ayatolá, terminando de leer en público Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard, e imaginando toda una galería de atentados que iban desde la mera intervención artística a la quema del Congreso. ¡Que alguien me quite este libro de las manos, por el bien del orden y de la estabilidad y de todas esas pamplinas!

Mathias Enard ya me dio vuelta y media en nuestro primer encuentro, con La perfección del tiro, y ahora me atrevería a decir que me tiene ganado de aquí en adelante. Me extraña no haber leído mucha reseñística sobre él en la blogosfera, no sale mucho a relucir en los mentideros de internet, está ahí y parece que pocos lo mencionan. O a lo mejor soy yo, que ocupo menos tiempo del debido en enredarme entre u-erre-eles.

Quizá lo que me resulta más atractivo de este Manual del perfecto terrorista es el tono cínico de la novela. Resumiendo (porque, en este caso, me apetece resumir), un discípulo nos cuenta cómo conoció a su maestro y cómo le fue enseñando este, paso a paso, todos los fundamentos teóricos del arte del terrorismo. En mi caso, me vi ante un verdadero predicador tocando alguna oscura tecla dentro de mí; pero, desafortunadamente para mi pulsión destructora, Mathias Enard utiliza un sutil tono con el maestro que me hizo sentir que se estaba riendo de mí en todo momento. Las palabras del maestro producen perplejidad, porque hablan de un fin con el que empatizar pero, al mismo tiempo, todo suena ridículo. De algún modo, este manual no da instrucciones, sino que provee desconcierto.

A lo largo de sus discursos, no he podido evitar ver en el maestro un trasunto de Alonso Quijano. Piensen en cualquier pasaje en donde Don Quijote alecciona a Sancho explicándole cómo son las cosas según su visión del mundo, cómo adecuaba la realidad a su mirada. La mirada de Don Quijote siempre me ha parecido revolucionaria; la mirada del maestro quizá lo sea en el mismo grado.

Para colmo, Manual del perfecto terrorista es una obra con ilustraciones, y todas ellas sirven para aclarar y precisar las ideas del maestro. Recuerdan mucho más a las ilustraciones de una enciclopedia que a las de un artista que pretenda adornar la novela; el resultado de este apoyo gráfico es muy jocoso y convierte el conjunto, como ya he intentado advertir, una experiencia verdaderamente gozosa, dicharachera y, a la vez, contestataria.

Un trono de Semana Santa para Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

¡Aquí se viene a sufrir!

Llevo amodorrado un tiempo y estoy saliendo de una extraña zona de confort en donde mi felicidad se obtiene por un camino poco adecuado a mis expectativas. ¿Y sufrir es la solución? No, pero vivir más intensamente y lograr que las buenas intenciones se conviertan en acciones contundentes necesita de un pincho que me haga saltar, de un resorte que me haga reaccionar. El sufrimiento medido y correctamente aplicado es el pincho para salir de la modorra. Angélica Liddell es esa dosis de sufrimiento empático y renovador; Ciclo de las resurrecciones es la tormenta con la que convivir, la tormenta que me hace calcular mis movimientos para salir airoso.

Angélica Liddell es de lo mejorcito que se pueda leer en este país. Angélica Liddell es un ángel caído en España. Angélica Liddell es el Jean Genet o el Thomas Bernhard con el que siempre quise compartir documento nacional de identidad. Angélica Liddell es libérrima. A Angélica Liddell yo no le importo un carajo, ni ustedes tampoco. Angélica Liddell es, a la vez, mesiánica e invisible. Angélica Liddell lleva razón cuando habla. Angélica Liddell es Premio Nacional de Teatro. A Angélica Liddell no la conoce ni el tato. Angélica Liddell merece todo mi proselitismo.

Resumiendo demasiado, las últimas exploraciones de Angélica Liddell tienen que ver, a mi entender, con la subversión de ciertos cánones, de algunos cimientos básicos. Desde la transgresión del feminismo a partir de una violación en donde la violada se apodera del violador amándolo y obligándolo a vejarla, a la aniquilación de Jesucristo transformándolo en un hombre amado al que Angélica coacciona para que él no deje de pensar en ella. De un modo u otro, Angélica Liddell busca en esta etapa de su obra lo misterioso, lo que ya no se atiene a teorías ni cánones, descreída como confiesa sentirse de todo. ¿Y qué hay en lo misterioso? Según ella, lo misterioso es la puerta hacia lo sagrado. Por supuesto, lo sagrado desarticula toda imaginería religiosa previa, que no deja de ser un artificio que nos aleja de esta meta.

En Angélica Liddell he vivido un ateísmo místico como si un San Juan de la Cruz nihilista se tratase. Hay quien podría ver en ella un pesimismo y un derrotismo ante la vida, pero yo he encontrado lo contrario, una luz que nos ilumina cuando todo está perdido. Me pregunto hacia dónde se dirigirán sus próximas obras, porque el camino que dibuja es un discurso verdaderamente estimulante intelectualmente. Me queda por leer la obra que hay entre este Ciclo de las resurrecciones y La casa de la fuerza. Angélica Liddell me hace feliz, me hace creer que, si acaso no hay esperanza, al menos, hay un modo de seguir adelante con coherencia. Y para darle más leña a este fuego, Angélica Liddell se declara una enferma y, claro, ustedes ya lo saben, la enfermedad ronda mi vida y, por tanto, mi identidad y, por tanto, mi forma de ver el mundo. Ante la finitud de las cosas, en ella encuentro cierta trascendencia aplicable a mi día a día.

Y nada más, joder, que parezco un groupie con las manos alzadas coreando los grandes éxitos de una estrella del rock. Ya saben, esta tía me toca la fibra. Con eso basta. Con eso y con este vídeo, en donde la entrevistan y ella habla de su poética y a mí se me caen las bragas asimilando cada una de sus ideas:

PD: Termino el libro en plena Semana Santa y lo sagrado adquiere un sentido antagónico. El último texto del libro lo confirma:

SALMO XII

De nada hubiera servido leer la profecía, pues hubiera hecho este mismo viaje.
He llegado hasta la rosa de cuatro pétalos, hasta la roca y hasta el patio.
He llegado hasta los pies del Bautista
con la intención de matarme bebiendo oro derretido.
Cuanto más asciendo, más sufro,
cuanto más concluyo, más ancho se vuelve el círculo,
vivo en la boca de mi tumba.
Bajo el éter de tu nacimiento, no hay una escama de mi cuerpo que no tiemble,
como si mi corazón bombeara espinas.
(Sentía los dolores de tu mismísimo parto,
en mis dedos, mi pecho, mis rodillas y mi garganta.)
Si abres mis labios con tu lengua, oh Señor, moriré cantando,
aun con las entrañas abrasadas por el oro ardiente, moriré cantando,
y así como el calor del sol se hace vino,
mi ardor se hace lágrimas.
Ahora me marcho ensangrentada camino a Citerea.
¿Por qué para coronarme me han clavado en la frente las puntas de las estrellas?

Cuando me sentí culpable leyendo a Jonathan Lethem

Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem

Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem

Llevo dos o tres semanas en las que no hago planes, sino que los planes abordan mi (inexistente) agenda y me colocan ahí y allá, con este o con aquella, y yo nunca digo que no y me dejo llevar y me lo paso pipa con la gente y soy razonablemente feliz. Últimamente soy un tío supersociable y, por supuesto, esta racha está generando en mí un sentimiento de culpa que acabará saliendo a presión por algún lado. Se suponía que yo era un tío relativamente huraño, que pasaba muchas horas en casa leyendo y escribiendo, y ahora soy el alma de la fiesta. Y no sigo torturándome porque si alimento más este reproche me voy a echar a llorar delante de la pantalla.

Para colmo, elegí mi última lectura teniendo en cuenta mi vida ajetreada. Elegí leer Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem, porque era consciente de que sería una lectura ligera y llevadera, una lectura que no me causaría demasiadas complicaciones y que no me absorbería demasiado. ¿Se dan cuenta ustedes de la línea que estoy cruzando o es que la culpa me ha convertido en un paranoico? Elegí mi lectura según un criterio determinado por mi vida social. No sé ustedes, pero yo lo veo como un apaga y vámonos.

De todo esto, Jonathan Lethem no tiene la culpa. Él escribió una novela romántica contextualizada en un campus universitario y aderezada de ciencia ficción. Relaciones sentimentales entre cerebritos y una suerte de agujero interdimensional humanizado me parecieron buenas razones para volver a Lethem, además de sentir que le debo algo después de que Chronic City fuera una lectura redentora en la UVI hace año y medio.

Si en las comedias románticas siempre hay un elemento prácticamente fantástico que logra que la pareja tenga un final feliz, Jonathan Lethem sustituye lo fantástico por lo sci-fi para ofrecernos un extraño y emocionante final. Por suerte, Lethem es un profesional de lo suyo y -si le miramos las costuras a la novela- es fácil reconocer cómo sabe construir las escenas con un equilibrio que nunca nos saca de nuestra zona de confort y una soltura casi cinematográfica dentro del género que podría parecer aprendida de Billy Wilder.

Jonathan Lethem hace tan bien lo que pretende hacer en Cuando Alice se subió a la mesa, que he de reconocer que he disfrutado la novela entre sonrisas tontorronas. Pero, una vez reconocido esto, debo confesarlo todo: es una novela tremendamente ñoña desde el mismísimo principio hasta la última página; es ñoña incluso para mí, que, a fin de cuentas, soy un cursi que trata de disimularlo a toda costa. ¿Y cuál es el problema con que sea tan ñoña? Pues que le da al conjunto un tono excesivamente plano, no hay carrusel emocional, no he sufrido por el conflicto que se plantea, no he empatizado con la chica del cuento (y con el chico no siempre); en resumen, la novela es tibia y mullida, como el sofá que colocamos delante de la tele.

¿Y ahora qué? He de redistribuir mi soledad. Por lo demás, creo que me hace falta una lectura más invasiva, una lectura que no pueda sacarme de la cabeza cuando salga a la calle.

Pensar sobre feminismo (y otras cosas que explotan) a través de Brian K. Vaughan

Y, el último hombre, de Brian K. Vaughan (portada del primer tomo)

Y, el último hombre, de Brian K. Vaughan (portada del primer tomo)

Hace unos meses asistí a la presentación de la revista feminista Píkara en una librería. Para ser del todo honesto, diré que no fue una iniciativa propia, sino que acompañé a una amiga. En el turno de preguntas levanté la mano. Comenté mi sorpresa ante el hecho de que todas las secciones estuvieran firmadas por mujeres (excepto una colaboración, escrita por un hombre, pero las responsables de la revista se apresuraron a aclararme que era homosexual). Me extrañó que una ideología transversal e integradora como el feminismo estuviera exclusivamente en manos de mujeres en un medio que lo propaga. Si el feminismo, tal y como yo lo entiendo, busca la horizontalidad entre géneros, la ausencia de hombres en la revista (blancos, heterosexuales y con estudios, como ellas insistieron en matizar) me hizo pensar que, de algún modo, la mesa cojeaba. Las chicas de la revista Píkara se sirvieron de la dialéctica del opresor/oprimido para excluirme(nos) de su lucha. Desde entonces, le doy vueltas a este tema porque considero que el machismo es una ideología que también –aunque, obviamente, en menor medida– ha dañado a los hombres al pedirles un rol insostenible.

Esto me lleva a mi lectura de Y, el último hombre, cómic guionizado por Brian K. Vaughan y dibujado, en su mayor parte, por Pia Guerra. La premisa de esta obra postapocalíptica es sencilla y jugosa: En la actualidad, una misteriosa plaga hace que todos los machos (menos los reptiles y los peces) del planeta mueran de repente, a excepción de un joven, de nombre Yorick, y de un mono capuchino llamado Ampersand al que Yorick está tratando de amaestrar. En el momento de la hecatombe, Yorick habla por teléfono con su novia, que está en Australia; cuando empieza a asimilar lo ocurrido, emprende un largo viaje para tratar de encontrarla y así se convierte, por decirlo de algún modo, en un nuevo Ulyses.

Muerte instantánea de todos los machos del planeta

Muerte instantánea de todos los machos del planeta

Ya no hay hombres

La primera cuestión relacionada con el feminismo que plantea esta obra es cómo rehacer un mundo sin machos que ha vivido durante siglos instaurado en el patriarcado. A lo largo de toda la serie (cuyo tiempo narrativo se prolonga, principalmente, hasta los cinco años después del inicio de la plaga), las mujeres del mundo han de decidir si reconstruir la sociedad a imagen y semejanza de los hábitos culturales ya conocidos, adaptándose ellas mismas a los roles masculinos aprendidos, o ensayar nuevas formas de sociedad, esforzándose en inventar desde cero para no cometer los mismos errores. Como se podrá suponer, ninguna de las dos tendencias tiene un éxito apabullante y, por supuesto, las nuevas relaciones sociales están bien surtidas de desacuerdos y contradicciones.

Está claro que las escalas de valores han de ser revisadas, pero la mayoría de las mujeres está demasiado ocupada en sobrevivir a la catástrofe como para plantear una filosofía más allá de las urgencias cotidianas. A lo sumo, cuando ocurre algo que fulmina todo en lo que uno había creído hasta el momento, estas mujeres hacen lo que el ser humano lleva haciendo desde que es capaz de pensar: agarrarse con fuerza a cualquier idea que lo explique todo, por absurda o fantasiosa que sea. Y, para echarle más leña al fuego, como no podía ser de otra forma, algo de semejante magnitud comienza a sacar a todos los locos -locas, en este caso- de su madriguera.

Me sorprende, no obstante, que no se haya hecho alusión a lo largo de la serie (o a lo mejor no lo recuerdo, porque Vaughan llena sus escenas de referencias que siempre conectan hábilmente con la premisa) a las antiguas sociedades matriarcales, en donde la sociedad tendía hacia la horizontalidad.

Novela bizantina

Las motivaciones que mueven a Yorick para emprender su viaje son dos: encontrar a su novia y salvar al mundo de la ausencia de hombres. Su motivación personal y su motivación ética se entretejen y a menudo entran en conflicto, pero ambas lo obligan a desplazarse por medio mundo. Pese a que Yorick es el protagonista que da nombre al cómic, en esta obra se reparten varios roles principales otros personajes. Por ejemplo, en su odisea lo acompañan la agente secreta 355 y la Dra. Allison Mann. La primera cumple el rol de la fuerza protectora y la segunda el rol de la sabiduría y el conocimiento capaces de transformar el mundo, ambos roles han sido tradicionalmente desempeñados por hombres y, en este caso, son dos mujeres quienes los realizan, dejando así a Yorick en el lugar del desvalido y el ignorante (al menos, en un primer momento de la historia). Aunque hay que aclarar que, a lo largo de toda esta road movie, da tiempo para que Yorick se desarrolle como personaje, tome volumen, evolucione y se convierta en otra persona mucho mejor y más capaz, todo ello, en buena parte, gracias a sus acompañantes.

La Doctora Mann, 355 y Yorick junto a una rusa que traerá nuevas aventuras a sus vidas

La Doctora Mann, 355 y Yorick junto a una rusa que traerá nuevas aventuras a sus vidas

Petróleo

A medida que avanza la serie, Yorick -del que prácticamente nadie sabe de su existencia- se convierte en el bien más preciado del mundo. Y, el último hombre hubiera acabado pronto si Yorick hubiese decidido convertirse en el mayor follador y procreador de la Historia, pero resulta que el chaval está enamorado e insiste en encontrar a su chica. 355 hace lo que puede para protegerlo y ocultarlo y la Dra. Mann trata de encontrar una explicación científica y, en consecuencia, una solución. Pero, mientras tanto, hay quienes conocen su existencia y tratan de cazarlo por distintos motivos. Quien posea el último hombre tendrá el mayor poder del mundo, parecen pensar algunas.

El resto de la Humanidad desconocedora de la existencia de Yorick trata de seguir hacia delante como buenamente puede. Resulta interesante comprobar cómo los clichés sexistas adquieren extravagancia sin hombres. Se convierten, de hecho, en gestos irónicos o, incluso, nostálgicos. Y, por supuesto, se revelan absurdos de un modo todavía más evidente de lo que ya lo fueron en un su momento.

Esta búsqueda de petróleo le da la oportunidad a Vaughan para hacer un excelente ejercicio de metaficción: contar la historia de un último hombre dentro de Y, el último hombre gracias a una compañía de teatro que entretiene a su público con esta leyenda. Por supuesto, Vaughan comprende que si son mujeres -y no él- las que cuentan esta historia, el cambio de perspectiva desarrollará una trama distinta. Por otra parte, ya casi al final, se vuelve a hacer otro ejercicio de metaficción que me recordó a El hombre en el castillo, del que no diré nada más.

Explicaciones y finales

Al final, entendemos los cómos y porqués de todo lo ocurrido. Pueden gustarnos más o menos, pero hemos de reconocer que, en realidad, no importan. Lo verdaderamente trascendental ha sido el viaje de estos personajes, su evolución, sus relaciones y sus actos. Se le da un final a todos ellos, y el de Yorick es, cuando menos, sobrecogedor. He de morderme la lengua para no hablar de su final, de cómo acaba su historia y por qué, de cuánto ha merecido la pena su viaje. También estoy deseando comentar con alguien ese futuro que le espera a la raza humana al final del último tomo de la serie. Lo que sí puedo hacer, de momento, es tratar de mirar mi sociedad con otros ojos gracias al efecto óptico extremo que me ha facilitado Brian K. Vaughan.

¿Para cuándo la teleserie?

Y, por último, quiero gritar muy fuerte hasta que la HBO me escuche y le dé a Brian K. Vaughan la oportunidad de hacer una serie televisiva con este material. Yo juraría, de hecho, que Vaughan ya lo tiene todo preparado en su cabeza, porque Y, el último hombre es una experiencia narrativa que se acerca enormemente a las mejores series de televisión en cuanto a estructura y formas de abordar el relato. No esta mal recordar que Vaughan fue, durante un tiempo, guionista de Lost. Tanto es así que hay algunos recursos que recuerdan a aquella serie, por ejemplo, el uso del flashback como vertebrador de muchos capítulos. Aviso de que si hacen una serie televisiva de este cómic me convertiré en un fan intransigente. Mientras llega ese día, tendré que buscarme la serie completa de Ex Machina, otra perla de mi ya hoy bien amado Brian K. Vaughan (pero en esta ocasión me la compraré entera de una sola vez para así poder leerla del tirón).

Tennessee Williams en mi tejado

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Pasé un día con J. en Lavapiés. Fuimos a ver una exposición de Jan Svankmajer y, a la salida, buscando un sitio donde comer, nos topamos con la librería Yorick. Allí compré varias obras de teatro que me daba vergüenza reconocer que no había leído. Entre ellas, me hice con Una gata sobre un tejado de zinc, seguido de Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams. De esta forma, he comenzado a subsanar estas lagunas escénicas, ahora que me dedico al teatro casi plenamente y que, por tanto, mi alarmante desconocimiento logra ruborizarme.

Pretendo considerarme un buen lector, sin embargo, casi todo lo que leo es narrativa. Por suerte, tengo un buen bagaje de lecturas poéticas. Por el contrario, apenas leo ensayo. En cuanto al teatro, solamente le presto atención de vez en cuando. ¿Realmente puedo considerarme un buen lector con estos hábitos?

A lo mejor esta no es una pregunta insignificante si, para colmo, me da por pensar que quizá la gran novela americana sea, en realidad, una obra de teatro y la haya escrito Tennesee Williams, porque Una gata sobre un tejado de zinc probablemente encierra en pocas páginas todo -o, al menos, buena parte de- lo que los grandes narradores americanos han tratado de plasmar en tochos de más de quinientas páginas. Williams no solo da en el clavo, sino que compone toda una sinfonía con los golpes de su martillo en los distintos clavos que todo el mundo quiere clavar. Por supuesto, para hablar del mundo en el que vive, de la sociedad, de los valores, etc, el instrumento ideal siempre es la familia. Ya lo he dicho varias veces, la familia es la mejor estructura narrativa posible. No imagino una gran obra que hable del ser humano en todas sus dimensiones sin que se sirva, en mayor o menor medida, de la estructura familiar.

En la primera página, con solo unas cuantas líneas de diálogo, Tennessee Williams nos inserta en las entrañas de Brick y de Margaret, al igual que nos ocurre con los demás personajes a medida que van apareciendo. Esta habilidad de hacernos entender repentinamente al personaje es una rareza. Se la había visto, por ejemplo, a John Cheever, que te traza perfectamente un personaje con cuatro líneas. Pero insisto en que me parece una destreza poco común. Y Tennessee Williams la tiene, sin duda alguna.

Uno no está contemplando la habitación de la escena desde un patio de butacas o desde fuera del libro, sino que uno está dentro, apoyado en la pared o sentado en una esquina de la cama, presenciando las discusiones y casi queriendo intervenir en ellas. Pero lo mejor es que no hay manera de ponerse de parte de nadie. Uno no sabe a quién defender, uno siente un extraño apego por todos, del mismo modo que un verdadero recelo. Uno no encuentra amigos ni enemigos, sino la excitante incomodidad de no posicionarse. Uno acaba meneando la cabeza y resoplando porque la vida es muy complicada.

En cuanto a la segunda obra de este volumen, Un análisis perfecto hecho por un loro, no tengo nada que decir. Me pareció intrascendente. Quizá solamente porque la leí a continuación de una obra maestra. No me esforzaré en decir más de esta segunda obra, porque sigo subyugado por la gata. Ahora solo me queda ver la adaptación cinematográfica de Richard Brooks, protagonizada por Elizabeth Taylor y por el inefable Paul Newman.

Enlace

Lucas Martín escribiendo sobre mi padre y otras cabriolas

Lucas Martín escribiendo sobre mi padre y otras cabriolas: Vértigo

Joseph Roth en los tiempos de Bankia

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

Cuando me marche de Segovia, es probable que en el Top-10 de mis costumbres y hábitos segovianos favoritos estén los gin tonics con J. (o, en su defecto, las cañas a media mañana con J.) En una de las últimas ocasiones estuvimos en el bar el Casco Viejo hasta las tantas, hablando de adaptaciones cinematográficas de obras literarias. Aparecieron muchos títulos. Yo fui apuntando algunos. Días más tarde, en mi cumpleaños, unas buenas amigas me regalaron una preciosa edición ilustrada de La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth, obra de la que me había hablado J. aquella noche, animado por la ginebra.

He vuelto a hablar con J. después de leer a Roth, y su opinión -hay que decir que difuminada por lo lejos que queda su lectura- coincide con la de todas las reseñas que he leído en la blogosfera (en donde, por cierto, hay varios blogueros que ensalzan la vertiente autobiográfica con un romanticismo avinagrado). Encuentro una aceptación unánime, pero a mí, en este caso, me ha dado por el pataleo.

Mi pataleo estriba en que, al comienzo, donde Joseph Roth introduce un filántropo que ha encontrado la fe, yo veo un banco. Da igual las vueltas que le dé al libro. Veo a un señor con la inminente necesidad de crearle una deuda a los demás. El protagonista (Andreas), hasta entonces, no era más que un clohard que sobrevivía con lo puesto y con lo poco que iba logrando aquí y allá; si bien es cierto que se trata de un borracho, también hay que recalcar su capacidad para mantener una economía de subsistencia. No debía nada a nadie, solo estaba condenado por sus necesidades primarias: en su caso, el alcohol. Cuando Andreas se topa con el filántropo, este consigue sacarlo del ostracismo y reinsertarlo en la sociedad parisina haciéndolo responsable de una deuda, como cualquier otro hijo de vecino que viva dentro de la lógica bancaria del capitalismo. Andreas nos habla del honor como quien habla hoy día de avalistas, convirtiéndose en santo de esta nueva religión.

Es bien sabido que el verdadero negocio de los bancos no es tanto guardar el dinero de los trabajadores como el de conceder créditos, endeudando así a quien necesita el dinero para vivir y medrar en nuestra sociedad (de hecho, es de horrible actualidad el decretazo del Gobierno que propone grados de tres años y másteres de dos para abrirle la puerta de los estudiantes a los bancos, tal y como tan bien explica el catedrático de Economía Juan Torres aquí). Por eso no me parece casual que el filántropo de esta obra dé un crédito por razones de fe y pida que se restituya el dinero a un sacerdote:

[…] Mas, a pesar de ello, le ruego que tenga la amabilidad de aceptar los doscientos francos, al fin y al cabo una suma ridícula para un hombre como usted. Y en lo referente a la restitución, habré de extenderme algo más para poderle hacer entender por qué no ingresar el importe. Resulta que me he convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux. Y ahora venero muy especialmente la estatuilla de la santa que se guarda en la capilla de Sainte Marie des Batignolles, que usted podrá localizar con facilidad. Así que, tan pronto tenga reunidos los doscientos francos y su conciencia le obligue a zanjar esta ridícula deuda, diríjase por favor a Sainte Marie des Batignolles y entregue la suma en manos del sacerdote cuando este termine de oficiar la misa.

Me refiero a que el término griego pistis servía para referirse tanto a la fe como al crédito, ya que, al fin y al cabo, ambos funcionan mediante mecanismos parecidos y alimentan, asimismo, estructuras similares. Esto lo explica fenomenalmente bien Giorgio Agamben en un artículo publicado aquí, del que aconsejo fervientemente su lectura para intentar comprender mi pataleo con La leyenda del santo bebedor, además de otras cosas de verdadero calado. No obstante, como aperitivo, copio un extracto:

David Flüsser, un gran estudioso de la ciencia de las religiones –pues existe una disciplina de tan extraño nombre– estaba hace poco trabajando en la palabra pistis, que es el término griego que Jesús y los apóstoles usaban para “fe”. Aquel día, que iba paseando por casualidad por una plaza de Atenas, en un momento dado alzó la vista y vio ante sí escrito con grandes caracteres: Trapeza tes pisteos. Estupefacto por la coincidencia, miró mejor y a los pocos segundos se dio cuenta de que se encontraba simplemente a la puerta de un banco: trapeza tes pisteos significa en griego “banco de crédito”. Ese era el sentido de la palabra pistis, que llevaba meses tratando de entender: pistis, “fe”, no es más que el crédito del que gozamos ante Dios y el crédito del que goza la palabra de Dios ante nosotros, a partir del momento en que la creemos.

Es la segunda vez que me enfrento a Joseph Roth y en ambas ocasiones he tenido la sensación de oír el soniquete de una parábola moral. Mi otra lectura fue Job, donde, por supuesto, el título ya resulta explícito en este sentido. No conservo un gran recuerdo de aquella lectura y ya me imagino el recuerdo que guardaré de esta. Para colmo, ciñéndome a lo estrictamente narrativo, Roth ha logrado tocarme las narices una y otra vez optando por todos los deus ex machina que le han salido de los mismísimos para resolver los distintos tramos narrativos de la obra. Hay quien se toma esas cosas como si todo fuese un cuento de hadas o una ensoñación que embellece el relato; yo me lo he tomado, en cambio, como si Joseph Roth tuviera muy poca vergüenza.

Y ya no da más de sí este breve cuento, inflado con una tipografía grande y con unas bonitas ilustraciones de un tal Pablo Auladell para poder ser publicado por separado. Me voy a mis asuntos, a contar mi dinero, y a respirar aliviado, porque -de momento- no tengo deudas.

Yuri Herrera Cartoon Show

La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

Cuando me pongan un riñón que me dé independencia quiero hacer un viaje a México. También a otros sitios, pero, sobre todo, me queda pendiente ese México que Roberto Bolaño se inventó para mí y que yo me sigo creyendo a pies juntillas. Ahora también quiero ir a México por Yuri Herrera. Quiero coincidir allí con mi amigo Gabo y con mi amiga Adri y preguntarles por Yuri Herrera, y pedirles que me lleven a donde el mundo se entreteje con el mismo lenguaje que el de La transmigración de los cuerpos.

Viajar a México quizá algún día sea posible, pero no contemplar la realidad como la propone Yuri Herrera fuera de su relato. Si pudiera presenciar lo que se cuenta en La transmigración de los cuerpos, asistiría a la labor de un hábil y cabizbajo gestor de la diplomacia callejera que logra que un conflicto entre dos familias no vaya a más. Sería una historia escueta pero potente. Me serviría como anécdota para repetir varias veces. Pero Yuri Herrera trabaja el lenguaje hasta hacer de esta historia la versión definitiva e improbable de lo que yo deseo contemplar, y no existe más allá que en el modo de ser contado.

Reconozco que me he sentido irrefrenablemente cautivado por la distancia dialectal que me propone, como quien ve un pájaro exótico y se le pone cara de bobo sorprendido; pero también he de confesar que me he emocionado como un niño con un juguete casual e improvisado cuando Yuri Herrera instala su registro casi en lo vulgar y, con ello, toca teclas que al nivel culto de la lengua se le escurre entre los dedos. Yuri Herrera trabaja el lenguaje sin complejos, adecuándolo a su propia escala, y el resultado es una contorsión que ensancha el pecho del lector y la historia que se cuenta. Todavía estoy paladeando las piruetas, las páginas, los recovecos de una historia muy corta que se tiene que acabar porque el movimiento ya está hecho.

Como si fueran dibujos animados, así es la literatura de Yuri Herrera. Como si hiciera falta inventar Hora de aventuras o Historias corrientes para mostrar lo que la cámara cinematográfica no ha enfocado. Creo en la importancia de los dibujos animados porque -ahora tengo un argumento- existe literatura como la de Yuri Herrera. Diego Zaitegui me recomendó esta obra y sospecho que a él también le gustan los dibujos animados.

Cristian Crusat y mi vida haciendo origami

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Hay quien dice que la vida es un pañuelo y yo prefiero ver un extraño origami cuando la vida se pliega sobre sí misma para que ciertas épocas inalcanzables y distantes se solapen entre sí y formen una nueva figura. Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat, podría ser, precisamente, esa figura papirofléxica formada por la conjunción de varios vértices de mis últimos años. Para contar la historia de este libro en mis manos no solo habría que mencionar a su autor, sino que aparecerían en escena otros compañeros de la universidad, alguna reseña leída en el periódico y, por supuesto y ante todo, la participación de Paul Viejo. La torsión de los hechos que me ha traído este conjunto de cuentos merece ser pregonada, pero no me veo capaz de explicarla con la justicia poética que merece. Así que he optado por la solución más esquemática y, a la vez, más críptica; la más reveladora y, además, la más chapucera: he hecho un dibujo:

No sé si ustedes entienden algo, pero yo me he divertido mucho garabateando este folio. ¿Me creerían si les dijera que no me ha llevado más de cinco minutos realizar estos trazos tan precisos? Y lo mejor es que no pienso rehacerlo. No pienso decir más al respecto. Pasemos ahora al texto, a mi reencuentro con Cristian, pese a que no lo he vuelto a ver desde la época de la carrera.

En los relatos de Crusat me ha parecido encontrar algo de Kjell Askildsen, no en el estilo, sino en la manera de configurar las relaciones entre los personajes. Crusat, como Askildsen, nos plantea conflictos entre personas -quizá diminutos, pero incómodos- que el lector percibe y en los que se ve irremediablemente obligado a poner de su parte para completar el significado de la historia, porque con el relato no basta del todo. Uno se asoma a estos cuentos sabiendo que pasa algo más de lo que ve, creyendo que ha llegado tarde, pero que todavía puede intuir lo que nadie le ha contado respirando la atmósfera del texto.

Pero este parentesco que le atribuyo con Askildsen acaba ahí, en el mero juego de tensiones entre los actantes. Por lo demás, nos encontramos con un uso del lenguaje tan pulido y ejercitado que dan ganas de sentarse en los hombros del enunciado y dejarse llevar a cuestas. Por ejemplo, muestra cierta exuberancia en la atención por los colores, en el apego hacia las posibilidades de la luz en el espacio narrativo. De algún modo, parece que a Crusat le interesa que el lector esté allí mismo, junto a los personajes, para descifrar de primera mano lo que no se va a decir nunca.

De hecho, he de reconocer que el primer relato del libro, Parcelas, me causó tal sensación que tardé un par de días en volver a retomar su lectura porque me estaba a gusto sintiéndome en aquel ambiente de rulot desvencijada en medio de ninguna parte. A la vez, me veo obligado por poderosos motivos emocionales a destacar el cierre, que da título al libro, por tratarse del desierto de Almería. ¿Han estado ustedes en Tabernas? Cojan el coche y adéntrese en el desierto, y luego lean este libro.

Lo que media entre Breve teoría del viaje y el desierto y aquel joven y tímido Cristian Crusat que conocí en la carrera para mí es un absoluto misterio, pero me siento feliz de que estos dos extremos del cordel se hayan atado gracias a la mano de Paul Viejo (al que espero haber retratado bien pese a no haberlo visto nunca en persona).

Max Frisch promueve mi vida contemplativa

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

En el mes de julio estuve en Tenerife. Uno de los rincones que más recuerdo es Masca, en lo más recóndito de un valle, en el mismísimo culo del mundo, en donde, según me contó alguien, no se enteraron de que en España había tenido lugar una Guerra Civil hasta bastantes años después. Hoy día es un pueblecito muy visitado, abierto al turismo; hay, de hecho, un restaurante absolutamente maravilloso, regentado por un siciliano, con unas vistas espectaculares, llamado La Pimentera, que bien merece el viaje. Más allá de mis consejos gastronómicos, menciono la actual Masca porque es donde he imaginado al viejo Geiser, el protagonista de El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch, como sustitución empática de su verdadera ubicación en el cantón de Tesino. Lo he imaginado allí porque necesitaba un marco reconocible y coherente con su historia para imaginarme a mí, sintiéndome en el lugar del viejo Geiser, sospechando que Max Frisch habla con inquietante tino del estilo de vida que trato de seguir actualmente

El hombre aparece en el Holoceno es como leer la biografía de un místico, es un manual para el ascetismo. Actualmente, hago esfuerzos por convertirme en un anacoreta, por llevar con diligencia una vida contemplativa, reconozco que me permito demasiadas licencias, pero hay una voluntad clara en mí. Otra cosa sería explicar lo que yo entiendo por ser, en mi caso, un anacoreta. No voy a hacerlo, pero puedo poner de ejemplo esta novela de Frisch. Como novela es un texto corto, parco y contenido, pero tiene tanta fuerza que funciona como una instalación artística dentro de la cabeza del lector.

El viejo Geiser vive aislado en su casa, en un pueblo recóndito en donde apenas se relaciona con nadie. A veces, en verano, viene gente de fuera. Sale poco. Llueve mucho (aquí me valdría Segovia en lugar del valle de Masca). Le preocupa que haya un desprendimiento de tierra, siente ese peligro en el exterior. Por lo demás, vive tratando de retener las cosas importantes que hay que saber en la vida, pegando hojas de diccionarios y enciclopedias en las paredes para no olvidar lo esencial, para construir y mantener su mundo allí dentro, para aprovechar la poca memoria y la poca vida que le quedan.

A veces el señor Geiser se pregunta qué es en realidad lo que quiere saber, qué es lo que se promete del saber.

Solamente hace una excursión y casi le cuesta caro. En cambio, en su casa logra controlar todos los parámetros. El viejo Geiser proyecta su saber sobre las paredes empapelándolas con recortes. Allí dentro, tranquilo, es feliz, y no siente demasiadas ganas de salir afuera a comprobar que el mundo es como dicen sus libros. Por eso este extraño artefacto de Max Frisch me ha recordado a la máxima 139 de los Pensamientos de Blaise Pascal, que un amigo me leyó hace años y que, por supuesto, he tenido que buscar para poder citar (pero la idea permanecía fija en mi cabeza):

[…] he descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación. Un hombre que tiene suficientes medios de vida, si supiera estar en casa a gusto, no se marcharía para ir al mar o sentarse en una plaza. No se compraría tan caro un puesto en el ejército si no fuera insoportable el no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y los divertimentos de los juegos sino porque no se puede permanecer en casa a gusto.

Yo no sufro esa desgracia, ni el viejo Geiser tampoco.

Después de haberlo intentado hace años con Max Frisch leyendo Homo Faber y de que pasara sin pena ni gloria por mi cabeza, he logrado reencontrarme y conectar con este autor. Tengo una sonrisa tontorrona, provocada por la complicidad y por el sueño a estas horas. Me gustaría hablar del peculiar uso de la tercera persona, que casi parece primera y hace sentir al lector en la casa del viejo Geiser, pero mejor no digo más.

Leer orientado por Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

El placer del texto y Lección inaugural, de Roland Barthes

Hace varias noches me llamó mi amigo H. por teléfono. En lugar de comenzar con el tradicional hola, ¿qué tal?, me preguntó, a bocajarro, si había leído un poema de José Hierro sobre San Juan de la Cruz, titulado Yepes Cocktail. No crean ustedes que mi amigo H. no cuida sus modales, comprendan que en ese preciso instante se sentía alucinado (al fin y al cabo el poema pertenece al Libro de las alucinaciones) con un texto y necesitaba compartirlo, revisarlo, contrastarlo con alguien que ejerciera de cómplice. La fascinación que le producía el texto (y, sobre todo, lo que él había encontrado ahí dentro) se imponía, por suerte, a todo lo demás. En nuestra conversación, ya no solo sobre el poema o sobre San Juan de la Cruz, sino sobre nuestra relación con los textos (el verdadero leitmotiv de la llamada), mencioné, inevitablemente, un pequeño ensayo sobre Roland Barthes que estaba leyendo, El placer del texto / Lección inaugural.

Llevo días, gracias a Barthes y gracias a H., tratando de pensar en cómo leo, en cómo me enfrento, como ya he dicho, a los textos. No he logrado sacar grandes conclusiones (ni pequeñas), pero el primero de los ensayos de este libro me ha ayudado a tomar conciencia sobre ciertos aspectos. Por ejemplo, que no todos los lectores nos comportamos del mismo modo pese a que a mí me parezca que no hay otra forma de leer distinta a la mía.

Le tendría que haber preguntado a H. qué tipo de lector es él, según esta taxonomía de Barthes; yo, en cambio, no habría sabido qué contestar; como tampoco supe contestar a mis contactos de Facebook cuando les lancé una pregunta a propósito de Barthes y me negué a participar en mi propia encuesta.

“El libro hace el sentido, el sentido hace la vida”. Temblé al leer esto, porque me doy cuenta de que no dejo de vivir todo lo que me acontece en el mundo buscando, continuamente, puntos de referencia, de apoyo, de partida, en textos que me den un norte, una dirección, un sentido por el cual obrar, por el cual interpretar, por el cual comprender qué diantres ocurre y por qué. No contesté a mis amigos en Facebook porque soy incapaz de localizar un libro que haga de intertexto continuo con la vida. Las afinidades son, diría yo, varias, distintas entre sí y , a menudo, contradictorias, pero siempre conforman una extraña unidad de sentido: este interxtexto vital es, por tanto, un armazón complejo y, además, mutante.

Tengo un montón de citas con las que incordié en Facebook a medida que iba leyendo el ensayo -que, al estar construido de modo fragmentario, lo convertí fácilmente en un picoteo para compartir- y podría seguir haciendo copy/paste hasta parecer un lector fetichista de esos de los que hablaba Barthes en la primera cita que he pegado. Tampoco me quiero extender, porque me siento ridículo tratando de comentar a Barthes. Solo quiero hacer una última mención al segundo ensayo, Lección inaugural, que le sirvió de discurso cuando le dieron una cátedra en el Collège de France. En ella habla del poder, de literatura y de semiología. En la parte relacionada estrictamente con la literatura logró emocionarme y hacerme suspirar. El temblor comenzó cuando llegué al siguiente punto y con lo que vendría después (sí, una cita más, no me puedo resistir, la última y acabo):

Si llamamos libertad no solo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad sino fuera del lenguaje. Desgraciadamente, el lenguaje humano no tiene exterior: es un recinto clausurado. Solo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística, según la describió Kierkegaard cuando definió el sacrificio de Abraham como un acto inaudito, vaciado de toda palabra incluso interior, dirigido contra la generalidad, la gregariedad, la moralidad del lenguaje; o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua, a eso que Deleuze llama su manto reactivo. Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, solo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.

 

Por qué Mark Strand no es uno de mis poetas de cabecera

Casi invisible, de Mark Strand

Casi invisible, de Mark Strand

Mark Strand murió hace unos días. En ese momento, apareció en mi radar. No vi sus señales de humo hasta entonces, hasta que Facebook se llenó de pataleos y de vestiduras rasgadas y en la prensa tradicional se impuso la poesía como agenda-setting. A mí me palpitaba el pulso apresuradamente cada vez que se hacía referencia a Mark Strand, porque yo ya estaba llegando demasiado tarde a su fiesta. Por suerte, una vez más, Book Cake acudió en mi ayuda.

Casi invisible es su undécimo libro de poemas, y me acojo al texto de la contraportada para desear que se trate del poeta “que ha desarrollado una mayor variedad de registros expresivos, el que tiene una mayor capacidad de reinventarse.” Así podré seguir indagando en su camaleónica obra hasta dar con aquellos textos que comulguen con mi sentido de lo poético, porque -verán ustedes- aquí el problema lo tengo yo, y no Mark Strand.

Este es mi eterno impedimento, esta es una de las razones por las que reseño poca poesía. Con poco que lean en este blog, se darán cuenta de que mi capacidad de objetivación en la literatura deja mucho que desear. A veces me esfuerzo en parecer razonable y coherente, pero creo que soy más de partirme la cara por los escritores que hacen clic en mi cabeza y, al final, siempre me paso de la raya. Pese a todo, logro articular discursos con los suficientes meandros como para que buena parte del campo quede regado. Pero con la poesía no. Mi obstáculo es que, para mí, lo poético es, ante todo, ideológico. Es decir, un texto es un poema si comulga con mi poética; de lo contrario, es otra cosa. No entro a discutir qué, pero otra cosa. Tampoco voy a esforzarme en desarrollar aquí una poética. Creo que es fácil adivinarla echándole un vistazo a la poca poesía reseñada durante estos años.

Todo este preludio obtuso y farragoso solamente tiene el propósito de esquivar Casi invisible, de Mark Strand, un escritor que en ocasiones me ha hecho tilín, pero no clic, y aquí el clic es lo único que importa. Cabe decir que las piezas de Casi invisible son altamente sugestivas, a veces divertidas, intrigantes y que poseen un fuerte simbolismo; cabe decir que he doblado la esquina superior de bastantes páginas para mantenerlas marcadas. Pero, siendo honesto conmigo mismo, he de reconocer que en términos poéticos no me ha reportado prácticamente nada. Y, por supuesto, el microrrelato no es la mejor camisa que les deseo a estos textos. En todo caso, funcionan como algo autónomo, como guiños que se retienen con más o menos suerte en la percepción del lector.

Hay algo en Mark Strand que convertirá el tilín en el clic, al menos eso espero, pero todavía está por llegar.

 

Vigilando a Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

El vigilante, de Peter Terrin

En mi época de oposiciones, trabajé como recepcionista nocturno de un hotel. Pasaba las noches solo, apoltronado en mi sitio, vigilando el sueño de los clientes, previendo que, en el momento menos esperado, podría darse cualquier incidente que truncara la calma de mi turno. Me sentaba a esperar y nunca pasaba nada, noche tras noche, pero mi inquietud siempre era la misma. Imaginen, conservando esa experiencia de meses en mi recuerdo, cómo se puede leer una novela como El vigilante, de Peter Terrin (Rayo verde, 2014).

En esta novela, como en todas partes, caben muchas interpretaciones, hay distintos pálpitos, se alcanzan asideros incompatibles. Pero me atrevo a asegurar que El vigilante no provocará ninguna pelea de bar por motivos hermenéuticos; con este texto y una panda de amigos se disfrutará más de las discrepancias y las contradicciones que del mutuo acuerdo y el consenso general, porque se trata de un texto sugestivo, de los que sigues contándote a ti mismo cuando cierras el libro, tratando de calcular la deriva de la narración.

Y esa extraña virtud me hace no saber por dónde empezar. Quizá por el engranaje de las tres partes, por la idea de que El vigilante, en realidad, es un tríptico que, visto en conjunto plantea tres niveles de una lógica que ya en su primer estadio podría parecer condenada a un cul de sac, pero que, como demuestra Terrin, convierte el tradicional planteamiento/nudo/desenlace en un ejercicio acrobático sobre un fino alambre.

Trato de mantener mi hábito de no hablar apenas sobre el argumento de la obra, pero me apetecería contar de qué va la historia de cabo a rabo. Me apetecería -lo confieso- dar mi propia versión de los hechos. Me apetecería sentarme al lado de Peter Terrin y decirle, sin un ápice de rubor, que lo he calado desde el principio. Me voy a tener que aguantar y que atenerme a otras estrategias. Por ejemplo, durante casi toda la primera mitad de la novela pensé, una y otra vez, en El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, además de en una versión obrera de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. ¿Hasta qué punto estuvieron en la cabeza de Peter Terrin estas dos obras? ¿En qué momento decidió dejarlas atrás y seguir adelante solo? Fue, seguramente, en la segunda parte de este tríptico.

También pensé mucho en Kafka. Pero me mordí la lengua del discurso mental para no decirme Kafka y solucionar la propuesta que plantea El vigilante. En realidad, no vale decir Kafka, porque Kafka vale para casi todo, porque Kafka sirve como desatascador de referencias. Me parece mucho más preciso y acertado decir Cervantes, decir Don Quijote y Sancho sin el colchón de la comedia. Harry y Michel, en este caso, prometiéndose la villa blanca del señor Van der Burg-Zethoven como si se tratrase de la ínsula de Barataria.

Y también pensé en los supermercados Mercadona. Pensé en Sánchez Gordillo y los suyos entrando en uno de ellos para llevarse por la fuerza comida para los necesitados. Pensé, sobre todo, en esas imágenes que vi en las noticias de unos trabajadores del Mercadona defendiendo los productos de su empresa como si ellos fueran los dueños, poniendo en juego su integridad física para salvaguardar unas minucias de las que no dependen sus sueldos. Pensé en la estupidez supina del empleado haciendo el trabajo sucio del empresario, identificándose con él, queriendo complacerlo en todo, pensando en su bienestar como si ese fuera un verdadero sentido del deber. Pues bien, El vigilante también es esto, una lectura política de nuestro capitalismo, en donde la clase obrera afianza y perpetúa la lógica de quien vive a su costa.

El vigilante, de Peter Terrin, también está enhebrado con muchos otros hilos que darían para muchas cervezas en una charla distendida en una terracita. Como en Segovia hace mucho frío, me atengo al solipsismo de mi blog, pero si alguno de ustedes quiere alcoholizarse conmigo, lea la novela y quedemos en algún sitio con sol.

La guerra a la manera de Wajdi Mouawad

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Dejé de trabajar y me apunté al Taller de Teatro Municipal de Segovia. Era una espinita que tenía clavada desde hace tiempo. Poder medirme según los parámetros de un personaje inventado por otro; permitirme el lujo de no hacer de mí mismo durante un buen rato. Todavía estamos buscando el texto definitivo con el que trabajaremos hasta final de curso. Mientras tanto, poco a poco, mis lecturas se inclinan hacia lo teatral, abriendo una veta a la que todavía le queda mucho por ensanchar.

Aparecen multitud de posibilidades que desearía que lleváramos a escena. La última es Incendios, de Wajdi Mouawad. Esta lectura me ha dejado muy tocado, y me pregunto si lograría tocar con el mismo pulso a un hipotético público en el caso de que nos atreviéramos a construir tanta desolación y tanta tristeza sobre el escenario.

Quizá no hay tristeza más grande que la que describe Incendios, quizá no hay mayor horror, quizá no hay mejor paradigma del fundido en negro dentro de la propia vida. Podría describir en pocas palabras esa tristeza a la que me refiero, pero trato de morderme la lengua para no escupir el espoiler que se me acumula en la garganta. A lo sumo, me aclaro la voz y confieso que Sófocles estaría orgulloso de semejante vuelta de tuerca. Ustedes no quieren saber de qué va Incendios, y sus personajes tampoco hubieran querido saberlo. Todos éramos más felices antes de conocer esta historia.

Wajdi Mouawad es un autor canadiense de origen libanés, y nos habla de la guerra entre cristianos y musulmanes en su país natal. Pero eso es lo de menos. Incendios trabaja con el recorrido de la memoria y del descubrimiento personal para reconstruir la identidad (algo similar al funcionamiento de la película Vals con Bashir, de Ari Folman, que ha planeado sobre mi cabeza durante la lectura de esta obra). Pero eso es lo de menos. El meollo de la cuestión duele más que la suma de estas dos desgracias. Me parece que Incendios es un título muy apropiado, porque tras la lectura uno queda hecho cenizas.

Imagino a Carlos Tongoy leyendo esta obra. ¿Se le haría a él también un nudo en la garganta? Él siempre dice que la poesía no es lo suyo. Pero me acordé mucho de él leyendo el texto, porque para Wajdi Mouawad lo poético resulta imprescindible para poder afrontar ciertas realidades. De hecho, me doy cuenta de que me interesa ese tipo de teatro que se apoya en la metáfora y en lo simbólico para verbalizar de un modo más amplio, rotundo y certero con que solemos decir en nuestras vidas con un código practicable pero insuficiente. Incendios posee un lirismo arrollador, un lenguaje que excede los lugares comunes de la guerra.

¿Y qué se puede hacer con un texto así? Pues a Denis Villeneuve se le ocurrió hacer una película, darle mayor importancia a las imágenes y cercenar el texto. Se le ocurrió cambiar ciertos elementos, resumir ciertas piezas. Se le ocurrió darle una extravagante coherencia al conjunto. El resultado, para quien haya visto Incendies, de Denis Villeneuve, es una versión Disney del texto original. Un acercamiento comedido y despojado del desgarro que propone Wajdi Mouawad. No creo en eso de que el libro siempre es mejor que la película, pero en este caso no hay color. Comparen ustedes.

 

Mi primer y querido Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

C. tomó el libro de la estantería y lo levantó para mostrármelo. Aquí se resumen todos mis miedos actuales, me dijo. Yo tan solo me veía capaz de situar a Iván Turguénev en el marco de la Literatura para quedar bien en una hipotética conversación con alguna rusófila que se atreviera a sonreírme, pero reconozco que Turguénev ni siquiera había entrado todavía en la esfera de autores de los que tenía previsión de leer cuanto antes. C. me alcanzó un ejemplar de Rudin y lo acompañó de su propia faja publicitaria y anímica. Yo me había propuesto no comprar nada en la librería aquel día, pero salí con Rudin bajo el brazo y con la promesa de que no leería la contraportada ni trataría de averiguar nada antes de abrir aquella novelita.

Y así conocí a Dmitri Nikolaich (Rudin), así entró a casa de Daria Mijailovna ya en el capítulo III, tomándose su tiempo para irrumpir en la vida de los demás personajes al tiempo que en mi propia vida. Tanto Daria Mijailovna como los demás asistentes de su casa no tardaron en maravillarse ante el discurso ágil, torrencial y seductor de Rudin, pero a mí no se me hizo tan fácil tomar partido. ¿De qué va el Rudin este?, pensé. Está creando muchas expectativas, pero ¿a dónde quiere llegar con todo esto?, me dije. Ya mucho más adelante sentí pena por él, porque todo ese despliegue discursivo, toda esa prosodia llena de fuegos artificiales, acabó por convertirlo en un mono de feria dentro de una casa decente, llena de gente biempensante, donde todos aplaudían las piruetas de un joven que venía a hacer ruido y no lograba más que entretener las veladas.

Pobre Rudin, cuando sus palabras surtieron efecto, él no supo estar a la altura. Rudin tenía más miedo de sus propias ideas que del que pudo causarle a su asombrado y encandilado auditorio. A la hora de la verdad, ni fue capaz de integrarse y ser uno más entre la buena sociedad ni tuvo el valor de ser él mismo con todas sus consecuencias. Solamente supo envenenarse a sí mismo, acabó siendo un desahuciado de su propia cabeza. Ni fue un héroe ni fue un mártir.

Acabar como Rudin es una putada. Las medias tintas y el miedo a lanzarse de cabeza hacia una dirección pueden jodernos la vida mucho más que el fracaso más estrepitoso. Turguénev construye en Rudin un arquetipo que parece pensado para nuestros días, porque Rudin es el petardo en el culo que a tanta gente le haría falta.