Cara y Cruz de Richard Ford

Canadá, de Richard Ford

Canadá, de Richard Ford

Me doy cuenta de que las reseñas hospitalarias son notablemente más complicadas. Uno está pachucho, sensiblón y se emociona con cualquier cosa. Leer y escribir en el hospital debería ser un género aparte en el mundo de la reseñística. Por ejemplo, cuando uno lee en una habitación de hospital, la lectura pasa por una extraña lente de aumento. Lo bueno se vuelve tan bueno que se convierte en una salvación y lo mediocre, lo malo o, sencillamente, lo que no se ajuste al estado de ánimo hospitalario se percibe como un coñazo tan grande como un compañero de habitación que te pregunta por tu salud. Así que no se fíen mucho de mí durante mis épocas de ingreso. O no lo hagan nunca. Al fin y al cabo, qué mas da lo que yo diga.

He logrado terminar Canadá, de Richard Ford. Regalo hecho con amor por gente a la que quiero un montón y que tiene un gran criterio literario. Yo quería leer en algún momento a Ford y ellos me lo pusieron en bandeja. Buscar intersecciones entre sus preferencias y las mías es un juego laberintístico y divertido, y Ford podría ser una tangente entre nuestros gustos literarios.

Digamos que Canadá, de Richard Ford, consta de dos partes. En realidad son tres, pero la última casi no cuenta, el narrador trata de justificarse porque ya está viejo y pone las cosas en su sitio y tranquiliza un poco al lector; además, es muy cortita. Por eso, digamos que esta novela consta de dos partes:

La primera parte ha sido jodidamente buena. He estado a punto de proclamar en Facebook que uno sería muy feliz escribiendo como Richard Ford. La primera parte trata -y lo cuento porque queda claro en las primeras páginas- de cómo los padres de una familia de modesta clase media acaban atracando un banco. El narrador es uno de los dos hijos, un tierno e ingenuo adolescente que ha de encajar que sus padres han hecho algo contrario a la educación recibida y que con ello todo va a cambiar.

Durante este tramo de lectura, pensé mucho en A sangre fría, de Truman Capote. Novela que he dejado dos veces a medias y que me parece tremendamente sobrevalorada. De algún modo, vi en esta primera parte un análisis del crimen mucho más humanizado, más complejo. Ford hace que el narrador dé vueltas alrededor de su relación familiar intentando entender cómo y por qué, aportando matices en cada vuelta, haciendo comprender al lector detalles que él no podía entender todavía por su juventud. Me pareció una narración llena de sutileza, pero que, poco a poco, iba iluminando a los personajes.

Luego llegó la segunda parte. Aquí el narrador está solo, dado el cambio que ha dado su vida. Tiene que enfrentarse al trauma de hacer de su vida algo muy distinto de lo que esperaba. La premisa me parece maravillosa, pero el resultado es un verdadero despropósito. Quiero pensar que no está escrita por la misma persona. Propone dos personajes como puntos de referencia que, por muy pintorescos que sean, parecen hechos de cartón piedra. Lo que debería convertirse en un verdadero bildungsroman se queda en un narrador protagonista plano que va perdiendo interés página a página. Para colmo, acabé muy nervioso por el abuso que hace de la raya de paréntesis para intercalar todo tipo de comentarios que podrían fluir perfectamente en la narración. Tal torpeza no me ha ayudado a avanzar en mi lectura.

Soy consciente de que casi toda esta segunda parte ha sido leída en el hospital. Eso, ya he confesado, puede variar los parámetros de mi criterio. Pero, en realidad, si lo vuelvo a pensar, me niego a creerme lo que he dicho al respecto. Si yo fuera un tipo muy feliz y sano como una pera tampoco hubiera disfrutado de este segundo tramo.

Siento si he hablado demasiado del argumento de la novela. No es mi costumbre. Pero no sé dónde rascar más en esta obra. Lo dejamos aquí. Voy a aprovechar que ahora no tengo ningún compañero de habitación para ver cualquier programa de la tele a falta de una lobotomía para aguantar las movidas hospitalarias que me quedan por delante.

Ray Bradbury es mi Pepito Grillo

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Por fin me siento embargado por una sensación de ingravidez. He cumplido con mi compromiso con el taller de teatro y hemos representado las funciones previstas de nuestra adaptación de Balas sobre Broadway. Ya no tengo que dedicar mis días a repasar las líneas de diálogo de David Shayne, ni a memorizar exhaustivamente el orden de las numerosas escenas. Ya no me veo obligado a quedar, al menos, dos veces por semana con mis compañeros y con mi profesora, ni a soportar todo tipo de microfricciones ni minidesacuerdos, ni a morderme la lengua o, por el contrario, a convertirme en un tipo antipático. El cómputo general, pese a todo, ha sido positivo, y ni siquiera me apetece explicar por qué. En realidad, la obra ha sido un éxito. El público quedó encantado. Yo debería estar orgullosísimo y debería presumir de mi talento actoral y de bla, bla, bla. Pero hay algo que se impone: lo mejor de esta experiencia es que ya puedo volver a encerrarme en casa y a no tener que compartir mi tiempo y mis energías con nadie.

Qué feliz soy de haberme sentado hoy a terminar de leer Crónicas marcianas. Cuánto bien me ha hecho este libro en el último tramo de los ensayos, raspando el tiempo y apartando la culpa para dedicarme a las páginas de Ray Bradbury, porque los marcianos que él presenta me gustan mucho más que mis compañeros de teatro. No porque tenga nada en contra de mis compañeros, sino porque los marcianos tienen la virtud de estar en Marte.

Yo me había apuntado al teatro -entre otras razones- para demostrarme a mí mismo que era capaz de colaborar con un grupo de personas para lograr un propósito común. En teoría, creo en el trabajo colaborativo para hacer del mundo un lugar mejor; en la práctica, he llegado a pensar de otra forma, pero me la reservo para mí, porque me gustaría estar equivocado. Hablo de todo esto porque, en cierto modo, Ray Bradbury ya me estaba avisando. Crónicas marcianas habla con cierta profundidad y con mucha sencillez de la naturaleza humana. Perfilados con un tono discretamente pesimista, los cuentos encadenados de esta obra son un denso te lo dije con el dedo índice levantado que resuena en cada una de las historias. Y yo no dejo de darle la razón a Bradbury, por mucho peros esperanzadores que me gustaría esgrimir de cara a la vida en sociedad.

Crónicas marcianas, además, es un puzzle montado con piezas de distintos géneros. Aunque, de un modo u otro, para mí siempre acaba siendo un western. Tanto es así que Crónicas marcianas resulta ideal para pararse a meditar sobre la colonización, la globalización o incluso un concepto mucho más en boga: la huella ecológica. De algún modo, esta obra sirve para resumir la Historia del mundo y de cómo esa Historia repite una melodía que está muy bien tarareada en este conjunto de cuentos.

Por otra parte, se trata de una obra de ciencia ficción que mira con complicidad a los ojos a la literatura fantástica. Encaja con una habilidad pasmosa y unos resultados espectaculadores ciertas estructuras narrativas que bien hemos podido leer en Poe, en Hoffmann o en Maupassant en un escenario en donde lo fantástico se aposenta como ciencia futura para dar lugar a un extraño territorio entre dos géneros, ese territorio se llama Marte.

El estilo de Ray Bradbury es como una colchoneta sobre las olas del mar. Uno no sabe cómo pero, al levantar la cabeza, comprueba que la corriente lo ha desplazado con suavidad. Uno, sencillamente, se ha dejado llevar, y se limita a contemplar que en esa sencillez de las olas hay un lirismo que no desvirtúa el vaivén. Así escribe Bradbury, porque es un escritor muy, muy bueno.

Tras mi ingravidez, volveré a la orilla. No sé a qué orilla. No sé qué orilla toca ahora en mi vida. Espero que haya una hamaca y una sombrilla y que nadie me moleste y que me dejen leer tranquilamente otro libro.

Club de lectura con Marian Engel, Enrique Redel y Pilar Adón en Intempestivos

Oso, de Marian Engel

Oso, de Marian Engel

Malos tiempos para mi lectura. Estoy en la recta final antes del estreno de la obra que estamos montando en el Taller Municipal de Teatro de Segovia. Demasiado texto que consolidar en mi memoria a última hora. Demasiados cambios sobre la marcha. Demasiada implicación como para que la relajada y placentera lectura sea una opción. La culpa. La culpa cada vez que tomo un libro en lugar de ponerme a estudiar mis interminables líneas de diálogo.

De todos modos, abrí un hueco para una iniciativa en la que quería participar. Intempestivos organizó su primer club de lectura en colaboración con Impedimenta. Solo hay dos ideas que quiero señalar en este post. Seré breve, porque me tengo que poner a estudiar después.

1) Oso, de la canadiense Marian Engel, fue la obra elegida por la editorial para llevar a cabo este encuentro entre lectores y editores. No me gustó la novela. O peor aún, me resultó una lectura indiferente, que poco tenía que ver con mis expectativas como lector. Una novela -por cierto, muy bien escrita- que yo no hubiera elegido leer.

Esto me daría para una reseña de pataleo. Pero no la voy a llevar a cabo porque trato de ser breve y, ante todo, por lo que respecta a la segunda idea que quiero expresar.

Poniendo cara de desacuerdo mientras los demás me miran como si lo que yo dijera fuera importante. Fuera de campo están Redel y Adón, lo juro.

Poniendo cara de desacuerdo mientras los demás me miran como si lo que yo dijera fuera importante. Fuera de campo están Redel y Adón, lo juro.

 

2) Me lo pasé pipa en el club de lectura. Compartir una mala lectura con un grupo de señoras y con los editores Enrique Redel y Pilar Adón da mucho juego y hace que un texto se pueda abordar desde distintos ángulos. Sigue gustándome lo mismo: nada. Pero ahora comprendo un poco mejor por qué, ya que lo que tendría que aparecer en esta reseña lo dije ayer entre galletitas con forma de oso (con mucho más tacto y decoro del que suelo destilar aquí). Ya saben que uno es u lector visceral, prejuicioso y desmedidamente subjetivo y que se niega a bajarse de su burra. Uno es así y, pese a todo, se hace querer. He de reconocer que las discrepancias fueron un gustazo, porque a las demás participantes les encantó la novela, los editores se entregaron a fondo en la conversación y me fui de allí pensando que, al menos, el tiempo que le dediqué a esta lectura se compensó, en buena parte, con todo aquel debate.

¡Cómo mola la librería Intempestivos!

¡Cómo mola la librería Intempestivos!

Ya no tengo tiempo para más. Por desgracia, ahora me asaltan tres opciones: ponerme a estudiar el texto de teatro (como había asegurado al principio), seguir leyendo La doctrina del shock, de Naomi Klein o seguir leyendo Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. En este momento no tengo ni idea de si me comportaré de modo responsable o si optaré por aguantar la culpa de disfrutar leyendo. Lo descubriré enseguida.

(Fotos extraídas de la página Facebook de Intempestivos)

Volvamos más a menudo a Fleur Jaeggy

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Proleterka, de Fleur Jaeggy

Hay que leer más a Fleur Jaeggy, me digo. Conservo un espasmo más que un recuerdo tras aquella lectura de Los hermosos años del castigo, me digo, y no ha sido hasta ahora que he vuelto a retomarla con Proleterka. Hay que leer más a Fleur Jaeggy, me digo, porque me ofrece una experiencia que no obtengo fácilmente en otros sitios. ¿Por qué la he tenido tan abandonada?, me digo. ¿Por qué no he recurrido a ella antes, si ya me había certificado que no iba a fallarme?, me digo. Los itinerarios del lector son inescrutables, me digo con media sonrisa. Dejo de sonreír, suspiro y trato de escribir algo.

Otra vez la familia como tema literario. Pero esta vez es distinto. Otras veces las novelas se sirven de las relaciones familiares para crear tensiones narrativas que se resuelven según los roles de cada miembro. Pero aquí no, aquí hay familiares pero no hay relaciones, aquí no hay roles que ocupar dentro de la estructura familiar, solo huecos en los que caer.

La narradora es una hija. Ha sido procreada por un hombre y una mujer. Ambos están muertos. La madre la abandonó. El padre nunca fue padre, pero una vez la llevó a un crucero a bordo de un barco llamado Proleterka. La narradora surca distintas etapas de su vida y habla de su familia, pero todos y cada uno son fantasmas que la soslayan y que apenas la rozan, espectros que se desvanecen y aparecen difuminados mientras ella crece y llega a una madurez ingrávida e incierta. Su biografía familiar tiene que ver con el mito, con el misterio y con lo simbólico. No hay donde agarrarse, pero ella se mantiene de pie mientras su familia es una sombra.

La sensación que provoca la lectura de Proleterka es toda una experiencia; imagino que se parece a flotar o a que se deshagan las cosas que uno trata de asir. El estilo de Jaeggy es idóneo para inocular estas sensaciones, es como una herramienta roma, fría y contundente. Una prosa sobria, dicen por ahí; en cambio, yo aseguro haber acabado embriagado.

Por cierto, no he podido evitar encontrar una coincidencia imposible a bordo de este crucero entre hija y padre. Me acordé del famoso ensayo de David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, me acordé de cómo Wallace explicaba -más o menos- que los cruceros no solo tratan de organizar tu felicidad, sino que procuran instruirte en cómo ser feliz. Me acordé de aquella idea y luego pensé en esta narradora encerrada en un barco con su padre, un completo extraño que quería hacer ese viaje con su hija sin ser capaz de compartir nada con ella. Me reí un poco para mis adentros y ya está.

Cómo leer una obra maestra de William Gaddis en cómodos plazos

Jota Erre, de William Gaddis

Jota Erre, de William Gaddis

Si ya resulta heroico enfrentarse a una lectura que te supera en algunos tramos o en algunos aspectos, más descabellada es, si cabe, la intención de escribir sobre tal lectura. Pero, ¡qué demonios!, me siento henchido de Jota Erre, y si no abro la boca y muevo los dedos para decir algo es probable que reviente, es probable que el libro me explote por dentro. Reconozco antes de nada que Jota Erre, de William Gaddis, es un libro tan grande (y no me refiero a su tamaño) que me ha dibujado como lector, me ha perfilado, me ha delimitado, revelándome finito e imperfecto ante el caudal torrencial que supone navegarlo.

Quizá esta sensación de esfuerzo y de exigencia junto a la gratificación de haber convertido el enredo en ilación y los tropiezos en ritmo es lo que define la experiencia con una obra maestra. De hecho, no recuerdo una aventura parecida desde que leí Los hermanos Karamazov. Quizá Jota Erre sea leído, en algún momento, como obra maestra. Yo no tengo perspectiva ni autoridad, pero sí un barrunto por el que haría una apuesta.

¿Y cómo se lee Jota Erre cuando uno se siente tan apocado? A falta de tiempo o -como en mi caso- disposición anímica y voluntad férrea, uno decide repartirse Jota Erre en cómodos plazos, como quien entra y sale de un flashmob en donde lo desconocido se alinea para ejecutar una complejísima coreografía. En los interludios, uno vive, se relaciona con otros seres humanos e incluso afronta lecturas menores.

¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? o insertar a Helen Lovejoy en el discurso capitalista 

Siempre me ha parecido alucinante que la clase obrera se apropie del discurso capitalista y se identifique con quien la domina. Supongo que es una cuestión de educación. Entre los banqueros y los empresarios siempre hay una Helen Lovejoy de Los Simpsons que les recuerda con su famosa sentencia dónde hay que poner una especial atención. El resultado, hoy día, es la nueva asignatura de Educación Financiera que algunos institutos imparten en la ESO. Jodi Évole le dedicó un programa en Salvados, en donde bisoños alumnos aprendían que antes de comer hay que pagar la hipoteca:

Esta asignatura se imparte hoy día; Jota Erre se escribió en los años setenta y parte de la premisa de un chico (incluso más joven que los chavales del vídeo), cuyo nombre titula la novela, que logra montar un imperio de especulación financiera a partir de lo aprendido en una asignatura sobre economía y sirviéndose del teléfono público de su colegio. El paralelismo es escalofriante y la sensación de actualidad da vértigo. La educación como constructor ideológico que propague el capitalismo. Los chicos que entrevista Évole, como futuros integrantes de la clase obrera, prefieren pagar la hipoteca a asegurar su sustento. Jota Erre Vansant, más listo que los demás niños de su clase, imagina negocios según las mismas reglas que le han enseñado.

El valor del arte donde todo tiene precio

Pero Jota Erre, en realidad, no es más que un personaje que ayuda a vertebrar una novela coral. La idea de que el capitalismo sea un juego en manos de un niño convive con otro juego, el del arte, porque esta novela también trata sobre la relación entre la creación artística y la producción capitalista. Mis personajes favoritos son esos artistas desdoblándose en obreros (o, incluso, en ejecutivos) para subsistir dentro de un sistema en donde no se contempla el valor de su obra.

-Me pidió que le contara lo de Johannes Müller, ¿no? Le dije que no me estaba escuchando, hablo de Johannes Müller, el anatomista alemán del siglo XIX, Johannes Müller cogió una laringe humana, le puso cuerdas y pesos para sustituir a los músculos, intentó tocar una melodía soplando por ella, qué le parece. ¿Bast? -Sí, suena bastante… -Pensaba que las compañías de ópera podían comprar laringes de cantantes muertos, prepararlas para que cantaran arias, ahorrarse los sueldos de ese modo, librarse del artista, joder, sacarlo del arte de una vez por todas, mientras esté ahí destruirán todo lo que se encuentren en su camino, en eso consiste el arte en realidad. […](Pág. 444)

Esta relación entre arte y capitalismo se plantea como insalvable, pero imposible de encajar. Tanto es así que en la novela encuentro dos tipos de personajes: los que se suben al carro del capitalismo y sacan tanto provecho como el sistema les permite y los que son atropellados por ese carro.

Venga, va, tengo que reconocer que en parte me he sentido identificado. Me he acordado de aquella época de mi vida en donde yo era el responsable de Publicidad y Comunicación de una mediana empresa con escasa infraestructura pero tremendo crecimiento. Cada jornada laboral era el Apocalipsis. Dejé de escribir y, poco a poco, de leer. Y es que en Jota Erre comprobamos cómo trabajar en una empresa te produce una cantidad tan apabullante de anodinos inputs que resulta casi imposible centrarse en un proyecto artístico. En esta novela, la música de Bast o la escritura de Gibbs se desmoronan por culpa de las innumerables interrupciones de la esfera empresarial que los rodea.

Por suerte, siempre hay huecos en los que esconderse. No saben ustedes cuánto he disfrutado de las escenas en el apartamento de la calle 96, en donde Thomas Eigen y Jack Gibbs se comportan como una versión sofisticada de Calac y Polanco, aquellos entrañables personajes de 62/Modelo para armar, de Julio Cortázar. Pero en el otro lado, he de reconocer que me he sentido verdaderamente incómodo y desasosegado en las farragosas páginas de discurso financiero que pueblan la novela. La culpa es mía por haber elegido bando.

Una señalética para no perderse durante el camino

Jota Erre está escrito con esa técnica dialógica que tanto le gusta a William Gaddis (véase Gótico carpintero), en donde uno no siempre tiene completamente claro quién habla y a quién se dirige. Su habilidad para los diálogos lo pone a la altura del mejor dramaturgo que se nos ocurra, pero el hecho de que aparezcan tantos personajes se convierte en un verdadero reto para nuestra atención y nuestra memoria. Por eso, esta guía de personajes resulta un agradable y reconstituyente apoyo:

http://www.williamgaddis.org/jr/jrcast.shtml

Asimismo, al creador de esta web, se le ocurrió dividir la novela en escenas espaciales o temáticas y hacer breves sinopsis de cada una. A mí esto me ha servido de utilísima señalética cada vez que me he sentido desorientado entre tantos saltos, interrupciones, digresiones y giros:

http://www.williamgaddis.org/jr/jrscenes.shtml

Aviso, no obstante, de que la paginación corresponde a la edición americana, así que he tenido que encontrar la correspondencia con paciencia y tesón. Pero vale la pena, porque se trata de una herramienta muy útil para la lectura de semejante ballena blanca.

Lean esta obra maestra de William Gaddis en cómodos plazos -como yo- o del tirón -como los valientes-, pero no se pierdan este texto por tal de no abandonar esa zona de confort en la que a veces se convierte la lectura.

Mathias Enard es la bomba

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard

A un tío como yo no se le puede dejar que lea este tipo de libros, porque me tomo demasiado en serio la literatura, siento una exacerbada fe por la ficción y, luego, me lo tomo todo al pie de la letra. Me deberían haber visto ustedes el jueves en la estación de Atocha, con esta barba que dejó de ser hipster para emparentarme con un fervoroso ayatolá, terminando de leer en público Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard, e imaginando toda una galería de atentados que iban desde la mera intervención artística a la quema del Congreso. ¡Que alguien me quite este libro de las manos, por el bien del orden y de la estabilidad y de todas esas pamplinas!

Mathias Enard ya me dio vuelta y media en nuestro primer encuentro, con La perfección del tiro, y ahora me atrevería a decir que me tiene ganado de aquí en adelante. Me extraña no haber leído mucha reseñística sobre él en la blogosfera, no sale mucho a relucir en los mentideros de internet, está ahí y parece que pocos lo mencionan. O a lo mejor soy yo, que ocupo menos tiempo del debido en enredarme entre u-erre-eles.

Quizá lo que me resulta más atractivo de este Manual del perfecto terrorista es el tono cínico de la novela. Resumiendo (porque, en este caso, me apetece resumir), un discípulo nos cuenta cómo conoció a su maestro y cómo le fue enseñando este, paso a paso, todos los fundamentos teóricos del arte del terrorismo. En mi caso, me vi ante un verdadero predicador tocando alguna oscura tecla dentro de mí; pero, desafortunadamente para mi pulsión destructora, Mathias Enard utiliza un sutil tono con el maestro que me hizo sentir que se estaba riendo de mí en todo momento. Las palabras del maestro producen perplejidad, porque hablan de un fin con el que empatizar pero, al mismo tiempo, todo suena ridículo. De algún modo, este manual no da instrucciones, sino que provee desconcierto.

A lo largo de sus discursos, no he podido evitar ver en el maestro un trasunto de Alonso Quijano. Piensen en cualquier pasaje en donde Don Quijote alecciona a Sancho explicándole cómo son las cosas según su visión del mundo, cómo adecuaba la realidad a su mirada. La mirada de Don Quijote siempre me ha parecido revolucionaria; la mirada del maestro quizá lo sea en el mismo grado.

Para colmo, Manual del perfecto terrorista es una obra con ilustraciones, y todas ellas sirven para aclarar y precisar las ideas del maestro. Recuerdan mucho más a las ilustraciones de una enciclopedia que a las de un artista que pretenda adornar la novela; el resultado de este apoyo gráfico es muy jocoso y convierte el conjunto, como ya he intentado advertir, una experiencia verdaderamente gozosa, dicharachera y, a la vez, contestataria.

Un trono de Semana Santa para Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

¡Aquí se viene a sufrir!

Llevo amodorrado un tiempo y estoy saliendo de una extraña zona de confort en donde mi felicidad se obtiene por un camino poco adecuado a mis expectativas. ¿Y sufrir es la solución? No, pero vivir más intensamente y lograr que las buenas intenciones se conviertan en acciones contundentes necesita de un pincho que me haga saltar, de un resorte que me haga reaccionar. El sufrimiento medido y correctamente aplicado es el pincho para salir de la modorra. Angélica Liddell es esa dosis de sufrimiento empático y renovador; Ciclo de las resurrecciones es la tormenta con la que convivir, la tormenta que me hace calcular mis movimientos para salir airoso.

Angélica Liddell es de lo mejorcito que se pueda leer en este país. Angélica Liddell es un ángel caído en España. Angélica Liddell es el Jean Genet o el Thomas Bernhard con el que siempre quise compartir documento nacional de identidad. Angélica Liddell es libérrima. A Angélica Liddell yo no le importo un carajo, ni ustedes tampoco. Angélica Liddell es, a la vez, mesiánica e invisible. Angélica Liddell lleva razón cuando habla. Angélica Liddell es Premio Nacional de Teatro. A Angélica Liddell no la conoce ni el tato. Angélica Liddell merece todo mi proselitismo.

Resumiendo demasiado, las últimas exploraciones de Angélica Liddell tienen que ver, a mi entender, con la subversión de ciertos cánones, de algunos cimientos básicos. Desde la transgresión del feminismo a partir de una violación en donde la violada se apodera del violador amándolo y obligándolo a vejarla, a la aniquilación de Jesucristo transformándolo en un hombre amado al que Angélica coacciona para que él no deje de pensar en ella. De un modo u otro, Angélica Liddell busca en esta etapa de su obra lo misterioso, lo que ya no se atiene a teorías ni cánones, descreída como confiesa sentirse de todo. ¿Y qué hay en lo misterioso? Según ella, lo misterioso es la puerta hacia lo sagrado. Por supuesto, lo sagrado desarticula toda imaginería religiosa previa, que no deja de ser un artificio que nos aleja de esta meta.

En Angélica Liddell he vivido un ateísmo místico como si un San Juan de la Cruz nihilista se tratase. Hay quien podría ver en ella un pesimismo y un derrotismo ante la vida, pero yo he encontrado lo contrario, una luz que nos ilumina cuando todo está perdido. Me pregunto hacia dónde se dirigirán sus próximas obras, porque el camino que dibuja es un discurso verdaderamente estimulante intelectualmente. Me queda por leer la obra que hay entre este Ciclo de las resurrecciones y La casa de la fuerza. Angélica Liddell me hace feliz, me hace creer que, si acaso no hay esperanza, al menos, hay un modo de seguir adelante con coherencia. Y para darle más leña a este fuego, Angélica Liddell se declara una enferma y, claro, ustedes ya lo saben, la enfermedad ronda mi vida y, por tanto, mi identidad y, por tanto, mi forma de ver el mundo. Ante la finitud de las cosas, en ella encuentro cierta trascendencia aplicable a mi día a día.

Y nada más, joder, que parezco un groupie con las manos alzadas coreando los grandes éxitos de una estrella del rock. Ya saben, esta tía me toca la fibra. Con eso basta. Con eso y con este vídeo, en donde la entrevistan y ella habla de su poética y a mí se me caen las bragas asimilando cada una de sus ideas:

PD: Termino el libro en plena Semana Santa y lo sagrado adquiere un sentido antagónico. El último texto del libro lo confirma:

SALMO XII

De nada hubiera servido leer la profecía, pues hubiera hecho este mismo viaje.
He llegado hasta la rosa de cuatro pétalos, hasta la roca y hasta el patio.
He llegado hasta los pies del Bautista
con la intención de matarme bebiendo oro derretido.
Cuanto más asciendo, más sufro,
cuanto más concluyo, más ancho se vuelve el círculo,
vivo en la boca de mi tumba.
Bajo el éter de tu nacimiento, no hay una escama de mi cuerpo que no tiemble,
como si mi corazón bombeara espinas.
(Sentía los dolores de tu mismísimo parto,
en mis dedos, mi pecho, mis rodillas y mi garganta.)
Si abres mis labios con tu lengua, oh Señor, moriré cantando,
aun con las entrañas abrasadas por el oro ardiente, moriré cantando,
y así como el calor del sol se hace vino,
mi ardor se hace lágrimas.
Ahora me marcho ensangrentada camino a Citerea.
¿Por qué para coronarme me han clavado en la frente las puntas de las estrellas?

Cuando me sentí culpable leyendo a Jonathan Lethem

Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem

Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem

Llevo dos o tres semanas en las que no hago planes, sino que los planes abordan mi (inexistente) agenda y me colocan ahí y allá, con este o con aquella, y yo nunca digo que no y me dejo llevar y me lo paso pipa con la gente y soy razonablemente feliz. Últimamente soy un tío supersociable y, por supuesto, esta racha está generando en mí un sentimiento de culpa que acabará saliendo a presión por algún lado. Se suponía que yo era un tío relativamente huraño, que pasaba muchas horas en casa leyendo y escribiendo, y ahora soy el alma de la fiesta. Y no sigo torturándome porque si alimento más este reproche me voy a echar a llorar delante de la pantalla.

Para colmo, elegí mi última lectura teniendo en cuenta mi vida ajetreada. Elegí leer Cuando Alice se subió a la mesa, de Jonathan Lethem, porque era consciente de que sería una lectura ligera y llevadera, una lectura que no me causaría demasiadas complicaciones y que no me absorbería demasiado. ¿Se dan cuenta ustedes de la línea que estoy cruzando o es que la culpa me ha convertido en un paranoico? Elegí mi lectura según un criterio determinado por mi vida social. No sé ustedes, pero yo lo veo como un apaga y vámonos.

De todo esto, Jonathan Lethem no tiene la culpa. Él escribió una novela romántica contextualizada en un campus universitario y aderezada de ciencia ficción. Relaciones sentimentales entre cerebritos y una suerte de agujero interdimensional humanizado me parecieron buenas razones para volver a Lethem, además de sentir que le debo algo después de que Chronic City fuera una lectura redentora en la UVI hace año y medio.

Si en las comedias románticas siempre hay un elemento prácticamente fantástico que logra que la pareja tenga un final feliz, Jonathan Lethem sustituye lo fantástico por lo sci-fi para ofrecernos un extraño y emocionante final. Por suerte, Lethem es un profesional de lo suyo y -si le miramos las costuras a la novela- es fácil reconocer cómo sabe construir las escenas con un equilibrio que nunca nos saca de nuestra zona de confort y una soltura casi cinematográfica dentro del género que podría parecer aprendida de Billy Wilder.

Jonathan Lethem hace tan bien lo que pretende hacer en Cuando Alice se subió a la mesa, que he de reconocer que he disfrutado la novela entre sonrisas tontorronas. Pero, una vez reconocido esto, debo confesarlo todo: es una novela tremendamente ñoña desde el mismísimo principio hasta la última página; es ñoña incluso para mí, que, a fin de cuentas, soy un cursi que trata de disimularlo a toda costa. ¿Y cuál es el problema con que sea tan ñoña? Pues que le da al conjunto un tono excesivamente plano, no hay carrusel emocional, no he sufrido por el conflicto que se plantea, no he empatizado con la chica del cuento (y con el chico no siempre); en resumen, la novela es tibia y mullida, como el sofá que colocamos delante de la tele.

¿Y ahora qué? He de redistribuir mi soledad. Por lo demás, creo que me hace falta una lectura más invasiva, una lectura que no pueda sacarme de la cabeza cuando salga a la calle.

Pensar sobre feminismo (y otras cosas que explotan) a través de Brian K. Vaughan

Y, el último hombre, de Brian K. Vaughan (portada del primer tomo)

Y, el último hombre, de Brian K. Vaughan (portada del primer tomo)

Hace unos meses asistí a la presentación de la revista feminista Píkara en una librería. Para ser del todo honesto, diré que no fue una iniciativa propia, sino que acompañé a una amiga. En el turno de preguntas levanté la mano. Comenté mi sorpresa ante el hecho de que todas las secciones estuvieran firmadas por mujeres (excepto una colaboración, escrita por un hombre, pero las responsables de la revista se apresuraron a aclararme que era homosexual). Me extrañó que una ideología transversal e integradora como el feminismo estuviera exclusivamente en manos de mujeres en un medio que lo propaga. Si el feminismo, tal y como yo lo entiendo, busca la horizontalidad entre géneros, la ausencia de hombres en la revista (blancos, heterosexuales y con estudios, como ellas insistieron en matizar) me hizo pensar que, de algún modo, la mesa cojeaba. Las chicas de la revista Píkara se sirvieron de la dialéctica del opresor/oprimido para excluirme(nos) de su lucha. Desde entonces, le doy vueltas a este tema porque considero que el machismo es una ideología que también –aunque, obviamente, en menor medida– ha dañado a los hombres al pedirles un rol insostenible.

Esto me lleva a mi lectura de Y, el último hombre, cómic guionizado por Brian K. Vaughan y dibujado, en su mayor parte, por Pia Guerra. La premisa de esta obra postapocalíptica es sencilla y jugosa: En la actualidad, una misteriosa plaga hace que todos los machos (menos los reptiles y los peces) del planeta mueran de repente, a excepción de un joven, de nombre Yorick, y de un mono capuchino llamado Ampersand al que Yorick está tratando de amaestrar. En el momento de la hecatombe, Yorick habla por teléfono con su novia, que está en Australia; cuando empieza a asimilar lo ocurrido, emprende un largo viaje para tratar de encontrarla y así se convierte, por decirlo de algún modo, en un nuevo Ulyses.

Muerte instantánea de todos los machos del planeta

Muerte instantánea de todos los machos del planeta

Ya no hay hombres

La primera cuestión relacionada con el feminismo que plantea esta obra es cómo rehacer un mundo sin machos que ha vivido durante siglos instaurado en el patriarcado. A lo largo de toda la serie (cuyo tiempo narrativo se prolonga, principalmente, hasta los cinco años después del inicio de la plaga), las mujeres del mundo han de decidir si reconstruir la sociedad a imagen y semejanza de los hábitos culturales ya conocidos, adaptándose ellas mismas a los roles masculinos aprendidos, o ensayar nuevas formas de sociedad, esforzándose en inventar desde cero para no cometer los mismos errores. Como se podrá suponer, ninguna de las dos tendencias tiene un éxito apabullante y, por supuesto, las nuevas relaciones sociales están bien surtidas de desacuerdos y contradicciones.

Está claro que las escalas de valores han de ser revisadas, pero la mayoría de las mujeres está demasiado ocupada en sobrevivir a la catástrofe como para plantear una filosofía más allá de las urgencias cotidianas. A lo sumo, cuando ocurre algo que fulmina todo en lo que uno había creído hasta el momento, estas mujeres hacen lo que el ser humano lleva haciendo desde que es capaz de pensar: agarrarse con fuerza a cualquier idea que lo explique todo, por absurda o fantasiosa que sea. Y, para echarle más leña al fuego, como no podía ser de otra forma, algo de semejante magnitud comienza a sacar a todos los locos -locas, en este caso- de su madriguera.

Me sorprende, no obstante, que no se haya hecho alusión a lo largo de la serie (o a lo mejor no lo recuerdo, porque Vaughan llena sus escenas de referencias que siempre conectan hábilmente con la premisa) a las antiguas sociedades matriarcales, en donde la sociedad tendía hacia la horizontalidad.

Novela bizantina

Las motivaciones que mueven a Yorick para emprender su viaje son dos: encontrar a su novia y salvar al mundo de la ausencia de hombres. Su motivación personal y su motivación ética se entretejen y a menudo entran en conflicto, pero ambas lo obligan a desplazarse por medio mundo. Pese a que Yorick es el protagonista que da nombre al cómic, en esta obra se reparten varios roles principales otros personajes. Por ejemplo, en su odisea lo acompañan la agente secreta 355 y la Dra. Allison Mann. La primera cumple el rol de la fuerza protectora y la segunda el rol de la sabiduría y el conocimiento capaces de transformar el mundo, ambos roles han sido tradicionalmente desempeñados por hombres y, en este caso, son dos mujeres quienes los realizan, dejando así a Yorick en el lugar del desvalido y el ignorante (al menos, en un primer momento de la historia). Aunque hay que aclarar que, a lo largo de toda esta road movie, da tiempo para que Yorick se desarrolle como personaje, tome volumen, evolucione y se convierta en otra persona mucho mejor y más capaz, todo ello, en buena parte, gracias a sus acompañantes.

La Doctora Mann, 355 y Yorick junto a una rusa que traerá nuevas aventuras a sus vidas

La Doctora Mann, 355 y Yorick junto a una rusa que traerá nuevas aventuras a sus vidas

Petróleo

A medida que avanza la serie, Yorick -del que prácticamente nadie sabe de su existencia- se convierte en el bien más preciado del mundo. Y, el último hombre hubiera acabado pronto si Yorick hubiese decidido convertirse en el mayor follador y procreador de la Historia, pero resulta que el chaval está enamorado e insiste en encontrar a su chica. 355 hace lo que puede para protegerlo y ocultarlo y la Dra. Mann trata de encontrar una explicación científica y, en consecuencia, una solución. Pero, mientras tanto, hay quienes conocen su existencia y tratan de cazarlo por distintos motivos. Quien posea el último hombre tendrá el mayor poder del mundo, parecen pensar algunas.

El resto de la Humanidad desconocedora de la existencia de Yorick trata de seguir hacia delante como buenamente puede. Resulta interesante comprobar cómo los clichés sexistas adquieren extravagancia sin hombres. Se convierten, de hecho, en gestos irónicos o, incluso, nostálgicos. Y, por supuesto, se revelan absurdos de un modo todavía más evidente de lo que ya lo fueron en un su momento.

Esta búsqueda de petróleo le da la oportunidad a Vaughan para hacer un excelente ejercicio de metaficción: contar la historia de un último hombre dentro de Y, el último hombre gracias a una compañía de teatro que entretiene a su público con esta leyenda. Por supuesto, Vaughan comprende que si son mujeres -y no él- las que cuentan esta historia, el cambio de perspectiva desarrollará una trama distinta. Por otra parte, ya casi al final, se vuelve a hacer otro ejercicio de metaficción que me recordó a El hombre en el castillo, del que no diré nada más.

Explicaciones y finales

Al final, entendemos los cómos y porqués de todo lo ocurrido. Pueden gustarnos más o menos, pero hemos de reconocer que, en realidad, no importan. Lo verdaderamente trascendental ha sido el viaje de estos personajes, su evolución, sus relaciones y sus actos. Se le da un final a todos ellos, y el de Yorick es, cuando menos, sobrecogedor. He de morderme la lengua para no hablar de su final, de cómo acaba su historia y por qué, de cuánto ha merecido la pena su viaje. También estoy deseando comentar con alguien ese futuro que le espera a la raza humana al final del último tomo de la serie. Lo que sí puedo hacer, de momento, es tratar de mirar mi sociedad con otros ojos gracias al efecto óptico extremo que me ha facilitado Brian K. Vaughan.

¿Para cuándo la teleserie?

Y, por último, quiero gritar muy fuerte hasta que la HBO me escuche y le dé a Brian K. Vaughan la oportunidad de hacer una serie televisiva con este material. Yo juraría, de hecho, que Vaughan ya lo tiene todo preparado en su cabeza, porque Y, el último hombre es una experiencia narrativa que se acerca enormemente a las mejores series de televisión en cuanto a estructura y formas de abordar el relato. No esta mal recordar que Vaughan fue, durante un tiempo, guionista de Lost. Tanto es así que hay algunos recursos que recuerdan a aquella serie, por ejemplo, el uso del flashback como vertebrador de muchos capítulos. Aviso de que si hacen una serie televisiva de este cómic me convertiré en un fan intransigente. Mientras llega ese día, tendré que buscarme la serie completa de Ex Machina, otra perla de mi ya hoy bien amado Brian K. Vaughan (pero en esta ocasión me la compraré entera de una sola vez para así poder leerla del tirón).

Tennessee Williams en mi tejado

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Pasé un día con J. en Lavapiés. Fuimos a ver una exposición de Jan Svankmajer y, a la salida, buscando un sitio donde comer, nos topamos con la librería Yorick. Allí compré varias obras de teatro que me daba vergüenza reconocer que no había leído. Entre ellas, me hice con Una gata sobre un tejado de zinc, seguido de Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams. De esta forma, he comenzado a subsanar estas lagunas escénicas, ahora que me dedico al teatro casi plenamente y que, por tanto, mi alarmante desconocimiento logra ruborizarme.

Pretendo considerarme un buen lector, sin embargo, casi todo lo que leo es narrativa. Por suerte, tengo un buen bagaje de lecturas poéticas. Por el contrario, apenas leo ensayo. En cuanto al teatro, solamente le presto atención de vez en cuando. ¿Realmente puedo considerarme un buen lector con estos hábitos?

A lo mejor esta no es una pregunta insignificante si, para colmo, me da por pensar que quizá la gran novela americana sea, en realidad, una obra de teatro y la haya escrito Tennesee Williams, porque Una gata sobre un tejado de zinc probablemente encierra en pocas páginas todo -o, al menos, buena parte de- lo que los grandes narradores americanos han tratado de plasmar en tochos de más de quinientas páginas. Williams no solo da en el clavo, sino que compone toda una sinfonía con los golpes de su martillo en los distintos clavos que todo el mundo quiere clavar. Por supuesto, para hablar del mundo en el que vive, de la sociedad, de los valores, etc, el instrumento ideal siempre es la familia. Ya lo he dicho varias veces, la familia es la mejor estructura narrativa posible. No imagino una gran obra que hable del ser humano en todas sus dimensiones sin que se sirva, en mayor o menor medida, de la estructura familiar.

En la primera página, con solo unas cuantas líneas de diálogo, Tennessee Williams nos inserta en las entrañas de Brick y de Margaret, al igual que nos ocurre con los demás personajes a medida que van apareciendo. Esta habilidad de hacernos entender repentinamente al personaje es una rareza. Se la había visto, por ejemplo, a John Cheever, que te traza perfectamente un personaje con cuatro líneas. Pero insisto en que me parece una destreza poco común. Y Tennessee Williams la tiene, sin duda alguna.

Uno no está contemplando la habitación de la escena desde un patio de butacas o desde fuera del libro, sino que uno está dentro, apoyado en la pared o sentado en una esquina de la cama, presenciando las discusiones y casi queriendo intervenir en ellas. Pero lo mejor es que no hay manera de ponerse de parte de nadie. Uno no sabe a quién defender, uno siente un extraño apego por todos, del mismo modo que un verdadero recelo. Uno no encuentra amigos ni enemigos, sino la excitante incomodidad de no posicionarse. Uno acaba meneando la cabeza y resoplando porque la vida es muy complicada.

En cuanto a la segunda obra de este volumen, Un análisis perfecto hecho por un loro, no tengo nada que decir. Me pareció intrascendente. Quizá solamente porque la leí a continuación de una obra maestra. No me esforzaré en decir más de esta segunda obra, porque sigo subyugado por la gata. Ahora solo me queda ver la adaptación cinematográfica de Richard Brooks, protagonizada por Elizabeth Taylor y por el inefable Paul Newman.

Enlace

Lucas Martín escribiendo sobre mi padre y otras cabriolas

Lucas Martín escribiendo sobre mi padre y otras cabriolas: Vértigo

Joseph Roth en los tiempos de Bankia

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

Cuando me marche de Segovia, es probable que en el Top-10 de mis costumbres y hábitos segovianos favoritos estén los gin tonics con J. (o, en su defecto, las cañas a media mañana con J.) En una de las últimas ocasiones estuvimos en el bar el Casco Viejo hasta las tantas, hablando de adaptaciones cinematográficas de obras literarias. Aparecieron muchos títulos. Yo fui apuntando algunos. Días más tarde, en mi cumpleaños, unas buenas amigas me regalaron una preciosa edición ilustrada de La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth, obra de la que me había hablado J. aquella noche, animado por la ginebra.

He vuelto a hablar con J. después de leer a Roth, y su opinión -hay que decir que difuminada por lo lejos que queda su lectura- coincide con la de todas las reseñas que he leído en la blogosfera (en donde, por cierto, hay varios blogueros que ensalzan la vertiente autobiográfica con un romanticismo avinagrado). Encuentro una aceptación unánime, pero a mí, en este caso, me ha dado por el pataleo.

Mi pataleo estriba en que, al comienzo, donde Joseph Roth introduce un filántropo que ha encontrado la fe, yo veo un banco. Da igual las vueltas que le dé al libro. Veo a un señor con la inminente necesidad de crearle una deuda a los demás. El protagonista (Andreas), hasta entonces, no era más que un clohard que sobrevivía con lo puesto y con lo poco que iba logrando aquí y allá; si bien es cierto que se trata de un borracho, también hay que recalcar su capacidad para mantener una economía de subsistencia. No debía nada a nadie, solo estaba condenado por sus necesidades primarias: en su caso, el alcohol. Cuando Andreas se topa con el filántropo, este consigue sacarlo del ostracismo y reinsertarlo en la sociedad parisina haciéndolo responsable de una deuda, como cualquier otro hijo de vecino que viva dentro de la lógica bancaria del capitalismo. Andreas nos habla del honor como quien habla hoy día de avalistas, convirtiéndose en santo de esta nueva religión.

Es bien sabido que el verdadero negocio de los bancos no es tanto guardar el dinero de los trabajadores como el de conceder créditos, endeudando así a quien necesita el dinero para vivir y medrar en nuestra sociedad (de hecho, es de horrible actualidad el decretazo del Gobierno que propone grados de tres años y másteres de dos para abrirle la puerta de los estudiantes a los bancos, tal y como tan bien explica el catedrático de Economía Juan Torres aquí). Por eso no me parece casual que el filántropo de esta obra dé un crédito por razones de fe y pida que se restituya el dinero a un sacerdote:

[…] Mas, a pesar de ello, le ruego que tenga la amabilidad de aceptar los doscientos francos, al fin y al cabo una suma ridícula para un hombre como usted. Y en lo referente a la restitución, habré de extenderme algo más para poderle hacer entender por qué no ingresar el importe. Resulta que me he convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux. Y ahora venero muy especialmente la estatuilla de la santa que se guarda en la capilla de Sainte Marie des Batignolles, que usted podrá localizar con facilidad. Así que, tan pronto tenga reunidos los doscientos francos y su conciencia le obligue a zanjar esta ridícula deuda, diríjase por favor a Sainte Marie des Batignolles y entregue la suma en manos del sacerdote cuando este termine de oficiar la misa.

Me refiero a que el término griego pistis servía para referirse tanto a la fe como al crédito, ya que, al fin y al cabo, ambos funcionan mediante mecanismos parecidos y alimentan, asimismo, estructuras similares. Esto lo explica fenomenalmente bien Giorgio Agamben en un artículo publicado aquí, del que aconsejo fervientemente su lectura para intentar comprender mi pataleo con La leyenda del santo bebedor, además de otras cosas de verdadero calado. No obstante, como aperitivo, copio un extracto:

David Flüsser, un gran estudioso de la ciencia de las religiones –pues existe una disciplina de tan extraño nombre– estaba hace poco trabajando en la palabra pistis, que es el término griego que Jesús y los apóstoles usaban para “fe”. Aquel día, que iba paseando por casualidad por una plaza de Atenas, en un momento dado alzó la vista y vio ante sí escrito con grandes caracteres: Trapeza tes pisteos. Estupefacto por la coincidencia, miró mejor y a los pocos segundos se dio cuenta de que se encontraba simplemente a la puerta de un banco: trapeza tes pisteos significa en griego “banco de crédito”. Ese era el sentido de la palabra pistis, que llevaba meses tratando de entender: pistis, “fe”, no es más que el crédito del que gozamos ante Dios y el crédito del que goza la palabra de Dios ante nosotros, a partir del momento en que la creemos.

Es la segunda vez que me enfrento a Joseph Roth y en ambas ocasiones he tenido la sensación de oír el soniquete de una parábola moral. Mi otra lectura fue Job, donde, por supuesto, el título ya resulta explícito en este sentido. No conservo un gran recuerdo de aquella lectura y ya me imagino el recuerdo que guardaré de esta. Para colmo, ciñéndome a lo estrictamente narrativo, Roth ha logrado tocarme las narices una y otra vez optando por todos los deus ex machina que le han salido de los mismísimos para resolver los distintos tramos narrativos de la obra. Hay quien se toma esas cosas como si todo fuese un cuento de hadas o una ensoñación que embellece el relato; yo me lo he tomado, en cambio, como si Joseph Roth tuviera muy poca vergüenza.

Y ya no da más de sí este breve cuento, inflado con una tipografía grande y con unas bonitas ilustraciones de un tal Pablo Auladell para poder ser publicado por separado. Me voy a mis asuntos, a contar mi dinero, y a respirar aliviado, porque -de momento- no tengo deudas.

Yuri Herrera Cartoon Show

La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

Cuando me pongan un riñón que me dé independencia quiero hacer un viaje a México. También a otros sitios, pero, sobre todo, me queda pendiente ese México que Roberto Bolaño se inventó para mí y que yo me sigo creyendo a pies juntillas. Ahora también quiero ir a México por Yuri Herrera. Quiero coincidir allí con mi amigo Gabo y con mi amiga Adri y preguntarles por Yuri Herrera, y pedirles que me lleven a donde el mundo se entreteje con el mismo lenguaje que el de La transmigración de los cuerpos.

Viajar a México quizá algún día sea posible, pero no contemplar la realidad como la propone Yuri Herrera fuera de su relato. Si pudiera presenciar lo que se cuenta en La transmigración de los cuerpos, asistiría a la labor de un hábil y cabizbajo gestor de la diplomacia callejera que logra que un conflicto entre dos familias no vaya a más. Sería una historia escueta pero potente. Me serviría como anécdota para repetir varias veces. Pero Yuri Herrera trabaja el lenguaje hasta hacer de esta historia la versión definitiva e improbable de lo que yo deseo contemplar, y no existe más allá que en el modo de ser contado.

Reconozco que me he sentido irrefrenablemente cautivado por la distancia dialectal que me propone, como quien ve un pájaro exótico y se le pone cara de bobo sorprendido; pero también he de confesar que me he emocionado como un niño con un juguete casual e improvisado cuando Yuri Herrera instala su registro casi en lo vulgar y, con ello, toca teclas que al nivel culto de la lengua se le escurre entre los dedos. Yuri Herrera trabaja el lenguaje sin complejos, adecuándolo a su propia escala, y el resultado es una contorsión que ensancha el pecho del lector y la historia que se cuenta. Todavía estoy paladeando las piruetas, las páginas, los recovecos de una historia muy corta que se tiene que acabar porque el movimiento ya está hecho.

Como si fueran dibujos animados, así es la literatura de Yuri Herrera. Como si hiciera falta inventar Hora de aventuras o Historias corrientes para mostrar lo que la cámara cinematográfica no ha enfocado. Creo en la importancia de los dibujos animados porque -ahora tengo un argumento- existe literatura como la de Yuri Herrera. Diego Zaitegui me recomendó esta obra y sospecho que a él también le gustan los dibujos animados.

Cristian Crusat y mi vida haciendo origami

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Hay quien dice que la vida es un pañuelo y yo prefiero ver un extraño origami cuando la vida se pliega sobre sí misma para que ciertas épocas inalcanzables y distantes se solapen entre sí y formen una nueva figura. Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat, podría ser, precisamente, esa figura papirofléxica formada por la conjunción de varios vértices de mis últimos años. Para contar la historia de este libro en mis manos no solo habría que mencionar a su autor, sino que aparecerían en escena otros compañeros de la universidad, alguna reseña leída en el periódico y, por supuesto y ante todo, la participación de Paul Viejo. La torsión de los hechos que me ha traído este conjunto de cuentos merece ser pregonada, pero no me veo capaz de explicarla con la justicia poética que merece. Así que he optado por la solución más esquemática y, a la vez, más críptica; la más reveladora y, además, la más chapucera: he hecho un dibujo:

No sé si ustedes entienden algo, pero yo me he divertido mucho garabateando este folio. ¿Me creerían si les dijera que no me ha llevado más de cinco minutos realizar estos trazos tan precisos? Y lo mejor es que no pienso rehacerlo. No pienso decir más al respecto. Pasemos ahora al texto, a mi reencuentro con Cristian, pese a que no lo he vuelto a ver desde la época de la carrera.

En los relatos de Crusat me ha parecido encontrar algo de Kjell Askildsen, no en el estilo, sino en la manera de configurar las relaciones entre los personajes. Crusat, como Askildsen, nos plantea conflictos entre personas -quizá diminutos, pero incómodos- que el lector percibe y en los que se ve irremediablemente obligado a poner de su parte para completar el significado de la historia, porque con el relato no basta del todo. Uno se asoma a estos cuentos sabiendo que pasa algo más de lo que ve, creyendo que ha llegado tarde, pero que todavía puede intuir lo que nadie le ha contado respirando la atmósfera del texto.

Pero este parentesco que le atribuyo con Askildsen acaba ahí, en el mero juego de tensiones entre los actantes. Por lo demás, nos encontramos con un uso del lenguaje tan pulido y ejercitado que dan ganas de sentarse en los hombros del enunciado y dejarse llevar a cuestas. Por ejemplo, muestra cierta exuberancia en la atención por los colores, en el apego hacia las posibilidades de la luz en el espacio narrativo. De algún modo, parece que a Crusat le interesa que el lector esté allí mismo, junto a los personajes, para descifrar de primera mano lo que no se va a decir nunca.

De hecho, he de reconocer que el primer relato del libro, Parcelas, me causó tal sensación que tardé un par de días en volver a retomar su lectura porque me estaba a gusto sintiéndome en aquel ambiente de rulot desvencijada en medio de ninguna parte. A la vez, me veo obligado por poderosos motivos emocionales a destacar el cierre, que da título al libro, por tratarse del desierto de Almería. ¿Han estado ustedes en Tabernas? Cojan el coche y adéntrese en el desierto, y luego lean este libro.

Lo que media entre Breve teoría del viaje y el desierto y aquel joven y tímido Cristian Crusat que conocí en la carrera para mí es un absoluto misterio, pero me siento feliz de que estos dos extremos del cordel se hayan atado gracias a la mano de Paul Viejo (al que espero haber retratado bien pese a no haberlo visto nunca en persona).

Max Frisch promueve mi vida contemplativa

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch

En el mes de julio estuve en Tenerife. Uno de los rincones que más recuerdo es Masca, en lo más recóndito de un valle, en el mismísimo culo del mundo, en donde, según me contó alguien, no se enteraron de que en España había tenido lugar una Guerra Civil hasta bastantes años después. Hoy día es un pueblecito muy visitado, abierto al turismo; hay, de hecho, un restaurante absolutamente maravilloso, regentado por un siciliano, con unas vistas espectaculares, llamado La Pimentera, que bien merece el viaje. Más allá de mis consejos gastronómicos, menciono la actual Masca porque es donde he imaginado al viejo Geiser, el protagonista de El hombre aparece en el Holoceno, de Max Frisch, como sustitución empática de su verdadera ubicación en el cantón de Tesino. Lo he imaginado allí porque necesitaba un marco reconocible y coherente con su historia para imaginarme a mí, sintiéndome en el lugar del viejo Geiser, sospechando que Max Frisch habla con inquietante tino del estilo de vida que trato de seguir actualmente

El hombre aparece en el Holoceno es como leer la biografía de un místico, es un manual para el ascetismo. Actualmente, hago esfuerzos por convertirme en un anacoreta, por llevar con diligencia una vida contemplativa, reconozco que me permito demasiadas licencias, pero hay una voluntad clara en mí. Otra cosa sería explicar lo que yo entiendo por ser, en mi caso, un anacoreta. No voy a hacerlo, pero puedo poner de ejemplo esta novela de Frisch. Como novela es un texto corto, parco y contenido, pero tiene tanta fuerza que funciona como una instalación artística dentro de la cabeza del lector.

El viejo Geiser vive aislado en su casa, en un pueblo recóndito en donde apenas se relaciona con nadie. A veces, en verano, viene gente de fuera. Sale poco. Llueve mucho (aquí me valdría Segovia en lugar del valle de Masca). Le preocupa que haya un desprendimiento de tierra, siente ese peligro en el exterior. Por lo demás, vive tratando de retener las cosas importantes que hay que saber en la vida, pegando hojas de diccionarios y enciclopedias en las paredes para no olvidar lo esencial, para construir y mantener su mundo allí dentro, para aprovechar la poca memoria y la poca vida que le quedan.

A veces el señor Geiser se pregunta qué es en realidad lo que quiere saber, qué es lo que se promete del saber.

Solamente hace una excursión y casi le cuesta caro. En cambio, en su casa logra controlar todos los parámetros. El viejo Geiser proyecta su saber sobre las paredes empapelándolas con recortes. Allí dentro, tranquilo, es feliz, y no siente demasiadas ganas de salir afuera a comprobar que el mundo es como dicen sus libros. Por eso este extraño artefacto de Max Frisch me ha recordado a la máxima 139 de los Pensamientos de Blaise Pascal, que un amigo me leyó hace años y que, por supuesto, he tenido que buscar para poder citar (pero la idea permanecía fija en mi cabeza):

[…] he descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación. Un hombre que tiene suficientes medios de vida, si supiera estar en casa a gusto, no se marcharía para ir al mar o sentarse en una plaza. No se compraría tan caro un puesto en el ejército si no fuera insoportable el no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y los divertimentos de los juegos sino porque no se puede permanecer en casa a gusto.

Yo no sufro esa desgracia, ni el viejo Geiser tampoco.

Después de haberlo intentado hace años con Max Frisch leyendo Homo Faber y de que pasara sin pena ni gloria por mi cabeza, he logrado reencontrarme y conectar con este autor. Tengo una sonrisa tontorrona, provocada por la complicidad y por el sueño a estas horas. Me gustaría hablar del peculiar uso de la tercera persona, que casi parece primera y hace sentir al lector en la casa del viejo Geiser, pero mejor no digo más.