Slawomir Mrozek en Muchachada Nui

El árbol, de Slawomir Mrozek

El árbol, de Slawomir Mrozek

En Londres tuve un amiguete polaco llamado Piotrek. Sin pensar en los riesgos, se fue a vivir a un ghetto negro ufanándose de no tener prejuicios raciales. A la semana, vino al trabajo contando que una panda de quinceañeros le había pegado en la calle y le había robado la mochila. Yo ya lo avisé. Piotrek no perdió el sentido del humor. A  Piotrek le gustaba Gombrowicz, lo flipaba con Ferdydurke. Ambos son la sinécdoque que pretendo conservar de Polonia.

Polonia crece muy despacio en mi cabeza. Que si un poco de Kieslowski por allí, que si otro tanto de Lem por allá. Y ahí paro de contar. Así no hay modo de contemplar Polonia desde lejos, sin haberla pisado nunca, a pesar de mi preciada sinécdoque.

Mis inconvenientes con el pueblo polaco quizá estriben en que, como es ahora el caso, muestro una dicción horrible cuando comento que acabo de leer El árbol, de Slawomir Mrozek (y faltan algunos signos que no encuentro en el teclado). En ocasiones así, mi trocito de Polonia se vuelve chicloso y no sé si tragar o escupir al suelo. Para que no nos pase esto, me referiré a este autor como SM. Pues bien, leyendo El árbol es fácil pensar que SM fue el abuelo oculto entre las sombras de La hora Chanante y, por ende, de Muchachada Nui. Imagino a Joaquín Reyes en el regazo de SM, oyendo atento sus cuentos de página y media. Las chorradas como pianos por fin lograrían convertirse en el humor que nos deja estupefactos, tradición que ni siquiera perteneció a los surrealistas.

Los cuentos de SM son un sketch tras otro al borde del abismo del “¡No, por favor!” que acaban dejándote buena cara. Con SM mi Polonia se despliega un poco más. Junto al combo Piotrek- Gombrowicz voy a terminar pensando que estos polacos son unos cachondos.