El peluquero de Federico García Lorca

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca

He de reconocer que llevo mucho tiempo resoplando cada vez que veo esa foto de Lorca con el pelo peinado y repeinado hacia atrás. He decidido que esto no puede seguir así. ¡Necesitamos un cambio de look para Federico García Lorca! Llevémoslo a un buen estilista para que le corte el pelo y le deje un flequillo de modernete, como si se tratase de un fan de Nacho Vegas (sugiero, como aderezo estimulante, colocarle unas enormes gafas de pasta; de color negro, por supuesto).

De hecho, me parece tremendamente oportuno hacer un llamamiento a todos los fans de Nacho Vegas para que lean La casa de Bernarda Alba. Allí encontrarán todo lo que buscaban en el cantautor, pero con otros acordes. ¿Se acuerdan ustedes de aquella canción de Nacho Vegas titulada Canción de Isabel (Canciones desde palacio)?, ¿recuerdan esa otra canción llamada Maldición (Cajas de música difíciles de parar)? Son dos buenos ejemplos de los personajes oscuros y atormentados que pueblan el imaginario de Nacho Vegas. Pues eso no es nada, conozcan ustedes a Bernarda Alba y verán lo que es ser chungo de verdad, verán que Federico García Lorca necesita hacer menos aspavientos que Nacho Vegas para que los espectadores vislumbren lo inquietante.

García Lorca, para quien todavía no lo haya visto claro, no es un autor representativo de una tradición. Todo lo contrario. En La casa de Bernarda Alba toma el folclore para violentar su estructura simbólica, para desvelarnos todo el miedo y la incertidumbre que mantienen esta estructura en pie. Dicho de otro modo, la posición de Lorca ante lo folclórico es estrictamente terrorista, es una inmolación en toda regla, es mezclarse entre la multitud de la época y activar una bomba.

Me gustaría pensar que Federico García Lorca lo flipaba con Hoffmann, Maupassant, Poe, etc., con los autores que han desarrollado la idea de lo siniestro, porque en La casa de Bernarda Alba parece latir esta categoría estética sin llegar a revelarse plenamente en ningún momento. Según lo entiendo yo, lo siniestro es el fenómeno que provoca una sensación de angustia a través de un elemento inexplicable, siempre y cuando se enmarque dentro de una representación creíble del mundo. En La casa de Bernarda Alba, el lector (o, al menos, ese es mi caso) se enfrenta con ansiedad al plano de lo posible que dibuja Lorca, uno espera que, en cualquier momento, esa representación reconocible de la realidad se rompa hasta el punto de dejarnos ver que debajo había algo que lo estaba desfigurando todo. Tenemos esa esperanza ante lo que contemplamos, deseamos que aparezca el elemento siniestro para no pensar que ese mundo es el nuestro; pero ese elemento sigue ahí, debajo de las faldas de Bernarda Alba, sin atreverse a asomar la cabeza para darnos el susto de una vez y pasar por fin el mal trago.

Si acaso, si queremos verlo así, María Josefa, la madre de Bernarda Alba, la madre loca y encerrada, podría funcionar como el elemento siniestro que hemos estado buscando. En realidad, bien visto, lo siniestro es realmente eso: la relación entre lo que nos es familiar y conocido y lo que permanece oculto y nos inquieta provoca ese sentimiento de angustia. Madre loca de una hija loca que es madre loca de otras hijas locas que cercenarán la locura vetando su descendencia. La locura se manifiesta abiertamente en María Josefa y, generación tras generación, se va ocultando en la madriguera de cada mujer de la familia. Lorca, con una similitud retorcida, es el Michael Haneke de La pianista. Ambos nos hablan de progenitores que actúan como sombras terribles. Confieso que en todo esto hay algo que a mí me da verdadero pavor, Lorca no pretende (y tampoco Haneke) hacer literatura fantástica. Ahora creo que sí deberíamos asustarnos.