Mi primer y querido Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

Rudin, de Iván Turguénev

C. tomó el libro de la estantería y lo levantó para mostrármelo. Aquí se resumen todos mis miedos actuales, me dijo. Yo tan solo me veía capaz de situar a Iván Turguénev en el marco de la Literatura para quedar bien en una hipotética conversación con alguna rusófila que se atreviera a sonreírme, pero reconozco que Turguénev ni siquiera había entrado todavía en la esfera de autores de los que tenía previsión de leer cuanto antes. C. me alcanzó un ejemplar de Rudin y lo acompañó de su propia faja publicitaria y anímica. Yo me había propuesto no comprar nada en la librería aquel día, pero salí con Rudin bajo el brazo y con la promesa de que no leería la contraportada ni trataría de averiguar nada antes de abrir aquella novelita.

Y así conocí a Dmitri Nikolaich (Rudin), así entró a casa de Daria Mijailovna ya en el capítulo III, tomándose su tiempo para irrumpir en la vida de los demás personajes al tiempo que en mi propia vida. Tanto Daria Mijailovna como los demás asistentes de su casa no tardaron en maravillarse ante el discurso ágil, torrencial y seductor de Rudin, pero a mí no se me hizo tan fácil tomar partido. ¿De qué va el Rudin este?, pensé. Está creando muchas expectativas, pero ¿a dónde quiere llegar con todo esto?, me dije. Ya mucho más adelante sentí pena por él, porque todo ese despliegue discursivo, toda esa prosodia llena de fuegos artificiales, acabó por convertirlo en un mono de feria dentro de una casa decente, llena de gente biempensante, donde todos aplaudían las piruetas de un joven que venía a hacer ruido y no lograba más que entretener las veladas.

Pobre Rudin, cuando sus palabras surtieron efecto, él no supo estar a la altura. Rudin tenía más miedo de sus propias ideas que del que pudo causarle a su asombrado y encandilado auditorio. A la hora de la verdad, ni fue capaz de integrarse y ser uno más entre la buena sociedad ni tuvo el valor de ser él mismo con todas sus consecuencias. Solamente supo envenenarse a sí mismo, acabó siendo un desahuciado de su propia cabeza. Ni fue un héroe ni fue un mártir.

Acabar como Rudin es una putada. Las medias tintas y el miedo a lanzarse de cabeza hacia una dirección pueden jodernos la vida mucho más que el fracaso más estrepitoso. Turguénev construye en Rudin un arquetipo que parece pensado para nuestros días, porque Rudin es el petardo en el culo que a tanta gente le haría falta.