La visión empresarial de Steven Millhauser

Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser

Martin Dressler, historia de un soñador americano, de Steven Millhauser

Vivir el sueño americano tiene que ser algo muy aburrido y cansino, toda la vida progresando, desde una posición humilde a lo más alto que un hombre sea capaz de llegar gracias a su propio tesón. A lo mejor yo me lo tomo así de mal porque al sueño americano hay que echarle muchas horas al día, y al final no queda tiempo para leer. Martin Dressler, historia de un sueño americano, de Steven Millhauser, trata precisamente sobre esto: un chico humilde que, gracias a las burbujas del capitalismo, logra subir en el escalafón empresarial de Nueva York montando chiringuitos (léase restaurantes y hoteles) cada vez más complicados. La historia del hombre que se ha hecho a sí mismo es ya muy vieja y aquí se sitúa a finales del s. XIX. A mí esa canción me suena gris y repetitiva, carente de atractivo, una bildungsroman tan común que en cada calle de cada pueblo y de cada ciudad vive un hombre que se ha hecho a sí mismo y que, por supuesto, se siente muy orgulloso de ello y que, por consiguiente, se ha tirado toda su vida trabajando como un mulo para poder contarle la misma historia trillada de superación personal a los que nos hemos esforzado por disfrutar de la vida.

La aspiración del hombre que se ha hecho a sí mismo, enmarcada en un contexto capitalista, supongo que es aumentar su capital y, para esto, el hombre que se ha hecho a sí mismo emprende proyectos empresariales cada vez más complejos en busca de un sentido de la vida que se vislumbra al final de cada proyecto y que desaparece cuando se culmina, porque el capital no está cargado de sentido. Al menos, esto es lo que creo haber entendido de la vida de Martin Dressler, el protagonista de la novela. Por decirlo de otro modo, el fin último de un hombre que se ha hecho a sí mismo es construir Disneyland, y en esto Baudrillard tendría cachondeo para rato.

Al principio, Martin Dressler me recordaba un poco a Stoner, el protagonista de la novela homónima de John Williams. Asistía atento al devenir de su vida, veía un cierto paralelismo entre ambos personajes, al menos en el plano matrimonial. Pero la comparación no puede ir mucho más allá, mientras que William Stoner acabó cayéndome bien, Martin Dressler me parece uno de esos horteras que construyen megaurbanizaciones en la Costa del Sol.

Que quede claro que me estoy metiendo solamente con el personaje, porque, en cambio, la novela está escrita con una fluidez asombrosa. Nunca creí que sería capaz de leer tantas páginas dedicadas a la descripción de un restaurante o de un hotel. Es algo así como cuando un amigo se va a hacer una casa y te enseña los planos y te describe la distribución y la decoración palmo a palmo, y tú aguantas toda la retahíla porque él está tremendamente ilusionado y lo quieres mucho.

Por cierto, hace poco, comenté en otro post que había “aparcado” la lectura de La educación sentimental. Ahora me pregunto si esta obra de Steven Millhauser dista mucho del estilo realista de Flaubert. No quiero hacer comparaciones imposibles, sencillamente veo una suerte de “compatibilidad” entre ambos estilos. No obstante, no pude con uno pero sí con el otro. Me aburrió una historia del siglo XIX contada por alguien del siglo XIX, pero he podido leer una historia del siglo XIX contada por alguien del siglo XX. Esto ratifica mis limitaciones como lector, pone de manifiesto mis preferencias, mis lagunas, mis tics. Reconozco que dejar “aparcados” libros con ese peso hiere un poquito mi amor propio, porque evidencia mi falta de objetividad como lector. Pero bueno, me consuelo pensando que leer es un discurso y que todo discurso lleva consigo un punto de vista.

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Una aproximación fallida a Steven Millhauser

 

Risas peligrosas, de Steven Millhauser

 

Llevo días intentando inscribirme en la convocatoria para las oposiciones de enseñanza secundaria de varias comunidades autónomas. Días alrededor de anexos y fotocopias de toda mi documentación legal. ¿Qué lecturas podrían salvarme de este suplicio administrativo? Elegir mal una lectura en estos momentos es una de las mayores catástrofes para un ánimo frágil. Debería haber sido conservador. Pero me encontré con una nueva e inesperada referencia de Steven Millhauser que me hizo continuar mi proyecto de aproximación a este escritor estadounidense.

Hasta hace un tiempo, Steven Millhauser era solamente una imagen del escritor que yo quería leer. Tenía el nombre perfecto para ser ese escritor que yo había estado buscando para decir a mis amigos : “Este lo he descubierto yo, a este no lo conocíais ninguno y es imprescindible”. Encontré un artículo en Internet que enlazo aquí y comencé a construir la imagen de Steven Millhauser. Quizá la cara B de Thomas Pynchon. ¿Quién sabe? A lo mejor había encontrado un eslabón perdido (dentro de mis lecturas y de las lecturas de los que me rodean). Creo que no comenté su nombre hasta que me encontré por primera vez con un libro suyo.

Este secretismo de película de espías se debía a que estaba urdiendo mi contraataque para igualarme a Cristof Polo y a Lucas Martín, cansado de que se jactaran de ir abriéndome el camino con los últimos descubrimientos. Por ejemplo, en una ocasión, Cristof Polo, en una conversación de chat, me habló de un poeta que había recién descubierto y que era “buenísimo”, y en lugar de decirme de quién se trataba me puso una equis por cada letra de su nombre y de su apellido, para que lo demás me lo buscara yo solito. Así de crueles somos. Yo sólo recuerdo haber aportado dos descubrimientos estelares: Yi-Sang y Bei-Dao. Mis dos greatest hits de la Historia personal de la lectura (compartida con amigos).

Volviendo a Steven Millhauser, el libro que cayó en mis manos fue August Eschenburg. Una nouvelle publicada por Interzona que encontré por casualidad en la Librería Fuentetaja. Extrañamente, no tenían el libro registrado en catálogo. Llegó a mí como una aparición. Me encontré con una suerte de E.T.A. Hoffmann del siglo XX. Fue una lectura fascinante, y me ayudó a esbozar la imagen inventada de Steven Millhauser.

Hace ya muchos días volví a encontrarme con Millhauser. Acaban de publicar su último libro de relatos, Risas peligrosas. Al poco tiempo se abrió la primera convocatoria para oposiciones en la que habría de inscribirme. Los efectos de la catástrofe llegan hasta hoy.

Risas peligrosas contiene casi todo aquello que ya hemos visto hacer, todo aquello que nos suena a algo y que está bien, nos gusta, pero ya sabemos de qué va. Si en un primer momento Millhauser me recordó a Hoffmann, en Risas peligrosas he pensado en mucha otra gente: Buzzati, Lem y Borges, por ejemplo (en Borges uno piensa casi siempre, así que Borges no cuenta). He querido que se acaben casi todos los relatos porque ya había visto ese capítulo cuando lo estrenaron en la tele hace tiempo, por explicarlo de alguna forma.

No puedo decir mucho más. No me queda ánimo y todavía tengo que repasar si tengo reunida toda mi documentación. Creo que mi tragedia ha de tomarse en serio. Solo quería advertirles de que si ustedes no leen Risas peligrosas no se estarán perdiendo casi nada nuevo. Aunque hago hincapié en mi casi, porque al fin y al cabo se trata de Millhauser y tiene sus momentos brillantes. Por muy grande que haya sido mi catástrofe, todavía no voy a desechar completamente la imagen inventada de Steven Millhauser que hay en mi cabeza.