Cristian Crusat y mi vida haciendo origami

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat

Hay quien dice que la vida es un pañuelo y yo prefiero ver un extraño origami cuando la vida se pliega sobre sí misma para que ciertas épocas inalcanzables y distantes se solapen entre sí y formen una nueva figura. Breve teoría del viaje y el desierto, de Cristian Crusat, podría ser, precisamente, esa figura papirofléxica formada por la conjunción de varios vértices de mis últimos años. Para contar la historia de este libro en mis manos no solo habría que mencionar a su autor, sino que aparecerían en escena otros compañeros de la universidad, alguna reseña leída en el periódico y, por supuesto y ante todo, la participación de Paul Viejo. La torsión de los hechos que me ha traído este conjunto de cuentos merece ser pregonada, pero no me veo capaz de explicarla con la justicia poética que merece. Así que he optado por la solución más esquemática y, a la vez, más críptica; la más reveladora y, además, la más chapucera: he hecho un dibujo:

No sé si ustedes entienden algo, pero yo me he divertido mucho garabateando este folio. ¿Me creerían si les dijera que no me ha llevado más de cinco minutos realizar estos trazos tan precisos? Y lo mejor es que no pienso rehacerlo. No pienso decir más al respecto. Pasemos ahora al texto, a mi reencuentro con Cristian, pese a que no lo he vuelto a ver desde la época de la carrera.

En los relatos de Crusat me ha parecido encontrar algo de Kjell Askildsen, no en el estilo, sino en la manera de configurar las relaciones entre los personajes. Crusat, como Askildsen, nos plantea conflictos entre personas -quizá diminutos, pero incómodos- que el lector percibe y en los que se ve irremediablemente obligado a poner de su parte para completar el significado de la historia, porque con el relato no basta del todo. Uno se asoma a estos cuentos sabiendo que pasa algo más de lo que ve, creyendo que ha llegado tarde, pero que todavía puede intuir lo que nadie le ha contado respirando la atmósfera del texto.

Pero este parentesco que le atribuyo con Askildsen acaba ahí, en el mero juego de tensiones entre los actantes. Por lo demás, nos encontramos con un uso del lenguaje tan pulido y ejercitado que dan ganas de sentarse en los hombros del enunciado y dejarse llevar a cuestas. Por ejemplo, muestra cierta exuberancia en la atención por los colores, en el apego hacia las posibilidades de la luz en el espacio narrativo. De algún modo, parece que a Crusat le interesa que el lector esté allí mismo, junto a los personajes, para descifrar de primera mano lo que no se va a decir nunca.

De hecho, he de reconocer que el primer relato del libro, Parcelas, me causó tal sensación que tardé un par de días en volver a retomar su lectura porque me estaba a gusto sintiéndome en aquel ambiente de rulot desvencijada en medio de ninguna parte. A la vez, me veo obligado por poderosos motivos emocionales a destacar el cierre, que da título al libro, por tratarse del desierto de Almería. ¿Han estado ustedes en Tabernas? Cojan el coche y adéntrese en el desierto, y luego lean este libro.

Lo que media entre Breve teoría del viaje y el desierto y aquel joven y tímido Cristian Crusat que conocí en la carrera para mí es un absoluto misterio, pero me siento feliz de que estos dos extremos del cordel se hayan atado gracias a la mano de Paul Viejo (al que espero haber retratado bien pese a no haberlo visto nunca en persona).

Mi génesis con Robert Crumb

Génesis, de Robert Crumb

Génesis, de Robert Crumb

Mi lectura de Génesis, de Robert Crumb, es una doble influencia de mi amadísima Elisa Calatrava. A este libro llego por dos caminos que nacen de ella y ambos llegan hasta la tecla que despierta mi curiosidad.

Por el camino de la mitología: Mi amadísima Elisa Calatrava es una entusiasta de la mitología. Ella me hizo leer a Esquilo, a Sófocles y a Eurípides. Ella preparó y me hizo estudiar para las oposiciones de Lengua y Literatura el tema referido a las fuentes culturales de Europa (la literatura grecolatina, la literatura hindú, la literatura hebrea, el Corán y la Biblia), tema que nos cayó en el examen y que ambos hicimos y que nos permitió sacar la nota que nos dio la plaza. Ella, por cierto, conseguirá que lea cualquier día de estos el Ramaiana, después de haberla visto flipar con él. Y, últimamente, ella está muy interesada en la mitología judeocristiana y ha logrado que a mí también me pique el gusanillo. Si ella ha comenzado con el Génesis yo no podía quedarme atrás.

Por el camino de Robert Crumb: En uno de los viajes Berlín-Almería de nuestra amiga María Torres, en los que siempre hay un hueco para hacer escala en Madrid y venir a Segovia, mi amadísima Elisa Calatrava le preguntó a mi queridísima María Torres: “¿Qué dibujantes de cómic me aconsejas?” María nos habló de Thomas Ott y de Robert Crumb. Ambos entusiasmaron a Elisa, pero ha sido Robert Crumb quien la ha fascinado por completo, influyéndola en su forma de dibujar y conectando con ella a varios niveles. Nuevos libros de Robert Crumb entran en casa cada cierto tiempo; antes o después tendría que prestarle atención.

El encuentro de ambos caminos tiene como resultado una obra magnífica. ¿Cómo se puede mejorar una pieza fundamental de nuestra cultura? Dejándola en manos de un artista de la talla de R. Crumb.

A partir del texto original (sea lo que sea eso de “texto original” si tenemos en cuenta que se trata de una amalgama de mitos solapados que confluyen en un texto que pretende maquillar, según nos cuenta Crumb en su anexo, el posible matriarcado de aquella época), Robert Crumb agiliza la historia convirtiéndola en un cómic inspirado y revelador. Además, añade al final una serie de comentarios a partir de las lecturas complementarias que hizo para poder desempeñar semejante labor y contextualiza muchos fragmentos del texto original que no parecen tener ni pies ni cabeza para los lectores desconocedores de la materia.

El Génesis -yo lo sé ahora, pero hasta hace poco no tenía ni idea- tiene dos partes claramente diferenciadas: la parte de la Creación y la parte de los cinco patriarcas (Noé, Abraham, Isaac, Jacob y José).

En la parte de la Creación a Dios le da por crear el mundo y, de paso, a alguien que lo habite (como si necesitara a alguien más con autoconciencia capaz de admirar sus habilidades). Todos conocemos esta historia. Adán y Eva son expulsados por querer perder su ignorancia, luego empiezan a procrear, con lo que llenan el mundo de gente, Dios es un ser al que le gusta dejarse ver y, de hecho, no es el único, porque en la Tierra también existen otros seres divinos. De hecho, en ningún momento, en todo el Génesis, se dice que Dios sea el único Dios de la tierra (en todo caso, más adelante, será el Dios de los Judíos). A Dios se le va de las manos su invento, se da cuenta de que ya no le hacen tanto caso: “Viendo el Señor cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber puesto al hombre sobre la tierra, doliéndose grandemente en su corazón. Y dijo: ¡Voy a exterminar de la faz de la tierra al hombre que creé y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho!” Decidió salvar a Noé y a su familia porque este era lo que hoy en día llamaríamos un pelota, creyendo que así podría hacer borrón y cuenta nueva. 

En la parte de los patriarcas, Dios comprende (un poquito tarde, diría yo) que el hombre que ha creado tiende al mal por naturaleza y que no por ello tiene que matarlos a todos, así que resuelve no volver a cometer un genocidio y, como recordatorio, coloca un arcoiris después de cada lluvia para no volver a diluviar el mundo. Es muy interesante comprobar cómo a partir de aquí Dios deja de ser el Dios de la Creación para ser el Dios de unos cuantos hombres, aquellos que más lo admiran, lo idolatran y lo obedecen, como Noé y sus descendientes por la vía de Sem. Este punto de inflexión se ve claramente con Abraham. Parece que Dios ha decidido pasar del resto de la Humanidad y realiza un pacto con Abraham y con su descendencia (después de que a Dios se le ocurriera la broma de pedirle que sacrificara a su hijo, Isaac, y no lo detuviera hasta el último momento). El resto de los mortales puede adorar a otros dioses, porque este ha puesto sus ojos en un pequeño grupo de personas, cuyo primogénito es Isaac y de este lo es Jacob (que, pese a ser menor que su hermano, logró engañarlo y quedarse con la herencia y la bendición de su padre). El Génesis termina con José, el último patriarca, el penúltimo hijo de Jacob, que conduce a su familia hasta Egipto y los deja vivir en las tierras del faraón pese a que sus hermanos lo vendieron como esclavo. El pueblo judío está en Egipto, para saber cómo sigue el cuento habría que seguir leyendo el Pentateuco, supongo.

Si cuento de qué trata el Génesis es porque asumo que todos creemos saber de qué va. Sugiero que se convierta en lectura obligatoria en las clases de Religión. Estoy seguro de que la lectura de un Dios caprichoso, incoherente y vengativo ayudaría a comprender alguna cosas de los pilares de nuestra civilización a los jóvenes estudiantes y, de paso, fomentaría el ateísmo en lugar de la fe. En la Biblia hay mucho más, en el Nuevo Testamento de la Biblia canónica (acordada en el Concilio de Trento), Dios se vuelve amoroso e invisible. Todo esto lo dejaremos para posteriores lecturas. Me interesan, especialmente, los Evangelios apócrifos. De todos modos, ya puestos a hablar del Nuevo Testamento, mi amadísima Elisa Calatrava y yo nos quedamos con esto:

 

¿Por qué leer a Italo Calvino?

El vizconde demediado, de Italo Calvino

El vizconde demediado, de Italo Calvino

Si usted es infeliz, lea a Italo Calvino. La vida puede ser una lata, por eso es importante encontrar un buen cobijo. Italo Calvino me recuerda por qué le dedico tanto tiempo y tanta atención a la lectura. Leo porque soy un cobarde, porque me dan miedo las agujas y desde que estoy en este hospital me pinchan todos los días varias veces, leo porque a menudo me dan malas noticias sobre alguna parte de mi cuerpo que está mal porque la de al lado también está mal, leo para que mi cabeza no se venga abajo, como lo están haciendo otros órganos, leo porque leer es un clavo ardiendo al que agarrarse para seguir adelante cuando se hace difícil echar el día atrás; si me duele avanzar a lo largo del día, leo porque es más llevadero avanzar a lo largo de la ficción.

Usted podrá corregirme y matizar que esta no es una facultad exclusiva de Italo Calvino, sino de la literatura en general. Le doy la razón. Pero para mí Calvino es el ejemplo. Su manera de entender la literatura fantástica es un modelo intachable de cómo ser abducido por la felicidad. Me han traído varios libros de casa y me cuesta introducirme en la lectura entre tanta enfermera, tanto médico y tanto antibiótico cada cuatro horas. He dejado algún libro a medias, otros esperan por la mitad a que los retome. He dicho que leer me salva de todo esto, pero, aun así, leer se me hace difícil aquí. Pero, por suerte, mi amadísima Elisa Calatrava me dio la clave. Me dijo: “Voy a llevarte El vizconde demediado, Italo Calvino va a funcionar”. ¡Y cuánta razón tiene mi amadísima Elisa Calatrava! Con él la lectura funciona desde el primer contacto: es como cuando dos niños que no se conocen de nada se encuentran en el parque y a los diez minutos ya están jugando como si fueran los mejores amigos de toda la vida.

Sergio Chejfec y el lector cotilla

La experiencia dramática, de Sergio Chejfec

La experiencia dramática, de Sergio Chejfec

Para leer La experiencia dramática, de Sergio Chejfec, hay que comportarse como un cotilla. Por suerte, el ejercicio del cotilleo le es cercano a todo lector. Leemos y así nos enteramos de lo que no nos ocurre a nosotros. Cotilleamos, con una curiosidad infinita, dentro de toda ficción que cae en nuestras manos. De hecho, la Historia de la Literatura nos brinda múltiples casos de lo que podríamos llamar, así a bocajarro, literatura cotilla o, a lo sumo, literatura del cotilleo. Se me ocurren, por poner ejemplos, dos grandes autores que ejercieron con maestría la literatura cotilla, uno cotilleaba en el fuero interno de los personajes hasta enterarse de lo más nimio y el otro cotilleaba todo lo que veía en la calle y no dejaba pasar nada: me refiero a los cotillas Fiódor Dostoyevski y Georges Perec, pero al Perec de obras como Lo infraordinario. Os hablo de estos dos cotillas porque creo que Chejfec podría colocar esta novela entre ambos.

La experiencia dramática examina no solo con rigor, sino con interés abrumador (esto es lo que la convierte en literatura cotilla) un espacio urbano recorrido por dos incansables conversadores, cuyo discurso verbal y mental queda retratado sin elipsis que desechen ningún fragmento de pensamiento. Si Dostoyevski nos ofrece en el fuero interno de sus personajes una pachanga de fútbol apasionado, Chejfec parece estar dibujando metódicamente en ellos una tabla de ejercicios de pilates bajo las exactas indicaciones de un entrenador personal. Y si Perec nos habla de los cambios de la rue Vilin a lo largo de varios años, Chejfec se hipervitamina con Google Maps para crear sus marcos narrativos.

De las tres obras que he leído de este señor, esta es la primera que está escrita en tercera persona, haciendo uso de un vaivén entre un tímido Nouveau roman y un Realismo psicológico casi documental. Como ya he comentado en otras ocasiones, la sintaxis de Chejfec me parece un nuevo modo de usar el castellano. Todavía no sé cómo explicar con claridad la sensación que me produce su modo de unir un enunciado tras otro, porque tras semejante precisión gramatical es capaz de desplegar una enorme originalidad estilística. Es correcto en cada oración y, al mismo tiempo, plantea cada oración de un modo diferente a lo correcto.

Esto hace que un texto cuya trama esté basada en conversaciones, en su mayoría, triviales, se convierta en una experiencia hipnótica. Leer esta novela me recordó, casi sin venir a cuento, a la siguiente situación: un verano en Barcelona salí con mi amadísima Elisa Calatrava a tomar algo en el barrio de Graçia. Era por la tarde. Nos sentamos en la terraza interior de un bar muy moderno. Esperábamos a unos amigos. Dos chicas de nuestra edad estaban sentadas en la mesa de al lado y conversaban en un tono de voz lo suficientemente alto como para que no fuera difícil oírlas. Una de ellas le contaba a la otra su vida laboral. Era traductora. Esto le había permitido viajar. Habló de varios lugares. Después, habló de las cosas que había aprendido en esos lugares. Tras mencionar sus enseñanzas, habló de la vida en general, de cómo son las personas y de cómo entendía ella que funcionaba el mundo. Esta conversación, revestida por un tono demasiado pretencioso para una chica tan joven, era, en realidad, insulsa, llena de obviedades y de lugares comunes. Pero mi amadísima Elisa Calatrava y yo no podíamos dejar de cotillear, no podíamos despegarnos de la conversación ajena. Esta chica estaba narrándonos su vida y nosotros habíamos entrado en ella, sin permiso, como si se tratase de literatura. Habíamos sido atrapados por su capacidad de narrar, ahí estribaba su gran mérito. Algo parecido es esta obra de Chejfec: una conversación ajena que no puedes dejar de seguir.

Hay que aclarar que cuando hablo de trivialidad en lo que nos cuenta Chejfec no estoy siendo del todo exacto. Se nos habla también de las experiencias dramáticas de los personajes -de ahí su título- y de la posibilidad de recrearlas, de representarlas. Rose es actriz y Félix ha inventado una vida alternativa ante Rose. Ambos pasean por la ciudad como si se tratase de un escenario. Ambos están haciendo de sí mismos para que nosotros los contemplemos, igual que hacía aquella traductora en una terraza del barrio de Graçia.

 

Andrea Camilleri tras la ventanilla

La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri

La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri

Hace años, mi padre consiguió comprar -de segunda mano y a muy buen precio- un cochecito de golf. De esos que hemos visto tantas veces en la tele, conducidos por un caddie que transporta a su golfista por entre los dieciocho hoyos. La intención de mi padre era transformarlo en un vehículo de cuarenta y nueve centímetros cúbicos para poder legalizarlo como tal. El problema es que esto jamás se había hecho en España. Ni siquiera las autoridades públicas tenían claro qué pasos había que seguir. Imagínense cuántas peripecias burocráticas y cuántos dolores de cabeza vivió mi padre. Finalmente no lo consiguió, pero, hasta cierto punto, podríamos decir que la intención fue toda una aventura.

Creo que esta anécdota fue la que me llevó a leer La concesión del teléfono, de Andrea Camilleri. Un compañero de trabajo me habló del argumento de esta novela, en donde su protagonista, en la Sicilia de finales del XIX, se le mete en la cabeza montar en su casa una línea telefónica privada, proyecto tremendamente costoso, extravagante y polémico en el contexto donde transcurre esta historia. Imaginé cuántas peripecias burocráticas y cuántos dolores de cabeza viviría este personaje a lo largo de las páginas y, bueno, ya me entienden, vi el paralelismo y me animé a leerla.

Andrea Camilleri construye el desarrollo de esta aventura administrativa a partir de epístolas y diálogos. Renuncia a la figura de narrador para darle todo el protagonismo a los comentarios y declaraciones de los distintos personajes. De esta forma, poco a poco, vemos cómo el protagonista se va dirigiendo a las autoridades pertinentes y cómo va recibiendo todo tipo de respuestas escandalizadas y desconsoladoras. Pero, gracias a un tesón envidiable y a la ayuda de gente influyente, va acercándose a su propósito, pese a las disparatadas consecuencias de su deseo. El recurso de la hipérbole convierte esta odisea en una sucesión de momentos bastante divertidos, hasta el punto de convertir al protagonista en sospechoso de acciones políticas subversivas.

Aunque, por desgracia, a Camilleri parece faltarle pericia para sostener todo este tinglado hasta el final sin que se pierda el interés. Me he reído mucho durante las cien primeras páginas, hasta que la gracia se ha convertido en hastío y en un mareo constante. He sido capaz, no obstante, de acabar la novela. Supongo que uno se esfuerza especialmente en terminar de leer un libro cuando alguien te lo ha prestado y luego va a pedirte una opinión. Este es, al fin y al cabo, el horrible problema que aparece cuando uno acepta libros de los demás. No dejen que nadie les preste un libro. Pese a lo que pudiera parecer, no favorece el hábito de lectura, porque no nos da opción de dejar a medias lo que leemos. Esta tarde le devolveré la novela a mi compañero, le daré mi opinión y me prometeré a mí mismo no volver a aceptar un libro ajeno.

Cheever encarcelado

Falconer, de John Cheever

Falconer, de John Cheever

Este año vuelvo a dar clase en la cárcel y, por tanto, vuelvo a tener la posibilidad de adentrarme en donde solo podría pisar si me condenaran por algún delito. Siempre hago el mismo recorrido. El primer funcionario de prisiones, situado en la entrada, me pide el carné y lo coteja con un libro de visitantes autorizados que tiene a su disposición. A continuación, me da una tarjeta de identificación y me obliga a que deje el teléfono móvil en una taquilla. Empiezo a cruzar pasillos y escaleras hasta toparme con el segundo funcionario de prisiones, este vuelve a pedirme el carné, lo apunta en un listado y me permite el paso abriendo mecánicamente una inmensa puerta corredera de metal. Sigo mi trayecto, paso por un patio en donde se ven vallas con alambre con pinchos en todo lo alto, subo más escaleras hasta que llego al tercer funcionario de prisiones, que también me pide el carné y, además, se lo queda en su poder. Me hace pasar por una puerta giratoria que se activa con un botoncito desde dentro (a la vuelta no podré activarla personalmente, sino que tendré que esperar al que el funcionario me vea y me deje pasar). Así accedo, de nuevo, a un patio, esta vez mucho más amplio, en el que aparecen varios pabellones. Me voy directo al que me pertenece y, allí, un cuarto funcionario de prisiones me abre otra puerta corredera como la de antes y se encarga de avisar a los presos de que mi llegada. Luego, sube conmigo para abrir las aulas y allí me deja. Las aulas son pequeñas, pero tienen lo necesario. No tengo la sensación de estar dando clases en una cárcel. Los presos llegan desde sus celdas, y esa es la parte que no me permiten ver.

Quizá esta pequeña frustración por no poder llegar más adentro me ha hecho leer Falconer, de John Cheever. Una novela en donde Cheever coloca su clásico personaje pseudobiográfico, drogadicto y homosexual reprimido dentro de un matrimonio, en un ámbito distinto de los comunes escenarios de la clase media americana; en este caso, lo encierra en una cárcel por fraticidio.

En mi lectura de los cuentos de Cheever no conseguí conectar, de ningún modo, con la sensibilidad emocional de sus historias. Creo que lo taché de exótico, o incluso de extraterrestre. Aunque, por supuesto, disfruté de sus impresionantes habilidades narrativas; con dos líneas te dibuja un personaje al completo. Mi amadísima Elisa Calatrava torció el gesto cuando se enteró de mi desencuentro con Cheever. Poco más y duermo en el sofá. Por suerte, en esta ocasión, la lectura de Falconer ha sido mucho más empática.

Como ya conocía a los personajes de Cheever sobrellevando sus tristes existencias en distintos ámbitos de la vida, ahora solo he tenido que estar atento al cambio radical  del paisaje, en donde los barrotes obligan al personaje prototípico a dar algo más de sí. Este recurso narrativo ha sido usado infinidad de veces pero siempre suele quedar bien. Nos ayuda a ver un personaje desde otro ángulo que siempre queda en sombra en sus aventuras cotidianas. Esta novela de John Cheever me recuerda, por ejemplo, a Honor, la saga que ideó Frank Miller para Lobezno, el personaje de los X-Men. Me pareció una pasada poder ver a Lobezno en solitario, viajando a Japón para reencontrarse con el amor de su vida. El Lobezno de siempre aparecía ante mis ojos mucho más volumétrico, con más matices que no había podido saborear hasta entonces. Así es como podemos ver a John Cheever, ups, perdón, quería decir a su personaje, en esta novela. Quizá Falconer y mi trabajo en la cárcel me hayan acercado más a Cheever.

Italo Calvino tras la frondosa vegetación

El barón rampante, de Italo Calvino

El barón rampante, de Italo Calvino

El barón rampante, de Italo Calvino, es un libro maravilloso. Lo es en dos sentidos distintos. Me refiero, por supuesto, a que es un libro admirable, genial, precioso, excelente, y todos los elogios por el estilo que se me puedan ocurrir. Lo es porque se trata de una de esas obras que cumplen a la perfección una de las misiones de la literatura: ayudarnos a no estar aquí. El barón rampante está escrito por si acaso la vida es una mierda. Si se ríen de ti en el colegio, si no eres popular entre las chicas, si te han echado del trabajo, si tu mujer te ha puesto los cuernos, si te agobian las facturas, solo tienes que subirte a los árboles con Cosimo de Rondò, el protagonista de esta historia, y comprobar cómo los problemas terrenales dejan de afectarte, porque esta novela nos demuestra que la literatura es un plano ulterior de la vida, un lugar en el que siempre nos podemos sentir amparados. Los problemas no habrán desaparecido, pero Italo Calvino, a la larga, sienta mejor que los antidepresivos.

Cuando digo maravilloso, en otro sentido, también me refiero a fantástico, es decir, El barón rampante pueden enmarcarse dentro del ámbito de la literatura fantástica. De hecho, si lo fantástico es aquello que subyace en el plano de lo real y nos lleva hasta una experiencia inexplicable, Calvino parece darnos una versión distinta de este concepto, ya que el mundo arbóreo que nos propone es un estrato que descansa sobre lo real y que no se inmiscuye de lleno. Ambos planos, lo fantástico-arbóreo y lo real-terrenal, interactúan cuando Cosimo se relaciona con el mundo o cuando las personas miran hacia arriba y se atreven a ascender hasta el hogar de Cosimo. Aquí, lo real y lo fantástico no son planos incompatibles, se solapan con comodidad aunque en ocasiones existan ciertas fricciones. Italo Calvino nos plantea que lo fantástico está sobre nuestras cabezas, pero a nuestro alcance. Y, lo que es más importante, lo fantástico puede habitarse a lo largo de una vida.

Ahora recuerdo que Italo Calvino preparó una antología del relato fantástico, donde expone lo siguiente: “[…] el verdadero tema del cuento fantástico del siglo XIX es la realidad de lo que se ve: creer o no creer en apariciones fantasmagóricas, vislumbrar detrás de la apariencia cotidiana otro mundo encantado o infernal. Es como si el cuento fantástico, más que cualquier otro género, estuviera destinado a entrar por los ojos, a concretarse en una sucesión de imágenes, a confiar su fuerza de comunicación al poder de crear «figuras». No es tanto la maestría en el tratamiento de la palabra o en perseguir el fulgor del pensamiento abstracto que se narra, como la evidencia de una escena compleja e insólita”.

Al leer esta definición, no puedo dejar de pensar que se está refiriendo al paisaje arbóreo de El barón rampante. Cosimo de Rondò decidió establecer sus propios parámetros del mundo el día en que sus padres le obligaron a comer un plato de caracoles. Su hermano pequeño no se atrevió a seguirlo, en cambio, como el resto de los personajes de la novela y como todos sus lectores, se convirtió en un espectador de lo fantástico. A mí solo me queda parpadear con fuerza, por estupor y por fascinación, guardar este libro en la estantería y preguntarme qué pasará mañana cuando vea un árbol en la calle.

Mircea Cartarescu en duermevela

Lulu, de Mircea Cartarescu

Lulu, de Mircea Cartarescu

Este comienzo de curso me está creando algunos trastornos, por ejemplo, duermo más de lo que desearía. He terminado Lulu, de Mircea Cartarescu, entrando en el sueño y, tras la última página me he quedado dormido en el sofá, soñando que quería despertar para hacer un montón de tareas que me quedan pendientes. Duermo demasiado a causa del cambio de horarios, de las clases a veces agotadoras, pero quizá también a causa de Lulu. Mi frecuente somnolencia no se debe, en absoluto, a que esta obra resulte aburrida, sino a que funciona como una ensoñación discontinua. A lo mejor he sucumbido a la empatía con el protagonista. Su narración nos lleva a distintos niveles de conciencia en donde en ocasiones abandonamos cualquier realidad que pueda ser compartida ¿por los demás personajes?, ¿por mí mismo? En esta novela nunca sé donde estoy, pero me dejo llevar.

Quizá Mircea Carterescu es un heredero de la literatura fantástica y se dedica a esparcir niveles de realidad en donde lo imposible hace mella en nuestra credibilidad. Quizá, en realidad, Carterescu sea un simbolista y su prosa una gran alegoría llena de interferencias. Sea como sea, se esfuerza por arrastrarnos hacia Lulu, esa pulsión sexual latiendo en un travesti. He de reconocer que yo he llegado hasta Lulu con mucha ingenuidad, después del gran encuentro que se vislumbraba desde el comienzo de la narración, me he preguntado ¿ya está?, ¿no hay más?, ¿o acaso es que ha ocurrido todo y yo no me he dado cuenta? Posiblemente yo esperaba un encuentro mucho más directo, más terrible y más hermoso, pero no es de extrañar que en esta novela todas los trazos estén difuminados.

De todos modos, ¿qué me importa a mí esta historia? Lulu no me ha cautivado con una buena historia. Ha sido Mircea Cartarescu el que me ha ganado para su causa, porque se ha atrevido a usar una prosa verdaderamente adictiva, una prosa plástica, una prosa que se parece más a una escultura, quizá un poco ampulosa, pero elegante hasta el último tramo. Es peligroso que un narrador se haga notar tanto dentro de una narración, ese es un error típico del poeta que decide contar una historia, y Cartarescu, precisamente, también es poeta. Pero, en este caso, el propósito sale bien. Cartarescu mide sus posibilidades y dosifica sus recursos para no embrollar con molestos malabares. Envidio esa templanza. Supongo que le seguiré la pista a este señor para ver si en posteriores libros lo sigue haciendo así de bien y, sobre todo, si consigue contar una historia que me interese más que esta.

A Carver y a mí, ¿se nos rompió el amor de tanto usarlo?

De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver

De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver

Llevo varios días vegetando en casa de mis padres, aferrado a un bono mensual de Filmin y a una tarrina gigante de helado de turrón. Tengo puesto el aire acondicionado casi todo e día y llevo un pijama de verano, de esos con pantaloncito corto. Agosto siempre me resulta un extraño entorno para leer.

 Traje conmigo a Raymond Carver porque creí que todo sería más fácil si sabía de antemano a lo que me enfrentaba. Los cuentos de Carver (los de Catedral o los de Tres rosas amarillas) funcionaron, cuando los leí en el pasado, como un truco de magia. Uno veía unos movimientos sencillos, se dejaba guiar por ellos y luego aparecía el golpe de efecto, al final de la historia todo se iluminaba, produciendo una fuerte sensación de intimidad. ¿Pero dónde ha quedado todo eso mientras leía De qué hablamos cuando hablamos de amor?

No sabría discernir si se trata de mi estado de ánimo o de que estos cuentos no están a la altura de lo que espero de Carver. Solamente dos de ellos, el que da título al libro y el de “Diles a las mujeres que nos vamos”, consiguieron estremecer algo dentro de mi cabeza. Por lo demás, todo ha sido una sucesión de historias planas, sin ese doble fondo tan carveriano, que han dejado de interesarme en la primera página.

¿Y yo de qué hablo cuando hablo así de Carver?

Leer estos cuentos ha sido como poner la tele y hacer zapping y oír comentarios de gente que nada tiene que ver conmigo.

Leer estos cuentos ha sido como salir a la calle, en mi pueblo, y esperar que la gente me pare y me pregunte cómo estoy y qué es de mi vida y que me cuente que ellos siguen igual, bien o mal, pero igual.

Leer estos cuentos ha sido como ojear una revista.

Leer estos cuentos ha sido como tener vecinos y atender a su cháchara con la llave en la mano, esperando poder abrir la puerta y entrar en casa.

Leer estos cuentos ha sido como una llamada telefónica de alguien que quiere venderte algo e insiste en hablarte hasta el final de las virtudes de su producto por mucho que le diga que no y que lo maltrate con voz hosca y con palabras groseras.

Leer estos cuentos ha sido como acordarse repentinamente de algo y no encontrarle sentido a ese recuerdo.

Leer estos cuentos ha sido como pasar el día observando Facebook.

En fin, quizá a Carver y a mí, como diría la coplera, se nos rompió el amor de tanto usarlo, por eso no entiendo, a estas alturas del verano, de qué habla Carver cuando habla de amor. Por lo que a mí repecta, me comprometo a asistir a una terapia de pareja con él y, a cambio, le rogaría que también pusiera de su parte. Me acuerdo de nuestros inicios. Yo vivía en Barcelona y lo encontré en La Central del Raval. Pienso en ello y todavía me emociono.