Vacaciones con Arnaldo Calveyra

El cuaderno griego, Arnaldo Calveyra

“Por fin está hecho. El proceso ha llegado a su fin independientemente de sus consecuencias. Ahora toca la reconstrucción, volver a poner en funcionamiento las actividades intelectuales y sociales y poder considerarme nuevamente persona”, dijo el señor opositor después de hacer su segundo y último examen en un instituto de secundaria de Valladolid.

El opositor he sido yo, pero hablo como quien ha estado leyendo a Arnaldo Calveyra y poco le importa ya su propia vida. En este último tramo, al mismo tiempo que los ataques de ansiedad, el estrés y los días completos de repaso del temario, me he servido de El cuaderno griego para salir de vacaciones. Vacaciones de mí mismo. Entendamos la palabra vacaciones como aquel estadio de las cosas donde no es necesaria una estructura determinada para sostenernos. Esa es la poesía de Arnaldo Calveyra, manual indispensable del opositor.

Al principio pensé en Oliverio Girondo y sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Me decanté por la asociación fácil y quise leer del mismo modo a Calveyra, pero no. Si me empeñara en forzar esta comparación tendría que decir que El cuaderno griego es como si dentro de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía se hubiera escrito En la masmédula. Eso ya empieza a parecerse un poco más. Pero tampoco.

El cuaderno griego debería ser grabado en un audioguía. Uno tendría que pegárselo a la oreja mientras camina por donde le venga en gana -o por Grecia, si a alguien le da por la concreción- del mismo modo que uno se pone un libro delante de los ojos para taparse la visión de las demás cosas. El cuaderno griego son unas vacaciones (en los términos que más arriba hemos establecido) capaces de solaparse con cualquier horario, porque este libro es un verdadero acercamiento al lenguaje privado dentro de un espacio público. No se trata de una aportación de nuevos significados dentro de escenarios más o menos conocidos, sino de todo lo contrario. Es una filtración del lenguaje-de-uno-mismo que pueda delimitarse en estos espacios.

Uno tiene amigos de clase media que, al menos una vez al año, se cogen una semanita libre y se van por ahí, a otro país, a ver otras cosas, a vivir nuevas experiencias, a comer otras comidas y a tener cosas que contar. Estos amigos hacen muchas fotos gracias al milagro de la fotografía digital y luego las utilizan para ilustrar sus apreciaciones sobre lo que han visto y han vivido, se sirven de un discurso multimedia para intentar trasladarme su propia experiencia dentro de un código distinto. Arnaldo Calveyra sigue un procedimiento parecido, pero tiene un detalle en cuenta: sabe que su experiencia dentro de un código que yo desconozco solo puede trasladarse a través de un lenguaje que yo también desconozco, por lo tanto, la única fórmula válida de traslación es el discurso poético, forma alternativa al discurso multimedia de mis amigos.

Habrá alguien que se atreva a preguntar qué método es más efectivo a la hora de compartir nuestras vivencias. Casualmente, mis padres se van unos días de vacaciones y pasarán por Grecia. Traerán fotos (estoy seguro) y muchas anécdotas. Entonces tendré la ocasión de comparar su método con el de Calveyra. Y la vara de medir será esta: ¿habría sobrevivido yo a unas oposiciones sirviéndome de la visión esporádica de una foto del Partenón de Atenas bajo el que posaran mi hermana y mis padres?

 

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