Juan Gelman y mi rollo confesional

El emperrado corazón amora, de Juan Gelman

He pasado el fin de semana en Salamanca y, entre otras cosas, tengo la sensación de haber ido allí a leer lo que no leo aquí. Necesito hacerme una idea de qué dinámica han seguido mis lecturas y mis no-lecturas los últimos meses. También quiero hablar de Juan Gelman, por fin, pero será mejor que lleguemos a él de un modo escalonado:

  1. Adoro mi trabajo. Este año doy clases en bachillerato y, además, se las doy a gente mayor, a gente considerablemente interesada por lo que voy a contarles. Dedico muchas horas a preparar clases, a leer cómo otros explican la lengua y a reescribir ejemplos cuando veo que los alumnos no han entendido algo. Me lo paso bien así, trabajando. Este año se ha roto, en gran medida, el horrible binomio “el trabajo cansa / la lectura resucita”. La lectura ha sido otras cosas, pero ya no un paliativo.
  2. La broma infinita es infinita. Sigo con la intención de terminar de leerla. Y el problema de fondo no es que se trate de un libro de muchas páginas. Eso no es un problema. El problema es que se trata de un objeto voluminoso y pesado. Un objeto difícil de mover. Esto me ha ayudado a descubrir nuevos datos sobre hábitos de lectura. Un buen porcentaje de mis lecturas avanza en los transportes públicos y en las horas muertas esperando entrar o salir de algún sitio. Mi lectura se desarrolla en gran parte en los intermedios, en los limbos, en los intersticios. De hecho, cuando me pongo a “leer y ya está” , acabo distraído, acabo en otra cosa. Para mí, la lectura es un mundo paralelo del que entro y salgo por ósmosis. Pero con La broma infinita ese movimiento se hace imposible. La broma infinita no entra a través de esa membrana. Por eso me la llevé a Salamanca, para dedicarle su tiempo y su espacio. El resultado fue que esta novela me pidió leer otras cosas distintas que la vitaminaran y la refrescaran.
  3. Pero nunca he sido un lector de varias lecturas al mismo tiempo. Por ejemplo, me cuesta leer dos novelas a la vez. Si acaso, uso un libro de relatos o uno de poesía como acompañamiento, como acólito novelístico, como lectura orbitante. Durante este último tiempo, quizá debido a la densa sombra que proyecta Foster Wallace, apenas he desarrollado esta opción. Aquí entra, por fin, El emperrado corazón amora, de Juan Gelman, diseminado con un gotero, como el caminito de migas de pan que dejó Pulgarcito, para llegar a alguna parte. Veremos adónde.

Un amigo mayor que yo insistía, usando una metáfora desgastada, que la producción de los poetas era como el caudal de un río, en unos puntos más abundante y consistente y en otros menos, dependiendo de su naturaleza. Siguiendo estos recursos acuáticos, yo apostaría por la imagen de la catarata para definir la obra poética de Juan Gelman. Toda la obra de este señor, desde el inicio hasta sus ochenta y muchos años, contiene la fuerza y el estruendo de una caída continua de agua, también contiene la espuma, por supuesto, la espuma, sea lo que sea eso en términos poéticos. Se podría decir que Gelman es un señor que se mantiene completamente en forma, en la forma que él ha decidido, en la forma resultante de su exploración literaria.

Una de las razones por las que leo poca poesía en los últimos años es porque el resto de los poetas que encuentro en las librerías no se parecen a Juan Gelman. Mi visión de lo poético es reducida y muy excluyente, y esta visión es, según mi modo de entender la poesía, una virtud. El problema estriba en que me es muy difícil encontrar autores que puedan ser abarcados por esta visión. Juan Gelman es uno de esos poetas que están dentro desde que empecé a leerlos en la universidad, y sigue estándolo con la misma presencia hoy día, gracias a su último título, El emperrado corazón amora. Juan Gelman no se cansa de dejarse ver así de bien y yo no me canso de él, ojalá que esto dure muchos años más. Se me podría pedir ahora que hablar de esa visión poética, pero no. Las poéticas personales son aburridas, y este post ya está siendo bastante aburrido sin necesidad de más ayuda.

Al final, con todo esta purga autoexculpatoria, he acabado de leer a Gelman y me he atrevido a asomar por aquí, porque cuando no tengo un ritmo de lectura decente me da vergüenza abrir el blog, creo que no me lo merezco. El detonante ha sido Salamanca en general (con mi fructuosa lectura de Foster Wallace en el bar donde pasaba las horas cuando vivía allí) y Agustín en particular, ya que, justo antes de regresar a Segovia, cuando subí a despedirme y a recoger un libro que le había encargado, me enseñó el verdadero detonante, una edición artesanal de Los poemas de Sidney West y otros poemas, de Juan Gelman, claro. Una edición preciosa, de esos libros que se cogen pero que no se pueden soltar. A precio de segunda mano, pero completamente nueva.

Agustín, intenté contenerme delante de ti, pero ahora voy a patalear. ¡Yo también querría haber encontrado ese libro! ¡Fui el día anterior a las casetas y no lo vi, joder! (LLoros, moqueos, etc.) Al menos me alegro de que lo hayas encontrado tú y no cualquier desaprensivo que no supiera qué tiene entre manos. Ese libro está en las mejores manos posibles (pero aun así me hubiera gustado encontrarlo a mí primero).

Dejo de enrollarme.

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