Ray Bradbury es mi Pepito Grillo

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Por fin me siento embargado por una sensación de ingravidez. He cumplido con mi compromiso con el taller de teatro y hemos representado las funciones previstas de nuestra adaptación de Balas sobre Broadway. Ya no tengo que dedicar mis días a repasar las líneas de diálogo de David Shayne, ni a memorizar exhaustivamente el orden de las numerosas escenas. Ya no me veo obligado a quedar, al menos, dos veces por semana con mis compañeros y con mi profesora, ni a soportar todo tipo de microfricciones ni minidesacuerdos, ni a morderme la lengua o, por el contrario, a convertirme en un tipo antipático. El cómputo general, pese a todo, ha sido positivo, y ni siquiera me apetece explicar por qué. En realidad, la obra ha sido un éxito. El público quedó encantado. Yo debería estar orgullosísimo y debería presumir de mi talento actoral y de bla, bla, bla. Pero hay algo que se impone: lo mejor de esta experiencia es que ya puedo volver a encerrarme en casa y a no tener que compartir mi tiempo y mis energías con nadie.

Qué feliz soy de haberme sentado hoy a terminar de leer Crónicas marcianas. Cuánto bien me ha hecho este libro en el último tramo de los ensayos, raspando el tiempo y apartando la culpa para dedicarme a las páginas de Ray Bradbury, porque los marcianos que él presenta me gustan mucho más que mis compañeros de teatro. No porque tenga nada en contra de mis compañeros, sino porque los marcianos tienen la virtud de estar en Marte.

Yo me había apuntado al teatro -entre otras razones- para demostrarme a mí mismo que era capaz de colaborar con un grupo de personas para lograr un propósito común. En teoría, creo en el trabajo colaborativo para hacer del mundo un lugar mejor; en la práctica, he llegado a pensar de otra forma, pero me la reservo para mí, porque me gustaría estar equivocado. Hablo de todo esto porque, en cierto modo, Ray Bradbury ya me estaba avisando. Crónicas marcianas habla con cierta profundidad y con mucha sencillez de la naturaleza humana. Perfilados con un tono discretamente pesimista, los cuentos encadenados de esta obra son un denso te lo dije con el dedo índice levantado que resuena en cada una de las historias. Y yo no dejo de darle la razón a Bradbury, por mucho peros esperanzadores que me gustaría esgrimir de cara a la vida en sociedad.

Crónicas marcianas, además, es un puzzle montado con piezas de distintos géneros. Aunque, de un modo u otro, para mí siempre acaba siendo un western. Tanto es así que Crónicas marcianas resulta ideal para pararse a meditar sobre la colonización, la globalización o incluso un concepto mucho más en boga: la huella ecológica. De algún modo, esta obra sirve para resumir la Historia del mundo y de cómo esa Historia repite una melodía que está muy bien tarareada en este conjunto de cuentos.

Por otra parte, se trata de una obra de ciencia ficción que mira con complicidad a los ojos a la literatura fantástica. Encaja con una habilidad pasmosa y unos resultados espectaculadores ciertas estructuras narrativas que bien hemos podido leer en Poe, en Hoffmann o en Maupassant en un escenario en donde lo fantástico se aposenta como ciencia futura para dar lugar a un extraño territorio entre dos géneros, ese territorio se llama Marte.

El estilo de Ray Bradbury es como una colchoneta sobre las olas del mar. Uno no sabe cómo pero, al levantar la cabeza, comprueba que la corriente lo ha desplazado con suavidad. Uno, sencillamente, se ha dejado llevar, y se limita a contemplar que en esa sencillez de las olas hay un lirismo que no desvirtúa el vaivén. Así escribe Bradbury, porque es un escritor muy, muy bueno.

Tras mi ingravidez, volveré a la orilla. No sé a qué orilla. No sé qué orilla toca ahora en mi vida. Espero que haya una hamaca y una sombrilla y que nadie me moleste y que me dejen leer tranquilamente otro libro.

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Lecciones de antimaniqueísmo de Jim Thompson

1280 almas, de Jim Thompson

1280 almas, de Jim Thompson

 

Parecer tonto a veces te da una considerable ventaja sobre los demás. Pero es muy difícil parecer tonto, porque 1º) para eso tienes estar seguro de que no lo eres realmente y 2º) has de estar dispuesto a rebajarte continuamente, sea cual sea la situación que se presente. El alivio de parecer tonto es que tan solo se trata de una estrategia circunstancial. Uno se hace el tonto para tomar una posición privilegiada ante los demás, que bajan la guardia, y poder actuar desde ahí con inteligencia y con el beneficio del factor sorpresa. Cuando uno deja de parecer tonto, ya es demasiado tarde para el contrincante.

El protagonista de 1.280 almas  me ha cogido absolutamente desprevenido. A mí y a todos los demás personajes de la novela.

Un compañero de trabajo había traído para mí esta obra de Jim Thompson. Me abalancé sobre ella excitado ante una nueva y desconocida incursión en el género negro. Enseguida tuve una opinión. Y, por supuesto, enseguida quise trasladarle mi opinión a mi compañero para que viera lo rápido que había calado al protagonista. Puse a parir a Nick Corey -el protagonista- por zoquete, vago, irresponsable, etc. Es decir, un personaje construido con una habilidad genial desde la primera línea.

En 1.280 almas, título que responde al número de habitantes del poblado del que Nick Corey es comisario, no aparece una sola persona en la que confiar. No hay buenos en esta historia. Sí hay gente más espabilada que otra, y su protagonista parece desenvolverse entre todos con orgullosa estupidez, en un mundo que traspasa el género negro y adquiere un fuerte tufo a western, a barbarie, a sálvese quien pueda, a solo uno de los dos saldrá de esta, a sobrevivir a toda costa. Ante este panorama, nuestro protagonista se va elevando poco a poco como un globo aerostático que vuela sin hacer ruido. Nick Corey parecía tonto, y yo fui el primero en tragármelo.

No puedo dejar de pensar, por pura coincidencia, en que hace unos días vi Django desencadenado, la última cinta de Quentin Tarantino. Y quise reconocer esa estética descarnada, cómica y atroz de sus pelis en las páginas de Jim Thompson. Me pregunto ahora si Tarantino es un buen lector, me pregunto si habrá devorado las novelas de Thompson y si se habrá producido alguna suerte de ósmosis entre ambos. A fin de cuentas, Jim Thompson fue un importante guionista en Hollywood.

El western fluvial de Haroldo Conti

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Hace unos días terminé de leer Sudeste, y todavía no he dicho nada. En realidad, no me apetece decir mucho. Sudeste es una novela que no he comprado. Me la prestó un compañero del instituto, un profesor de biología al que le encanta recordarme cuánto detesta las nuevas tecnologías –por lo que estoy seguro de que no leerá esta reseña– y que ha leído todo lo que se me podría haber ocurrido para tratar de impresionarle. A los dos nos gusta detenernos en el pasillo y hacer algún comentario aislado sobre lo que estamos leyendo, dilatamos el momento aunque lleguemos tarde a clase, luego seguimos nuestro camino, habiendo ratificado el punto en que se encuentran nuestras respectivas lecturas.

De Haroldo Conti le he dicho varias cosas. No lo hubiera leído, al menos de momento, si él no me hubiera prestado la novela. Sudeste podría empezar como aquel cuadro barato que había en el salón de mi casa cuando yo era un bebé. Todavía vivíamos en aquel piso. Mis padres se turnaban para alimentarme, porque yo me negaba a comer y llegué a provocar una situación crítica. Me han confesado en más de una ocasión cuánto llegaron a asustarse y a desanimarse. Tuvo que ser una época horrible, con un hijo que escupía todo lo que se le metía en la boca, pero, afortunadamente, descubrieron un arma maravillosa, podríamos decir que la literatura me salvo la vida ya desde pequeño.

En el salón de aquella casa había un cuadro en donde aparecía una cabaña junto a un lago, había un embarcadero con una sola barca. No aparecía ningún personaje, y ahí entraba la narración de mi padre, que me contaba cómo el dueño de aquella barca estaba preparando su próximo viaje dentro de la cabaña o estaba recogiendo algunas cosas importantes detrás de la cabaña, y cómo, en breves momentos, aparecería con el equipaje e iría colocándolo debidamente en la barca. Una vez preparado para partir, soltaría amarras y desaparecería rápidamente del sector de lago que podíamos contemplar dentro de la escena, continuaría navegando lago adentro, quién sabe hacia dónde. Mi imaginación seguía a aquel navegante más allá de la imagen del cuadro, activando el único resorte que abría mi boca y que me permitía tragar todo aquello que mi madre me introducía con una cuchara.

Aquellas narraciones de mi padre coinciden con el comienzo de Sudeste. El punto de partida es prácticamente el mismo. He tenido que esperar casi treinta años para poder saber cómo continúa la historia. Resulta que el dueño de aquella barca es como el llanero solitario, se mueve a través de los distintos ríos del delta como si se tratase de un cowboy a lomos de su caballo, viajando indefinidamente. El western se respira en cada uno de los planos panorámicos que nos ofrecen las doscientas primeras páginas de la novela, donde el personaje mantiene una estrecha relación con lo salvaje, una coyuntura armónica que permite que el personaje se encuentre en paz siempre y cuando siga solo. Ahora que lo pienso, una de las cosas que más me fascinan de los personajes de western es su transformación cuando abandonan la soledad y se encuentran con “el otro”, dejan de ser pacientes anacoretas para convertirse en guerreros impulsivos.

Como es de imaginar, pasé estas doscientas primeras páginas de Sudeste disfrutando del ascetismo de un cowboy fluvial, pero esperando, sin embargo, que se produjera el inevitable envite contra cualquier otra alma descarriada que habitara los ríos. Ese punto llegó, ya cerca del final, y me decepcionó profundamente, me jodió el final de la novela. En lugar de violencia, obtuve confusión. En lugar de un duelo, encontré un plan mal trazado. Los planos panorámicos no fueron cerrándose debidamente y me fue muy difícil vislumbrar qué diantres estaba pasando allí al fondo. Todo lo que pude ver, desde mi posición de lector, fueron algunos gestos altaneros y algunas muertes incomprensibles. Poco más. Es una pena. Quizá, el final de esta historia también me la tendría que haber contado mi padre.

La gran novela americana escrita por Garth Ennis

He oído que cuando Lars von Trier estrenó Bailando en la oscuridad recibió una crítica que me parece muy graciosa. Alguien se indignó mucho y le dijo que cómo podía hablar así de los Estados Unidos si él jamás había pisado ese suelo. Claro, la respuesta era fácil, a Lars von Trier le bastó alegar que la mayoría de la cultura mediática que había consumido desde pequeño procedía de este país.

En un principio, me sorprendió que Garth Ennis, el guionista de Predicador, fuera irlandés. Esta obra resume demasiado bien lo que he visto y oído de Estados Unidos, y no imaginaba que esto me lo contaría un tipo de fuera. Leyendo el final del tercer volumen, después de las series especiales, el propio Ennis contaba cómo había crecido viendo westerns. Lo imagino contemplando el televisor tal y como lo tuvo que hacer Lars von Trier y tal como lo contemplé yo desde niño o cualquiera de ustedes. Lo importante es qué hacer con todo lo que vemos en esa pantalla.

Estoy muy contento de haber crecido con un televisor al lado. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos. A una distancia adecuada para que este artilugio me ayudara a formarme como persona. Ha sido fabuloso contemplar el mundo a través de The A-Team, de The Fresh Prince of Bel-Air, de The Simpsons o de Family Matters. Aunque esto sea difícil de reconocer, he aprendido montones de cosas gracias a estos y otros programas, y a la industria de Hollywood dosificada en mi pequeña pantalla unifamiliar. De aquí proceden valores, hábitos, estilos de vida, moral, ideologías, etc. que uno ha ido reabsorbiendo lentamente hasta hincharse y crecer y hacerse adulto. ¿Y ahora qué?, ¿qué hacemos con todo este material? Este material es maravilloso, porque sirve como modelo y antagonismo al mismo tiempo. Este material sirve para todo. Solo hay que hacerle caso a la etiqueta que lleva al dorso: handle with care.

Garth Ennis me parece uno de esos tipos que han sabido cómo manejar con cuidado este material, y todo ello está en Predicador. Autores como Don Delillo, David Foster Wallace, Jonathan Franzen, Philip Roth, etc. se han acercado a esa idea fascinante y egomaníaca denominada la gran novela americana. Si he entendido bien, esa idea es, más o menos, el proyecto de meter toda la cultura hipertrófica de Estados Unidos en un libro. Pero lo que más me gusta de esa idea es la imposibilidad de alcanzarla completamente. Todas las obras aspirantes a gran novela americana no pasan de ser aspirantes y, además, lo son dentro de una coyuntura concreta. La gran novela americana no puede ser fosilizada porque EE.UU. sigue “sobreproduciendo” continuamente y esto obliga a reflejar nuevos aspectos del mismo organismo. Esto me lleva a dos preguntas: ¿es la novela el mejor formato para construir la gran novela americana? y ¿puede realmente un estadounidense escribir la gran novela americana o es necesaria la perspectiva distante del extranjero? En realidad, me hago estas dos preguntas simplemente porque me vienen bien para lo que quería decir.

El problema de que uno hable de sí mismo es que uno dice lo que le da la gana sobre sí mismo. A mí me hace mucha gracia cómo a mi amadísima Elisa Calatrava le gusta resaltar aspectos de mi personalidad que yo jamás me atrevería a confesar por mi propia iniciativa. Lo hace en casa, en la intimidad, y es divertido ver cómo me entiende ella. En el caso de Garth Ennis, es fácil comprobar su amor hacia todo lo que le ha supuesto la cultura americana y que, por tanto, tiene toda la legitimidad para interpretarla. Por eso, para mí, un extranjero es quien mejor ha dado en el clavo -hasta el momento- con lo que yo he aprehendido de EE.UU., también desde el extranjero. Por suerte o por desgracia, Garth Ennis jamás podrá ser presidente de los Estados Unidos de América por no haber nacido allí, ya que ese es uno de los requisitos (me he estado informando por si acaso me dejan dominar el mundo), pero su discurso sobre este país me parece, quizá, el más revelador de todos.

Respecto de lo demás, se me ocurre decir que siempre estamos pensando en una novela. Pero también podríamos buscar en un cuento de John Cheever, en teleseries como Mad Men y The Wire o, por supuesto, en un cómic como Predicador. No creo que el formato de América sea la novela y, la verdad, no tengo ni idea de por qué digo esto. Pero supongo que deberíamos plantearnos si hay un formato adecuado para cada sistema de producción cultural.  El western, el policial, la ciencia ficción, el thriller, etc. Todo eso debería encajar en algún formato mejor que en los demás. Todo eso está en Predicador, aunque a mí no me pregunten, yo no sabría qué contestar. Este tema me supera. Ustedes podrían aclararme las ideas.