Un trono de Semana Santa para Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

Ciclo de las resurrecciones, de Angélica Liddell

¡Aquí se viene a sufrir!

Llevo amodorrado un tiempo y estoy saliendo de una extraña zona de confort en donde mi felicidad se obtiene por un camino poco adecuado a mis expectativas. ¿Y sufrir es la solución? No, pero vivir más intensamente y lograr que las buenas intenciones se conviertan en acciones contundentes necesita de un pincho que me haga saltar, de un resorte que me haga reaccionar. El sufrimiento medido y correctamente aplicado es el pincho para salir de la modorra. Angélica Liddell es esa dosis de sufrimiento empático y renovador; Ciclo de las resurrecciones es la tormenta con la que convivir, la tormenta que me hace calcular mis movimientos para salir airoso.

Angélica Liddell es de lo mejorcito que se pueda leer en este país. Angélica Liddell es un ángel caído en España. Angélica Liddell es el Jean Genet o el Thomas Bernhard con el que siempre quise compartir documento nacional de identidad. Angélica Liddell es libérrima. A Angélica Liddell yo no le importo un carajo, ni ustedes tampoco. Angélica Liddell es, a la vez, mesiánica e invisible. Angélica Liddell lleva razón cuando habla. Angélica Liddell es Premio Nacional de Teatro. A Angélica Liddell no la conoce ni el tato. Angélica Liddell merece todo mi proselitismo.

Resumiendo demasiado, las últimas exploraciones de Angélica Liddell tienen que ver, a mi entender, con la subversión de ciertos cánones, de algunos cimientos básicos. Desde la transgresión del feminismo a partir de una violación en donde la violada se apodera del violador amándolo y obligándolo a vejarla, a la aniquilación de Jesucristo transformándolo en un hombre amado al que Angélica coacciona para que él no deje de pensar en ella. De un modo u otro, Angélica Liddell busca en esta etapa de su obra lo misterioso, lo que ya no se atiene a teorías ni cánones, descreída como confiesa sentirse de todo. ¿Y qué hay en lo misterioso? Según ella, lo misterioso es la puerta hacia lo sagrado. Por supuesto, lo sagrado desarticula toda imaginería religiosa previa, que no deja de ser un artificio que nos aleja de esta meta.

En Angélica Liddell he vivido un ateísmo místico como si un San Juan de la Cruz nihilista se tratase. Hay quien podría ver en ella un pesimismo y un derrotismo ante la vida, pero yo he encontrado lo contrario, una luz que nos ilumina cuando todo está perdido. Me pregunto hacia dónde se dirigirán sus próximas obras, porque el camino que dibuja es un discurso verdaderamente estimulante intelectualmente. Me queda por leer la obra que hay entre este Ciclo de las resurrecciones y La casa de la fuerza. Angélica Liddell me hace feliz, me hace creer que, si acaso no hay esperanza, al menos, hay un modo de seguir adelante con coherencia. Y para darle más leña a este fuego, Angélica Liddell se declara una enferma y, claro, ustedes ya lo saben, la enfermedad ronda mi vida y, por tanto, mi identidad y, por tanto, mi forma de ver el mundo. Ante la finitud de las cosas, en ella encuentro cierta trascendencia aplicable a mi día a día.

Y nada más, joder, que parezco un groupie con las manos alzadas coreando los grandes éxitos de una estrella del rock. Ya saben, esta tía me toca la fibra. Con eso basta. Con eso y con este vídeo, en donde la entrevistan y ella habla de su poética y a mí se me caen las bragas asimilando cada una de sus ideas:

PD: Termino el libro en plena Semana Santa y lo sagrado adquiere un sentido antagónico. El último texto del libro lo confirma:

SALMO XII

De nada hubiera servido leer la profecía, pues hubiera hecho este mismo viaje.
He llegado hasta la rosa de cuatro pétalos, hasta la roca y hasta el patio.
He llegado hasta los pies del Bautista
con la intención de matarme bebiendo oro derretido.
Cuanto más asciendo, más sufro,
cuanto más concluyo, más ancho se vuelve el círculo,
vivo en la boca de mi tumba.
Bajo el éter de tu nacimiento, no hay una escama de mi cuerpo que no tiemble,
como si mi corazón bombeara espinas.
(Sentía los dolores de tu mismísimo parto,
en mis dedos, mi pecho, mis rodillas y mi garganta.)
Si abres mis labios con tu lengua, oh Señor, moriré cantando,
aun con las entrañas abrasadas por el oro ardiente, moriré cantando,
y así como el calor del sol se hace vino,
mi ardor se hace lágrimas.
Ahora me marcho ensangrentada camino a Citerea.
¿Por qué para coronarme me han clavado en la frente las puntas de las estrellas?

Tennessee Williams en mi tejado

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Una gata sobre un tejado de zinc y Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams

Pasé un día con J. en Lavapiés. Fuimos a ver una exposición de Jan Svankmajer y, a la salida, buscando un sitio donde comer, nos topamos con la librería Yorick. Allí compré varias obras de teatro que me daba vergüenza reconocer que no había leído. Entre ellas, me hice con Una gata sobre un tejado de zinc, seguido de Un análisis perfecto hecho por un loro, de Tennessee Williams. De esta forma, he comenzado a subsanar estas lagunas escénicas, ahora que me dedico al teatro casi plenamente y que, por tanto, mi alarmante desconocimiento logra ruborizarme.

Pretendo considerarme un buen lector, sin embargo, casi todo lo que leo es narrativa. Por suerte, tengo un buen bagaje de lecturas poéticas. Por el contrario, apenas leo ensayo. En cuanto al teatro, solamente le presto atención de vez en cuando. ¿Realmente puedo considerarme un buen lector con estos hábitos?

A lo mejor esta no es una pregunta insignificante si, para colmo, me da por pensar que quizá la gran novela americana sea, en realidad, una obra de teatro y la haya escrito Tennesee Williams, porque Una gata sobre un tejado de zinc probablemente encierra en pocas páginas todo -o, al menos, buena parte de- lo que los grandes narradores americanos han tratado de plasmar en tochos de más de quinientas páginas. Williams no solo da en el clavo, sino que compone toda una sinfonía con los golpes de su martillo en los distintos clavos que todo el mundo quiere clavar. Por supuesto, para hablar del mundo en el que vive, de la sociedad, de los valores, etc, el instrumento ideal siempre es la familia. Ya lo he dicho varias veces, la familia es la mejor estructura narrativa posible. No imagino una gran obra que hable del ser humano en todas sus dimensiones sin que se sirva, en mayor o menor medida, de la estructura familiar.

En la primera página, con solo unas cuantas líneas de diálogo, Tennessee Williams nos inserta en las entrañas de Brick y de Margaret, al igual que nos ocurre con los demás personajes a medida que van apareciendo. Esta habilidad de hacernos entender repentinamente al personaje es una rareza. Se la había visto, por ejemplo, a John Cheever, que te traza perfectamente un personaje con cuatro líneas. Pero insisto en que me parece una destreza poco común. Y Tennessee Williams la tiene, sin duda alguna.

Uno no está contemplando la habitación de la escena desde un patio de butacas o desde fuera del libro, sino que uno está dentro, apoyado en la pared o sentado en una esquina de la cama, presenciando las discusiones y casi queriendo intervenir en ellas. Pero lo mejor es que no hay manera de ponerse de parte de nadie. Uno no sabe a quién defender, uno siente un extraño apego por todos, del mismo modo que un verdadero recelo. Uno no encuentra amigos ni enemigos, sino la excitante incomodidad de no posicionarse. Uno acaba meneando la cabeza y resoplando porque la vida es muy complicada.

En cuanto a la segunda obra de este volumen, Un análisis perfecto hecho por un loro, no tengo nada que decir. Me pareció intrascendente. Quizá solamente porque la leí a continuación de una obra maestra. No me esforzaré en decir más de esta segunda obra, porque sigo subyugado por la gata. Ahora solo me queda ver la adaptación cinematográfica de Richard Brooks, protagonizada por Elizabeth Taylor y por el inefable Paul Newman.

La guerra a la manera de Wajdi Mouawad

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Cartel de Incendios, de Wajdi Mouawad (no he encontrado la portada del libro)

Dejé de trabajar y me apunté al Taller de Teatro Municipal de Segovia. Era una espinita que tenía clavada desde hace tiempo. Poder medirme según los parámetros de un personaje inventado por otro; permitirme el lujo de no hacer de mí mismo durante un buen rato. Todavía estamos buscando el texto definitivo con el que trabajaremos hasta final de curso. Mientras tanto, poco a poco, mis lecturas se inclinan hacia lo teatral, abriendo una veta a la que todavía le queda mucho por ensanchar.

Aparecen multitud de posibilidades que desearía que lleváramos a escena. La última es Incendios, de Wajdi Mouawad. Esta lectura me ha dejado muy tocado, y me pregunto si lograría tocar con el mismo pulso a un hipotético público en el caso de que nos atreviéramos a construir tanta desolación y tanta tristeza sobre el escenario.

Quizá no hay tristeza más grande que la que describe Incendios, quizá no hay mayor horror, quizá no hay mejor paradigma del fundido en negro dentro de la propia vida. Podría describir en pocas palabras esa tristeza a la que me refiero, pero trato de morderme la lengua para no escupir el espoiler que se me acumula en la garganta. A lo sumo, me aclaro la voz y confieso que Sófocles estaría orgulloso de semejante vuelta de tuerca. Ustedes no quieren saber de qué va Incendios, y sus personajes tampoco hubieran querido saberlo. Todos éramos más felices antes de conocer esta historia.

Wajdi Mouawad es un autor canadiense de origen libanés, y nos habla de la guerra entre cristianos y musulmanes en su país natal. Pero eso es lo de menos. Incendios trabaja con el recorrido de la memoria y del descubrimiento personal para reconstruir la identidad (algo similar al funcionamiento de la película Vals con Bashir, de Ari Folman, que ha planeado sobre mi cabeza durante la lectura de esta obra). Pero eso es lo de menos. El meollo de la cuestión duele más que la suma de estas dos desgracias. Me parece que Incendios es un título muy apropiado, porque tras la lectura uno queda hecho cenizas.

Imagino a Carlos Tongoy leyendo esta obra. ¿Se le haría a él también un nudo en la garganta? Él siempre dice que la poesía no es lo suyo. Pero me acordé mucho de él leyendo el texto, porque para Wajdi Mouawad lo poético resulta imprescindible para poder afrontar ciertas realidades. De hecho, me doy cuenta de que me interesa ese tipo de teatro que se apoya en la metáfora y en lo simbólico para verbalizar de un modo más amplio, rotundo y certero con que solemos decir en nuestras vidas con un código practicable pero insuficiente. Incendios posee un lirismo arrollador, un lenguaje que excede los lugares comunes de la guerra.

¿Y qué se puede hacer con un texto así? Pues a Denis Villeneuve se le ocurrió hacer una película, darle mayor importancia a las imágenes y cercenar el texto. Se le ocurrió cambiar ciertos elementos, resumir ciertas piezas. Se le ocurrió darle una extravagante coherencia al conjunto. El resultado, para quien haya visto Incendies, de Denis Villeneuve, es una versión Disney del texto original. Un acercamiento comedido y despojado del desgarro que propone Wajdi Mouawad. No creo en eso de que el libro siempre es mejor que la película, pero en este caso no hay color. Comparen ustedes.

 

Shakespeare, Shakespeare, Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

Coriolano, de William Shakespeare

 

/1/ SHAKESPEARE

Hace un mes o así, en una de mis sesiones de diálisis, me apeteció ver una película en la pantalla de mi ordenador, sirviéndome de unos auriculares para no molestar. De entre todas las posibles, elegí una por la cual no tuviera especial interés en verla con el proyector; sencillamente pretendía ver una película que no perdiera muchos puntos dentro del pequeño marco en la que iba a ser reproducida y que me hiciera más llevadero el tiempo en la cama de hospital. Me decanté por Coriolano porque no preveía nada a favor ni en contra de la ópera prima de Ralph Fiennes y porque jamás había oído hablar de esta obra de William Shakespeare.

Observar sin expectativas es un regalo del que en contadas ocasiones disfruto. Pese a las incómodas interrupciones provocadas por el escaso flujo de megas del internet hospitalario y pese a las necesarias interrupciones del personal sanitario, presencié cómo dentro de mi ordenador crecía un portentoso monstruo y se hacía fuerte. La experiencia fue tan inesperada y sobrecogedora que no supe distinguir con claridad los miembros que conformaban al monstruo. ¿Cuánto era de Shakespeare y cuánto de Fiennes?

/2/ SHAKESPEARE

Por supuesto, a continuación fui a una librería a hacerme con un ejemplar para conocer el texto. Coriolano es una de de las llamadas obras romanas de William Shakespeare, pero está claramente emparentada con sus tragedias. Si me preguntan, me parece superior a las dos o tres que ya he leído (Romeo y Julieta, Otelo y Hamlet). De hecho, ahora me siento impaciente por devorar sus demás tragedias para comprobar si hay alguna que supere esta maravilla.

Quizá me encuentro entusiasmado porque este Shakespeare hace mejor sociología política que todos los programas de análisis de la actualidad que puedan verse en la parrilla televisiva. Que Shakespeare siempre acierta con la esencia humana es un lugar común, pero que también refleje el comportamiento de una sociedad es un lugar en el que no había estado antes. El personaje de Coriolano representa todo lo que odio, él -por unas razones- y el resto del reparto de políticos -por otras- son lo que hoy en día desearía derrocar y sepultar; sin embargo, también he gritado de emoción dejándome embaucar por la épica, me he conmovido ante la madre de Coriolano, he suspirado por la suerte de todos los personajes.

Tuve un compañero de trabajo con el que procuraba llevarme bien pese a nuestras discrepancias. Me dijo un día, tomando una cerveza, que para él existían dos pilares fundamentales: la familia y la patria. Logré no reírme en su cara. Me mostré muy educado. No fui capaz de contemporizar con él, pero, al menos, pude añadir mis «matices ideológicos» con delicadeza y elegancia. Pues bien, esta vez no tengo por qué repetir mi postura: la perdición de Coriolano es fundamentar su vida en las mismas ideas que mi compañero de trabajo. Coriolano es un personaje espectacular y grandioso, pero también es un mulo, un animal de poca inteligencia. Ahora puedo reírme de él como no lo hice de ese compañero de carne y hueso que me soltaba semejantes chorradas mientras sostenía una caña y sonreía con autocomplacencia. Gracias, Shakespeare, por darme una segunda oportunidad para no callarme.

/3/ SHAKESPEARE

Nada más terminar el libro, vuelvo a ver la adaptación cinematográfica de Ralph Fiennes. Esta vez en el proyector, esta vez con los altavoces de mi home cinema. Y ahora me gusta tres veces Coriolano. Lo he descubierto, lo he leído atentamente y, por último, he disfrutado de todas las decisiones a la hora de adaptar cada escena. Por supuesto, Fiennes se deja atrás algunos pequeños pasajes un tanto irrelevantes, pero, a cambio, logra enriquecer el texto en cada una de las soluciones que propone, haciéndolo más ágil en la pantalla gracias a partir de acertadas elipsis y condimentándolo con imágenes que iluminan el sentido del texto original.

Para más placer, todavía suena en mi cabeza el timbre de voz de Ralph Fiennes. Todos los actores ponen el listón muy alto, pero, además de este en el papel protagonista, tengo que subrayar con un estuche entero de rotuladores la interpretación de Vanessa Redgrave, haciendo de Volumnia, madre de Coriolano.

En conjunto, una auténtica gozada. Por separado, también.

El amor en los tiempos de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

Antes a mí no me daba corte -cuando me ponía a leer en una cafetería, en el autobús o en un parque- dar rienda suelta a mis gritos de entusiasmo, lanzar el libro hacia arriba para celebrar sus páginas o dar golpes de satisfacción contra cualquier objeto inerte. No me importaba que los demás me miraran con cara de sorpresa o estupor y se preguntaran que qué diantres le ocurre al tío ese montando tanto jaleo con su dichoso librito. Con el tiempo, he ido sintiéndome más y más idiota y hace mucho que ya no hago esas cosas. Pero acabo de leer La casa de la fuerza / Te haré invencible con mi derrota / Anfaegtelse y me han entrado unas ganas locas durante su lectura de dar saltos en el asiento, de aullar como un mono feliz y de lanzarle el libro a la cabeza a alguien para que se dé cuenta de lo que se está perdiendo por no leer a Angélica Liddell. Me he zampado las tres obras de teatro del tirón, en un bar mientras esperaba a mi amadísima Elisa Calatrava, en la biblioteca del instituto mientras le hacía el examen a una alumna que se tenía que ir pronto y en clase mientras mis demás alumnos hacían el mismo examen. No me he atrevido a gritar y a revolcarme en el suelo de gusto ante el discurso brutal y sangrante de Angélica Liddell porque mis alumnos, pese a que me han visto hacer ya muchas payasadas, no tienen por qué soportar eso. A cambio, he usado Facebook para desfogarme y, al mismo tiempo, parecer un tipo civilizado.

 Todo este regocijo podría ser entendido como la consecuencia de leer una obra maestra, pero no. Estos tres textos no son una obra maestra, si acaso, algo mejor: una obra con la que identificarme, con la que conectar, con la que sentirme a gusto en sus virtudes y sus defectos. Una obra-líquido amniótico. Una obra por la que partirme la cara en los mentideros de las redes sociales y en las tertulias más sofisticadas. Por ejemplo, el próximo que me cite a Shakespeare para hablarme del amor le meto entre pecho y espalda un parrafazo de Angélica Liddell.

Y es que esta señora habla de amor, y con él define al sujeto de nuestros días en tensión con lo femenino y con una sociedad globalizada e intolerable. La histeria de los personajes de Angélica Liddell parece el resultado de un amor que ya no nos hace sentirnos unidos a nadie y tampoco sirve para sentirnos diferentes a los demás. En sus textos hay una brecha, una crisis, hay algo irreparable y no tengo ni idea de si el amor podría servir de sutura o de apoyo o si solo es un fantasma que nos atraviesa y que nos hace sentir un calambre o un escalofrío.

Le dije a un querido compañero de trabajo: «Angélica Liddell me recuerda a Jean Genet» y él me miró valorando y ya casi desaprobando mi ocurrencia. Entonces rectifiqué: «De hecho, no. Angélica Liddell es todo lo contrario a Jean Genet y por eso me recuerda a él». Porque Angélica Liddell no se posiciona en el afuera y desde ahí destruye, sino que Angélica Liddell es, más bien, una autoinmolación emocional desde el mismo centro de la vida que tenemos montada; es una contradicción que agita los códigos de conducta que usamos habitualmente; es un espejo que refleja desde dentro.

A mí esta señora me ha pellizcado y me ha convencido. Me ha hecho sentir más vivo, más persona; incluso me ha hecho sentirme como una mierda, y yo se lo agradezco. La seguiré leyendo para descubrir más cosas de mí mismo y de todos ustedes. Y, sí, lo sé, estoy eufórico, pero es que estoy arrastrándome como puedo hacia el fin del curso y estos subidones me sirven de catapulta.

Friedrich Dürrenmatt escribiendo The Wire

El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt

El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt

El otro día, mi amadísima Elisa Calatrava y yo estuvimos ordenando nuestros libros por géneros. Descubrimos, muy sorprendidos, que tenemos más volúmenes de ensayo y filosofía que de poesía. Ganan por poco, pero ganan. La sección de cómics también es modesta, pero va creciendo poco a poco, al fin y al cabo se trata de un gusto relativamente reciente en nuestras vidas. La sección de narrativa abarca la mayor parte del espacio. Pero, ahora que lo pienso, ni si quiera le hemos dedicado un hueco a la sección de teatro, lo hemos dejado donde estaba, intercalado entre las novelas, quizá porque son muy pocos y quizá porque no hemos aprendido todavía a darles la importancia que tienen. Últimamente estoy leyendo bastante teatro, entendamos por «bastante» un porcentaje visible respecto de mis demás lecturas: Genet, Fassbinder, Shakespeare, Weiss y Vian desde abril del año pasado. Y ahora le ha tocado el término a El cooperador, de Friedrich Dürrenmatt.

En un momento de esta pieza, más o menos a la mitad, uno de los personajes, declarado anarquista, dice:

Ya que el individuo se convierte en esclavo de su propio sistema, él debe destruir sin cesar este sistema. Las revoluciones, con sus innumerables víctimas, tan solo crean nuevas necesidades de cambiar otra vez el mundo. En vano inventamos nuevas ideologías, en vano erigimos nuevas utopías. Se ha hablado demasiado. Solo una misera más grande, llevará al hombre a la razón.

(El subrayado es mío)

Yo todavía no sabía que, dentro de la lógica de El cooperador, la opción que he resaltado en subrayado era la más congruente y la más serena de todas. Porque esta obra funciona como si William Shakespeare, con todos los rasgos de sus tragedias, estuviera escribiendo la serie televisiva The Wire. En esta sociedad, el científico ayuda al criminal, el criminal al policía y al político, y estos, nuevamente, a los criminales. El sistema es una lucha de poderes que se tensan continuamente, en donde todos cooperan, únicamente, para salir beneficiados en detrimento de los demás. Hay un modo de no participar en este juego, lo dice un personaje casi al final: «Aquel que muere no coopera más.»

¿Y yo? ¿Voy a tener que morirme para no cooperar? ¿Y ustedes? ¿Hay otras formas de no cooperar? ¿Estamos dispuestos a afrontarlas? ¿Qué es más cómodo, creer en el sistema y cooperar o negarlo pese a que se coopera? Dürrenmatt no nos ofrece respuestas en su obra. De todos modos, tampoco creo que haya muchas respuestas válidas fuera de este texto. Sus tesis y sus planteamientos son casi siempre brutales. Recuerdo que me impactó mucho otra de sus obras de teatro, La visita de la vieja dama, y, de hecho, estoy deseando leer Los físicos, en donde, según tengo entendido, se trata un tema que aquí se ve tangencialmente. Me refiero a la implicación moral que supone el trabajo de un científico. Friedrich Dürrenmatt, para mí, siempre es un valor seguro, un golpe en el estómago necesario.

Boris Vian y sus plantas carnívoras

Los constructores de imprerios o el Schmürz, de Boris Vian

Los constructores de imprerios o el Schmürz, de Boris Vian

Porque su novela más afamada, La espuma de los días, sea considerada una historia de amor para adolescentes y se lea con fruición, según dicen, en los institutos de toda Francia, no va a pensar uno que Boris Vian es un cualquiera. La espuma de los días, como otras novelas suyas, por ejemplo, El otoño en Pekín, revelan uno los puntos fuertes de su estilo; a saber, un uso calculado de la frivolidad para poder dar el salto hacia algunos de los gestos más crueles y despiadados que he encontrado en un libro. La literatura de Boris Vian es como alguna de esas flores carnívoras, de colores embaucadores y dispuesta a aplastarte las vísceras; la literatura de Boris Vian es un señor malvado y ladino vistiendo una pajarita elegante.

Pero todo esto no trata sobre sus novelas, sino sobre su recién descubierto teatro -recién descubierto para mí, quiero decir-, ya que, últimamente, el interior de mi cabeza se ha vuelto plano y ahí encima deambulan los personajes de las obras que leo interpretados por mis propios fantasmas. Los constructores de imperios o el Schmürz es una función teatral representada en bucle ahí dentro. ¡Estoy tan entusiasmado! Los textos teatrales de Jean Genet y Peter Weiss llegaron a mi vida gracias a mi compañero Rodrigo. Ayer estuvimos hablando de Pirandello y este lunes quiero hablarle yo de Boris Vian y del descubrimiento que he hecho yo solito.

Dicen por ahí que Los constructores de imperios o el Schmürz es heredero del teatro del absurdo, aunque intuyo que, además, habría que incluir en su árbol genealógico al teatro de la crueldad de Artaud. Boris Vian no abandona aquí sus constantes chascarrillos surrealistas que aderezan sus obras con peripecias y provocan perplejidad y cosquilleo en los lectores más desenfadados. Pero, pese a que pudiera parecer lo contrario, nada es gratuito. Los constructores de imperios es la construcción de un paradigma, en el sentido que lo pueda ser El castillo, de Franz Kafka, por ejemplo. En Kafka todo resulta más árido -sin ser esto mejor ni peor-, mientras que en Vian podemos sonreír, sonreímos y se nos agrietan las comisuras de los labios.

En esta pieza teatral, una familia va subiendo las plantas de un edificio a través de una escalera para huir de un ruido que los atemoriza -el Ruido-; en cada una de las plantas se instalan durante un tiempo, viviendo tranquilos, pero cada piso es más pequeño y precario que el anterior, hasta que el ruido vuelve a acecharlos. Además, en cada uno de ellos encuentran al Schmürz, un ser desvalido y andrajoso, cubierto de vendas, al que golpean brutalmente con toda la naturalidad del mundo al tiempo que hacen caso omiso de su presencia.

ZÉNOBIE (amenazante).- Y ahora, ¿qué va a pasar?

MADRE (cosiendo).- Tu padre se ocupa de eso.

ZÉNOBIE.- Va a ser como antes, solo que un poco peor. Vamos a vivir un poco peor, haremos los mismos gestos, un poco menos vivos, con menos cuidado en los trabajos. Las noches pasarán, los días serán parecidos a las noches y, de repente, escucharemos el ruido, subiremos la escalera, olvidaremos algo… Y no habrá más que un solo cuarto…, donde ya habrá alguien.

La hija es el único personaje capaz de afrontar la situación, mientras que los padres prefieren huir, conservando así al menos un poquito de lo que antes tenían. Esto me recuerda un poco a Ruido de fondo, en la actitud de los padres y de los hijos, en lo que convierte a los adultos en conservadores, cobardes y sumisos. Como toda obra paradigmática, se trata de un texto de un inmenso y revelador simbolismo del que se pueden sacar multitud de lecturas. Dada la coyuntura socioeconómica de nuestros días, una de las opciones sería leer esta pieza como un relato del comportamiento humano ante la pérdida del bienestar. Quizá Los constructores de imperios o el Schmürz explique por qué no hay revolución incluso mejor que el Marat-Sade del post anterior, quizá se comporte como una suerte de Casa tomada cortaziana con brotes de histeria ante la pérdida del status quo.

O quizá no sé lo que digo. Boris Vian me llena la cabeza de colibríes. Solo hay que oírlo cantar, mientras mi amadísima Elisa Calatrava me traduce sus letras cuando viajamos en coche, para que su aliento sinestésico me deje bajo la lengua un extraño sabor agridulce.

¿Demasiado tarde para Shakespeare?

Hamlet, de William Shakespeare

Hamlet, de William Shakespeare

¿Cuántos libros les da a ustedes vergüenza reconocer que todavía no han leído? ¿Cuáles son? Si los leen ahora, ya demasiado tarde como para que luzcan en sus currículums de lectores, ¿lo confesarán en público? En mi caso, uno de ellos es Hamlet, de William Shakespeare. He tardado treinta y un agostos en leerlo. Hasta ahora, cuando Hamlet salía en una conversación, yo hablaba sobre la obra solo de oídas, estrujando la información que he ido pillando al vuelo por aquí y por allí, derivando las charlas hacia Romeo y Julieta (que me dejaba a la altura de cualquier hijo de vecino), Otelo (que me dejaba en mejor lugar) y La tempestad (que me hacía parecer un entendido en Shakespeare). Por supuesto, nada de Macbeth, ni de Rey Lear, ni de todo lo demás. No obstante, Hamlet, de algún modo, era el hueco más inconfesable.

¿Y qué diantres he estado yo esperando durante tanto tiempo para leer esta obra? Ha sido una lectura maravillosa, con una trama tan bien hilada que no tiene nada que envidiarle a las virtudes propias del género de la novela. El príncipe Hamlet es un personaje carismático, con el que nos tomaríamos un whiskazo si nos lo encontráramos en un bar a las tres de la mañana. Me he pasado toda la obra siendo uno de los personajes amigos de Hamlet, por lo que me ha tenido de su parte en todo momento. Pero, claro, ustedes ya lo saben, en las tragedias de Shakespeare muere hasta el apuntador. Por suerte, Shakespeare siempre espera hasta el final para hacer sangre, para que al lector-espectador no le ocurra lo que a mi amadísima Elisa Calatrava con las teleseries, que a veces pretende dejar un capítulo a medias, encolerizada e indignadísima, cuando matan demasiado pronto a un personaje con el que haya empatizado.

Por otra parte, me ha entusiasmado el uso del teatro dentro del teatro. Shakespeare plantea un juego metaliterario que encaja perfectamente dentro de la trama y sirve como efectiva y original herramienta para contar la historia con una mayor economía narrativa. Shakespeare y Cervantes utilizando la metaficción en Hamlet y El Quijote a principios del siglo XVII, y a nosotros se nos llena la boca hablando de la Posmodernidad -y a mí el primero.

Hasta cierto punto, me siento ridículo haciendo una reseña sobre Hamlet. No voy a descubrirle nada a nadie. Pero, al menos, puedo vocear que por fin sé quién es Yorick.

 

R. W. Fassbinder unplugged

Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de R.W. Fassbinder

Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de R.W. Fassbinder

Cuando vivíamos en Salamanca, la biblioteca de Las Conchas era un surtidor de felicidad constante. Tenían una sección de cine maravillosa, que colmaba nuestras contadas horas de ocio sin coste alguno. Entre tantísimo donde elegir, había una lista interminable de películas de Fassbinder. Sugerí a mi amadísima Elisa Calatrava que nos lleváramos una de sus cintas y esa fue mi perdición, porque entró en tal frenesí de adoración proFassbinder que, a partir de entonces, intentaba colarme sus películas cada vez que le era posible. Tuvimos Fassbinder hasta en la sopa, sus películas buenas y sus películas malas.

Yo, en realidad, debería estar hablando ahora de Flaubert. Pero es verano y el Realismo da mucho calor. He «aparcado» La educación sentimental, porque estoy harto de que el protagonista se masturbe pensando en la mujer de otro y que eso sea lo único que no nos cuenta Flaubert. Así que cogí de mis estanterías algo rápido y refrescante, algo que me despejara, y me acordé de esta obrita encontrada en el puesto de un baratillo en donde un tipo me vendió varios libros poniéndole el precio a ojo.

Las amargas lágrimas de Petra von Kant es una obra de teatro en donde R. W. Fassbinder consigue controlar sus impulsos de hacer el espantajo. Pese a que hacer el espantajo es una de sus mayores virtudes, no está nada mal encontrar una actitud más comedida en él. En esta pieza de teatro pone en escena esa frivolidad que tan bien articula en muchas de sus obras, dándole la vuelta y mostrándonos su lado oscuro. Si Las amargas lágrimas de Petra von Kant trata de poner en evidencia la perversión que esconden las mujeres mujeriles, Fassbinder ha logrado conquistarme por completo. Yo siempre quise vengarme de todas las mujeres mujeriles con las que me he topado en la vida, dejarlas en ridículo y hacerlas sufrir. He sido incapaz, pero Fassbinder lo ha hecho en pocas páginas, y eso me parece digno de admiración y de elogio.

Además, puestos a hurgar en las heridas de las mujeres mujeriles, Las amargas lágrimas de Petra von Kant -creo que ubicada en los setenta-, nos desvela la inconsistencia del consumismo a la hora de sostener emocionalmente a las personas. Me recuerda, en cierto modo, al toma y daca de Oscar Wilde con la burguesía victoriana.

Tendré que afrontar las consecuencias de esta entrada cuando mi amadísima Elisa Calatrava lea lo que he escrito sobre Fassbinder. Auguro un nuevo frenesí en forma de ciclo de cine dedicado a él en exclusiva. Bienvenido sea, hasta que el cuerpo aguante.

Tres crímenes de Jean Genet

El balcón, Severa vigilancia y Las sirvientas, de Jean Genet

El balcón, Severa vigilancia y Las sirvientas, de Jean Genet

 

En el mundo que nos ha tocado vivir, Jean Genet debería ser nuestro ángel de la guarda. Su actitud ante el mundo es la única forma de protegernos que nos queda. Lamentablemente, no lo sabemos. Por eso el teatro de Genet está descatalogado desde hace años y los humildes y correctos padres de familia, que no saben cómo mantener a flote a los suyos, no leen sus obras y, en su lugar, leen los periódicos como si en ellos existiese algún atisbo de esperanza. Si leyeran El balcón, Severa vigilancia y Las sirvientas no patalearían desesperados para alcanzar la superficie, sino que se hundirían llevándoselo todo a su paso hasta el mismísimo fondo, y allí, en lo más hondo, encontrarían una liberación verdadera. Ojalá estos cabeza de familia comprendieran que el teatro de Jean Genet nos resulta imprescindible; no se trata de una obra maestra, sino de una obra fundamental.

La actitud de Genet es la más humana y la más honesta, es la de un hombre capaz de negarse a participar en un juego cuyas reglas son una trampa para los jugadores. Todos lo saben de un modo u otro, pero todos creen que lo bueno es seguir el juego. Estoy persuadido de que Genet identificaría hoy día ese juego con la democracia. Se revolcaría de risa en el suelo viendo a los ciudadanos acatándola con obediencia y protegiéndola con su voto y amándola como a una novia fea pero cariñosa.

Genet, por suerte para todos nosotros, es partícipe del mal, es un precursor del crimen. Para él, el crimen es una vía de redención ante el juego del bien, ante la democracia de hoy. El crimen, de hecho, tiene un poder demoledor: revela la verdadera naturaleza del juego del bien, obliga a la democracia a exponer sus verdaderos motivos y, con ello, la deja en evidencia ante los ojos de los ciudadanos. Si los famosos escraches se sustituyeran por el teatro de Jean Genet, los taxistas que me llevan a casa después del trabajo comprenderían, por fin, quién es el verdadero enemigo.

En esta línea de subversión dentro de la literatura, retrocediendo en el tiempo, podríamos pensar en Charles Baudelaire y estimar que Genet es su heredero. Pero Baudelaire se dedicaba a escandalizar a la burguesía de la época con el pelo pintado y colocado de absenta, y Jean Genet, en cambio, era un ladrón, un vagabundo y un chapero. Genet va en serio, y de él tenemos que tomar ejemplo. Nuestro crimen debería ir más allá que la manifestación de ayer rodeando el Congreso, porque así apenas iluminamos el verdadero rostro de la democracia. ¿Con qué crimen podríamos demostrar que el Congreso es el burdel que aparece en El balcón, por ejemplo? Lean a Genet y piensen en su propio crimen.

Yasmina Reza sin teoría del arte

Arte, de Yasmina Reza

Arte, de Yasmina Reza

Hace ya unos meses vino una pareja de amigos a visitarnos. Suelen venir a vernos de vez en cuando y sus visitas son las mejores partes del año. Cuando vienen, hacemos cosas que nos gustan. Hablar, comer, hablar, ir al cine, comer, hablar, beber gin tonics, etc. Fuimos a ver, en esta ocasión, la última de Polanski, una adaptación de Un dios salvaje, una obra de teatro de Yasmina Reza. Salí del cine muy contento, sobre todo, por el guión de la película. Me encantó la historia y el modo de contarla. Me dieron ganas, por supuesto, de leer alguna otra obra teatral de esta señora. Así me hice con Arte, supuestamente, su pieza más celebrada.

Arte tiene el siguiente punto de partida: dos amigos (en realidad, tres) se pelean porque uno se compra un cuadro abstracto (tres líneas blancas trasversales sobre fondo también blanco) por mucho dinero y el otro piensa que el cuadro es una mierda y que su amigo ha hecho una gilipollez. Esta premisa podría llegar a ser fascinante si Yasmina Reza consiguiera hilar muy fino y tocar el fondo de toda esta cuestión. El caso es que estoy seguro de que todos hemos tenido alguna que otra disputa por culpa de una obra de arte contemporáneo, estando a favor o en contra. Yo mismo, en una ocasión, tuve una tremenda pelea con una antigua novia, en mitad de las Ramblas, en Barcelona, después de haber visto una exposición comisariada por Iván de la Nuez; yo estaba a favor, ella en contra. Nos gritamos, nos insultamos, y los turistas nos flanqueaban indiferentes a nuestra tragedia. Los argumentos de estas discusiones, normalmente, se reducen a tópicos, al final todos acabamos defendiendo una verdad de perogrullo en lugar de enhebrar una verdadera teoría del arte. Por eso, el tema central de esta obra de teatro seguramente ya ha pasado por la cabeza del público, así que solo puede triunfar si se construye de un modo distinto, de un modo más elaborado. Pero no es así. Arte cae en los mismos tópicos que cualquier aficionado a los museos con un buen cabreo.

En lo que quizá sí acierta esta obra es en mostrarnos un comportamiento demasiado común en las personas. Me refiero a esa edad en donde las personas comienzan a tomar el control de sus vidas y, por tanto, empiezan a comportarse como si supieran cómo funciona el mundo, empiezan a creerse portadores de la verdad, o al menos de alguna verdad. No tengo ni idea de qué edad es esa ni si yo la he sobrepasado o no. Pero siempre he desconfiado de la gente que se mueve por el mundo con tanta seguridad y tanta determinación, como los personajes de esta obra, esa gente que no contempla el margen de error cuando habla y cuando actúa.

Respecto del arte contemporáneo en particular y de la vida en general mi postura es la misma, parto de la idea de que no siempre podemos tener una opinión, y mucho menos una opinión inmediata. Para tener una opinión sobre algo en concreto necesitamos haber construido previamente un criterio adecuado. Es fácil emitir una opinión (de mayor o menor fundamento) sobre un cuadro de Monet, porque la perspectiva histórica nos ayuda a entender el impresionismo con más facilidad que -supuestamente- sus coetáneos. Pero no se nos puede pedir la misma soltura en nuestros juicios si se nos lleva a la última exposición de Peter Friedl. Eso no quiere decir que Monet o Friedl tengan o no que gustarnos, sino que tenemos herramientas distintas para hablar sobre sus obras.

Hagan ustedes mismos la prueba. Verán cómo no podemos usar la misma clase de argumentos a favor o en contra de ambos cuadros, las armas que tenemos funcionan de diferente forma en cada caso. Quizá esto sirva de ejemplo para señalar que los protagonistas de Arte, de Yasmina Reza, van de listos por la vida y que por eso me dan mucho miedo.

Nenúfares, de Claude Monet

Nenúfares, de Claude Monet

Mapa, de Peter Friedl

Mapa, de Peter Friedl

El peluquero de Federico García Lorca

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca

He de reconocer que llevo mucho tiempo resoplando cada vez que veo esa foto de Lorca con el pelo peinado y repeinado hacia atrás. He decidido que esto no puede seguir así. ¡Necesitamos un cambio de look para Federico García Lorca! Llevémoslo a un buen estilista para que le corte el pelo y le deje un flequillo de modernete, como si se tratase de un fan de Nacho Vegas (sugiero, como aderezo estimulante, colocarle unas enormes gafas de pasta; de color negro, por supuesto).

De hecho, me parece tremendamente oportuno hacer un llamamiento a todos los fans de Nacho Vegas para que lean La casa de Bernarda Alba. Allí encontrarán todo lo que buscaban en el cantautor, pero con otros acordes. ¿Se acuerdan ustedes de aquella canción de Nacho Vegas titulada Canción de Isabel (Canciones desde palacio)?, ¿recuerdan esa otra canción llamada Maldición (Cajas de música difíciles de parar)? Son dos buenos ejemplos de los personajes oscuros y atormentados que pueblan el imaginario de Nacho Vegas. Pues eso no es nada, conozcan ustedes a Bernarda Alba y verán lo que es ser chungo de verdad, verán que Federico García Lorca necesita hacer menos aspavientos que Nacho Vegas para que los espectadores vislumbren lo inquietante.

García Lorca, para quien todavía no lo haya visto claro, no es un autor representativo de una tradición. Todo lo contrario. En La casa de Bernarda Alba toma el folclore para violentar su estructura simbólica, para desvelarnos todo el miedo y la incertidumbre que mantienen esta estructura en pie. Dicho de otro modo, la posición de Lorca ante lo folclórico es estrictamente terrorista, es una inmolación en toda regla, es mezclarse entre la multitud de la época y activar una bomba.

Me gustaría pensar que Federico García Lorca lo flipaba con Hoffmann, Maupassant, Poe, etc., con los autores que han desarrollado la idea de lo siniestro, porque en La casa de Bernarda Alba parece latir esta categoría estética sin llegar a revelarse plenamente en ningún momento. Según lo entiendo yo, lo siniestro es el fenómeno que provoca una sensación de angustia a través de un elemento inexplicable, siempre y cuando se enmarque dentro de una representación creíble del mundo. En La casa de Bernarda Alba, el lector (o, al menos, ese es mi caso) se enfrenta con ansiedad al plano de lo posible que dibuja Lorca, uno espera que, en cualquier momento, esa representación reconocible de la realidad se rompa hasta el punto de dejarnos ver que debajo había algo que lo estaba desfigurando todo. Tenemos esa esperanza ante lo que contemplamos, deseamos que aparezca el elemento siniestro para no pensar que ese mundo es el nuestro; pero ese elemento sigue ahí, debajo de las faldas de Bernarda Alba, sin atreverse a asomar la cabeza para darnos el susto de una vez y pasar por fin el mal trago.

Si acaso, si queremos verlo así, María Josefa, la madre de Bernarda Alba, la madre loca y encerrada, podría funcionar como el elemento siniestro que hemos estado buscando. En realidad, bien visto, lo siniestro es realmente eso: la relación entre lo que nos es familiar y conocido y lo que permanece oculto y nos inquieta provoca ese sentimiento de angustia. Madre loca de una hija loca que es madre loca de otras hijas locas que cercenarán la locura vetando su descendencia. La locura se manifiesta abiertamente en María Josefa y, generación tras generación, se va ocultando en la madriguera de cada mujer de la familia. Lorca, con una similitud retorcida, es el Michael Haneke de La pianista. Ambos nos hablan de progenitores que actúan como sombras terribles. Confieso que en todo esto hay algo que a mí me da verdadero pavor, Lorca no pretende (y tampoco Haneke) hacer literatura fantástica. Ahora creo que sí deberíamos asustarnos.

Mi «Día del Libro» es para Oscar Wilde

La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde

Hace unos días tuve mi primer sueño metaficcional. Ya iba siendo hora. Soñé, antes de haberlo leído y antes de saber de qué trataba, con La importancia de llamarse Ernesto. Mi sueño fue metaficcional, pero no adivinatorio; por tanto, nada tenía que ver con el verdadero argumento de la obra de teatro. No obstante, soñé con una historia en la que yo participaba como personaje. A continuación, abandoné la historia para presenciarla como espectador. Más adelante, comprendí que aquella historia que estaba presenciando (y de la que en un primer momento, de algún modo, había formado parte) era una representación teatral de La importancia de llamarse Ernesto. Yo era uno de los espectadores, y en un entreacto fui a felicitar a los actores y al director -porque parece ser que los conocía-, a decirles que estaba siendo todo un éxito. Pero el director me dijo que ellos todavía no habían representado tal obra. Entonces, apesadumbrado, me pregunté si quizá no habría visto un ensayo general en lugar del estreno. Hasta que, de repente, comprendí que había estado leyendo la obra de Wilde en el banco de un parque; además, la misma edición que compré tiempo atrás en la librería Zebras (Almería), la que me esperaba para ser leída próximamente. Cuando desperté se lo conté todo a mi amadísima Elisa Calatrava y, por supuesto, el recuerdo de este sueño hizo de La importancia de llamarse Ernesto mi siguiente e inmediata lectura.

Claro, el argumento de la obra difiere mucho del de mi sueño, pese a que no recuerdo con certeza qué estuve soñando. Seguramente, mis argumentos oníricos son torpes y aburridos. Y por eso doy gracias a que los argumentos que enhebra Óscar Wilde rebosen virtudes y alicientes. Se podría decir que cualquier cosa que tenga que contarnos Oscar Wilde es muchísimo más divertida y enriquecedora que aquello que pase por mi cabeza en fase REM.

Me siento tentado a empezar a hablar nuevamente de la figura del doppelgänger. Nunca sospeché que Wilde me diera tantos motivos. No pude evitarlo en el post sobre El retrato de Dorian Gray. Pero creo que en esta ocasión voy a contenerme. Voy a poner a prueba mi fuerza de voluntad. El doppelgänger no lo es todo en la literatura, aunque yo lo crea así secretamente. Aunque en esta obra, por decirlo de algún modo, haya un doppelgänger-elevado-al-cuadrado. Lo nunca visto. Me morderé la lengua. En todo caso, hablaré de un espectacular juego de espejos como quien mastica chicles con nicotina.

Sí, puedo decir juego-de-espejos y quitarme así un poco el mono. Puedo silabearlo pausadamente hasta sentirme más calmado. De ahí es fácil pasar a otra idea, la de enredo, por ejemplo, enredo entendido como confusión ante posibles representaciones de una misma realidad. Puedo decir, ahora, comedia-de-enredo, puedo acercarlo un poco más si cabe a Shakespeare (con un barniz victoriano en lugar de isabelino, por supesto); de este modo, el deseo de hablar del doppelgänger parece que se aleja tímidamente. Porque se supone que el doppelgänger siempre da miedo y, en este caso, me ha hecho reír a carcajadas. Entonces -ya es inevitable confesar esto- creo que Oscar Wilde me acaba de brindar el primer doppelgänger humorístico que he leído en mi vida. Ya lo he dicho. Sí, ya lo he dicho.

De hecho, La importancia de llamarse Ernesto me hace pensar en Woody Allen, y cuando pienso en Woody Allen pienso en Shakespeare. No sé en qué orden debería estructurar estos pensamientos. Vamos a ver, hasta ahora estaba seguro de que Woody Allen había tomado las comedias de Shakespeare como un «Manual de instrucciones para armar comedias». Obviamente, Oscar Wilde habría tenido cerca este mismo manual. Pero yo jamás había llegado a imaginar que Woody Allen, además, se había comprado un apéndice del manual shakespeariano llamado La importancia de llamarse Ernesto y lo había colocado sobre su mesa de trabajo. O, dicho de otro modo, el tono paródico, irónico, fingidamente afectado y, en ocasiones, pretendidamente sofisticado de Oscar Wilde también aparece en el cine de Woody Allen. La estructura de uno, el tono de otro y, luego, mucho psicoanálisis, mucho judaísmo y muchas otras cosas graciosas.

Por cierto, ya que esta obra trata, entre otras cosas, de coincidencias. Me acabo de acordar de que antes de haberla leído, e incluso antes del sueño, leí una entrevista a Enrique Bunbury en un periódico gratuito que encontré en un asiento de un tren de Cercanías. Allí se comentaba, además de lo concerniente a su último disco o a lo que fuera, que el seudónimo de «Bunbury» provenía de una obra de Oscar Wilde. Hoy sé, por fin, que se referían a La importancia de llamarse Ernesto.

A estas alturas, no sé cuántas veces he repetido el título de la obra. Cuando se menciona repetidas veces este título, siempre hay alguien que apostilla que en su versión original forma un juego de palabras que inevitablemente se pierde en la traducción española. Por suerte, nadie va a levantar la mano para añadir este curioso dato, que bien podría ser una de esas preguntas del Trivial Pursuit con las que, si sabemos contestar, siempre quedamos bien delante de los demás. Solo mi amadísima Elisa Calatrava podría haber levantado la mano mientras escribo en el sofá, pero ella, en una exultante muestra de habilidades, está horneando unos muslitos de pollo con salsa de mostaza mientras lee teoría de la literatura para su doctorado. Cuando yo sea capaz de hacer cualquiera de estas dos cosas que ella lleva a cabo al mismo tiempo, me empezaré a considerar mejor persona. Como mucho, podría cocinar algo con la Thermomix mientras balbuceo alguna idea acerca de que en La importancia de llamarse Ernesto aparecen, en cierto sentido, la metaficción y la autoficción. Ya que nos cuenta una historia de dos personajes que cuentan historias a los demás inventándose con ellas a sí mismos. Aunque lo mejor será no intentar emular a Elisa, porque en la comparación voy a salir perdiendo. De eso, no tengan duda.

Yo soy de esos que piensan que Ibsen es un auténtico coñazo

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen

Hace dos veranos pasé parte de una noche en la terraza del apartamento de mis padres con una obrita de Ibsen entre manos. Llevaba chanclas y me sentía cómodo, y había un claro paralelismo entre el paisaje de los fiordos noruegos y la silueta de la playa de Benalmádena Costa. En realidad no era un paralelismo, sino una sustitución. La arena de la playa me sigue inspirando uno de mis mayores temores infantiles, pero aquel día estaba Henrik Ibsen allí para ahuyentar mi miedo con La dama del mar. Aquel día se lo agradezco a Ibsen, y ahí se terminan nuestros buenos ratos juntos.

Quizá fuera la playa. Ahora vivo en el interior y eso hace que Ibsen resulte insufrible. Tuve que haber previsto que en Salamanca no disponía de unas bermudas para leer Casa de muñecas, así que lo hice enfundado en unos pantalones de pana y un jersey. Esto no se lo recomiendo a nadie, porque Ibsen solo funciona bajo una sombrilla que anuncie Coca-Cola y junto a una pelota de playa que anuncie Nivea. Si ustedes tienen que irse de vacaciones con sus familias, lean las conspiraciones familiares de Henrik Ibsen para ir prevenidos.

Partiendo de la tragedia griega en adelante, la familia siempre me ha parecido un filón inagotable para la literatura. Por supuesto, también lo es para el cine: Celebration, de Thomas Vinterberg, Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman o casi cualquier film de Michael Haneke. En ambos casos el resultado es el mismo: la familia es una plataforma perfecta para revelar lo peor de nosotros mismos. No hay nada como un buen dramón familiar para pasar la tarde alegre y entretenido.

Y, claro, el señor Ibsen también tenía que tocarle las narices a la familia. Pero como ese día no tenía nada mejor que hacer, inventó un personaje como Nora y lo hizo protagonista de Casa de muñecas. Nora es la razón indiscutible que justificaría la misoginia más enrevesada. Odio a Nora casi tanto como los americanos odian a Osama Bin Laden. En fin, a Nora habría que enviarla a un campo de concentración nazi por vacaciones.

Una vez aclarado mi desprecio por el personaje, podemos seguir con el autor. Que conste que me encantan esos personajes a los que enseguida quiero darles un par de hostias. Los disfruto mucho. Pero lo que no soporto es que un autor meta mano al final de la obra para limpiar el rastro de mierda que han ido dejando sus personajes. Esto lo comprendo, por ejemplo, cuando se llega a la bajeza moral de la Factoría Disney, lo comprendo dentro de ese esquema narrativo, donde necesariamente el malo obtiene una redención a través del arrepentimiento y, cuando mucho, el sacrificio. Pero lo que no tolero de ningún modo es que al final Nora se llene de dignidad y pierda toda su coherencia. No lo aguanto. Para colmo, algunos críticos llegaron a decir que semejante chorrada era una obra pro-feminista. ¡Pobre Nora, subyugada por una sociedad patriarcal! Me encantaría escribir la segunda parte de Casa de muñecas para poder decirle a Nora cuatro cosas. Pero claro, Henrik Ibsen es un clásico del siglo XIX y yo solo tengo este blog.

El problema, como siempre, es la dignidad. La dignidad es aquello que aparece en los que no merecen respeto. La dignidad es un paliativo de los errores y los defectos humanos. Por eso, cuanta más dignidad exige una persona más agravios debería recibir por nuestra parte. ¿A quién se le ocurrió el concepto de dignidad? ¿Qué sociedad lo instauró? ¿Desde cuándo es un valor arraigado en el mundo? La Humanidad inventa cosas como la dignidad, y por culpa de eso se escriben personajes como los de Nora.

En realidad, ahora debería continuar con El pato salvaje, que también venía incluido en el mismo volumen que Casa de muñecas. Pero me he cansado de Ibsen. He dejado esta segunda obra a medias. Si hay algo más coñazo que una obra social de Ibsen es una obra simbolista de Ibsen. Supongo que debería ir al apartado de «Lecturas inacabadas» y hablar de El pato salvaje. Pero no lo voy a hacer, porque me parece excesivo cabrearme dos veces en un mismo blog con uno de los dramaturgos más importantes de la Historia de la Literatura Universal. Uno tiene su mesura. Así que lo mío con Ibsen acaba aquí. Sin más aspavientos.