Una hagiografía de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Vidas de santos, de Rodrigo Fresán

Llevo todo el mes de agosto viviendo solo en casa. Mi amadísima Elisa Calatrava está en su tierra -en régimen de tapitas y playeo- poniendo al día su felicidad. Yo me ocupo de que a nuestros gatos no les falte comida, agua y un poco de cariño mientras pongo al día mi cabeza. Estoy ordenando los sinsabores de este año y preparándome para una nueva época, si acaso llega. Entre semana paso la mayor parte del día encerrado conmigo mismo, casi sin hablar con nadie. En cambio, los fines de semana, cojo un tren y viajo a varios puntos de la península para reconocerme en mi propio discurso y reiniciar relaciones que habían quedado entumecidas o que merecen un bis después del espectáculo. Ambas cosas le sientan bien a mi cabeza, pero confieso que incluso así echo de menos a mi amadísima Elisa Calatrava. Por eso he decidido, de forma impulsiva y no premeditada, leer Vidas de santos, de Rodrigo Fresán.

Ya saben que hubo una época en la que mi amadísima Elisa Calatrava dedicó su atención al estudio de Rodrigo Fresán. Podrán imaginar que el ejemplar de Vidas de santos está subrayado, garabateado y anotado hasta la extenuación. Tendré que reconocer que esta vez no me apetecía tanto leer a Fresán (con el que, ya lo he dicho otras veces, siempre me siento cómodo) como seguirle el rastro a mi amadísima Elisa Calatrava para poder bocetarla justo donde llevo sentado casi todo el mes, en el sillón de su despacho.

Pero sigamos ordenando piezas. Bajo este rastro de lápiz hay un texto del que hay que hablar para tratar de encajarlo en alguna parte.

Repito -una vez más- que me siento tremendamente cómodo en manos de Rodrigo Fresán. Algunos amigos míos frucen el ceño, pero mi gesto es plácido entre sus páginas. Vuelvo a él de vez en cuando y casi siempre en momentos importantes, y casi siempre me da un empujoncito. Me entran ganas de hacer un top five de lo que he leído hasta ahora de él (precisamente cinco obras), pero me conformo con posicionar Vidas de santos más o menos en el medio de la tabla.

Vidas de santos es diez años anterior al celebérrimo y vilipendiado Código Da Vinci, novela que no he leído, entre otras razones, porque he decidido pensar que Dan Brown es un capullo (por ejemplo), pero ateniéndome a las aventuras que Tom Hanks me trajo hasta el televisor de mi casa una noche en la que estaba demasiado cansado como para cambiar de canal, me gustaría pensar que la obra de Fresán es lo que Dan Brown hubiera querido escribir para tocarle realmente los huevos a la Iglesia y lo que lo hubiera convertido en un ser humano digno de respeto y consideración. Pero Fresán se le adelantó y a Dan Brown no le quedó más remedio que sacarse de la manga una intriga mal balbuceada e incapaz de competir ante el festival de Cristianismo Pop multirreferencial y resignificado que es, entre otras muchas y alocadas cosas, Vidas de santos. Ustedes dirán que Dan Brown tuvo más éxito comercial, pero eso solo es un espejismo. En realidad, existe un Tom Hanks leyendo el guion adaptado de Vidas de santos y pensándose la posibilidad de interpretar el papel de Judas Tomás para asegurarse así su tercer Óscar. En fin, la historia se puede contar de muchas formas.

«Dios no existe, pero es un gran personaje», dicen unos y otros a lo largo de los distintos capítulos-cuento que forman esta suerte de novela coral. La verdad es que no se me ocurre otro personaje tan atractivo, menos aun si ejerce de pareja dramática con su hijo: Dios y Jesucristo, la mejor versión jamás contada del poli malo y el poli bueno. A mí, si me preguntan, los prefiero en las películas Jesucristo Superstar, de Norman Jewison, y La vida de Brian, de los Monty Python. En otro tono, también lo hacen muy bien en la novela de José Saramago, El evangelio según Jesucristo. Además, siempre han sabido rodearse de unos personajes de reparto muy carismáticos.

No crean que estoy frivolizando, estoy en éxtasis pop. El otro día viajaba en metro por Barcelona e iba pensando en comprarme una camiseta con una crucifixión en donde Jesucristo dijera: «Kill your idols». Todo por culpa de Rodrigo Fresán y de este libro. Al fin y al cabo, de algún modo habrá que salpimentar ese vacío existencial de serie que padecemos los ateos. Mucha literatura y alguna que otra camiseta ingeniosa.

John Williams y la portada más fea del mundo

Stoner, de John Williams

Stoner, de John Williams

Uno compra libros como si fuera a leerlos todos, como si no existiera el fin de la lectura. El otro día, por ejemplo, compré Stoner, de John Williams, además de otras cosas. Stoner posee el diseño editorial más feo que he encontrado en mucho tiempo y John Williams siempre había sido para mí el nombre de un compositor de bandas sonoras. Por eso esta novela apareció de la nada. Alguien me la puso delante y yo la compré a sabiendas de que jamás hubiera llamado mi atención por sí sola. Después comprobé que esta obra ha ido cosechando, como si lo hubiera estado haciendo a mis espaldas, críticas maravillosas en un montón de medios. Descubrí que Rodrigo Fresán y Vila-Matas, entre otros, lo habían flipado leyendo Stoner y que lo habían expresado públicamente. Todo este jaleo repentino creó en mí una expectativas que bullían dentro de mi abultado estómago.

Pero ya he leído la novela y ahora no sé cómo posicionarme al respecto. Se trata de una historia que te fuerza a hablar de su protagonista, William Stoner, para poder ser explicada con éxito, pero a mí no me apetece demasiado hablar de él. William Stoner es un personaje que me interesa más bien poco. Como alternativa, solo se me ocurre hablar de mí. Si todo el mundo adora tanto haber compartido con William Stoner sus vicisitudes y yo lo he hecho con cierta indiferencia, es más que probable que el problema sea exclusivamente mío. A lo mejor debería reconocerme a mí mismo que no me interesan las historias sencillas, las historias que prefieren posar su mano en mi hombro antes que darme una patada en los huevos. A lo mejor estoy condenado a creerme mejor que William Stoner, más interesante que él, más sofisticado. En realidad, no he dejado de compararme con él a lo largo de toda la novela. No he dejado de evaluarlo para evaluarme a mí al mismo tiempo. He puesto en tela de juicio su matrimonio, su carrera, su relación con su hija, su relación con sus amigos y compañeros, su postura ante la enfermedad, etc. ¿Qué significa todo esto?

Reconozco que John Williams escribe muy, pero que muy bien. Escribe extraordinariamente bien. Pero también debería reconocer que me he malacostumbrado a los fuegos artificiales y que John Williams es, por el contrario, una invisible corriente eléctrica. Esta historia que acabo de leer ocurre sola. Y no sé si me siento defraudado con ella o conmigo mismo.

A mí me hubiera gustado mandar a la mierda a William Stoner, pero solo he podido leer esta novela. El problema de que se trate de un personaje de ficción es que no he podido inmiscuirme en su vida y meterme con él, decirle cuatro cosas, pegarle una colleja.

Al final he acabado hablando del protagonista de la novela, y yo solo quería hablar de mí mismo. ¿O ha sido al revés? No sé. Bueno, por fin he cerrado este libro.

El maravilloso descubrimiento de Tom McCarthy

Residuos, de Tom McCarthy

Lo siento, de verdad, lo siento mucho. Tom McCarthy no se merece que haya tardado tanto en hablar de él. Tengo excusas, pero no me atrevo a darlas. Él no se merece el aplazamiento al que lo he sometido. Él no tiene la culpa de mi espíritu procrastinador. Intentaré arreglármelas para evitar las digresiones. Vamos a lo que vamos. Residuos, de Tom McCarthy. Una novelón para irse contento a la cama.

Me acuerdo de aquella película que escribió y dirigió Charlie Kaufman, Sinécdoque New York. Un dramaturgo recibe una importante beca para poder dedicarse a crear una gran obra. El dramaturgo, interpretado por Philip Seymour Hoffman, se obsesiona con la idea de crear una obra que represente fielmente su vida actual, contemplando hasta el más mínimo detalle e incorporando todas las novedades que le vayan ocurriendo durante el proceso de escritura, es decir, pretende crear una obra de teatro que se vaya actualizando a medida que el autor está viviendo. Para llevar a cabo todo este embrollo, alquila un almacén gigante y allí monta los decorados de lo que sería el trocito de Nueva York que él experimenta a diario. A mí la idea de esta película me gusta muchísimo. Contada así, me darían ganas de verla si no la hubiera visto ya. Pero el resultado final que consigue Kaufman no acaba de encajar muy bien. A medida que transcurre la película, parece que todo empieza a írsele de las manos al director. La idea que ha pretendido reflejar parece mayor que su talento para reflejarla. Y esta sensación, de hecho, resulta tremendamente irónica si tenemos en cuenta que el protagonista de la película hace todo lo posible para mantener un control absoluto sobre el desarrollo de su obra.

Me acuerdo de esta película porque Residuos es una novela que también nos habla de un proyecto colosal y absurdo, también nos habla sobre la búsqueda del control absoluto. Para poder situarnos, podríamos decir que Residuos es algo así como Sinécdoque New York hecha por Georges Perec.

A través de un argumento acertadísimo, Tom McCarthy me ha hecho pensar acerca de la capacidad que tiene la ficción de imponerse a la realidad, cómo la representación de una cosa puede ser mejor que la cosa representada. De hecho, recuerdo haber oído explicar a algún cineasta cómo se graba una escena en un entorno natural. Me sorprendió la idea de que, en la pantalla, el ruido ambiente de los animales de -por ejemplo- un bosque no resulta creíble. Es necesario filmar el bosque e incluir en el estudio, a posteriori, el sonido ambiente de sus animales para que el resultado sea realista.

A partir de aquí, uno podría ponerse a hablar de Jean Baudrillard y quedarse en la gloria. Pero estas no son horas para excederse con Baudrillard. El concepto de simulacro me parece fundamental dentro de la novela de Tom McCarthy. Pero también tiene un componente de obscenidad, así que prefiero que cada uno haga lo que quiera en su casa con Residuos en una mano y la hiperralidad en la otra. Sin embargo, me parece más higiénico pensar en Flaubert, porque la propuesta de McCarthy es algo así como una actualización del Realismo. Ya no se pretende imitar la realidad a través del arte, sino poner la obra de arte en el lugar de la realidad, dar el cambiazo sin que nadie se entere. El arte nunca podrá abarcar la realidad, pero sí que puede ocupar su sitio. Supongo que, al final, hablando de Flaubert, uno siempre acaba sonando a Baudrillard, ¿qué le vamos a hacer?

Residuos llegó a mis manos gracias a una reseña de Rodrigo Fresán. Ahí se hablaba de la nouveau roman y de otras cosas que molan un montón. Este señor me convenció con su reseña y ahora le estoy agradecido, porque me he encontrado con una joya que no esperaba. He prolongado la lectura de esta novela más de lo deseable, en otros casos hubiera acabado aburriéndome, hubiera perdido el hilo, me hubiera cansado de ver el mismo objeto; pero siempre que he abierto Residuos tras días de postergación, he sentido un placer inmenso al retomar su lectura. Me quedaban pocas páginas y las acabo de rematar. Y ahora no puedo parar de recrear en mi cabeza la última imagen que ofrece la novela.

El último en leer a Fernández Mallo

Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo

Mi relación con Nocilla, más allá de las meriendas, se había limitado hasta ahora a la documentación de un nuevo fenómeno a base de reseñas, reportajes, entrevistas y todo tipo de producción informativa alrededor de un objeto literario, objeto que empezaba a brillar tanto que a veces tenía que frotarme los ojos para poder seguir observando a una distancia prudencial. Al menos en la parte de la blogosfera que yo habito, Fernández Mallo había aparecido como un mesías, su forma de aparecer en las fotos me dejó fascinado y tomé la costumbre de escuchar atentamente todo lo que decía, con la cabeza apoyada en las manos y los codos apoyados en un lugar cómodo. Quizá la virtud que logró subyugarme fue su capacidad de darle coherencia a todo discurso que se formaba alrededor de él y de su obra. Todo encajaba (todo encaja). Fernández Mallo apareció ante mí como un señor extremadamente congruente. Esto hizo que yo acabara consumiendo compulsivamente todo su merchandising teórico, aunque cometí el error de saciarme con esto y no llegué a consumir el objeto literario en el momento de su apogeo mediático.

Esta es una de las razones por las que no había leído Nocilla Dream hasta este momento. La otra es complementaria y más frívola: no leer lo que se había puesto de moda hacía sentirme todavía más guay que los demás.  Pero volvamos a la primera opción. Es admirable cómo Fernández Mallo ha logrado crear una obra literaria que bien podría subtitularse Praxis de la literatura posmoderna (sin saltarse ni un solo paso). Y también hay que aplaudir el haber puesto en boga la palabra rizoma, del mismo modo que en otra época molaba mucho decir estructuralismo. Esto suena a broma, pero lo digo en serio, es admirable. De ahí que lo considere un escritor extremadamente congruente.

Ahora me siento como si hubiera sido el último en leer a Fernández Mallo. Pero por fin lo he hecho. Ya un poco distanciado de su big bang, pero, sin embargo, enmarañado por toda la información que he ido recopilando hasta hoy. Desde este punto, mi primera conclusión es clara: Nocilla Dream es una obra que funciona perfectamente sin tener que dar ningún tipo de explicación sobre ella, no necesita de ningún corpus teórico que la sostenga, porque se sostiene por sí misma; su intención es clara desde el principio y sus propósitos se cumplen con éxito. Pese a que pueda parecer lo contrario, es una obra de pretensiones humildes; quizá gracias a esto consigue llegar a donde se propone.

Al fin y al cabo, Nocilla Dream es sencillamente una actualización de un modo de narrar ya existente. Eso sí, una actualización práctica e inteligente, como una nueva versión de un software. Nocilla Dream, de hecho, consigue que sonriamos nostálgicamente cuando miramos atrás, del mismo modo que sonreímos si estamos acostumbrados a la última versión de Photoshop y, de repente, nos encontramos con un ordenador que aún tiene instalada una de las primeras versiones (pensamos, inevitablemente, yo aprendí con esta versión, eso es lo que había entonces y con eso había que apañarse, y ahora ya se puede hacer de todo con los nuevos adelantos). Esta lógica de la literatura como actualización permite que no encuentre demasiada distancia entre los planteamientos de El pintor de la vida moderna de Charles Baudelaire y Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo, por ejemplo. Así po9dríamos ver a Fernández Mallo como un gran downloader de pluggins literarios (por inventar una definición pegadiza).

Algunos de estos pluggins pueden ser la manía referencial integrada mediante el estilo directo, en contraposición a autores como Rodrigo Fresán o Enrique Vila-Matas, que todavía parecen conservar el pudor de no usar el copy/paste. Aunque a efectos prácticos, yo he disfrutado lo mismo adivinando la biografía de Philip K. Dick en las obras de Fresán, anécdotas de Marcel Duchamp en las obras de Vila-Matas o leyendo, sin mediación, un fragmento de Thomas Bernhard en Fernández Mallo. El resultado es igualmente válido y efectivo en todos los casos.

Por otro lado, y volviendo a la idea de actualizar una forma de narrar ya existente, me llama poderosamente la atención la importancia que parece darle Fernández Mallo a la naturaleza del aglutinante narrativo de la obra. En el capítulo 98 de Nocilla Dream se dice lo siguiente:

Primero fue el acero, luego el vidrio, después otros materiales y aleaciones, y hoy los vidrios más especializados. Pero todos estos materiales modernos tienen comportamientos totalmente diferentes y responden a las acciones térmicas y mecánicas con cambios dimensionales que son mucho más importantes que en los materiales tradicionales. En un edificio formado por elementos tan heterogéneos esos movimientos serán muy importantes y variados. Por ello, la relación (y unión) entre piezas se hace cada vez más difícil. Hace 30 años la respuesta universal a esos problemas era la silicona y en general los sellados elásticos. Se sellaban todas las uniones, incluso entre elementos estructurales. La inmensa confianza en esa panacea llevó a excesos de todo tipo: sellados exteriores que sometidos a la acción de los rayos ultravioleta aceleraban su envejecimiento, etc. Tras esos años de inmensa confianza en un producto con el que se querían suplir las deficiencias en la concepción del proyecto, la silicona sufrió importantes fracasos y se convirtió en un símbolo de la chapuza constructiva. (Ignacio Aparicio. La alta construcción, Espasa, 2002.) O, «A propósito de la novela».

Entonces cabe preguntarse lo siguiente: por admirable que sea la «concepción del proyecto» de Fernández Mallo, ¿qué tal se le da usar la silicona? Parece ser que en su proyecto se descarta todo tipo de aglutinante. De este modo, uno no se arriesga a ser chapucero, pero tampoco demuestra otras virtudes. En Rayuela, de Julio Cortázar, por ejemplo, hay fragmentación, pero también hay hilo y aguja. En Diccionario Jázaro, de Milorad Pavic, hay fragmentación, pero también hay mucho hilo y aguja (esa novela sí que es posmodernidad por un tubo). Pero en Fernández Mallo hay magma y placas tectónicas.

Esto me lleva a una última idea. A un señor como Agustín Fernández Mallo solo se le podría permitir (si de mí dependieran estas cosas) que usara la palabra experimento o experimental si se decidiera a escribir una novela decimonónica. Es decir, si demostrara ser capaz de trabajar con elementos ajenos a su propia naturaleza. Eso sería, verdaderamente, en su caso, un experimento literario, aunque de cara al lector el resultado fuera otra obra tradicional.

Agustín Fernández Mallo dijo (no recuerdo dónde lo he leído) que entiende la literatura como un laboratorio. Entonces, si hay científicos que se afanan en reproducir las condiciones iniciales del planeta Tierra, con todas las dificultades experimentales que eso supone, pues ¡hala!, a ver si Fernández Mallo se atreve a reproducir las condiciones iniciales de la novela moderna. Sería todo un reto digno de leer.

2º Aniversario de Miedo a la literatura: ¡larga vida a mi demagogia literaria!

Me lo paso muy bien aquí. Cada vez tiene más gracia escribir sobre literatura sin hacer crítica literaria. En este caso, solo quiero dejar unas líneas para celebrar los dos años de Miedo a la literatura. Gracias a los hipotéticos lectores de este blog por no tomarme demasiado en serio; y gracias a aquellos visitantes ocasionales que suelen llamarme arrogante, idiota, desmedido, etc. Al fin y al cabo, ¿quién puede quitarles la razón?  Yo, desde luego, no.

Quiero que Miedo a la literatura siga creciendo. Quizá dentro de un tiempo introduzca mejoras. Pero, hasta el momento, mi ignorancia sobre diseño web me impide que cuaje cualquier idea sobre lo que me gustaría presentar. Uno sabe leer y poco más. ¿Hay algún diseñador solidario en la sala?

Precisamente ayer, en el día del cumpleaños bloguero, estuve en Madrid, en Casa de América, asistiendo a una mesa redonda sobre Roberto Bolaño, en la que participaban A. G. Porta, Dunia Gras, Patricio Pron y Rordigo Fresán. De esta tarde he sacado varias cosas en claro: pese a que algunos amigos y mi novia insisten en mi parecido físico con Fresán, he de reconocer que él, además de ser mucho más alto, es mucho más guapo que yo (y su bufanda también era más bonita que la mía); Elisa y yo estábamos un tanto nerviosos por acercarnos a él, ella está estudiando su obra en el doctorado y yo… yo hubiera querido darle un abrazo, por lo que tuvo que notar que no habíamos ensayado lo suficiente este primer encuentro, pero nos dedicó unos minutos y fue amable y educado con nosotros. Yo llevaba un ejemplar de mi novela en el bolsillo. Querría haberme comportado como un joven-escritor-que-se-abre-paso-en-el-panorama-literario. Pero no se la di a Fresán. No se la di a Ignacio Echevarría, que dirigía la semana sobre Bolaño. No se la di a ningún otro tertuliano. No se la di a nadie del público (me pareció ver, al otro lado de la sala, a alguien que coincide con la descripción de Ibrahim Berlín/Antonio J. Rodríguez, pero después de la conferencia desapareció como un espejismo). Me la he traído de vuelta a casa, porque me daba vergüenza pedirles su tiempo de lectura. Uno publica su primera novela y debería afrontar todas las consecuencias, pero uno tiene sus días tontos.

Ayer, en este cumpleaños blog, también me fui con la curiosidad de leer a dos de los ponentes de la conferencia. Hasta ahora no les había seguido la pista a A. G. Porta y a Patricio Pron. Me llamaron mucho la atención. Aquí les dejo una foto de esas que atestiguan que yo-estuve-allí:

 

 

Mesa redonda sobre Roberto Bolaño. Participantes: Dunia Gras, Rodrigo Fresán, A. G. Porta y Patricio Pron

Examen de conciencia: razones por las que he acabado leyendo a Murakami

 

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami

 

Me encanta repetir eso de que adoro mi sistema de prejuicios, y eso de que sufro mucho cuando le soy infiel. Pues ahora estoy sufriendo terriblemente por abrirme a nuevas y diferentes expectativas. ¿Para qué quiero nuevas y diferentes expectativas si no siempre puedo cumplir las ya viejas y consolidadas? Si uno tiene un prejuicio infundado contra Haruki Murakami tiene que conservarlo, porque de lo contrario podría convertirse en un prejuicio fundado. Esas cosas hay que saberlas. Pero uno solo aprende a base de palos.

Hagamos un examen de conciencia. A lo mejor esto me sirve de ayuda para el futuro. Lo primero que he de hacer sería localizar las señales que Murakami me ha estado enviando a lo largo de los años para tentarme a que lo lea:

  • Muy atrás en mi memoria está Isabel Coixet hablando de Murakami o, de otro modo, una película de Isabel Coixet donde aparece Sputnik, mi amor. A mí me gustaba mucho Isabel Coixet en aquella época y no me daba vergüenza reconocerlo. Supongo que pensé que si de ella me han quedado referencias como Antony & the Johnsons, podría funcionar también con el japonés.
  • Luis es muy importante en la Historia personal de mi lectura (y en todas mis historias), porque me dio un buen empujón para que leyera más narrativa y menos poesía. Recuerdo un día que hizo paella en su casa y antes o después de comer, eso no lo recuerdo, se sentó con un libro enorme en el sofá y dijo algo así como:  «Ahora me apetece leerme el tocho del japo este, que a mí me molan mucho los japos». Era Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami.
  • Yo vivía en Londres y trabajaba en el almacén de la tienda de ropa Mango (como tantos jovencitos españoles que quieren hacer un break y sentirse un poco especiales). Todos los días cogía el metro para trabajar y en los túneles había grandes carteles anunciando Kafka en la orilla, de Haruki Murakami. En aquel momento, yo estaba leyendo El castillo, de Franz Kafka, y leía, ante todo, en mis trayectos de metro de 45 minutos. Miraba los grandes carteles publicitarios y luego miraba el libro que me estaba manteniendo a flote. Y me preguntaba si existiría alguna correspondencia.
  • Mi amiga Isabel me descubrió hace mucho La velocidad de las cosas. Me abrió la puerta de Rodrigo Fresán. Y Fresán, a su vez, empezó a abrirme un montón de puertas; puertas que siguen abriéndose a medida que sigo sus libros y sus artículos; puertas que no pueden cerrarse porque mi amadísima Elisa Calatrava estudia a Fresán en su doctorado. Una de sus puertas era Murakami.
  • El otro día entré a una librería de Segovia. David (más información sobre él aquí) y Reyes estaban de visita. Buscábamos algo que llevarnos a casa. Observábamos las estanterías y Reyes dijo, sin ninguna intención, ínfula o aspaviento, de un modo claro, contundente y sugestivo: «¿y Murakami, qué pasa con Murakami?» Todos mis prejuicios se vinieron abajo y, de repente, entraron agolpadas las señales que Murakami me había estado enviando hasta la fecha. Reyes fue el catalizador. ¿Será Reyes una agente japonesa enviada por Murakami? Quizá, todo haya sido una conspiración y la identidad real de Reyes sea la de este dibujo y ahora esté regresando a a Japón para informar a Murakami de que su trabajo ha concluido.

Tendré que preguntarle a David, a ver qué sabe de toda esta teoría de la conspiración. Si finalmente Reyes no es una agente japonesa enviada por Murakami, si no hubo alevosía en el modo en el que me convenció rotundamente con un solo comentario, he de decirle que yo por ella me leo a todos los Murakamis del mundo si ella vuelve a mencionarlo, a todos los Murakamis y a buena parte de otros chungos.  Pero si se confirma la teoría conspiranoica en donde Reyes es la chica del dibujo, vamos a tener problemas serios.

Mi prejuicio, por cierto, era sencillo: Murakami aparecía de modo sospechoso y patizambo en lugares o personas que me gustan o gustaban. Pero el catalizador (Reyes o la agente japonesa, todavía no se sabe) hizo que todo encajara por un momento.

Después de mi ejercicio de diván, podría decir algo sobre Sputnik, mi amor. Es la primera vez que me siento tentado a contar el argumento de una novela -pero intentaré no hacerlo-, porque me parece una historia tan ridícula que creo que se podría dejar en evidencia a sí misma. Si Murakami se hubiera contentado con ese triángulo de personajes planos y huecos que se creen especiales (por cierto, la protagonista es una chica que quiere-ser-escritora y a mí me cae fatal la gente que quiere-ser-escritora) y que intentan empatizar con el lector a base de calzador la novela sería mediocre y ya está. No pasa nada. A mí también me gustan los telefilms de sobremesa. Pero ocurrió algo mucho peor. Casualmente, estos días estaba buscando material sobre el doppelgänger para ver cómo le hablaba de ello a mis alumnos a propósito de un cuento de Maupassant. Encontré en la wikipedia una lista de obras literarias que usaban esta figura. Imaginen mi cara, a mitad de mi lectura de Sputnik, mi amor, cuando vi que esta novela estaba entre esas obras. Sí, Murakami tiene los huevos toreros de meter un doppelgänger en esta novela. Y lo deja para el final, para terminar de amargarte el día con el uso más cutre del doppelgänger de toda la Historia de la Literatura.

Hay que creerse muy guay para hacer esto. Supongo que ser Murakami es muy guay. Leer a Murakami también puede parecer muy guay, pop, indie o para gente sensible que comprende las metáforas de la vida. En realidad no sé para quién o para qué es Murakami, me da igual. Para mí no. Dirán que me he equivocado de novela, que tendría que haber comenzado por otra. Quizá Reyes ha tenido más suerte, ella se llevó Tokio Blues. Si consigo confirmar que no es una agente japonesa a los servicios de Murakami ya me contará qué le ha parecido este otro libro.

 

Rodrigo Fresán acabará mandando al paro a todos sus críticos literarios

El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán

Si yo fuera un crítico literario me sentiría en verdaderos apuros a la hora de escribir sobre esta novela. Se supone que la crítica literaria desvela claves de una obra que dejan ver con mayor transparencia su valor. Pero con Rodrigo Fresán este análisis se vuelve casi innecesario gracias a sus acostumbrados epílogos. Al final de cada una de sus obras, Fresán se asoma al proscenio y dice algunas palabras al público en un gesto de complicidad y agradecimiento. Pero en el caso de El fondo del cielo, Fresán se ha traído una silla consigo, se ha puesto cómodo y le ha contado al público todo lo que siempre quiso saber acerca de la novela que acaba de leer y que nunca se atrevió a preguntar. Ya me imagino grandes hordas de investigadores universitarios y de críticos especializados saliendo a la calle con pancartas que rezan: «Déjenos a nosotros el trabajo de explicar su obra».

Pero a Fresán no le gusta solamente escribir literatura sino que también parece pasárselo pipa escribiendo sobre literatura. No hay más que leer sus reseñas. Y si habla de todos los demás, ¿por qué no hablar también de  sí mismo? Al fin y al cabo, las lecturas de Rodrigo Fresán son tan importantes como su propia imaginación a la hora de crear novelas. Todo va en un mismo paquete. Para escribir una nueva novela hay que servirse de las novelas que ya se han escrito y de las que ya se han leído. Esto parece obvio, pero algunos escritores pretenden que no nos demos cuenta de ello. Fresán, al contrario, prefiere convertirlo en un juego.

¿Qué quieren que les diga? Cuando leo una obra de Rodrigo Fresán siempre tengo una leve sensación de estar haciendo un sudoku o un crucigrama. Parece como si estuviera poniendo a prueba mi talento al intentar resolver lo que falta en cada fila o en cada columna. Me creo un tipo muy listo cuando reconozco una escena de alguna novela de Vonnegut o cuando algún personaje comparte rasgos biográficos con Philip K. Dick, o cuando veo a alguien tirándose a todas las piscinas y ya sé de dónde se ha sacado eso. Para cerciorar mi inconmensurable inteligencia tan solo tengo que ir al apartado de «soluciones», que en el caso de El fondo del cielo es el epílogo de Fresán. Allí está todo bien estipulado, veo que se me han escapado muchas cosas, a lo mejor es que no soy tan listo.

Pero lo bueno de todos los libros de Fresán es que se parecen al cine de Woody Allen. No hace falta conocer a Fellini ni a Bergman para partirse de risa con sus películas. Sus obras están creadas por capas y en todas ellas hay cosas interesantes. Hay chistes sobre Fellini y hay chistes sobre matrimonios convencionales. Hay diversión para todo el mundo. Y estoy seguro de que construir una obra con varios niveles de profundidad tiene que ser realmente difícil. Una obra para todos los públicos, entendiendo por todos los públicos tanto los lectores más avezados como los ocasionales. Y a Fresán esto se le da muy bien.

El fondo del cielo es una novela que podría leerse este verano en la playa. Mientras toman el sol. Mientras los demás se acaban la trilogía de Stieg Larsson. Así podrían ostentar una suerte de identidad secreta entre bañistas, como si fueran un Thomas Pynchon entre sombrillas y toallas.

 

Todavía no tengo edad para leer a John Cheever

La geometría del amor, de John Cheever (antología)

Recuerdo cuando en la Universidad decidí matricularme en una asignatura de Estética oriental. Allí encontré a una profesora que podría haber sido una gran juez de paz en su pueblo. La profesora repartía igual para todos y a menudo decía  que la Filosofía Oriental es tan válida como la Filosofía Occidental; también nos hizo leer a Raymond Panikkar, nos trajo fotocopias con algunas Upanishads y aprendimos a pronunciar adecuadamente Bhagavad-guita y Mahabharata sin que se nos trabara la lengua. Todo un lujo. Yo aprendí a valorar más mi egocentrismo occidental. Años después, mi amiga Inma decidió dejar su trabajo y emprender un viaje que comenzaría en el Tibet y que todavía no ha acabado (si quieren seguirle la pista visiten su valiosísimo blog, mucho más lumínico que la guía del Lonely Planet). Yo volví a regodearme todavía más en mi egocentrismo occidental. Con los indios, los tibetanos o incluso los chinos eso es muy fácil: uno solo tiene que mirarse el ombligo y recitar los postulados -y no mantras- keynnesianos hasta quedarse dormido en el sofá. Pero esta sencilla operación, tan necesaria como comer tres veces al día, se tuerce y se disloca cuando lo intento con John Cheever.

En contraposición a Buda, ¿se podría decir que Cheever es de aquí? John Cheever es el gran escritor de la clase media norteamericana, dicen. Es el Chejov de la clase media norteamericana, dicen. Es la síntesis y el ejemplo de la clase media norteamericana, dicen.

¿Se podría decir que Cheever y yo somos de aquí? Cuando a Lars von Trier le reprocharon el haber hecho Dancer in the Dark sin haber pisado ni una sola vez el suelo de los EE. UU., nuestro querido danés dijo algo así como que los EE. UU. ya estaban aquí. Pero esto es una obviedad más grande que un piano. Así que sigamos.

El caso es que el mundo de John Cheever me suena tan exótico como el de los textos védicos. Y digo exótico en el peor sentido del término y el que peor me deja a mí como lector. Según parece, la grandeza de Cheever está en esa forma de tejer un corpus de sutiles revelaciones sobre la condición humana. Uno lee a Cheever y comprueba la futilidad del hombre tras la jubilación, su soledad en el matrimonio y la incomunicación con sus seres queridos en las vacaciones. Eso y más en una galería de relatos que podrían constituir un patio de vecinos. Y si uno no es un lector entrenado y no capta los detalles de «la grandeza de Cheever», siempre puede leer la edición de La geometría del amor comentada por Rodrigo Fresán, él ya se encarga a lo largo del libro de evitarle al lector un lost-in-translation ocasional. Eso hice yo. Así de bien me fue. Creo haber entendido a Cheever, y por eso insisto en ese incómodo exotismo.

Cuando hablo de exotismo en realidad estoy hablando de ciencia ficción. Para mí John Cheever es un autor de ciencia ficción en una forma muy concreta. Está claro que no lo es en el sentido de proponer una sociedad alternativa con naves espaciales y androides. Pero sí lo es en un plano mucho más esencial. Por decirlo de algún modo, cuando leo sus cuentos no puedo dejar de percibir una emotividad sci-fi, una escala de valores sci-fi, una manera de ser sci-fi. No es el mundo que describe, sino su modo de estar en el mundo lo que se me antoja una distopía. O quizá sea lo contrario: una utopía a los ojos de un ser distópico (como pudiera ser mi caso).

Aquí lo único que ocurre  es que John Cheever y yo no nos hemos caído demasiado bien, el asunto no ha cuajado entre nosotros. Afortunadamente, ahí ha estado Rodrigo Fresán para paliar los daños. Rodrigo Fresán se ha comportado como la ONU, ha mediado entre nosotros con prólogo y anotaciones, e incluso consiguió que yo le pusiera una sonrisa de oreja a oreja a John Cheever, porque yo soy más de Fresán que de todos los Cheever mesiánicos.  Fresán llega a confesar en un momento del prólogo que Cheever es su escritor favorito. Yo no voy a decir, ni por asomo, lo mismo de Fresán. Pero sí que quizá es mi lector-que-escribe favorito. ¿Quién sabe?, quizá todavía me sea necesario  un cursillo etnográfico para el american lifestyle (como le hubiera hecho falta al protagonista de El desaparecido, de Kafka), o quizá todavía no tengo edad para leer a John Cheever.

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Respiración artificial, de Ricardo Piglia

Respiración artificial, de Ricardo Piglia

Estoy escuchando un disco de rap en el Spotify. Lo que más me interesa del rap es su capacidad para la manía referencial y su predisposición a la metaliteratura. El rap, ante todo, está construido con más rap, y lo que no es rap es algo que ya existe antes del rap pero que dentro del rap se transforma en algo nuevo y (a veces) valioso. El rap es un claro ejemplo de una visión del arte que se encuentra en multitud de ocasiones en la literatura actual. En el rap todo es, más primario, más rudimentario, por supuesto, pero el mecanismo es tremendamente parecido. No es tan distinto escuchar un disco de Tote King que leer una novela de Ricardo Piglia o de Vila-Matas. Yo los prefiero en el siguiente orden: Vila-Matas, Tote King y Ricardo Piglia. Los dos primeros construyen buena parte de su obra con referencias y personajes ajenos para delimitar un corpus metaliterario. Es el caso de Historia abreviada de la literatura portátil, del primero o la canción sobre zapatillas deportivas del segundo (ver aquí).

El caso de Ricardo Piglia es notablemente distinto. Piglia, ante todo, es un estudioso de la literatura, un profesor de literatura. Por eso, Respiración artificial está construida con ideas, los verdaderos personajes de la novela son sus ideas. Vila-Matas no es un estudioso, es un gran lector, Tote King no es un estudioso, es un consumidor de “botines” de basket (en el caso de esta canción). Así que Marcel Duchamp y unas Nike Air Jordan pueden ser personajes de ficción en cada uno de estos dos autores. Pero en Piglia sus novelas pueden estar movidas por cosas como una defensa del estilo de Roberto Arlt, y lo que más daño hace a su novela es que eso ni siquiera es ficción, sino teoría literaria. Si hay algo parecido a una novela sin personajes, es una novela donde las ideas pretendan funcionar como tales.

En la primera parte de la novela, Piglia recorre el siglo XIX de Argentina a través de la reconstrucción de un personaje ficticio. Pero este personaje no es el personaje de la novela, sino la propia Historia argentina del XIX y, en especial, la visión de Piglia. Su erudición es apabullante. Eso está muy bien. Pero mi reproche estriba en que en Respiración artificial los demás niveles de la novela están tejidos con una escritura que no me interesa como propuesta literaria. Lo mismo ocurre en la segunda parte de la novela, por mucho alterego de Gombrowicz que hable sobre Kafka y Hitler.

Todo esto me hace recordar otra novela que habla de la historia argentina. Me refiero a Historia argentina de Rodrigo Fresán. En este caso, no puedo evitar hacer comparaciones y saltar de alegría pensando en Fresán y en su primera novela. Cómo reorganiza la historia de su país de origen creando una serie de capas superpuestas que invitan a que uno se quede donde más cómodo se sienta. Fresán consigue con Historia argentina un mecanismo perfecto desde lejos y desde cerca, un mecanismo que funciona unido y que funciona separando sus piezas. En cambio, Piglia utiliza Respiración artificial para hablar sobre literatura en un lugar donde todos salimos perdiendo.