Yo soy de esos que piensan que Ibsen es un auténtico coñazo

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen

Casa de muñecas, de Henrik Ibsen

Hace dos veranos pasé parte de una noche en la terraza del apartamento de mis padres con una obrita de Ibsen entre manos. Llevaba chanclas y me sentía cómodo, y había un claro paralelismo entre el paisaje de los fiordos noruegos y la silueta de la playa de Benalmádena Costa. En realidad no era un paralelismo, sino una sustitución. La arena de la playa me sigue inspirando uno de mis mayores temores infantiles, pero aquel día estaba Henrik Ibsen allí para ahuyentar mi miedo con La dama del mar. Aquel día se lo agradezco a Ibsen, y ahí se terminan nuestros buenos ratos juntos.

Quizá fuera la playa. Ahora vivo en el interior y eso hace que Ibsen resulte insufrible. Tuve que haber previsto que en Salamanca no disponía de unas bermudas para leer Casa de muñecas, así que lo hice enfundado en unos pantalones de pana y un jersey. Esto no se lo recomiendo a nadie, porque Ibsen solo funciona bajo una sombrilla que anuncie Coca-Cola y junto a una pelota de playa que anuncie Nivea. Si ustedes tienen que irse de vacaciones con sus familias, lean las conspiraciones familiares de Henrik Ibsen para ir prevenidos.

Partiendo de la tragedia griega en adelante, la familia siempre me ha parecido un filón inagotable para la literatura. Por supuesto, también lo es para el cine: Celebration, de Thomas Vinterberg, Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman o casi cualquier film de Michael Haneke. En ambos casos el resultado es el mismo: la familia es una plataforma perfecta para revelar lo peor de nosotros mismos. No hay nada como un buen dramón familiar para pasar la tarde alegre y entretenido.

Y, claro, el señor Ibsen también tenía que tocarle las narices a la familia. Pero como ese día no tenía nada mejor que hacer, inventó un personaje como Nora y lo hizo protagonista de Casa de muñecas. Nora es la razón indiscutible que justificaría la misoginia más enrevesada. Odio a Nora casi tanto como los americanos odian a Osama Bin Laden. En fin, a Nora habría que enviarla a un campo de concentración nazi por vacaciones.

Una vez aclarado mi desprecio por el personaje, podemos seguir con el autor. Que conste que me encantan esos personajes a los que enseguida quiero darles un par de hostias. Los disfruto mucho. Pero lo que no soporto es que un autor meta mano al final de la obra para limpiar el rastro de mierda que han ido dejando sus personajes. Esto lo comprendo, por ejemplo, cuando se llega a la bajeza moral de la Factoría Disney, lo comprendo dentro de ese esquema narrativo, donde necesariamente el malo obtiene una redención a través del arrepentimiento y, cuando mucho, el sacrificio. Pero lo que no tolero de ningún modo es que al final Nora se llene de dignidad y pierda toda su coherencia. No lo aguanto. Para colmo, algunos críticos llegaron a decir que semejante chorrada era una obra pro-feminista. ¡Pobre Nora, subyugada por una sociedad patriarcal! Me encantaría escribir la segunda parte de Casa de muñecas para poder decirle a Nora cuatro cosas. Pero claro, Henrik Ibsen es un clásico del siglo XIX y yo solo tengo este blog.

El problema, como siempre, es la dignidad. La dignidad es aquello que aparece en los que no merecen respeto. La dignidad es un paliativo de los errores y los defectos humanos. Por eso, cuanta más dignidad exige una persona más agravios debería recibir por nuestra parte. ¿A quién se le ocurrió el concepto de dignidad? ¿Qué sociedad lo instauró? ¿Desde cuándo es un valor arraigado en el mundo? La Humanidad inventa cosas como la dignidad, y por culpa de eso se escriben personajes como los de Nora.

En realidad, ahora debería continuar con El pato salvaje, que también venía incluido en el mismo volumen que Casa de muñecas. Pero me he cansado de Ibsen. He dejado esta segunda obra a medias. Si hay algo más coñazo que una obra social de Ibsen es una obra simbolista de Ibsen. Supongo que debería ir al apartado de «Lecturas inacabadas» y hablar de El pato salvaje. Pero no lo voy a hacer, porque me parece excesivo cabrearme dos veces en un mismo blog con uno de los dramaturgos más importantes de la Historia de la Literatura Universal. Uno tiene su mesura. Así que lo mío con Ibsen acaba aquí. Sin más aspavientos.

 

Sueño americano / Sueño kafkiano

El desaparecido, de Franz Kafka

El desaparecido, de Franz Kafka

Una infección apriorísticamente secreta de la uña del pie derecho puede llevarnos hacia la más absoluta aniquilación. Solo es necesario que la uña consiga encarnarse y vaya desarrollando su proyecto paulatinamente hasta mostrarnos su «demasiado tarde». De esta forma acabó mi pie derecho infectado hasta la altura del tobillo.  La infección alcanzó un estado de conciencia en forma de cojera. Después de cojear durante toda la noche en el hotel mientras preparaba el salón de los desayunos, me atreví a suponer que aquel pie deformado por una hinchazón roja y púrpura no sufría varices, sino cualquier otro destino del hombre.

Mi pie derecho dejó de ser un pie para convertirse en un espectro. De forma similar, El desaparecido, de Franz Kafka, propone un desarrollo paralelo al de mi pie al otro lado del océano. Hay que explicar esto: Todos sabemos que Kafka es el padre del siglo XX. Nos lo enseñaron desde pequeños o lo aprendimos a través de la experiencia. Él lo parió una tarde después de firmar unos documentos acreditativos y luego lo dejó olvidado en su mesa de despacho hasta nuestros días. El siglo XX por fin ha pasado y Kafka ya no lo encontrará en su escritorio cuando regrese mañana. Pero he de confesar una cosa, jamás había advertido que Kafka también inventó el sueño americano. Ahora comprendo el placer gracias a tantas horas de televisión. Cada vez que disfruto de una película de Hollywood basada en este esquema estoy releyendo El desaparecido antes de haber leído sus páginas.

También es sabido por todos que solo se puede triunfar en América previa desaparición formal. Mi pie derecho, por ejemplo, hubiera triunfado en América con suma facilidad. El desaparecido es una novela sobre el triunfo, del mismo modo que lo son El proceso y El castillo. Sus protagonistas alcanzan un éxito que no sospechaban al principio y que no querían. Pero nosotros sí queríamos gozar de su éxito. Nosotros hemos alimentado el siglo XX y su sueño americano a partir de las implacables tesis kafkianas. ¿Cuáles son estas tesis? No tengo ni idea. Pero los tres protagonistas de las tres novelas de Kafka viven el mismo destino, un destino muy parecido al de mi pie derecho. Del mismo modo, los tres protagonistas llegan a un fin dentro de tres novelas igualmente «inacabadas». ¿Por qué no acabó Kafka sus tres novelas? No tengo ni idea. Pero me temo que si mi pie derecho consiguiera destruirme el mundo quedaría igualmente inacabado para mi desconsuelo.

De los tres personajes, el protagonista de El desaparecido parece tener mejor suerte que los demás. Ya sabemos cómo terminan El proceso y El castillo. Pero el caso que nos ocupa trata de un adolescente que parece cumplir su proyecto: vivir, después detodo, el sueño americano. Si su final aparenta ser más suave es porque el protagonista solo tiene 16 años. Es un adolescente, y Kafka no quiere exigirle un final drástico. Puede ser engañado. Puede engañarnos a todos con él y hacerlo vivir en el mundo de los hombres. Los protagonistas de las otras dos novelas ya eran adultos, por fin habían llegado al mundo y ya solo les quedaba sufrirlo.

En la contraportada de la novela se dice que Kafka reconoció la influencia de Dickens; supongo que por ser El desaparecido una suerte de novela de iniciación. Yo también creo ver a Dickens detrás de la cortina de Kafka, pese a que jamás he leído a Dickens y solo puedo vislumbrarlo si imagino cómo habría de escribir Dickens. De todos modos, El desaparecido es una bisagra que mantiene unido el siglo XIX al siglo XX inventado por Kafka. Después del gran siglo XIX donde la novela alcanza su madurez, era necesaria esta bisagra para que otra cosa fuera posible. Esta novela de iniciación que, al fin y al cabo, es precursora de una literatura que en Kafka siempre es una novela de iniciación al mundo. Podríamos decir que la literatura de Kafka siempre es una manera de estar en el mundo, por eso es tan útil y tan práctica, porque nos ayuda a tomar conciencia. Uno siempre debería salir a la calle con una novela de Kaka en una mano y con un palo en la otra para partírselo en las espaldas al primero que se tercie. Así quizá sobrevivamos a este proyecto.

A todo esto me pregunto: ¿cómo hubiera sido esta reseña enfocada desde mi pie izquierdo? No olvidemos que yo soy zurdo. Mi pie izquierdo está sano, y no sé si debería empezar a preocuparme.

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La eficiencia de Stanislaw Lem

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

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Mi tiempo de lectura ha caído en picado. Y, por desgracia, este año soy un ejemplo a seguir. He encontrado un trabajo de portero nocturno en un hotel, duermo por las mañanas hasta la hora del almuerzo y dedico las tardes a preparar unas oposiciones. Adelante, siéntanse orgullosos de mí. Pueden alabar mi constancia, mi dedicación y mi autosuficiencia. Dada mi situación, la culpa rechina los dientes cada vez que cojo una novela en mis horas de estudio. Tengo que aprovechar la nocturnidad de mi trabajo para leer, aunque en ocasiones me vea interrumpido por clientes borrachos o por parejas que bajan de madrugada a preguntar si en el hotel hay preservativos. Por eso, en mi caso viene bien un tipo de literatura que mantenga mi cabeza en funcionamiento con transcursos cortos de lectura, que me dé horas de satisfacción a partir de pocas páginas. En otras palabras, necesito «literatura de alto rendimiento», o LAR en sus siglas habituales. Quizá el mayor paradigma de la literatura de alto rendimiento sea Borges, capaz de construir un universo literario expansivo en un relato breve. Pero no vamos a hablar de Borges. A mí no se me ocurriría hablar de Borges, porque luego pasa lo que pasa.

Aunque cueste creerlo, es posible encontrar escritores que consiguen encajar en este paradigma borgiano sin dejar de ser originales. No todo escritor que se acerca a los postulados de Borges es anulado por Borges. Por ejemplo, Elisa diría que Michael Ende es uno de ellos (si no la creen, lean El espejo en el espejo y ya verán). Por lo tanto, me atrevo a asegurar que existe toda una extirpe de escritores de LAR o literatura de alto rendimiento. Los cánones de este subgénero no están del todo claros y se basan en lo anteriormente predicado sobre Borges, supongo. ¿Quién sabe si en realidad la literatura de alto rendimiento no es una alternativa extraoficial y, por supuesto, secretísima al canon de Harold Bloom? Quizá Shakespeare ya no funcione como paradigma dentro de una taxonomía LAR. Debido a mi trabajo y a mis oposiciones, estoy pensando seriamente pasarme al canon LAR a la hora de entender el mundo, aunque puedan tildarme de conspirardor.

Un escritor que ha traído literatura de alto rendimiento a mi vida es Stanislaw Lem con su obra Vacío perfecto. Stanislaw Lem es otro de esos escritores que puede acercarse a Borges sin ser anulado. Del mismo modo que Borges usaba sus cuentos para hablar de novelas apócrifas, Lem plantea una serie de reseñas sobre libros inexistentes. En el caso de Lem, cada reseña es un prototipo para obra maestra. Pero Lem sabe que sus prototipos contienen en sí mismos la posibilidad de una obra maestra y que, a la vez, no plantean las mismas dificultades de tiempo y esfuerzo; es decir, Lem decide no meterse en camisas de once varas por unos resultados que ya ha logrado, porque, en cierto modo, en Lem también se trasluce la frustración del escritor ante el intento de crear una gran obra. Además, este planteamiento es el mismo desde el lado del lector. Uno obtendría de los textos de Vacío perfecto lo mismo que de las obras no escritas por Stanislaw Lem. Por eso nos encontramos ante una literatura de alto rendimiento.

Y aquí no acaba todo. ¿Quién desaprovecharía la oportunidad de reírse de los errores, de los tics, de las pretensiones de los escritores? ¿Quién no ha querido reírse de Joyce y de todos los grandes logros literarios, quién no ha querido reírse de sí mismo una vez puestos a reírnos? Stanislaw sí, por supuesto. Y todos deberíamos seguir su ejemplo.

Donald Barthelme y papá

El padre muerto

El padre muerto

Uno de los aspectos más divertidos de mi historia personal de la lectura es cómo les sigo la pista a esos autores de los que apenas sé nada y que, por supuesto, se encuentran descatalogados, pero que, sin embargo, sé que tengo que esperar pacientemente mi oportunidad de hacerme con ellos porque me han hecho tilín por alguna razón poco clara. Por supuesto, con Internet mi búsqueda se vuelve extremadamente sencilla. Pero por norma me sirvo de un método distinto. Prefiero hacer mi búsqueda in situ, voy a la librería y los acecho. Obviamente, al estar descatalogados o mal distribuidos, no los encuentro en ninguna librería, pero, de todos modos, yo sigo acechando porque sé que van a aparecer un día de estos. Visito asiduamente las librerías y siempre compro otros libros, pero sigo acechando, atento, por si en alguna estantería aparece repentinamente uno de estos autores tan extrañamente deseados por mí. En la actualidad, voy persiguiendo, entre otros, a John Barth, a Steven Millhauser y a Donald Barthelme. Del primero sigo sin saber nada (sólo que me apetece mucho leer La ópera flotante); del segundo ya encontré una pequeña edición de una de sus novelas cortas en una pequeña editorial argentina; del tercero acabo de recibir la merecida recompensa por mi tenacidad. Sexto Piso ha publicado El Padre muerto de Donald Barthelme, y es una maravilla.

¿Se pueden utilizar hoy mecanismos del absurdo al estilo de La cantante calva, por ejemplo? Quizá escribir ahora así podría parecer ingenuo, porque una vez que hemos tomado conciencia del absurdo de todas las cosas ya no nos queda más absurdo que nos dé placer. O dicho de otro modo, una vez que hemos aprendido a desarticular nuestros códigos para privarles de su sentido común no nos va sorprender ver un vacío en donde debería haber una realidad. No estoy diciendo que ya venimos de vuelta. Estoy pensando en Ionesco y en Barthelme. También estoy pensando en Boris Vian y en El otoño en Pekín, no he podido dejar de pensar en esa obra mientras leía El padre muerto, del mismo modo que no pude dejar de pensar en La cantante calva cuando leí El otoño en Pekín (aunque, en realidad, leí estas dos obras en sentido contrario, pero eso no importa, porque en mi cabeza funcionan así). El otoño en Pekín se servía del absurdo con una ingenuidad plenamente consciente y, además, con esa ligereza y esa frivolidad pretendidas que disimulaban una crueldad inmensa y exquisita.

En el caso de Donald Barthelme, el absurdo se usa como si fuera una solución fijadora de la realidad. Somete la idea del padre al absurdo para poder ir desmontándola, ordenándola por capas y midiendo su potencial. Barthelme no toma al padre y hace de él un reducto ad absurdum, sino todo lo contrario: despliega todas sus posibilidades desarrollándolo mediante el absurdo. Barthelme, por así decirlo, construye significados a partir del absurdo.

Además de hacer todo esto (y otras cosas), Donald Barthelme es un tipo divertidísimo. Tengo que decir que me cae muy bien Donald Barthelme y que estoy muy contento de haber estado acechando pacientemente hasta el momento de su aparición. Ahora me queda encontrar algo más voluminoso de Steven Millhauser y alguna novela de John Barth. Los improbables lectores de este blog podrían pensar en regalarme algún libro de ellos para mi cumpleaños.

Henry James es más listo que yo

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Yo en realidad no pensaba volver todavía a Henry James. Quería darle su tiempo después de nuestro primer y maravilloso encuentro. La opción A era otra en mi historia de la lectura personal. Pero unos amigos decidieron por mí en una cena, justo cuando iba a meter la que hubiera sido la opción A en mi bolso. Henry James estaba en la recámara, pero se hizo con el siguiente turno y la otra opción ha quedado relegada hasta que me vuelva a apetecer contemplarla.

Así que de esta forma llegamos a Otra vuelta de tuerca. Uno abre bien los ojos y lee con detenimiento. Uno sigue el argumento capítulo a capítulo sin perder detalle. Uno llega al final del libro y se queda con esa sensación de cuando nos vamos a caer al suelo pero finalmente alguien nos sujeta y todo queda en un susto y en la visión de un golpe no ocurrido. Algo así me pasó a mí con Otra vuelta de tuerca. Lucas me criticaría mucho (con toda la razón del mundo), como me criticó cuando le expliqué cómo me había sentido al principio con los cierres que David Foster Wallace le da a sus cuentos. Henry James y Foster Wallace son dos buenos ejemplos para reconocer que no siempre soy capaz de asimilar una nueva estructura de inmediato. Althusser decía algo así como que la ideología es una estructura que solapa a otras estructuras ajenas (esto no es una cita, sino el vago recuerdo de lo que una profesora comentó un día sobre Althusser). En el caso de ser así, el amigo Althusser explicaría porqué me quedé boquiabierto cuando terminé de leer Otra vuelta de tuerca. Pero no sólo lo dice Althusser, también lo dice mi padre. Mi padre, que afortunadamente no es Althusser, ha predicado durante toda su vida la importancia de la empatía, es decir, la capacidad de ponerse en la posición del otro. ¡Uno tiene que aprender tanto del padre!

En Otra vuelta de tuerca, Henry James pone en práctica su teoría del punto de vista. De este modo, construye varias historias dentro del mismo relato. En la economía de una sola narración encontramos lecturas paralelas dependiendo de la posición de los personajes. La idea es más o menos esa, lo hizo Henry James en 1898 y me la ha intentado inculcar mi padre desde que tengo uso de razón. Pero supongo que mi visión egocéntrica del mundo me hizo seguir nada más que una de las alternativas posibles. Por eso quedé así cuando cerré Otra vuelta de tuerca.

Una vez recuperado de la conmoción, ya más fresco y con el libro bien masticado, vamos a otra cosa. Henry James no es sólo más listo que yo, sino que también es uno de los más listos de todos los escritores del siglo XIX (y en ese siglo hubo muchos listos). Si en el siglo XIX se puede decir que la novela alcanzó su plena madurez, con Henry James ocurrió algo más. Uno lee Otra vuelta de tuerca y se da cuenta de que hay una autoconciencia de la novela. Henry James ha visto y ha comprendido los mecanismos de este género literario y se dedica a hacer pruebas de laboratorio para ver qué resultados consigue. Me atrevería a decir que en Otra vuelta de tuerca se empieza a vislumbrar la necesidad de las vanguardias en la literatura. A partir de obras así, solo existe la posibilidad de desmontarlo todo y tener la pretensión de inventar cosas nuevas. Al fin y al cabo, una vanguardia literaria podría definirse como “otra vuelta de tuerca” de la literatura de una época (menudo juego de palabras chorra, pero creo que la idea se entiende, ¿no?).

 

 

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Mi cabeza laminada en escenas de Thomas Pynchon

Vineland, de Thomas Pynchon

Vineland, de Thomas Pynchon

Lo he dicho en otras ocasiones: el calor difumina mi contorno, hace que me vuelva más voluble y que se me confunda más fácilmente con otro. En los días de mucho calor no consigo que mi cabeza se mantenga perfilada dentro del hueco de mi cabeza, y eso da lugar a errores de cálculo que, traducidos al juego cotidiano que pretendo mantener conmigo mismo, condicionan cualquier proceso o idea que podría haber tenido si todo estuviera al 100%. Sé que esto suena a excusa, pero los días de calor pierdo la fe en mi cabeza. Pero por fin ahora estoy en condiciones de proclamar que el verano ha concluido en este punto geográfico. El frío vuelve a esbozar el óvalo deformado de mi cráneo, pero la transición he de reconocer que no ha sido fácil. 

Aquí es donde entra de lleno Vineland, de Thomas Pynchon, una narración perfectamente adecuada para asistirme en este mecanismo de autoadaptación. ¿Quién lo diría? Hace tiempo le tenía miedo a Pynchon porque creía que mi cabeza se derrumbaría, pero ahora ha sido él quien me la ha devuelto. Vineland se ha instalado en mí como un work in progress con ciertas esperanzas de cumplir con algo que en realidad nadie ha señalado. Vineland es un trabajo de disgresiones armadas sobre el desorden, y que solo así se mantienen en pie, conectadas unas con otras de un modo sencillo y eficaz, como si Thomas Pynchon tan solo utilizara una llave Allen para montar sus estructuras. Quizá en Vineland comienzo a comprender esa idea de entropía que Rodrigo Fresán le asignaba en alguna parte. O, aún mejor, se me ocurre una imagen más clarificadora: imaginen que un niño sentado en el banco de un parque juega a expandir con su zapato un montoncito de tierra que había reunido previamente. Al final queda un dibujo de suelas de zapato solapadas entre sí que describen líneas y curvas en todas direcciones. Pues así se desarrolla la narración en esta novela. 

También he pensado en otras cosas. Por ejemplo, he pensado mucho en Quentin Tarantino. Parece ser que este señor fue el empleado de un videoclub. Yo quiero pensar que Tarantino a veces buscaba un rato para leer en las horas de menor clientela, y que allí leyó Vineland, donde era posible que hippies y ninjas convivieran en un mismo argumento, del mismo modo que podía tocar una banda de punk en una boda italiana o darse un “romance” entre una revolucionaria que hacía cine documental y un policía corrupto y fascista. Esta capacidad para acoplar estéticas tradicionalmente monocromas y crear una paleta propia se la reconozco a Tarantino, y por eso al leer esta obra pensé de pasada en Kill Bill, por ejemplo. Y he pensado otras cosas que ahora no recuerdo pero que no creo que importen demasiado. El único mensaje importante es que vuelvo a creer en mi cabeza después de atravesar el espacio que encierra Vineland. Por fin hace frío, y el frío es salud.

 

 

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Instalaría una tienda de campaña en los cuentos de Carver

Tres rosas amarillas, de Raymond Carver

Tres rosas amarillas, de Raymond Carver

Hay que leer a Raymond Carver para poner las cosas en su sitio. Hoy he terminado Tres rosas amarillas y ha sido un reset redentor para soportar la vuelta de un pequeño viaje. Después de Carver, casi todo es posible, mi ánimo se templa. Con él he descubierto algo: Uno puede enfrentarse a casi cualquier lectura después de haber leído a Carver. No importa que uno sufra mucho y aun así se disponga a comenzar un libro a riesgo de sufrir aún más, porque leer a Carver es como anular los condicionantes previos. Carver es todo lo que necesitamos para tranquilizarnos un poco. Si a mí me contratara una gran empresa para ser el catador oficial de sus productos, yo leería cualquiera de los cuentos de Tres rosas amarillas o de Catedral antes de probar nada. Así es Raymond Carver después de haberlo terminado, pero resulta muy distinto en el durante.

Porque Carver trabaja con un material que responde al lema: “esto le puede ocurrir a una persona”, sin que ello tenga nada que ver con lo que a mí me ocurre. Recuerdo cuando, en Barcelona, Cristof Polo se detenía en el metro o en la calle y me decía: “¿ves?, eso es Carver”. Uno no afronta la literatura de Raymond Carver desde una realidad o desde la propia experiencia, sino que afronta la realidad cotidiana desde la literatura de Carver, sus cuentos provocan una experiencia personal, contaminan nuestra percepción del mundo mientras mantenemos el libro en la mano. Después, esto pasa, y quedamos sedados, llega el reset anunciado. Pero eso, como he dicho al principio, es después.

Y es que Carver, en cierto modo, acaba con nuestro estilo de vida durante unos días (o unas horas, ¿quién sabe?), porque Carver ya ha desaparecido ante nuestras narices y se ha llevado su hipotético estilo consigo para que no lo veamos. Su estilo invisible es, quizá, lo que uno experimenta en su propia vida cuando lo lee. El estilo invisible de Carver es un holograma que se proyecta sobre el lector. Así se produce la sustitución. A saber: La otra mañana me levanté relativamente tarde, y en seguida sonó el teléfono como si estuviera esperando a que yo abriera los ojos. Preguntaron por un tal José González y solo acerté a decir “no”. Completamente dormido, conseguí llegar hasta el baño con la nariz taponada, pero esta vez tocaron al timbre y era una gitana pidiendo. Le cerré la puerta sin miramientos. Volví al baño con la nariz llena de mocos, solo quería sonarme la nariz de una vez por todas. Me miré al espejo, y por alguna razón trivial pero sugerida por el cuento de Carver que leí la noche anterior pensé que todo aquello era otro cuento más de Carver, pero que esta vez me había tocado a mí. En realidad, uno no necesita sentirse muy especial para creer que podría pertenecer a su literatura. Y eso es un consuelo para todos nosotros.

El profesor Ricardo Piglia

Respiración artificial, de Ricardo Piglia

Respiración artificial, de Ricardo Piglia

Estoy escuchando un disco de rap en el Spotify. Lo que más me interesa del rap es su capacidad para la manía referencial y su predisposición a la metaliteratura. El rap, ante todo, está construido con más rap, y lo que no es rap es algo que ya existe antes del rap pero que dentro del rap se transforma en algo nuevo y (a veces) valioso. El rap es un claro ejemplo de una visión del arte que se encuentra en multitud de ocasiones en la literatura actual. En el rap todo es, más primario, más rudimentario, por supuesto, pero el mecanismo es tremendamente parecido. No es tan distinto escuchar un disco de Tote King que leer una novela de Ricardo Piglia o de Vila-Matas. Yo los prefiero en el siguiente orden: Vila-Matas, Tote King y Ricardo Piglia. Los dos primeros construyen buena parte de su obra con referencias y personajes ajenos para delimitar un corpus metaliterario. Es el caso de Historia abreviada de la literatura portátil, del primero o la canción sobre zapatillas deportivas del segundo (ver aquí).

El caso de Ricardo Piglia es notablemente distinto. Piglia, ante todo, es un estudioso de la literatura, un profesor de literatura. Por eso, Respiración artificial está construida con ideas, los verdaderos personajes de la novela son sus ideas. Vila-Matas no es un estudioso, es un gran lector, Tote King no es un estudioso, es un consumidor de “botines” de basket (en el caso de esta canción). Así que Marcel Duchamp y unas Nike Air Jordan pueden ser personajes de ficción en cada uno de estos dos autores. Pero en Piglia sus novelas pueden estar movidas por cosas como una defensa del estilo de Roberto Arlt, y lo que más daño hace a su novela es que eso ni siquiera es ficción, sino teoría literaria. Si hay algo parecido a una novela sin personajes, es una novela donde las ideas pretendan funcionar como tales.

En la primera parte de la novela, Piglia recorre el siglo XIX de Argentina a través de la reconstrucción de un personaje ficticio. Pero este personaje no es el personaje de la novela, sino la propia Historia argentina del XIX y, en especial, la visión de Piglia. Su erudición es apabullante. Eso está muy bien. Pero mi reproche estriba en que en Respiración artificial los demás niveles de la novela están tejidos con una escritura que no me interesa como propuesta literaria. Lo mismo ocurre en la segunda parte de la novela, por mucho alterego de Gombrowicz que hable sobre Kafka y Hitler.

Todo esto me hace recordar otra novela que habla de la historia argentina. Me refiero a Historia argentina de Rodrigo Fresán. En este caso, no puedo evitar hacer comparaciones y saltar de alegría pensando en Fresán y en su primera novela. Cómo reorganiza la historia de su país de origen creando una serie de capas superpuestas que invitan a que uno se quede donde más cómodo se sienta. Fresán consigue con Historia argentina un mecanismo perfecto desde lejos y desde cerca, un mecanismo que funciona unido y que funciona separando sus piezas. En cambio, Piglia utiliza Respiración artificial para hablar sobre literatura en un lugar donde todos salimos perdiendo.

Guy de Maupassant como perfecta lectura veraniega

El Horla y otros cuentos fantásticos

El Horla y otros cuentos fantásticos

 

Ya estamos en pleno mes de agosto y todavía no tengo claro de qué trata la trilogía de Stieg Larsson. Creo que va sobre una hacker informática que intenta descubrir un asesinato, o algo así. En absoluto me siento orgulloso de no estar a la moda. No me veo especial por ello. Comprendo la necesidad de las lecturas veraniegas, libros de fácil lectura y estructura reconocible a primera vista, historias cautivadoras que nos hagan perder la noción de lo que somos durante un buen rato, comodines para las horas en primera línea de playa y para el ratito antes de dormir. De acuerdo, yo también apuesto por la sociedad del espectáculo, por eso recomiendo a Guy de Maupassant. 

El Horla y otros cuentos fantásticos es una selección de relatos que cumple todos los requisitos que he enumerado más arriba, tiene los ingredientes necesarios para ser un hit veraniego. En casi todos los cuentos del volumen, Maupassant nos presenta a un personaje y, a continuación, nos narra su historia a través de su propia voz. El lector veraniego traba amistad o, al menos, simpatía en solo dos párrafos con el anfitrión de la historia. A partir de ahí, uno sufre por las inquietudes que padece y las desgracias que le acechan. Y, finalmente, uno se queda intrigado al comprobar que Maupassant siempre nos deja una puerta abierta a lo desconocido, uno está del lado de la razón y de las vacaciones, pero es capaz de vislumbrar el misterio a la sombra de un chiringuito. 

Y puestos a dar más prestaciones, encuentro en este libro de Maupassant algunas ventajas impensables en los códigos Da Vinci y en las sombras del viento que veo en brazos de turistas cuando aprieta el sol. Para empezar, valoro su ergonomía. Este volumen se encuentra casi siempre en su versión de bolsillo y no excede las doscientas páginas. Seamos sinceros, ¿quién quiere leer más de doscientas páginas en dos semanas de vacaciones? ¡Tampoco vamos a invertir todo nuestro tiempo en literatura! Por su reducido grosor, no pesa y cabe en cualquier parte, así que lo podemos llevar siempre con nosotros para ahuyentar el posible aburrimiento. Además, se trata de un libro de cuentos, y no de una novela que se extiende sin darnos ipso facto el placer de un final. Estoy seguro de que al menos cuatro de cada diez lectores de Stieg Larrson no acabarán la novela durante su período vacacional. Con Guy de Maupassant esto no ocurrirá nunca. Sus relatos están confeccionados para que uno no tenga que pasar muchas horas con la vista fija en el libro. Empleando unos minutos, el lector veraniego conseguirá comenzar y acabar un cuento completo con su consecuente satisfacción por haber terminado una historia. Y así una y otra vez. 

A Guy de Maupassant le enseñó a escribir Gustave Flaubert, tal y como explican todas sus biografías en Internet. Si algún bañista se entera de esto, quizá prefiera probar con Madame Bovary en lugar de con la siguiente entrega de alguna nueva trilogía de algún otro autor distribuido por Planeta o por alguna editorial similar que sepa cómo hacer caja con una buena campaña de marketing. Y, ¿quién sabe? Si uno lee Madame Bovary quizá pueda acabar adquiriendo un buen gusto para la literatura. 

  

  

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El capitán Ahab en manos de Malcolm Lowry

Piedra infernal, de Malcolm Lowry

Piedra infernal, de Malcolm Lowry

¿Y quién no tiene una ballena blanca? Lo que ocurre es que los ciudadanos inteligentes hacen todo lo posible por evitarla, por no molestarla en el fondo de sus océanos. Pero además de ciudadanos inteligentes hay neuróticos, escritores, obsesivocompulsivos, egomaníacos, curiosos, artistas, depresivos, intrépidos y algún que otro imbécil con mala suerte. Por eso las ballenas blancas asoman sus lomos en las mejores familias. En el caso de los escritores, Herman Melville diseñó la metáfora perfecta para que el mundo entero pudiera aplicarla. Pero para mí, Melville no fue el gran ballenero de la literatura, fueron otros, por ejemplo este es el caso de Malcolm Lowry. Su literatura es un constante camino hacia la autodestrucción; además, su literatura nunca se aparta de lo que podemos encontrar en su biografía, así  que podríamos decir que Lowry era un ballenero de la literatura porque había nacido para serlo. Podríamos intentar seguirle el rastro a todos los balleneros de la literatura, todos aquellos que persiguieron una obsesión que sabían que acabaría con ellos, pero que le daría grandeza a sus obras. Pero no me siento preparado para entrar en ese juego arqueológico, no sabría cómo organizar taxonómicamente los esqueletos de cetáceo que encuentre a mi paso.

Por eso, sigamos con Malcolm Lowry. Piedra infernal es una novela sobre un pianista de jazz que desearía ser el capitán Ahab. Un pianista alcohólico que llega a Estados Unidos siguiéndole el rastro a Herman Melville. Además de  seguir este rastro, Lowry también nos concede una dicha que no tuvimos en Moby Dick, porque nos muestra al pianista, Bill Plantagenet, dentro de su propia ballena, y es ahí donde narra su historia. La ballena por dentro es un hospital psiquiátrico donde es imposible recuperar la cordura, porque, en realidad, los males que se sufren allí dentro son iguales a los que se sufren en el exterior. Nadie está a salvo. La redención es imposible. Dentro de la ballena ni siquiera hay un final con sentido.

El principal problema que me plantea Piedra infernal es lo que ocurre cuando la ballena blanca nos expulsa. Cuando nuestra obsesión nos da de lado y restaura nuestra presencia en el mundo nos encontramos solos. ¿Hacia dónde hay que dirigirse ahora? ¿Habría que empezar a buscar de nuevo a la ballena blanca con más tenacidad si cabe? ¿Es esto una segunda oportunidad para que cambiemos de parecer? ¿Tendríamos que convertirnos en ciudadanos inteligentes o ahora es cuando estamos realmente perdidos?

Foster Wallace es mi nuevo ídolo

Extinción, de David Foster Wallace

Extinción, de David Foster Wallace

Si David Foster Wallace no hubiera abandonado su prometedora carrera como tenista, quizá hoy día los comentaristas hablarían de “el merecido sucesor de André Agasi”, y en el improbable caso de que el deporte hubiera evitado que se ahorcase en su casa tal y como hizo hace un año, estoy convencido de que Foster Wallace siempre perdería contra Rafa Nadal en cuartos de final de cualquier Grand Slam. Si esto fuera así, la televisión nos regalaría imágenes de Foster Wallace odiando a Rafa Nadal por su integridad en la pista y por su entereza moral, del mismo modo que Lucas Martín lo hace cada vez que encendemos la tele y Nadal anuncia un todoterreno o juega contra el ese suizo alto y guapo. Yo no odio a Nadal tanto como Lucas Martín ni como hipotéticamente lo haría David Foster Wallace, pero a ellos dos les cuesta admitir su integridad moral y psicológica. A uno en el sofá de casa y a otro en una ya imposible carrera como tenista. Y es que Foster Wallace y Lucas Martín tienen muchas más cosas en común que Foster Wallace y Rafa Nadal o que Rafa Nadal y Lucas Martín. Ambos están en mi top ten de mejores escritores, mientras que a Nadal no le queda más consuelo que moverse en el top ten de la ATP. Es cierto que los tres coinciden en poseer una bien poblada y larga cabellera. Pero incluso en este detalle, Foster Wallace y Lucas Martin comparten más semejanzas en cuanto a tono, longitud y ondulación del pelo; además, ambos son mucho más guapos.

Pero volvamos con André Agasi, porque si los comentaristas deportivos podrían haber llamado a Foster Wallace “merecido sucesor” suyo es porque también podríamos llamar a Foster Wallace “merecido sucesor” de buena parte de los escritores del siglo XX norteamericanos y europeos. Porque (ahora con respecto a su narrativa) David Foster Wallace es capaz de hacerlo todo bien. Foster Wallace ha leído y ha comprendido y, después, ha sabido aplicarlo. Es decir, parece que sus lecturas son en sí mismas herramientas para sus obras. Se supone que esto se puede predicar de cualquier escritor, pero no siempre parece tan claro como cuando uno se encuentra con los cuentos de Foster Wallace. Por eso sus cuentos pueden ser cualquier cosa, desde el nouveau-roman hasta lo carveriano. Porque Foster Wallace es la medida exacta que hay entre un punto y otro de una gran historia de la lectura. Él siempre nos aporta la fórmula exacta para que una historia funcione. Y no importa qué historia. Como ya me pasó con Roberto Bolaño, David Foster Wallace me hace comprender nuevamente que cualquier historia, por estúpida, anodina o extravagante que sea, puede convertirse en literatura, en muy buena literatura. Aunque aclaro que todas las historias que se proponen en Extinción, el libro que en este caso nos ocupa, me parecen estupendas. Por ejemplo, en Extinción se relatan, entre otras cosas, un conflicto matrimonial por culpa de los supuestos ronquidos del marido, las esculturas de mierda que un artista modela directamente al cagar, la presentación de un nuevo pastelito a un grupo de personas del target elegido, etc. En todos ellos ocurre lo mismo, no importa si la historia suena o no a gran historia, porque el relato de la historia es buenísimo.

Quizá el Thomas Bernhard más positivo

Sí

Hace unos días, un amigo me hablaba de su situación al borde del colapso y de la inesperada aparición de una pareja. Esta pareja logró detener su colapso ya inminente. Entre ambos consiguieron encauzar el ánimo de mi amigo. Hasta cierto punto, mi amigo se sintió salvado. Esto duró seguramente poco, pero la idea de salvación apareció para quedarse con él durante algunos días, quizá semanas. De esto me he acordado al terminar de leer , de Thomas Bernhard. Es muy probable que se trate de su única obra en la que la salvación se contemple como posibilidad, o al menos como esperanza que alumbra durante instantes algunas páginas de la novela. La aparición de personas puede salvar a otras personas, ¿quién diría eso en la poética de Thomas Bernhard? Es más, la salvación se revela como una condición que atañe a ambas partes.

Este es el Bernhard más filantrópico que me he encontrado hasta la fecha, pese a ser, al mismo tiempo, el Bernhard más desesperanzador y desalentador de todos los Bernhard posibles. Porque no es una novela que pueda darnos ejemplo a todos los que pataleamos continuamente en nuestro sillón. no es capaz de demostrarnos nada, no nos da ninguna lección moral, porque Thomas Bernhard, por fortuna, es incapaz de hacer una cosa así. El que aparece en el título de esta novela no es un positivo, ni tampoco es un que pretenda afirmar la salvación de la que he estado hablando. Es, probablemente, el más catastrófico de todos.

es una novela corta que ilustra el refrán de “la esperanza es lo último que se pierde”. Porque en hay esperanza, del mismo modo que también hay fin de la esperanza. Como en todas las obras de Thomas Bernhard, aquí tampoco hay escapatoria. No hay por donde salir de aquello en lo que uno haya entrado con el paso de los años, si es que uno quiere salir de algún lugar, o de algún estado de ánimo, o de lo que uno ha hecho de sí mismo. Bernhard, en cierto modo, demuestra a lo largo de toda su obra cómo se construye la literatura de terror si la necesidad de factores paranormales. Pero, al mismo tiempo, su literatura resulta balsámica cuando el miedo está aquí (discúlpenme por no saber situar este aquí). Leer a Bernhard cada cierto tiempo ayuda a no encontrarse al borde del colapso, pese a que ese estado de ánimo sea el tema central de su literatura. Resulta paradójico y saludable.

El peor Kenzaburo Oé del mundo

Una cuestión personal

Una cuestión personal

Si uno fuera Dostoyevski gozaría de mucha más empatía en la vida. Uno podría moldear el fuero interno de sus personajes como si se tratase de un huecograbado. Uno podría añadir ahí dentro cualquier tipo de conflicto, y a partir de ahí sería capaz de montar un historietón de los que hacen sudar mientras se lee. Pero Kenzaburo Oé no es Dostoyevski. A mí y a Oé nos gusta mucho el amigo Fiodor, a todo el mundo le gusta el amigo Fiodor, porque el amigo Fiodor llevó la literatura hasta uno de sus extremos posibles. Por eso todos le queremos tanto y ninguno intenta imitar a Dostoyevski, y mucho menos se intenta en sólo doscientas páginas. Por eso, cuando leí Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé, me pregunté “¿qué pretende usted, señor Oé?, ¿adónde quiere llegar con este conflicto humano?”. Gran idea la de su novela, señor Oé. Quizá Thomas Bernhard hubiera hecho algo interesante con ella en sólo doscientas páginas. O quizá se le hubiera podido ocurrir al amigo Fiodor, y entonces sí que hubiese sido una idea verdaderamente aprovechada y bien desarrollada en seiscientas páginas. Pero Una cuestión personal nos deja igual que al principio. No nos hemos movido del sitio.

¡Cuánta frivolidad para una idea tan diabólica! Una cuestión personal quiere tratar esos temas con los que un lector nunca deja de pasarlo bien: el egoísmo, la falta de esperanza, la miseria humana, la autodestrucción, etc. Pero, en realidad, esta novela no entra en estos temas, los propone, los sugiere, y en su lugar toma como referencia algunos estereotipos que sirven para rellenar doscientas páginas.

Yo había leído a Kenzaburo Oé en otras ocasiones y había quedado más que satisfecho. Básicamente Oé aportaba a mi vida una dosis de crueldad siempre necesaria, todo ello con una prosa sin grandes aspavientos. Pero la prosa de Una cuestión personal es, desgraciadamente, más arrogante y más ingenua. ¿Será esta una de las primeras obras de Oé? Se ve demasiado el andamiaje, y no solo eso, sino que el andamiaje es prefabricado. No es solo una prosa conservadora, sino una mala prosa conservadora. ¿Qué leía este señor en los años sesenta? ¿Este señor no flirteó con ninguna neovanguardia? ¡Pero qué aburrido es Kenzaburo Oé, qué juventud más triste! Se supone que Oé es heredero de Mishima, y posiblemente de él sólo se puede aprender a no arriesgar mucho, pero por lo menos Mishima sabía escribir, joder. Además, por último, tengo que decirlo, la novela está repleta de símiles que buscan una ornamentación en el texto y terminan resultando horteras y disparatados. Amigo Kenzaburo, estoy muy disgustado. ¡Váyase a freír espárragos!

La literatura según Gonçalo Tavares

Biblioteca, de Gonçalo Tavares

Biblioteca, de Gonçalo Tavares

Una de las razones por las que abrí este blog es para poder hablar de libros fuera de la literatura. Me lo impuse como quien visita una clínica de desintoxicación varias veces al año. Empiezo a ver los primeros resultados. He conseguido torcer mi manía referencial, he conseguido encerrarla en este blog y no tomármela más en serio que un buen cotilleo. Desde que me ejercito así, mi salud literaria es envidiable. Respiro y escribo, y además he dejado de toser. Mi blog es mi peluquería. No salgo de aquí más guapo, pero sí más contento.

Si no hubiera abierto este blog podría haber optado por otras opciones. Una de ellas es la que Gonçalo Tavares ha puesto en práctica. Si no hay más remedio que hablar de literatura dentro de la literatura siempre se puede hacer de un golpe en un solo libro. Así es Biblioteca, el libro de Tavares anexo a la literatura de Tavares. Pero también es uno de los mejores libros de poemas de Tavares. Supongo que Gonçalo Tavares, en principio, solo quería escribir fragmentos relacionados con un índice de escritores leídos por él, pero se encontró haciendo poemas en prosa a lo Charles Simic. Bueno, a lo Charles Simic, pero con un exceso de candidez, y seguro que con otros excesos que no acierto a definir aquí. ¿Qué se puede decir de cada escritor de la biblioteca de un escritor? Supongo que la respuesta, después de muchas vueltas, acaba siendo que solo se puede decir literatura. Eso es muy fácil de entender si la biblioteca pertenece a Vila-Matas o a otro pájaro de esa especie. A Tavares le pasa un poco lo mismo. Solo hay que ver su serie de libros enmarcados en un barrio de escritores. Pero aquí hay algo que cambia, cada autor no es un personaje literario, sino que es, yendo mucho más allá, un texto literario.

Lo último que pretende Biblioteca es hacer definiciones. Ya lo he dicho, Biblioteca hace poemas. Aunque, al mismo tiempo, este libro es un compendio de sentencias. Eso sí, de sentencias indescifrables. Al leerlo he recordado, en cierta medida, la sensación que tengo cada vez que leo el I Ching. Busco una orientación en la vida y, a mi búsqueda puedo añadirle que este libro milenario está escrito con una prosa extraordinaria. En el I Ching encuentro estructuras que sentencian mi vida teniéndome en cuenta como lector, haciéndome partícipe con mi interpretación literaria. Eso es, muy grosso modo, lo que consigue Gonçalo Tavares en Biblioteca, pero refiriéndose a sus escritores de cabecera y no a mí, y con mucha menos nitidez que el clarividente I Ching.

Marguerite Duras se parece a mucha gente

El vicecónsul, de Margarite Duras

El vicecónsul, de Margarite Duras

No hay nada peor que escribir algo que funcione en tu cabeza y que no funcione del mismo modo en el papel. Bueno, sí que lo hay. Lo peor es comprobar que a otros les ha salido mucho mejor que a ti lo que te habías propuesto escribir. Además, mucho antes que tú. Al fin y al cabo, tú no vas a inventar nada, ¿no? No sé. Eso no me preocupa. De todas formas, todo esto nos trae algo bueno, y es poder leer aquello que es mejor que uno. Siempre es mejor leer en otros lo que uno ha intentado escribir que no encontrarlo en ninguna parte. En este caso, me refiero a la novela El vicecónsul, de Margarite Duras. Unas ciento cincuenta páginas que nunca llegan al fondo de la cuestión, porque llegar al fondo de la cuestión puede ser muy aburrido y, sobre todo, muy prosaico. ¿Qué le pasó realmente al vicecónsul en Lahore? ¿Qué ocurre dentro de Anne-Marie? ¿Cómo fue la vida de la chica embarazada más allá de lo que escribe Peter Morgan? En realidad, intentar comprender sus tragedias importa un carajo. Duras nos invita a asomarnos, pero se interponen otros personajes que no nos dejan ver nada. Duras nos dice: dentro del armario vive el hombre del saco, pero no te voy a dejar que te levantes de la cama para comprobarlo.

Esta novela es una manera genial de contradecir a Dostoyevski sin la necesidad de recurrir a la nouveau roman. Quedarse fuera de los personajes siempre es una decisión muy higiénica. Lo verdaderamente desconcertante es entrar en ellos sin llegar a resolver nada. Es como si Margarite Duras nos ofreciera una película de suspense dentro del fuero interno de cada personaje.

Ahora que lo pienso, esta novela de Margarite Duras sí que me recuerda a otras novelas que he leído. Me recuerda a la de otra mujer, Nathalie Sarraute, titulada Retrato de un desconocido. El problema es que no recuerdo mucho de la novela de Sarraute y, por lo tanto, no sé muy bien porqué me recuerda una a la otra. Pero sí puedo decir que había un ambiente similar en el que era imposible penetrar del todo en los personajes. En el caso de Sarraute, se trata precisamente de una autora enmarcada dentro de la nouveau roman, pero esta obra en particular también carece de la higiene de la que hablaba hace un momento.

En resumen, podría decir que El vicecónsul parece una obra escrita por un Samuel Beckett apasionado por las personas. Aunque, afortunadamente, Beckett no escribió El vicecónsul. Ya lo hizo Margarite Duras, y con eso ya está el trabajo hecho.