Sueño americano / Sueño kafkiano

El desaparecido, de Franz Kafka

El desaparecido, de Franz Kafka

Una infección apriorísticamente secreta de la uña del pie derecho puede llevarnos hacia la más absoluta aniquilación. Solo es necesario que la uña consiga encarnarse y vaya desarrollando su proyecto paulatinamente hasta mostrarnos su «demasiado tarde». De esta forma acabó mi pie derecho infectado hasta la altura del tobillo.  La infección alcanzó un estado de conciencia en forma de cojera. Después de cojear durante toda la noche en el hotel mientras preparaba el salón de los desayunos, me atreví a suponer que aquel pie deformado por una hinchazón roja y púrpura no sufría varices, sino cualquier otro destino del hombre.

Mi pie derecho dejó de ser un pie para convertirse en un espectro. De forma similar, El desaparecido, de Franz Kafka, propone un desarrollo paralelo al de mi pie al otro lado del océano. Hay que explicar esto: Todos sabemos que Kafka es el padre del siglo XX. Nos lo enseñaron desde pequeños o lo aprendimos a través de la experiencia. Él lo parió una tarde después de firmar unos documentos acreditativos y luego lo dejó olvidado en su mesa de despacho hasta nuestros días. El siglo XX por fin ha pasado y Kafka ya no lo encontrará en su escritorio cuando regrese mañana. Pero he de confesar una cosa, jamás había advertido que Kafka también inventó el sueño americano. Ahora comprendo el placer gracias a tantas horas de televisión. Cada vez que disfruto de una película de Hollywood basada en este esquema estoy releyendo El desaparecido antes de haber leído sus páginas.

También es sabido por todos que solo se puede triunfar en América previa desaparición formal. Mi pie derecho, por ejemplo, hubiera triunfado en América con suma facilidad. El desaparecido es una novela sobre el triunfo, del mismo modo que lo son El proceso y El castillo. Sus protagonistas alcanzan un éxito que no sospechaban al principio y que no querían. Pero nosotros sí queríamos gozar de su éxito. Nosotros hemos alimentado el siglo XX y su sueño americano a partir de las implacables tesis kafkianas. ¿Cuáles son estas tesis? No tengo ni idea. Pero los tres protagonistas de las tres novelas de Kafka viven el mismo destino, un destino muy parecido al de mi pie derecho. Del mismo modo, los tres protagonistas llegan a un fin dentro de tres novelas igualmente «inacabadas». ¿Por qué no acabó Kafka sus tres novelas? No tengo ni idea. Pero me temo que si mi pie derecho consiguiera destruirme el mundo quedaría igualmente inacabado para mi desconsuelo.

De los tres personajes, el protagonista de El desaparecido parece tener mejor suerte que los demás. Ya sabemos cómo terminan El proceso y El castillo. Pero el caso que nos ocupa trata de un adolescente que parece cumplir su proyecto: vivir, después detodo, el sueño americano. Si su final aparenta ser más suave es porque el protagonista solo tiene 16 años. Es un adolescente, y Kafka no quiere exigirle un final drástico. Puede ser engañado. Puede engañarnos a todos con él y hacerlo vivir en el mundo de los hombres. Los protagonistas de las otras dos novelas ya eran adultos, por fin habían llegado al mundo y ya solo les quedaba sufrirlo.

En la contraportada de la novela se dice que Kafka reconoció la influencia de Dickens; supongo que por ser El desaparecido una suerte de novela de iniciación. Yo también creo ver a Dickens detrás de la cortina de Kafka, pese a que jamás he leído a Dickens y solo puedo vislumbrarlo si imagino cómo habría de escribir Dickens. De todos modos, El desaparecido es una bisagra que mantiene unido el siglo XIX al siglo XX inventado por Kafka. Después del gran siglo XIX donde la novela alcanza su madurez, era necesaria esta bisagra para que otra cosa fuera posible. Esta novela de iniciación que, al fin y al cabo, es precursora de una literatura que en Kafka siempre es una novela de iniciación al mundo. Podríamos decir que la literatura de Kafka siempre es una manera de estar en el mundo, por eso es tan útil y tan práctica, porque nos ayuda a tomar conciencia. Uno siempre debería salir a la calle con una novela de Kaka en una mano y con un palo en la otra para partírselo en las espaldas al primero que se tercie. Así quizá sobrevivamos a este proyecto.

A todo esto me pregunto: ¿cómo hubiera sido esta reseña enfocada desde mi pie izquierdo? No olvidemos que yo soy zurdo. Mi pie izquierdo está sano, y no sé si debería empezar a preocuparme.

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La eficiencia de Stanislaw Lem

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

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Mi tiempo de lectura ha caído en picado. Y, por desgracia, este año soy un ejemplo a seguir. He encontrado un trabajo de portero nocturno en un hotel, duermo por las mañanas hasta la hora del almuerzo y dedico las tardes a preparar unas oposiciones. Adelante, siéntanse orgullosos de mí. Pueden alabar mi constancia, mi dedicación y mi autosuficiencia. Dada mi situación, la culpa rechina los dientes cada vez que cojo una novela en mis horas de estudio. Tengo que aprovechar la nocturnidad de mi trabajo para leer, aunque en ocasiones me vea interrumpido por clientes borrachos o por parejas que bajan de madrugada a preguntar si en el hotel hay preservativos. Por eso, en mi caso viene bien un tipo de literatura que mantenga mi cabeza en funcionamiento con transcursos cortos de lectura, que me dé horas de satisfacción a partir de pocas páginas. En otras palabras, necesito «literatura de alto rendimiento», o LAR en sus siglas habituales. Quizá el mayor paradigma de la literatura de alto rendimiento sea Borges, capaz de construir un universo literario expansivo en un relato breve. Pero no vamos a hablar de Borges. A mí no se me ocurriría hablar de Borges, porque luego pasa lo que pasa.

Aunque cueste creerlo, es posible encontrar escritores que consiguen encajar en este paradigma borgiano sin dejar de ser originales. No todo escritor que se acerca a los postulados de Borges es anulado por Borges. Por ejemplo, Elisa diría que Michael Ende es uno de ellos (si no la creen, lean El espejo en el espejo y ya verán). Por lo tanto, me atrevo a asegurar que existe toda una extirpe de escritores de LAR o literatura de alto rendimiento. Los cánones de este subgénero no están del todo claros y se basan en lo anteriormente predicado sobre Borges, supongo. ¿Quién sabe si en realidad la literatura de alto rendimiento no es una alternativa extraoficial y, por supuesto, secretísima al canon de Harold Bloom? Quizá Shakespeare ya no funcione como paradigma dentro de una taxonomía LAR. Debido a mi trabajo y a mis oposiciones, estoy pensando seriamente pasarme al canon LAR a la hora de entender el mundo, aunque puedan tildarme de conspirardor.

Un escritor que ha traído literatura de alto rendimiento a mi vida es Stanislaw Lem con su obra Vacío perfecto. Stanislaw Lem es otro de esos escritores que puede acercarse a Borges sin ser anulado. Del mismo modo que Borges usaba sus cuentos para hablar de novelas apócrifas, Lem plantea una serie de reseñas sobre libros inexistentes. En el caso de Lem, cada reseña es un prototipo para obra maestra. Pero Lem sabe que sus prototipos contienen en sí mismos la posibilidad de una obra maestra y que, a la vez, no plantean las mismas dificultades de tiempo y esfuerzo; es decir, Lem decide no meterse en camisas de once varas por unos resultados que ya ha logrado, porque, en cierto modo, en Lem también se trasluce la frustración del escritor ante el intento de crear una gran obra. Además, este planteamiento es el mismo desde el lado del lector. Uno obtendría de los textos de Vacío perfecto lo mismo que de las obras no escritas por Stanislaw Lem. Por eso nos encontramos ante una literatura de alto rendimiento.

Y aquí no acaba todo. ¿Quién desaprovecharía la oportunidad de reírse de los errores, de los tics, de las pretensiones de los escritores? ¿Quién no ha querido reírse de Joyce y de todos los grandes logros literarios, quién no ha querido reírse de sí mismo una vez puestos a reírnos? Stanislaw sí, por supuesto. Y todos deberíamos seguir su ejemplo.

Donald Barthelme y papá

El padre muerto

El padre muerto

Uno de los aspectos más divertidos de mi historia personal de la lectura es cómo les sigo la pista a esos autores de los que apenas sé nada y que, por supuesto, se encuentran descatalogados, pero que, sin embargo, sé que tengo que esperar pacientemente mi oportunidad de hacerme con ellos porque me han hecho tilín por alguna razón poco clara. Por supuesto, con Internet mi búsqueda se vuelve extremadamente sencilla. Pero por norma me sirvo de un método distinto. Prefiero hacer mi búsqueda in situ, voy a la librería y los acecho. Obviamente, al estar descatalogados o mal distribuidos, no los encuentro en ninguna librería, pero, de todos modos, yo sigo acechando porque sé que van a aparecer un día de estos. Visito asiduamente las librerías y siempre compro otros libros, pero sigo acechando, atento, por si en alguna estantería aparece repentinamente uno de estos autores tan extrañamente deseados por mí. En la actualidad, voy persiguiendo, entre otros, a John Barth, a Steven Millhauser y a Donald Barthelme. Del primero sigo sin saber nada (sólo que me apetece mucho leer La ópera flotante); del segundo ya encontré una pequeña edición de una de sus novelas cortas en una pequeña editorial argentina; del tercero acabo de recibir la merecida recompensa por mi tenacidad. Sexto Piso ha publicado El Padre muerto de Donald Barthelme, y es una maravilla.

¿Se pueden utilizar hoy mecanismos del absurdo al estilo de La cantante calva, por ejemplo? Quizá escribir ahora así podría parecer ingenuo, porque una vez que hemos tomado conciencia del absurdo de todas las cosas ya no nos queda más absurdo que nos dé placer. O dicho de otro modo, una vez que hemos aprendido a desarticular nuestros códigos para privarles de su sentido común no nos va sorprender ver un vacío en donde debería haber una realidad. No estoy diciendo que ya venimos de vuelta. Estoy pensando en Ionesco y en Barthelme. También estoy pensando en Boris Vian y en El otoño en Pekín, no he podido dejar de pensar en esa obra mientras leía El padre muerto, del mismo modo que no pude dejar de pensar en La cantante calva cuando leí El otoño en Pekín (aunque, en realidad, leí estas dos obras en sentido contrario, pero eso no importa, porque en mi cabeza funcionan así). El otoño en Pekín se servía del absurdo con una ingenuidad plenamente consciente y, además, con esa ligereza y esa frivolidad pretendidas que disimulaban una crueldad inmensa y exquisita.

En el caso de Donald Barthelme, el absurdo se usa como si fuera una solución fijadora de la realidad. Somete la idea del padre al absurdo para poder ir desmontándola, ordenándola por capas y midiendo su potencial. Barthelme no toma al padre y hace de él un reducto ad absurdum, sino todo lo contrario: despliega todas sus posibilidades desarrollándolo mediante el absurdo. Barthelme, por así decirlo, construye significados a partir del absurdo.

Además de hacer todo esto (y otras cosas), Donald Barthelme es un tipo divertidísimo. Tengo que decir que me cae muy bien Donald Barthelme y que estoy muy contento de haber estado acechando pacientemente hasta el momento de su aparición. Ahora me queda encontrar algo más voluminoso de Steven Millhauser y alguna novela de John Barth. Los improbables lectores de este blog podrían pensar en regalarme algún libro de ellos para mi cumpleaños.

Henry James es más listo que yo

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Yo en realidad no pensaba volver todavía a Henry James. Quería darle su tiempo después de nuestro primer y maravilloso encuentro. La opción A era otra en mi historia de la lectura personal. Pero unos amigos decidieron por mí en una cena, justo cuando iba a meter la que hubiera sido la opción A en mi bolso. Henry James estaba en la recámara, pero se hizo con el siguiente turno y la otra opción ha quedado relegada hasta que me vuelva a apetecer contemplarla.

Así que de esta forma llegamos a Otra vuelta de tuerca. Uno abre bien los ojos y lee con detenimiento. Uno sigue el argumento capítulo a capítulo sin perder detalle. Uno llega al final del libro y se queda con esa sensación de cuando nos vamos a caer al suelo pero finalmente alguien nos sujeta y todo queda en un susto y en la visión de un golpe no ocurrido. Algo así me pasó a mí con Otra vuelta de tuerca. Lucas me criticaría mucho (con toda la razón del mundo), como me criticó cuando le expliqué cómo me había sentido al principio con los cierres que David Foster Wallace le da a sus cuentos. Henry James y Foster Wallace son dos buenos ejemplos para reconocer que no siempre soy capaz de asimilar una nueva estructura de inmediato. Althusser decía algo así como que la ideología es una estructura que solapa a otras estructuras ajenas (esto no es una cita, sino el vago recuerdo de lo que una profesora comentó un día sobre Althusser). En el caso de ser así, el amigo Althusser explicaría porqué me quedé boquiabierto cuando terminé de leer Otra vuelta de tuerca. Pero no sólo lo dice Althusser, también lo dice mi padre. Mi padre, que afortunadamente no es Althusser, ha predicado durante toda su vida la importancia de la empatía, es decir, la capacidad de ponerse en la posición del otro. ¡Uno tiene que aprender tanto del padre!

En Otra vuelta de tuerca, Henry James pone en práctica su teoría del punto de vista. De este modo, construye varias historias dentro del mismo relato. En la economía de una sola narración encontramos lecturas paralelas dependiendo de la posición de los personajes. La idea es más o menos esa, lo hizo Henry James en 1898 y me la ha intentado inculcar mi padre desde que tengo uso de razón. Pero supongo que mi visión egocéntrica del mundo me hizo seguir nada más que una de las alternativas posibles. Por eso quedé así cuando cerré Otra vuelta de tuerca.

Una vez recuperado de la conmoción, ya más fresco y con el libro bien masticado, vamos a otra cosa. Henry James no es sólo más listo que yo, sino que también es uno de los más listos de todos los escritores del siglo XIX (y en ese siglo hubo muchos listos). Si en el siglo XIX se puede decir que la novela alcanzó su plena madurez, con Henry James ocurrió algo más. Uno lee Otra vuelta de tuerca y se da cuenta de que hay una autoconciencia de la novela. Henry James ha visto y ha comprendido los mecanismos de este género literario y se dedica a hacer pruebas de laboratorio para ver qué resultados consigue. Me atrevería a decir que en Otra vuelta de tuerca se empieza a vislumbrar la necesidad de las vanguardias en la literatura. A partir de obras así, solo existe la posibilidad de desmontarlo todo y tener la pretensión de inventar cosas nuevas. Al fin y al cabo, una vanguardia literaria podría definirse como “otra vuelta de tuerca” de la literatura de una época (menudo juego de palabras chorra, pero creo que la idea se entiende, ¿no?).

 

 

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Mi cabeza laminada en escenas de Thomas Pynchon

Vineland, de Thomas Pynchon

Vineland, de Thomas Pynchon

Lo he dicho en otras ocasiones: el calor difumina mi contorno, hace que me vuelva más voluble y que se me confunda más fácilmente con otro. En los días de mucho calor no consigo que mi cabeza se mantenga perfilada dentro del hueco de mi cabeza, y eso da lugar a errores de cálculo que, traducidos al juego cotidiano que pretendo mantener conmigo mismo, condicionan cualquier proceso o idea que podría haber tenido si todo estuviera al 100%. Sé que esto suena a excusa, pero los días de calor pierdo la fe en mi cabeza. Pero por fin ahora estoy en condiciones de proclamar que el verano ha concluido en este punto geográfico. El frío vuelve a esbozar el óvalo deformado de mi cráneo, pero la transición he de reconocer que no ha sido fácil. 

Aquí es donde entra de lleno Vineland, de Thomas Pynchon, una narración perfectamente adecuada para asistirme en este mecanismo de autoadaptación. ¿Quién lo diría? Hace tiempo le tenía miedo a Pynchon porque creía que mi cabeza se derrumbaría, pero ahora ha sido él quien me la ha devuelto. Vineland se ha instalado en mí como un work in progress con ciertas esperanzas de cumplir con algo que en realidad nadie ha señalado. Vineland es un trabajo de disgresiones armadas sobre el desorden, y que solo así se mantienen en pie, conectadas unas con otras de un modo sencillo y eficaz, como si Thomas Pynchon tan solo utilizara una llave Allen para montar sus estructuras. Quizá en Vineland comienzo a comprender esa idea de entropía que Rodrigo Fresán le asignaba en alguna parte. O, aún mejor, se me ocurre una imagen más clarificadora: imaginen que un niño sentado en el banco de un parque juega a expandir con su zapato un montoncito de tierra que había reunido previamente. Al final queda un dibujo de suelas de zapato solapadas entre sí que describen líneas y curvas en todas direcciones. Pues así se desarrolla la narración en esta novela. 

También he pensado en otras cosas. Por ejemplo, he pensado mucho en Quentin Tarantino. Parece ser que este señor fue el empleado de un videoclub. Yo quiero pensar que Tarantino a veces buscaba un rato para leer en las horas de menor clientela, y que allí leyó Vineland, donde era posible que hippies y ninjas convivieran en un mismo argumento, del mismo modo que podía tocar una banda de punk en una boda italiana o darse un “romance” entre una revolucionaria que hacía cine documental y un policía corrupto y fascista. Esta capacidad para acoplar estéticas tradicionalmente monocromas y crear una paleta propia se la reconozco a Tarantino, y por eso al leer esta obra pensé de pasada en Kill Bill, por ejemplo. Y he pensado otras cosas que ahora no recuerdo pero que no creo que importen demasiado. El único mensaje importante es que vuelvo a creer en mi cabeza después de atravesar el espacio que encierra Vineland. Por fin hace frío, y el frío es salud.

 

 

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El capitán Ahab en manos de Malcolm Lowry

Piedra infernal, de Malcolm Lowry

Piedra infernal, de Malcolm Lowry

¿Y quién no tiene una ballena blanca? Lo que ocurre es que los ciudadanos inteligentes hacen todo lo posible por evitarla, por no molestarla en el fondo de sus océanos. Pero además de ciudadanos inteligentes hay neuróticos, escritores, obsesivocompulsivos, egomaníacos, curiosos, artistas, depresivos, intrépidos y algún que otro imbécil con mala suerte. Por eso las ballenas blancas asoman sus lomos en las mejores familias. En el caso de los escritores, Herman Melville diseñó la metáfora perfecta para que el mundo entero pudiera aplicarla. Pero para mí, Melville no fue el gran ballenero de la literatura, fueron otros, por ejemplo este es el caso de Malcolm Lowry. Su literatura es un constante camino hacia la autodestrucción; además, su literatura nunca se aparta de lo que podemos encontrar en su biografía, así  que podríamos decir que Lowry era un ballenero de la literatura porque había nacido para serlo. Podríamos intentar seguirle el rastro a todos los balleneros de la literatura, todos aquellos que persiguieron una obsesión que sabían que acabaría con ellos, pero que le daría grandeza a sus obras. Pero no me siento preparado para entrar en ese juego arqueológico, no sabría cómo organizar taxonómicamente los esqueletos de cetáceo que encuentre a mi paso.

Por eso, sigamos con Malcolm Lowry. Piedra infernal es una novela sobre un pianista de jazz que desearía ser el capitán Ahab. Un pianista alcohólico que llega a Estados Unidos siguiéndole el rastro a Herman Melville. Además de  seguir este rastro, Lowry también nos concede una dicha que no tuvimos en Moby Dick, porque nos muestra al pianista, Bill Plantagenet, dentro de su propia ballena, y es ahí donde narra su historia. La ballena por dentro es un hospital psiquiátrico donde es imposible recuperar la cordura, porque, en realidad, los males que se sufren allí dentro son iguales a los que se sufren en el exterior. Nadie está a salvo. La redención es imposible. Dentro de la ballena ni siquiera hay un final con sentido.

El principal problema que me plantea Piedra infernal es lo que ocurre cuando la ballena blanca nos expulsa. Cuando nuestra obsesión nos da de lado y restaura nuestra presencia en el mundo nos encontramos solos. ¿Hacia dónde hay que dirigirse ahora? ¿Habría que empezar a buscar de nuevo a la ballena blanca con más tenacidad si cabe? ¿Es esto una segunda oportunidad para que cambiemos de parecer? ¿Tendríamos que convertirnos en ciudadanos inteligentes o ahora es cuando estamos realmente perdidos?

Quizá el Thomas Bernhard más positivo

Sí

Hace unos días, un amigo me hablaba de su situación al borde del colapso y de la inesperada aparición de una pareja. Esta pareja logró detener su colapso ya inminente. Entre ambos consiguieron encauzar el ánimo de mi amigo. Hasta cierto punto, mi amigo se sintió salvado. Esto duró seguramente poco, pero la idea de salvación apareció para quedarse con él durante algunos días, quizá semanas. De esto me he acordado al terminar de leer , de Thomas Bernhard. Es muy probable que se trate de su única obra en la que la salvación se contemple como posibilidad, o al menos como esperanza que alumbra durante instantes algunas páginas de la novela. La aparición de personas puede salvar a otras personas, ¿quién diría eso en la poética de Thomas Bernhard? Es más, la salvación se revela como una condición que atañe a ambas partes.

Este es el Bernhard más filantrópico que me he encontrado hasta la fecha, pese a ser, al mismo tiempo, el Bernhard más desesperanzador y desalentador de todos los Bernhard posibles. Porque no es una novela que pueda darnos ejemplo a todos los que pataleamos continuamente en nuestro sillón. no es capaz de demostrarnos nada, no nos da ninguna lección moral, porque Thomas Bernhard, por fortuna, es incapaz de hacer una cosa así. El que aparece en el título de esta novela no es un positivo, ni tampoco es un que pretenda afirmar la salvación de la que he estado hablando. Es, probablemente, el más catastrófico de todos.

es una novela corta que ilustra el refrán de “la esperanza es lo último que se pierde”. Porque en hay esperanza, del mismo modo que también hay fin de la esperanza. Como en todas las obras de Thomas Bernhard, aquí tampoco hay escapatoria. No hay por donde salir de aquello en lo que uno haya entrado con el paso de los años, si es que uno quiere salir de algún lugar, o de algún estado de ánimo, o de lo que uno ha hecho de sí mismo. Bernhard, en cierto modo, demuestra a lo largo de toda su obra cómo se construye la literatura de terror si la necesidad de factores paranormales. Pero, al mismo tiempo, su literatura resulta balsámica cuando el miedo está aquí (discúlpenme por no saber situar este aquí). Leer a Bernhard cada cierto tiempo ayuda a no encontrarse al borde del colapso, pese a que ese estado de ánimo sea el tema central de su literatura. Resulta paradójico y saludable.

El peor Kenzaburo Oé del mundo

Una cuestión personal

Una cuestión personal

Si uno fuera Dostoyevski gozaría de mucha más empatía en la vida. Uno podría moldear el fuero interno de sus personajes como si se tratase de un huecograbado. Uno podría añadir ahí dentro cualquier tipo de conflicto, y a partir de ahí sería capaz de montar un historietón de los que hacen sudar mientras se lee. Pero Kenzaburo Oé no es Dostoyevski. A mí y a Oé nos gusta mucho el amigo Fiodor, a todo el mundo le gusta el amigo Fiodor, porque el amigo Fiodor llevó la literatura hasta uno de sus extremos posibles. Por eso todos le queremos tanto y ninguno intenta imitar a Dostoyevski, y mucho menos se intenta en sólo doscientas páginas. Por eso, cuando leí Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé, me pregunté “¿qué pretende usted, señor Oé?, ¿adónde quiere llegar con este conflicto humano?”. Gran idea la de su novela, señor Oé. Quizá Thomas Bernhard hubiera hecho algo interesante con ella en sólo doscientas páginas. O quizá se le hubiera podido ocurrir al amigo Fiodor, y entonces sí que hubiese sido una idea verdaderamente aprovechada y bien desarrollada en seiscientas páginas. Pero Una cuestión personal nos deja igual que al principio. No nos hemos movido del sitio.

¡Cuánta frivolidad para una idea tan diabólica! Una cuestión personal quiere tratar esos temas con los que un lector nunca deja de pasarlo bien: el egoísmo, la falta de esperanza, la miseria humana, la autodestrucción, etc. Pero, en realidad, esta novela no entra en estos temas, los propone, los sugiere, y en su lugar toma como referencia algunos estereotipos que sirven para rellenar doscientas páginas.

Yo había leído a Kenzaburo Oé en otras ocasiones y había quedado más que satisfecho. Básicamente Oé aportaba a mi vida una dosis de crueldad siempre necesaria, todo ello con una prosa sin grandes aspavientos. Pero la prosa de Una cuestión personal es, desgraciadamente, más arrogante y más ingenua. ¿Será esta una de las primeras obras de Oé? Se ve demasiado el andamiaje, y no solo eso, sino que el andamiaje es prefabricado. No es solo una prosa conservadora, sino una mala prosa conservadora. ¿Qué leía este señor en los años sesenta? ¿Este señor no flirteó con ninguna neovanguardia? ¡Pero qué aburrido es Kenzaburo Oé, qué juventud más triste! Se supone que Oé es heredero de Mishima, y posiblemente de él sólo se puede aprender a no arriesgar mucho, pero por lo menos Mishima sabía escribir, joder. Además, por último, tengo que decirlo, la novela está repleta de símiles que buscan una ornamentación en el texto y terminan resultando horteras y disparatados. Amigo Kenzaburo, estoy muy disgustado. ¡Váyase a freír espárragos!

La literatura según Gonçalo Tavares

Biblioteca, de Gonçalo Tavares

Biblioteca, de Gonçalo Tavares

Una de las razones por las que abrí este blog es para poder hablar de libros fuera de la literatura. Me lo impuse como quien visita una clínica de desintoxicación varias veces al año. Empiezo a ver los primeros resultados. He conseguido torcer mi manía referencial, he conseguido encerrarla en este blog y no tomármela más en serio que un buen cotilleo. Desde que me ejercito así, mi salud literaria es envidiable. Respiro y escribo, y además he dejado de toser. Mi blog es mi peluquería. No salgo de aquí más guapo, pero sí más contento.

Si no hubiera abierto este blog podría haber optado por otras opciones. Una de ellas es la que Gonçalo Tavares ha puesto en práctica. Si no hay más remedio que hablar de literatura dentro de la literatura siempre se puede hacer de un golpe en un solo libro. Así es Biblioteca, el libro de Tavares anexo a la literatura de Tavares. Pero también es uno de los mejores libros de poemas de Tavares. Supongo que Gonçalo Tavares, en principio, solo quería escribir fragmentos relacionados con un índice de escritores leídos por él, pero se encontró haciendo poemas en prosa a lo Charles Simic. Bueno, a lo Charles Simic, pero con un exceso de candidez, y seguro que con otros excesos que no acierto a definir aquí. ¿Qué se puede decir de cada escritor de la biblioteca de un escritor? Supongo que la respuesta, después de muchas vueltas, acaba siendo que solo se puede decir literatura. Eso es muy fácil de entender si la biblioteca pertenece a Vila-Matas o a otro pájaro de esa especie. A Tavares le pasa un poco lo mismo. Solo hay que ver su serie de libros enmarcados en un barrio de escritores. Pero aquí hay algo que cambia, cada autor no es un personaje literario, sino que es, yendo mucho más allá, un texto literario.

Lo último que pretende Biblioteca es hacer definiciones. Ya lo he dicho, Biblioteca hace poemas. Aunque, al mismo tiempo, este libro es un compendio de sentencias. Eso sí, de sentencias indescifrables. Al leerlo he recordado, en cierta medida, la sensación que tengo cada vez que leo el I Ching. Busco una orientación en la vida y, a mi búsqueda puedo añadirle que este libro milenario está escrito con una prosa extraordinaria. En el I Ching encuentro estructuras que sentencian mi vida teniéndome en cuenta como lector, haciéndome partícipe con mi interpretación literaria. Eso es, muy grosso modo, lo que consigue Gonçalo Tavares en Biblioteca, pero refiriéndose a sus escritores de cabecera y no a mí, y con mucha menos nitidez que el clarividente I Ching.

Peter Sloterdijk instrucciones de uso

Experimentos con uno mismo

Experimentos con uno mismo

Podría ponerme dadá a estas alturas y decir no al sentido de las cosas. Eso está bien para aderezar eventos públicos o en la tramitación de documentos en las oficinas del Estado. Pero cuando me asomo a la cabeza de Peter Sloterdijk veo el mundo como una estructura quizá aún posible (lo mismo me ocurre cuando me asomo a otras cabezas, no es nada personal). Por eso, a mí lo que me interesa es entender el sentido de las cosas que Peter Sloterdijk dice en sus libros. Hasta aquí bien. Uno lee a un pensador y quiere entenderlo. Pero debo señalar que aquí ya se me ve el plumero en algo. Con la literatura valen tanto el relativismo como la interpretación más libre y caprichosa. Este blog es el claro ejemplo de que puedo decir lo que me dé la gana sobre una obra literaria. Yo soy el lector, ergo yo también participo de la construcción de la obra. Nada nuevo, sólo un poco de rancia teoría literaria. Pero reconozco que me gustaría mucho decir lo que dice Peter Sloterdijk cuando leo a Peter Sloterdijk. Eso ya es otra cosa. ¿Pero por qué? Pues no lo sé, quizá se trate de una ingenuidad ante la filosofía. ¿Acaso me tomo más en serio lo que dice Peter Sloterdijk que lo que dice Thomas Bernhard o lo que dice Samuel Beckett? Pues no, eso sí que no. No me lo tomo más en serio, pero reconozco que lo asumo de un modo bien distinto. Quizá porque en la literatura no busco un corpus teórico a priori, busco lenguaje haciendo las cosas que el lenguaje puede hacer (sea lo que sea esto). En la filosofía me parezco más a un perro faldero. Me gusta perseguir meneando el rabo al filósofo que me chasquea los dedos. Por eso busco entender a Peter Sloterdijk de un modo distinto a como entiendo una obra literaria. (En estos momentos, mi amadísima Elisa Calatrava podría aparecer y decirme “¡todo es literatura!”, pero seguir por ahí sería un fregado para otro día).

Con respecto a estas ganas de entender a un filósofo sólo hay una cosa que se pueda añadir: “Nadie explica mejor a Aristóteles que el propio Aristóteles”, eso nos repetía el profesor Arregui a menudo, uno de los mejores consejos que me han podido dar en la universidad. Pero, curiosamente, en este caso yo voy a hacer un alegato a favor de los libros de instrucciones. Sin ellos todavía estaría intentando hacer que funcionara mi home cinema según los parámetros que yo deseo. Además, mi alegato va únicamente dirigido a favor de un libro, de un experimento, si así se quiere: me refiero a Experimentos con uno mismo (Una conversación con Carlos Oliveira), de Peter Sloterdijk, por supuesto. Se trata de una indagación a posteriori de los temas centrales del autor. A partir de la pretensión de hacer un “diagnóstico de nuestro tiempo”, Carlos Oliveira dirige el discurso de Sloterdijk por varios caminos y se detiene para que aclare distintos puntos decisivos del trayecto. Este libro, en cierto modo, sirve de instrucciones de uso de Peter Sloterdijk. Y eso sin la necesidad de que otro autor me haya aclarado los puntos decisivos en Sloterdijk, en absoluto, ha sido al contrario, él mismo lo ha hecho siguiendo el cauce que le proponía Oliveira. Por lo tanto, podemos seguir diciendo “Nadie explica mejor a Peter Sloterdijk que el propio Peter Sloterdijk”. Y eso es un consuelo. Ojalá le pudiera dar las gracias al profesor Arregui.

Marguerite Duras se parece a mucha gente

El vicecónsul, de Margarite Duras

El vicecónsul, de Margarite Duras

No hay nada peor que escribir algo que funcione en tu cabeza y que no funcione del mismo modo en el papel. Bueno, sí que lo hay. Lo peor es comprobar que a otros les ha salido mucho mejor que a ti lo que te habías propuesto escribir. Además, mucho antes que tú. Al fin y al cabo, tú no vas a inventar nada, ¿no? No sé. Eso no me preocupa. De todas formas, todo esto nos trae algo bueno, y es poder leer aquello que es mejor que uno. Siempre es mejor leer en otros lo que uno ha intentado escribir que no encontrarlo en ninguna parte. En este caso, me refiero a la novela El vicecónsul, de Margarite Duras. Unas ciento cincuenta páginas que nunca llegan al fondo de la cuestión, porque llegar al fondo de la cuestión puede ser muy aburrido y, sobre todo, muy prosaico. ¿Qué le pasó realmente al vicecónsul en Lahore? ¿Qué ocurre dentro de Anne-Marie? ¿Cómo fue la vida de la chica embarazada más allá de lo que escribe Peter Morgan? En realidad, intentar comprender sus tragedias importa un carajo. Duras nos invita a asomarnos, pero se interponen otros personajes que no nos dejan ver nada. Duras nos dice: dentro del armario vive el hombre del saco, pero no te voy a dejar que te levantes de la cama para comprobarlo.

Esta novela es una manera genial de contradecir a Dostoyevski sin la necesidad de recurrir a la nouveau roman. Quedarse fuera de los personajes siempre es una decisión muy higiénica. Lo verdaderamente desconcertante es entrar en ellos sin llegar a resolver nada. Es como si Margarite Duras nos ofreciera una película de suspense dentro del fuero interno de cada personaje.

Ahora que lo pienso, esta novela de Margarite Duras sí que me recuerda a otras novelas que he leído. Me recuerda a la de otra mujer, Nathalie Sarraute, titulada Retrato de un desconocido. El problema es que no recuerdo mucho de la novela de Sarraute y, por lo tanto, no sé muy bien porqué me recuerda una a la otra. Pero sí puedo decir que había un ambiente similar en el que era imposible penetrar del todo en los personajes. En el caso de Sarraute, se trata precisamente de una autora enmarcada dentro de la nouveau roman, pero esta obra en particular también carece de la higiene de la que hablaba hace un momento.

En resumen, podría decir que El vicecónsul parece una obra escrita por un Samuel Beckett apasionado por las personas. Aunque, afortunadamente, Beckett no escribió El vicecónsul. Ya lo hizo Margarite Duras, y con eso ya está el trabajo hecho.

Un Thomas Bernhard cada seis meses como mínimo

La Calera, de Thomas Bernhard

La Calera, de Thomas Bernhard

Hace algunos años, en una época posterior a Toulouse, estábamos Cristof y yo sentados en la puerta de la facultad. Hablábamos de cosas. Al final llegamos a algo parecido a una certeza pequeñita que nos valió durante un tiempo. Decidimos adoptar un nuevo canon acuñado allí mismo. Decidimos convertirnos en unos intrépidos y firmar un manifiesto. El manifiesto fue un zapato rojo paseado por todo Teatinos. El manifiesto fue cambiar el ¡ay, ay, ay! por una audacia hasta entonces desconocida. El manifiesto fue rasurarnos la cabeza. A continuación, invadimos el piso de Lucas y entre los tres montamos una opereta. Lucas acabó gritando que él también era un intrépido y se rasuró al igual que nosotros. Por fin, el ritual se había completado. Los tres portamos el zapato rojo, que ahora debe de estar en Lituania. Y la intrepidez sigue siendo un manifiesto al que recurrir en ocasiones. Al menos eso quiero creer.

Entiéndase todo lo contrario para leer La Calera de Thomas Bernhard. Quedémonos con el ¡ay, ay, ay!, pero no nos engañemos. Aquí sólo hay desapego hacia uno mismo. En los libros de Thomas Bernhard siempre es demasiado tarde. Es demasiado tarde para La Calera del mismo modo que es demasiado tarde para el resto de su obra. Tendríamos que haber nacido con Bernhard y así quizá todo hubiera sido distinto. Si hubiéramos llegado a la obra de Bernhard desde el principio, nos hubiéramos ahorrado muchos fallos, muchos problemas, muchas decepciones. Ya da igual. Existe un paliativo, leer la obra de Thomas Bernhard en plazos no superiores a los seis meses. Mediante este método podemos hablar de constancia, podemos justificar una cierta frecuencia, pero también podemos dilatar el proceso, podemos pensar que Thomas Bernhard nunca se acabará del todo. Me consta que Cristof aceleró los plazos y ve cómo mengua la obra de Bernhard de una forma desconcertante. Y me parece que Lucas también ha optado por espaciarlo todo lo posible. De momento, debido al aniversario de su muerte o de su nacimiento o de algún otro acontecimiento que poco importa ahora, se están editando obras que hasta la fecha no habían sido traducidas. Por cierto, cada vez que digo Thomas Bernhard también quiero decir Miguel Sáenz, porque hablar de Miguel Sáenz es hablar de un Thomas Bernhard que no existiría con ningún otro traductor. Haced la prueba con Los comebarato, editado en Cátedra y traducido por otro.  ¿Dónde está Thomas Bernhard cuando no lo traduce Miguel Sáenz?

En resumen, La Calera me parece una de las mejores obras de Thomas Bernhard, quizá por el modo de negar aquel día del zapato rojo con Lucas Martín y Cristof Polo.

La pianola suena de fondo

Ágape se paga

Ágape se paga

Se me ocurre una fórmula química para explicar Ágape se paga. Imaginen al personaje de El innombrable de Samuel Beckett, en la misma cama, invadido por la voz de Thomas Bernhard para hablar de La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica. Esa fórmula química, en realidad, no es mía. Algo así se esboza en el prólogo de Rodrigo Fresán, o en el del traductor, o en algún sitio. Esos tres elementos siempre funcionarán mejor por separado, pero sí es cierto que este libro de William Gaddis tiene mucho que ver con todo eso, muy en especial con Thomas Bernhard y con Walter Benjamin. En el caso de Beckett tan sólo se puede reconocer la enfermedad de un hombre postrado, con El Innombrable la semejanza sólo aparece como punto de partida. Lo demás es otra cosa bien distinta.

Gaddis leyó a Bernhard bastante tarde. Pero, por suerte para él, lo leyó. ¿Se puede decir que es «una suerte» y no otra cosa leer a Bernhard? Eso no importa ahora. Gaddis tuvo tiempo de dejarse invadir por la voz de Bernhard, como no puede ser de otra forma cuando uno se encuentra con este escritor, y lo demostró asumiendo en su última obra el mismo discurso feroz y radical. El problema es que Bernhard sólo hay uno y que, además, yo no había leído antes a William Gaddis, por lo tanto no conozco a Gaddis haciendo de él mismo. De todas formas, es muy comprensible que el estilo Bernhard sea el más apropiado para hilar un texto de las características de Ágape se paga. El tema, condenadamente obsesivo, lo requiere así.

El tema estaba en la cabeza de William Gaddis desde hace varias décadas. Era necesario hablar acerca de la pianola. Había que hablar de una época en la que un aparato con forma de instrumento es capaz de reproducir lo que un hombre podría hacer con un instrumento. William Gaddis empezó a plantearse el tema como un posible ensayo. Pero ¿quién se atreve a hablar de algo así a finales del siglo XX cuando ya en 1936 Walter Benjamín había dicho todo lo necesario? A William Gaddis le hubiera gustado escribir La obra de arte  en la era de su reproductibilidad técnica. No pudo ser. Así que decidió inventarse una historia en la que quizá se podría haber escrito un ensayo así. Una historia en la que, además, se pudiera hablar sobre Thomas Bernhard y de su libro El malogrado en el que un hipotético Glenn Gould se lamenta de interponerse entre Bach y el piano (¿eso lo dijo de verdad Gould, aparece en la novela de El malogrado o sólo aparece en Ágape se paga? No lo recuerdo).

Comparto lo que dice el traductor sobre la forma de leer este libro, hay que hacerlo como quien oye una conversación ajena. Es algo así como, para explicarlo de otra forma, cuando uno ve un cuadro: tiene que ponerse a la distancia adecuada para contemplar las formas definidas, porque si uno se acerca demasiado tan sólo ve pinceladas de óleo que no se parecen a nada.

Los domingos de Jean Dézert siempre caen en lunes

Los domingos de Jean Dézert

Los domingos de Jean Dézert

Supongo que Jean de la Ville de Mirmont fue muy aficionado a Flaubert. No puedo dejar de ver un parecido entre el protagonista de Los domingos de Jean Dézert con Charles Bovary. Ambos son personajes que representan al hombre mediocre y predecible, al ser anodino y aburrido, y ambos personajes se ven trastornados por una mujer, Elvire Barrochet en el primer caso y la inmensísima Madame Bovary en el segundo. Creo que aquí acaban todas las comparaciones posibles.

Puedo leer Los domingos de Jean Dézert como una caricatura, como una parodia, o incluso como una parábola humorística, pero eso no salvaría a la novela de un exceso de hospitalidad por parte del narrador, me refiero a una hospitalidad abusiva con la que se pretende que, desde el principio, veamos en los personajes una imagen inequívoca. En el caso de Jean Dézert, no hay que pasar de la primera página para que el narrador nos avise de que «a menos de tropezar con él, nadie lo distinguiría entre la multitud» o, tres párrafos más adelante, «su vida […] no ofrece nada que no sea muy mediocre». Ante estas insistentes aclaraciones, que se extienden a lo largo de toda la novela, a mí se me ocurre pensar dos cosas, que el autor teme no ser entendido o que no ha sabido construir su personaje de otro modo. Como oposición a Jean Dézert existe Elvire Barrochet, tan inconstante como el otro predecible a fuerza de argumentaciones por parte del narrador y, por supuesto, anunciadora de una catástrofe.

Algo que echo de menos en el desarrollo de la narración es que Jean de la Ville de Mirmont no se haya detenido en las distintas secuencias donde el personaje seguía los consejos de diversos folletos publicitarios. Ahí podríamos haber encontrado una gran novela, y buscando esa novela compré yo el libro. Imaginé a Jean de la Ville de Mirmont como un Georges Perec de finales del XIX, que es en cierto modo lo que se comenta en la contraportada, lo imaginé rastreando meticulosamente los procesos de lo cotidiano hasta convertirlos en una estructura literaria.

Supongo que la culpa ha sido mía. Compré esta novela buscando otra novela, y reprocho en esta reseña que no aparezca lo que yo había estado persiguiendo a priori.

 

 

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Una pequeña teoría sobre Nabokov

La defensa
La defensa

Yo me había formado una pequeña teoría sobre la narrativa de Nabokov, y a partir de esa posición he intentado leer todas sus novelas. Cuando uno se inventa una pequeña teoría sobre un escritor se divierte mucho más, aunque resulte ser falsa. Siempre creí que Nabokov se esforzaba en escribir para ocultar una historia. Las novelas que hasta ahora he leído de él dan una versión de los hechos que de un modo u otro solapan otras versiones posibles, otras versiones que el lector sabe que existen.

Por ejemplo, en Lolita el caso es muy evidente. El profesor Humbert es quien narra su relación con la prepúber, pero en ningún momento conocemos el relato que podría habernos ofrecido ésta. En La verdadera vida de Sebastian Knight ocurre algo parecido. El hermanastro de Sebastian Knight escribe una biografía acerca de él, intentando desmentir otra biografía distinta. Pero ninguna de esas dos biografías consigue desvelar la vida de un protagonista que permanece oculto ante nuestros ojos. Por último, se me ocurre el ejemplo de Pálido fuego, donde el profesor Charles Kinbote aprovecha su edición comentada de la última obra de su amadísimo poeta para sustituir con un autorretrato el sentido del poema comentado. En  todos estos casos tan sólo se nos permite ver la historia desde un ángulo que nos tapa todo lo demás, pero todo lo demás sigue ahí y no podemos dejar de sentirlo.

Por fin he topado con la primera excepción que desmiente mi pequeña y dicharachera teoría. En La defensa no ocurre nada de esto. La historia de Luzhin (hijo) es la de una persona con un don que no le permite desenvolverse con soltura en los demás ámbitos de la vida. Si esto fuera una teleserie, quizá sería House, pero afortunadamente hablamos de Nabokov y el tópico del don da mucho más de sí. Luzhin descubrió el ajedrez del mismo modo que las jirafas descubren su alimento en las copas de los árboles, porque están hechas solamente para eso. Hablando de versiones posibles en las novelas de Nabokov, a mí me hubiera gustado saber qué hubiera ocurrido si Luzhin hijo nunca hubiese aprendido a jugar al ajedrez, si por alguna circunstancia no hubiese tenido un tablero cerca ni nadie que le enseñara el movimiento de las piezas. Y hay otra posibilidad que no ocurre en esta novela y que a mí me sigue intrigando, ¿qué hubiera ocurrido si Luzhin padre hubiese escrito el libro inspirado en su hijo que estaba planeando? Quizá otro relato hubiera ocultado la historia que he podido leer en La defensa, y entonces mi pequeña y ridícula teoría hubiera vuelto a funcionar.