Entrevista en el diario «El Mundo» (y apuntes para una representación de mí mismo)

El otro día, me hicieron una entrevista para la sección malagueña de el diario El Mundo.

El periodista fue muy amable conmigo y accedió a hacerme al menos media entrevista vía mail. Además, se esforzó en trasladar mis respuestas con la máxima literalidad posible. Aunque he de reconocer que el titular -así, descontextualizado- es como para que a uno le entren ganas de partirle la cara al tío de la foto, es decir, a mí.

De hecho, con representaciones así de mí mismo, creo estar ganándome con creces todas las papeletas para que me tilden de modernete. Y, ya saben, esto es como el tema de las brujas en la época de la Inquisición. Al primer comentario que huela a posmodernidad, alguien puede señalarme con el dedo y gritar: «¡modernete, modernete, modernete!», y así despertar a las masas y planear mi destrucción.

A uno le gustaría parecer un reaccionario gruñón, compungido y, además, un soso. Eso resultaría infinitamente más divertido que cualquier otra pose. Pero ni siquiera la boina de esta foto me ayuda a conseguir ese aire. ¡Qué maravilla sería parecer tan despreciable como Michel Houellebecq en sus mejores momentos! Estoy deseando que alguien empiece a hablar mal de mí en algún sitio para ver qué impresión suscito. Hasta el momento, solo puedo citar a Tristan Tzara: «me parezco muy simpático».

Por cierto, al entrevistador se le ocurrió decir en su introducción que mis primeras líneas conocidas tenían «rima y ritmo», como no esté hablando de mi reconocida afición adolescente al hip hop (que sigo manteniendo) no entiendo a qué se refiere.

(La entrevista en pdf está colgada en la sección DANIEL ESPINAR)

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Reseña de «Niño hipotético» en Koult.es

Hoy ha aparecido una reseña de Niño hipotético en la revista digital Koult.es. El reseñista, Sebastián de Cheshire, ha conseguido alegrarme tremendamente el día. Una de las razones por las que uno publica un texto es para tomar puntos de referencia que sirvan para enfrentarse a la escritura de un nuevo texto. Es decir, para aprender sobre las posibilidades de uno mismo a través de las lecturas de los demás. Pues este señor me ha enseñado un par de cosas sobre mi novela. Ojalá esta fuera la dinámica con cada lector.

Les dejo el enlace a la reseña y, además, la copio aquí:

Daniel Espinar (Málaga, 1982)  ha reabierto la elasticidad de los sistemas fragmentarios con la narración de su primera novela. Un corpus secuencial diseminado en torno a las aspiraciones de sus protagonistas, que se encargan de abordar la temática del deseo por medio de una estructura casi tricéfala: Simón Levy declara, Alicia Fábregas matiza, y Henry Lukács salpimenta la trama. Un tratado higiénico sobre las relaciones personales donde se intuyen el rédito epidémico entre  personajes conectados ocultamente y la metodología multidimensional que acota límites a la percepción, porque Daniel Espinar agota un pulso en la escritura con el que consigue una semántica insinuada, es decir, dejando al lector casi a la intemperie de la palabra no dicha en un campo de preguntas vinculantes.

Huida: ¿La renuncia al pasado es producida por la angustia de los hombres que se buscan entres significaciones?

Simón Levy comprende lo que antes no entendió; lo que sobraba antaño, ahora lo necesita; lo que fue caliente sensación, hoy es frío análisis. Así podría estar enumerando, caóticamente, sin llegar al final. Por ejemplo, a la inversa, imagino que Galileo Galilei, al recibir la noticia de su perdón a los 368 años de su muerte, estaría soñando con demostrar a sus represores lo razonable de su teoría del heliocentrismo, pero ante tanta estulticia reclamaría a voces su vuelta a la eternidad. La constante renuncia a uno mismo, por mucho que hayamos perdonado a María Magdalena y consentido la ingenuidad de Pedro, dicen que conduce a una realización desinteresada, aunque esto es servil y puede que nunca haya forma de ser como realmente se es.

Búsqueda: ¿Implica toda búsqueda un comportamiento político?

Niño hipotético insiste en la idea de la progresión de la identidad, y para ello alude a un esquema psicosocial basado en tres conceptos: reflejo, sombra y huella (empatía, desamparo y derivación). El primer acercamiento puramente relacional entronca de manera firme con una autocontemplación aristotélica tendente, por cansancio, a la conciencia de alteridad o asunción del otro como concordia explotable. Es decir, el estadio diseñado para la gestación de un altruísmo que, con la biología evolucionista en la mano, es siempre recíproco o, dicho de otra forma: las relaciones de interés son las que mejor funcionan y conducen,  por último, a través de arquetipos basados en disonancias cognitivas, a la inminente degeneración resultante del ser humano, a la carestía de la ética y al simulacro de la conducta.

Dentro de este dispositivo por resolver actúa como interludio el garbo en los escenarios, ya que Niño hipotético es un compendio de proyecciones marginales pergeñado bajo el gusto desopilante de la seriedad ensoñada: Margaret Thatcher y Helena de Troya compiten en la cima de una pirámide por un hombre, la incompatibilidad de ser un gato y llamarse Baudelaire, policías que leen a Schopenhauer, estudios sobre las tendencias literarias en cada línea de metro, antenistas que buscan un punto en el cielo donde  es posible encontrar todas las ondas del mundo, células de alta concentración salina que abogan por el terrorismo, e.t.c. Ejemplos, en definitiva, de un constructivismo matizado, de una gran avenida Nevsky llena de contrastes capaz de arruinar a Robbe-Grillet, que afirma que si la teoría es válida, ya no hay necesidad de obra.

Amigos, Daniel Espinar ha escrito una novela similar a uno de esos naipes eróticos en los que desnudar a la pin up que figura en el dorso depende de la maestría de un interlocutor con la yema del dedo impregnada en saliva, en ganas. Pequeñas variaciones sobre el binomio latente exhibición/exposición.

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Reseña de «Niño hipotético» en La Opinión de Málaga

Hoy ha aparecido la primera reseña de Niño hipotético en un medio de comunicación. Parece que al señor que escribe esta reseña le parezco un bloguero muy molón y un escritor muy modernete. Ya ven ustedes, así somos los jóvenes escritores de hoy en día. Como en esta imagen apenas se puede leer el texto, he colgado el pdf en el apartado de DANIEL ESPINAR y, además,  lo copio aquí:

Daniel Espinar, debut de culto y eficacia

La editorial Alfama publica la primera novela del poeta y agitador cibernético; prosa imaginativa, hilarante, adictiva y sutil

En los últimos años, Daniel Espinar ha dado muestras de un talento extraordinario en el uso de la Red. De un modo deliciosamente cínico, a ratos circense y siempre laborioso, ha sabido urdir una campaña de proyección de sí mismo proporcionalmente equivalente a la de las estrellas del rock que arman su gloria a través de myspace. Reseñas de libros, comentarios variopintos en la prensa y alianzas estratégicas forman parte de su acervo paisajístico en internet, donde ha despertado la simpatía de autores como Vila-Matas. Si eso es suficiente para convencer a un mercado tan celoso y gruñón como el literario resulta todavía una incógnita, pero lo que está claro es que Espinar cuenta con un salvoconducto distinto y exultante: su libro.
La apuesta de la editorial Alfama, que le ha abierto las puertas a su primera novela, Niño hipotético, amerita audacia y vivacidad, dos elementos poco frecuentes en un sistema tradicionalmente autocompasivo y poco dado al experimento. Especialmente, si se tiene en cuenta que Daniel Espinar no lo pone fácil. A simple vista, sus atributos podrían espantar al lector impaciente y despechado con las fórmulas de la posmodernidad. Una novela que se inicia con epígrafes de guión cinematográfico y que alude a Bill Murray y al situacionismo parece concebida para levantar sospechas, aunque nada más lejos de la realidad. La lectura del libro es la terapia perfecta para combatir los prejuicios e, incluso, la fisonomía del escritor, condenado irremediablemente a ingresar en la lista, ya amplia, de sosias de Rodrigo Fresán. El libro deja las argucias internautas de Espinar, que ya había destacado en la poesía, en un mero complemento para iniciados. Su prosa está destinada a convencer, aunque eso sí, de un modo extraño y, por tanto, más valioso. El autor utiliza recursos y tramas de escritor multirreferencial e imaginativo, refuerza su candidatura a autor de culto y comercialmente marginal, pero lo hace de una manera que lo habilita para todo tipo de audiencias. Un acierto de equilibrio y sutileza en el que asoman ecos de Blanchot, de Bolaño, de Vila-Matas y, por supuesto, también de Rodrigo Fresán.

Juzguen ustedes mismos: ¿qué impresión les causaría esta reseña de un autor joven y desconocido?

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Hay que leer más a Cristof Polo

Cuentos premonitorios
Cuentos premonitorios

Hay que leer más a Cristof Polo. Al igual que en su tiempo la gente debería haber leído más a Yi Sang, o a cualquiera que nos hiciera echarnos las manos a la cabeza. Hay que leerlo más a menudo para ayudarnos a excluir las demás opciones. Por ejemplo, uno decide un buen día leer Cuentos premonitorios y se encuentra con un mecanismo de autorreferencialidad que lo absorbe a uno hasta olvidar por completo la historia de la literatura, ¡qué bien! O dicho de otro modo, uno cabe dentro de los Cuentos premonitorios, pero Cuentos premonitorios no cabe dentro de un contexto, afortunadamente. Por eso uno está a salvo, pero no se sabe muy bien de qué. Entonces, ¿cómo taguear este libro en las olimpiadas del estar-al-tanto-de-todo-lo-que-ocurre? Pues no tengo ni idea, porque Cristof Polo no está escribiendo para quedarse, ni para que nos quedemos nosotros, sino para entrever otra narración que está un paso por delante, allí donde de momento sólo hay un balbuceo. Es un narrador con precedentes (como todos), pero plantea una propuesta que realmente podría calificarse de premonitoria. Por eso es importante señalar una buena noticia: estos cuentos nos procuran una esperanza que está muy lejos de la «esperanza mainstream», pero sin embargo nos obligan a enfrentarnos al mismo proceso transformador.

Lucas Martín o el último Jedi de la literatura

Anotaciones a la gan ópera del pequeño Alprazolan 0.5

Anotaciones a la gan ópera del pequeño Alprazolam 0.5

Los anaqueles de poesía suelen ser el lugar más inhóspito del planeta. La vida es mucho más emocionante gracias a los concursantes del Gran Hermano que a los últimos acólitos de la poesía de la experiencia. Quizá todo esto es un gran malentendido. ¿Qué ocurre cuando uno junta palabras que antes no se solían ver juntas? ¿Qué esperamos todos del lenguaje? ¿Quién debería alegrarse por no comprender en qué coño pensaba el poeta? Los anaqueles de poesía ya ni siquiera dicen tralarí-tralará, pero en cada pueblo y en cada ciudad hay un certamen poético para que todos podamos comer canapés en alguna ocasión. Yo quiero pensar que esto no siempre es así. A veces uno se acerca a esos anaqueles y surge un encuentro en la tercera fase, o aparece un jedi de la literatura para que uno pueda seguir teniendo su cuota de fe en la mitopoiesis. Lucas Martín es un claro ejemplo de poeta que nos transforma en saltimbanquis en los pasillos de las librerías. Uno vuelve a hacerse las mismas preguntas, y entonces se nos enciende un fueguito en las pupilas al ver que el lenguaje toma posturas de fakir desmelenado. La felicidad no se parece a Lucas Martín, pero Lucas Martín se parece a mis mejores tardes en el patio de mi casa. Anotaciones a la gran ópera del pequeño Alprazolam 0.5 se parece a comerme un bocadillo de salchichón y a limpiarme luego las manos en la camiseta.

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¿Quiénes son Lucas Martín y Cristof Polo?

Hay algunas sillas al fondo de la librería Laie poco antes del comienzo. Y una mesa con sus nombres impresos en carteles y agua y los libros de Lucas Martín y Cristof Polo. Yo estoy más nervioso que una madre ultrauterina. Lucas y Cristof beben en la cafetería de arriba y aparecemos Elisa y yo y allí están los demás y todos tenemos una sonrisa enfermiza y nos miramos bizqueando de impaciencia y nadie quiere abandonar la familia. En la cafetería de la librería Laie se suceden las microhistorias. Pero nosotros nos hemos situado en una esquina. Aquí esperamos a que comience la presentación. Le dicen a Cristof que ya no hay marcha atrás. Bajamos. Ellos se sientan frente a un público superior a las mejores previsiones. Anotaciones a la gran ópera del pequeño Alprazolan 0.5, dice Lucas Martín. Cuentos premonitorios, dice Cristof Polo. Luego dicen otras cosas, algunas ya las dijimos en la Colonia de Santa Inés, o en Toulouse, o en el apartamento de Lucas, o en Hospitalet, y todas desembocan en ambos libros. Anotaciones a la gran ópera del pequeño Alprazolan 0.5, Cuentos premonitorios. Y así en bucles o espasmos o lecturas o pulsaciones o aspavientos hasta que los lectores esbocen la misma sonrisa enfermiza que tuvimos cuando esto no había comenzado aún.