Hay que leer más a Cristof Polo

Cuentos premonitorios
Cuentos premonitorios

Hay que leer más a Cristof Polo. Al igual que en su tiempo la gente debería haber leído más a Yi Sang, o a cualquiera que nos hiciera echarnos las manos a la cabeza. Hay que leerlo más a menudo para ayudarnos a excluir las demás opciones. Por ejemplo, uno decide un buen día leer Cuentos premonitorios y se encuentra con un mecanismo de autorreferencialidad que lo absorbe a uno hasta olvidar por completo la historia de la literatura, ¡qué bien! O dicho de otro modo, uno cabe dentro de los Cuentos premonitorios, pero Cuentos premonitorios no cabe dentro de un contexto, afortunadamente. Por eso uno está a salvo, pero no se sabe muy bien de qué. Entonces, ¿cómo taguear este libro en las olimpiadas del estar-al-tanto-de-todo-lo-que-ocurre? Pues no tengo ni idea, porque Cristof Polo no está escribiendo para quedarse, ni para que nos quedemos nosotros, sino para entrever otra narración que está un paso por delante, allí donde de momento sólo hay un balbuceo. Es un narrador con precedentes (como todos), pero plantea una propuesta que realmente podría calificarse de premonitoria. Por eso es importante señalar una buena noticia: estos cuentos nos procuran una esperanza que está muy lejos de la «esperanza mainstream», pero sin embargo nos obligan a enfrentarnos al mismo proceso transformador.

Lucas Martín o el último Jedi de la literatura

Anotaciones a la gan ópera del pequeño Alprazolan 0.5

Anotaciones a la gan ópera del pequeño Alprazolam 0.5

Los anaqueles de poesía suelen ser el lugar más inhóspito del planeta. La vida es mucho más emocionante gracias a los concursantes del Gran Hermano que a los últimos acólitos de la poesía de la experiencia. Quizá todo esto es un gran malentendido. ¿Qué ocurre cuando uno junta palabras que antes no se solían ver juntas? ¿Qué esperamos todos del lenguaje? ¿Quién debería alegrarse por no comprender en qué coño pensaba el poeta? Los anaqueles de poesía ya ni siquiera dicen tralarí-tralará, pero en cada pueblo y en cada ciudad hay un certamen poético para que todos podamos comer canapés en alguna ocasión. Yo quiero pensar que esto no siempre es así. A veces uno se acerca a esos anaqueles y surge un encuentro en la tercera fase, o aparece un jedi de la literatura para que uno pueda seguir teniendo su cuota de fe en la mitopoiesis. Lucas Martín es un claro ejemplo de poeta que nos transforma en saltimbanquis en los pasillos de las librerías. Uno vuelve a hacerse las mismas preguntas, y entonces se nos enciende un fueguito en las pupilas al ver que el lenguaje toma posturas de fakir desmelenado. La felicidad no se parece a Lucas Martín, pero Lucas Martín se parece a mis mejores tardes en el patio de mi casa. Anotaciones a la gran ópera del pequeño Alprazolam 0.5 se parece a comerme un bocadillo de salchichón y a limpiarme luego las manos en la camiseta.

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