Lecturas inacabadas

En mi historia de la lectura personal hay un aspecto que siempre soslayo: los libros que no termino de leer. Las razones para dejar un libro a medias pueden ser mucho más interesantes que las que aparecen en mis reseñas. Además, demuestran que soy un lector parcial, limitado por mis gustos y por las circunstancias. Entre mis lecturas inacabadas, podemos encontrar ejemplos imperdonables para un lector con talento como el Ulyses de James Joyce o El arcoiris de gravedad de Thomas Pynchon. También podemos encontrar otros fiascos de menor peso, que solo demuestran mi poco criterio a la hora de elegir el siguiente libro. Las lecturas inacabadas forman, por tanto, la intrahistoria de mi historia personal de la lectura. Y también merecen ser comentadas, para eso abro este espacio.

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El vertedero, de Djuna Barnes.

Ser amiga de Marcel Duchamp no es suficiente, ni de Chaplin. Ser amigo de un gran artista siempre es un condicionante positivo, porque uno siempre confía en la ósmosis. Por ejemplo, leí a Benjamin Peret porque lo relacionaban con André Breton, y finalmente me gustó más el primero que el segundo. Otro ejemplo: cuando recomiendo a Rodrigo Fresán recalco su amistad con Roberto Bolaño, pese a que Fresán se defiende muy bien por sí solo. Pero las amistades de Djuna Barnes suenan a ardid publicitario. Estoy seguro de que esta señora era tremendamente bella y liberal, posiblemente se dejara hacer fácilmente al estilo Kiki de Montparnasse. Siempre es admirable ser una de las mujeres del París de los años 20. Pero esto no te convierte en escritor. Nada de esto es suficiente.

El vertedero, recoge una selección de cuentos escogidos por la propia autora. Eso convierte a este libro no solo en un libro de textos de un escritor, sino en un libro de autocrítica de un escritor, y por lo tanto se la juega dos veces. Quizá un escritor nunca debería revelar sus preferencias sobre su obra, porque así pierde su capacidad de arrepentirse.

Este volumen de cuentos estaba destinado a salvarme la vida durante una larga mañana en la sala de espera de mi médico de cabecera. El Augmentine 800 que me habían recetado para la infección de mi pie derecho (véase el post sueño americano / sueño kafkiano) me había provocado una pequeña reacción alérgica llenándome de sarpullidos la espalda y los brazos.  Me llevé a Djuna Barnes para olvidar el picor y para que las horas tuvieran sentido. Pero nada. Nada de nada. Sus relatos son literatura afectada a la vez que insulsa. Hablan de personajes que visitan París y que viven la ciudad, de un modo u otro, con una mirada de extranjero. Sus cuentos, de un modo u otro, transmiten siempre un mismo mensaje: “qué guay soy por ser una mujer americana residente en París que se codea con los artistas guays”. Esta literatura es algo así como esos blogs literarios de la gente que se gusta mucho a sí misma y pone poemas y fotografías en blanco y negro.

Al final, mi médico me dijo que interrumpiera el tratamiento de antibióticos. Lo mismo he hecho con Djuna Barnes.

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Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández.

Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández

Estas líneas pueden ser el comienzo de un conflicto diplomático con mi amadísima Elisa Calatrava. Aunque el conflicto quizá ya se sembrara anoche cuando decidí cerrar definitivamente Nadie encendía las lámparas. Aquí el contexto histórico-social del lector es sumamente importante. Esta es una de las obras de cabecera de Elisa, al menos lo fue hace unos años en la Universidad. Ella consiguió hacerse con un ejemplar, que me regaló por mi cumpleaños. Todo indicaba que estos relatos serían una lectura fundamental para mí. No ha sido así. Por lo tanto ensayaré la siguiente declaración oficial:

No he sabido entender a Felisberto Hernández. No he conseguido entrar en ninguno de los tres o cuatro cuentos que he intentado leer. Está claro que la culpa es mía, quizá es esta época de oposiciones que no me deja concentrarme en otra cosa. A veces pasan estas cosas. Mi interés era absoluto, pero todos los cuentos de Felisberto se me acaban convirtiendo en ese ruido de fondo de las conversaciones ajenas. Elisa siempre me ha dicho: “es un escritor marciano”, pero a mí Marte solo me gusta en las novelas de Philip K. Dick. Con este tipo me pasa lo siguiete: no es que no consiga saber de qué me está hablando, sino que consigue demasiado pronto que deje de interesarme aquello de lo que habla. Felisberto es un escritor raro, como predican todos sus seguidores, pero también son raros muchos de los aspirantes a Eurovisión de este año, y no por eso me interesan. Indudablemente, puestos a comparar, Felisberto ganaría Eurovisión sin problemas (pese a ser uruguayo), pero eso lo atribuyo más a que antes de ser un escritor “raro” era un gran concertista de piano con un prestigio intachable.

Felisberto Hernández es un señor al que le dio por escribir, al igual que le pasó a Roberto Arlt. Y a los dos les ocurre lo mismo: no saben escribir. Cuando me refiero a ambos como “un señor al que le dio por escribir” no sé muy bien qué quiero decir, pero estoy seguro de que hay algún tipo de similitud entre los dos. A mí no me interesa demasiado Arlt como tampoco creo estar muy interesado en Hernández, porque sus oraciones no me convencen. Escriben una oración, y luego otra, y luego otra, y a mí aquello no me cuadra. No sabría explicarlo de otro modo.

De todos modos, la culpa sigue siendo mía. Así que incluiré a Felisberto en una segunda vuelta de lecturas dentro de algunos meses (¿o años?) De lo contrario, viviría toda la vida castigado por mi incapacidad de disfrutar uno de los autores predilectos de mi amadísima Elisa Calatrava. Y no me gustaría que Felisberto jodiera así mi felicidad.

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3 pensamientos en “Lecturas inacabadas

  1. Eximio abejarugo, pásate a Gertrude Stein, que también era mujer y americana y en parís en floración y con los pies tuertos.

  2. Solo me pasaré a Gertrude Stein si usted me asegura que se trata de una mujer ovípara. De lo contrario, paso de turistas en París visitando cafetines y cabarets. Antes que sufrir la histeria de más mujeres mamíferas en en el centro de la Modernidad, me pongo a ver Moulin Rouge y le hago los coros a Nicole Kidman.

  3. Ahora resulta que me quedaré esperando a que salga “Niño hipotético” para leerte, Daniel Espinar, y me tendré que poner a buscar más cosas tuyas. Un blog es un bluff si no se sabe ir más allá.
    En buena te encontré, y enhorabuena por lo que leo de ti y de lo que sabes decir más allá de lo que dices.
    Saludos.

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