Oler la psicoesfera de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

La mirada del observador, de Marc Behm

En realidad, me gusta que mis amigos acaben conociendo mis preferencias literarias. En ocasiones me he quejado de que la gente me recomiende, me preste o me regale libros que no he pedido. Pero, no nos vamos a engañar, me hace muy feliz que alguien descubra de qué rollo voy, qué me mola y qué no soporto, por qué literatura me partiría la cara con alguien. La otra mañana me tomé unas cervezas con J. Llevaba todo el verano sin verlo. Me recomendó La mirada del observador, de Marc Behm, me dijo que me iba a gustar a mí. Compré el libro sin preguntar mucho más, porque dijo te va a gustar a ti, y con eso me bastó. Más tarde, supe que ya había leído una reseña de Carlos Tongoy. Es decir, la novela estaba presentando buenos avales.

Atreverse a recomendarme una novela negra inmediatamente después de haber visto True detective.

Yo creo que también he podido oler la psicoesfera en La mirada del observador. Agudizando un poco el olfato, distingo un cierto aroma a novela de fantasmas. De principio a fin, ambos protagonistas cruzan la narración de forma espectral. Están y no están. Son cuerpo presente y materia que traspasa las paredes. Hay quien los ve y hay quien no. Parpadeamos y no siempre damos crédito a lo que ven nuestros ojos. Pero así son las novelas de fantasmas, más negras que la novela negra. Por supuesto, para que funcionen, hay que creer en los fantasmas, del mismo modo que hay quien cree en Humphrey Bogart. La diferencia es inapreciable. Marc Behm solo les pedirá un poco de fe.

Y si no es una novela de fantasmas, al menos se parece a Otra vuelta de tuerca. Yo, al menos, me he tirado media novela pensando en Henry James. He estado haciendo cábalas y eso me ha mantenido bien entretenido entre asesinato y asesinato. Aposté a varios finales y, por suerte o por desgracia, me equivoqué en todos. También, hacia el final, pensé en Lolita, de Nabokov. Pensé en una versión de Lolita contada en tercera persona, en donde el discurso de Humbert Humbert no solapara la visión del mundo de Dolores Haze. Pensé en la posibilidad de situarse alternativamente a un lado y a otro y de tener miedo de trastabillar y de hacerse daño entremedias. Ese, quizá, sea un gran logro de Marc Behm con el perseguidor y la perseguida.

Porque, además, aunque Marc Behm no sea un tío con el glamour de Hemingway (por suerte) ni con la fama de Faulkner (por desgracia), tiene una prosa formidable que te deja pegado a la página y solo te suelta cuando te pegas a la siguiente. Es capaz de administrar con mucho tino la tensión de las escenas y luego golpearte duro con metáforas bastante bestias.

También tengo un apartado de reproches o, si acaso, dudas sobre esta novela, pero no puedo airearlos aquí, porque están directamente relacionados con la trama. Y de esas cosas está muy feo hablar en público. Por lo tanto, invítenme a tomar unas cervezas y lo comentamos en privado. Yo, de momento, voy a llamar a J. y a quedar con él para charlar sobre todo esto.

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