Thomas Mann se gusta a sí mismo

La montaña mágica, de Thomas Mann

La montaña mágica, de Thomas Mann

Estando en la universidad, aquella novia húngara que tuve me regaló un libro de Thomas Mann, Tonio Kröger. Yo, por aquel entonces, me debí creer tan a la vanguardia y tan experimental, que la lectura de aquel pequeño texto me pareció infumable y eso conllevó algunas palabras tirantes con mi exhúngara. Esperaba, hoy día, que mi regreso a Thomas Mann fuera una reconciliación con un autor consagrado, ya que mi visión de la literatura podría considerarse más madura y más amplia. Pues bien, a lo mejor me sigo creyendo demasiado listo, porque mi relación con Thomas Mann no ha parecido mejorar mucho con el tiempo.

 Me atreví, poniendo carita sonriente y abriéndole los brazos y el pecho, con las mil ciento cincuenta páginas de La montaña mágica porque habría de ser la piedra angular de mi diminuta recopilación bibliográfica sobre la enfermedad en la literatura, de la cual podrán encontrar el rastro en varias entradas de meses anteriores. Pude decir de ella -mientras todavía me anegaba en las primeras decenas de páginas- en el congreso de Nefrología al que fui invitado como ponente, que era una mina de oro para entender la relación médico-paciente y el proceso de identidad del enfermo. Personajes de la talla de Lodovico Settembrini me iban dejando perlas como esta:

Y es que, en verdad, La montaña mágica se puede escalar desde dos de sus flancos. El que a mí me interesa es el concerniente a la sociología del enfermo que se crea allá arriba en el sanatorio, el proceso de aceptación de la enfermedad y de inclusión en la identidad como elemento que determina la vida. Este es el propósito de Thomas Mann que a mí me ha encandilado y me ha dado fuerzas para seguir leyendo, pese a los diversos descansos que le he dado al libro; este es el camino en el que me he sentido iluminado y comprendido y querido y conectado al poder de la literatura para explicar el mundo.

Pero hay otra cara de esta lectura, un montón de páginas por las que he transitado y otro buen tanto que ya ni siquiera me da vergüenza confesar que me he saltado (quizá me dé vergüenza en el futuro, cuando tenga que hacerme el interesante delante de los demás o cuando pretenda ligar con alguna  chica enumerándole mi exquisito calendario de lecturas). Me refiero al otro propósito palpable de Thomas Mann, a esa necesidad de demostrar su erudición a lo Saber y Ganar y sus tibias y continuas reflexiones filosóficas absolutamente carentes de chispa. Seguramente, Thomas Mann sabía todo lo que había que saber en su época y estaba empeñado en demostrarlo a toda costa, aunque para no dejarse nada atrás tuviera que someter a algunos de sus personajes más relevantes -por ejemplo, Settembrini y Naphta- a un duro estado de marionetización. En la novela, con mucha frecuencia, le dan delirios de ventrílocuo y los pone a dialogar como si le hubiera metido una mano por dentro a cada uno y las moviera a modo de teatrillo durante páginas y páginas. Asistiendo a cómo Thomas Mann “aparece” una y otra vez en su propia novela sin que nadie lo haya invitado, solo puedo suponer que este señor se gusta mucho a sí mismo. De hecho, apostaría algo a que, hoy día, Thomas Mann sería opinólogo y tertuliano de la tele, y hablaría con igual autoridad del caso de las tarjetas Black como del virus del ébola.

Después de todo esto, podría atenuar mis palabras recordando que Thomas Mann escribe muy bien. Y es cierto, ¿por qué no?, pero en su estilo también se ve ese ser anfitrión constante para el lector, recordándonos de vez en cuando que estamos en una narración y que es él -usando un plural de cortesía- quien se encarga de organizar el cotarro narrativo que tanto estamos disfrutando. Tanto es así que me atrevería a decir que se trata de una prosa que envejecerá mal.

De todos modos, recordemos que, hoy día, La montaña mágica es considerada un clásico indiscutible y, para colmo, a Mann le concedieron el premio Nobel; por eso, sería sensato avisarles de que aquí el problema estriba en que yo sigo creyéndome un listillo y un modernete con un criterio despiadado y un gusto literario mitomaníaco. Prueben ustedes, si se atreven, a meterse entre pecho y espalda La montaña mágica, pero luego no digan que yo no les advertí de lo que se iban a encontrar.

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18 pensamientos en “Thomas Mann se gusta a sí mismo

  1. Hola, me alegro y me extraño de que les haya gustado la entrada, jeje. Por lo que veo, cuelgan relatos de varios autores en el blog, ¿no es así? Se me da mal leer literatura en pantalla, pero curiosearé el blog, a ver qué tal.

    Un saludo.

  2. Es cierto que Mann es uno de esos autores que uno siente presente en todo momento al leer sus novelas, pero su genialidad es innegable. No me pongo colorado al decir que tuve que leerla en un lapso de un año para poder encontrarle el gusto.
    Con respecto a creerse un “listillo y modernete”, nadie pude librarse de ello; uno siempre se siente superior a la media y quiere parecer inteligente ¡pero somos la media! Los verdaderos listos no tienen mail, facebook, twitter, no comentan post……………..su ego no necesita de vidrieras virtuales. Eso sí, si la recompensa es ligar alguna chica, cualquier herramienta es legal y aceptada.

  3. Jajajaja. Lo peor de todo es que -según mi triste experiencia- no hay ningún ligue de recompensa por sentarse a leer. En cuanto al mail, facebook y twitter, joder, ayudan a compartir conocimiento y experiencias y eso también es importante para amueblar la cabeza, ¿no?

  4. Pingback: Thomas Mann se gusta a sí mismo (Miedo a la literatura) | Libréame

  5. Creo que es un libro de amar u odiar, y que está muy conectado con el momento y el lugar en que uno está en la vida al leerlo. Cada uno su opinión, yo he visto un libro distinto, y creo sinceramente que Mann no se gustaba nada a sí mismo. Si no no hubiera escrito ni esta ni la muerte en Venecia.

  6. Hola,

    considero que eso de que “está conectado con el momento y el lugar en que uno está la vida al leerlo” vale para cualquier libro, así que eso no lo hace especial. Claro que usted ha visto un libro distinto, porque usted es otro lector. No sé cuánto se gusta Thomas Mann a sí mismo en La muerte en Venecia. Quizá nada, ojalá. Habré de leerlo más adelante. Lo tengo pendiente, pese a todo.

    Un saludo.

  7. La tenía en la lista:” Por leer” pero con esa reseña y mi fobia a la lectura densa que ni picha ni cacha ni deja batear, creo que me ahorrare esos pesos para otro libro.

    Excelente reseña, como siempre.

  8. Especialmente en la muerte en Venecia Mann no se gusta nada, se trata de algo que reprimía y que le causó mucho dolor. Como en el Fellini de Casanova (filmó la biografía de un personaje que odiaba pero en que veía reflejadas muchas de sus debilidades)
    Diría que aquí tampoco se gusta nada. Parte de la novela es un desesperado grito contra la complacencia y el aburguesamiento. Parece gritar: Espabila Thomas, pasan las horas, y pasa tu vida.
    Por cierto que concebía La Montaña mágica como la parte humorística de ese libro. Y una parodia de cierto género de autodescubrimiento de la literatura alemana. Claro que cada uno ve lo que ve, en el momento en que lo ve. Pero le aseguro que su crítica me parece innecesariamente enconada. Aunque creo poder afirmar que nunca he encontrado un término medio con este libro. Solo despierta odios o amores.

  9. Hola,

    le agradezco la información, porque me ayuda a ilustrar detalles que no conocía y a rellenar huecos vacíos. En cuanto a mi encono, quizá peor hubiera sido la tibieza, ¿no?

  10. Y yo reconozco que son mil páginas en las que no hay trama. Para nada. Es puro personaje atorado. En Beckett se tolera mejor porque normalmente es teatro y es corto, esto es puro Beckett.
    Y que las conversaciones filosóficas no ayudan (aunque siento cierto cariño por Settembrini, que no deja de decirle que se vaya. Y así por cierto la novela sería algo más corta) a la diversión. Pero es parte de su esencia, aunque con la mitad de filosofía ya valía. No es un blockbuster. Sabe a lo que juega.
    La tormenta de nieve es un pasaje fabuloso.
    Otra traducción, y quizás más fiel, no sería “mágica” sino “encantada”. Castorp cae como en un encantamiento. lo que hoy algunos psicólogos llamarían zona de comfort. Es un poco como en Buñuel, nadie escapa a esa comodidad, la muerte atraviesa toda la novela, y los personajes la obvian, miran a otro lado. Ziemlich es el único que baja a vivir una vida, y paga por ello. Es una novela sobre estar en el Limbo, pero que anticipa ese “mirar a otro lado” y “jugar a que no pasa nada” que vendría luego históricamente. Eso se ve en el final (spoiler).
    Y el limbo puede ser bastante aburrido, deprimente, farragoso e incomprensible. Yo la leí estando en un limbo.

  11. Perdón por la tardanza en contestar.

    Suscribo todo lo que usted dice desde que menciona la tormenta de nieve hacia delante. Pero lo que no comparto, ni mucho menos, es que Mann se parezca a Beckett. No se me ocurre nada más distinto. Mann pretende aleccionarnos; Beckett, en cambio, sugerirnos, confundirnos, quebrarnos, vaciarnos. Le recomiendo que vuelva a Beckett, no solo al teatro, sino a las novelas: “Molloy”, “Malone muere” y “El innombrable”. No encontrará usted la más mínima similitud tanto en la forma como en el fondo. Ni en el discurso ni en su propósito.

    Un saludo.

  12. No creo que Mann aleccione. Turba menos eso sí, es un academicismo muy del XIX todavía, y lo envuelve en el engañoso ropaje de la novela tradicional. Aunque anticipa algunas innovaciones.
    Cuando se pone discursivo, argumentativo, perorativo: Pone a dos mentores contrapuestos (y ya digo que con cierta paródia de género, y autoparodia también), cuya discusión no lleva a ningún sitio, ni clarifica en nada a Castorp. Como los personajes del Godot de Beckett, los del sanatorio pasan la vida en conversación banal, es un universo muy afín a Godot. Castorp está perplejo, asustado, y paralizado. No llega a ninguna conclusión. Nada es definitivo o real (es “encantado”) salvo claro, la muerte. La forma del discurso es diferente, pero el propósito es el mismo: ¿Dónde está el Godot de Castorp? Es la propia montaña cuya esencia no se desvela, es la propia iluminación interior, que se insinúa llegará, que no llega, es la propia cura a un mal que no se sabe si es real o psicosomático.

  13. Me parece muy valiente la interpretación beckettiana que usted hace de esta novela. Yo, lo siento, sigo sin verlo. Los dos mentores siempre tienen voluntad de “decir”, arman su discurso y lo dirigen hacia un fin. Si las conversaciones acaban siendo banales es porque las ideas que van apareciendo en ellas no brillan por sí mismas, pero sí que hay una clara intención de definir el mundo, de describirlo y apresarlo a través de la dialéctica. Castorp, sobre todo al principio, se siente perplejo, pero es una perplejidad que procede de la admiración. A lo largo de la novela, más que paralizarse, va evolucionando, incluso va tomando parte y ensayando sus propias ideas. Es cierto que nada lleva a nada (como en Esperando a Godot), pero aquí todo se hace con la intención de alcanzar la verdad, y a Beckett no creo que le interese demasiado la verdad. En cuanto a la curación, es un Godot que acaba llegando en el momento que el personaje se ha transformado, aunque este Godot no sea lo que Castorp podría haber esperado. Con Beckett, Godot no llega porque no hay transformación posible.

  14. Lo de la banalidad lo decía por el resto de damas y grandes señores, que se ocupan de rumores, comentarios tontos y encaprichamientos pasajeros y hacen de eso, la vida.
    Yo creo que Castorp duda, que quiere tener esa revelación y que la admiración a sus mentores viene de la abdicación de toda responsabilidad para con su vida, son cantos de sirena. Mientras duda, no vive, mientras ellos piensan, no piensa. No creo que evolucione en lo más mínimo, o más bien lo hace a pesar suyo y como el resto, “olvida” voluntariamente lo que aprende de si mismo (y aprende a pesar de Settembrini y Nafta. Que luchan aparentemente por su alma, pero sólo lo hacen por el placer de contradecirse) porque es más cómodo no verlo.
    Aquí, la salida es por una bofetada exterior, y una bofetada absurda. Mann quiere definir el mundo. Pero sabe que no puede hacerlo. Mann sólo coloca a alguien que busca, pero no encuentra, y buscando se pierde. Y es expulsado de nuevo al mundo sólo para constatar que es solo caos, y no tiene sentido.
    Pero es sólo mi interpretación. 😉

  15. Me parece una gran interpretación, de veras. De hecho, ahora me gusta más La montaña mágica. A través de sus ojos cobra fuerza. Yo no he querido o sabido ver tanto. De todos modos, me quedo con sus palabras para tratar de expandir lo que Mann haya metido en mi cabeza.

    Un saludo y gracias.

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