Herman Melville por una camiseta

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

 

El fin de semana pasado, en mi visita a Barcelona, tuve la oportunidad de regresar a La Central del Raval y me atendió un dependiente con esta camiseta:

Ya me había fijado varias veces en ella en La Central de Callao, en la sección de merchandising que hay en el mostrador para pagar. Me había imaginado con ella puesta, fardando por la calle, haciéndome el guay delante de los demás. Pero había algo que me prohibía comprármela, un impedimento moral, unos escrúpulos, no sé. Quizá mi objeción estribara en que todavía no había leído Bartleby, el escribiente y no quería sentirme como esos idiotas que van por ahí con la cara del Che Guevara estampada en el pecho y no tienen ni idea de lo que es la Revolución cubana. Al menos, esos remilgos sí que los tengo.

Por lo tanto, podríamos decir que, a lo largo de mi vida como lector, NO he leído Bartleby, el escribiente hasta el día de hoy, pese a disponer de las siguientes buenas razones que, a bote pronto, se me ocurren:

1. Por tratarse de una obra de contrastado prestigio, escrita por Herman Melville, nada más y nada menos que el autor de Moby Dick.

2. Porque Vila-Matas escribió una obra basándose en el arquetipo de Bartleby, que leí hace años y que me impresionó mucho.

3. Porque mi amadísima Elisa Calatrava me dijo hace unos meses que a qué diantres estaba esperando para leerme semejante maravilla y que me iba a encantar.

4. Porque la obra es muy cortita.

 Digamos que la primera opción es la que menos peso tiene para mí. Otro día confesaré mi atraganto con Moby Dick. El caso es que al final he leído Bartleby, el escribiente por culpa de una simple camiseta.

Aunque al final, como siempre, mi amadísima Elisa Calatrava tenía razón. Bartleby, el escribiente es esa literatura aplicada en una sola dosis que puede cambiarte la vida. Es el ejemplo para atreverse a tomar la decisión de bajarse del carro. Es la única respuesta honesta ante el desencanto. Nos fijamos en Bartleby como si él estuviera en el error, como si padeciera una enfermedad, como si esperáramos que su distanciamiento fuera pasajero y soñáramos con verlo restituido, al fin útil y feliz. Pero esta obra se lee mucho mejor si se hace desde la perspectiva de Bartleby y se ve el despacho, los compañeros, el jefe, en fin, el mundo, desde sus ojos. Ahí es donde todo esto empieza a dar vértigo.

Me ha llamado la atención el hecho de que sus colegas de trabajo acabaran contagiándose del uso incisivo del verbo preferir. Quizá, con un poco más de paciencia, Bartleby los hubiera conquistado a todos, inseminando en ellos la idea de que siempre existe la posibilidad de decidir qué hacer. Imaginen, por un momento, un Bartleby que hubiera aguantado durante más tiempo en su trinchera. Imaginen varios Bartlebys en las oficinas donde se calcula la prima de riesgo, en los despachos donde se especula con el crédito, en los gabinetes donde se diseñan las políticas de austeridad. ¿Qué quieren que les diga? Yo antes era de Batman, ahora soy de Bartleby.

¿Seguiré yo el ejemplo de Bartleby? Cuando nuestro escribiente se limitaba a escribir y a rechazar el resto de las órdenes llegué a pensar que había encontrado mi guía espiritual, pero, un poco más adelante, cuando fue más allá, me dio un vuelco el corazón, me dejó trastocado y falto de equilibrio. A mí todavía me hace falta reunir mucho valor para seguirlo hasta el final, pero me queda bien claro que se trata de un símbolo potentísimo.

En fin, para empezar con buen pie, la próxima vez que me tope con la camiseta me la compraré y, a lo mejor, incluso podré experimentar un atisbo de orgullo.

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10 pensamientos en “Herman Melville por una camiseta

  1. Me gustó mucho Bartlebly, anticipándose a toda la neurosis del siglo pasado que pasó por nuestras letras. Lo de leerla por una camiseta también tiene su miga.

  2. Me fascina la sutil diferencia entre “Preferiría no hacerlo” y “No quiero hacerlo”. La elección de Bartleby creo que se debe a una manifestación de humildad que resulta mucho más poderosa en sí que la negación imperativa, porque la revolución en literatura reside en la capacidad del personaje para decir “no”, unida a la complejidad de manifestar la crisis de la acción en su enfrentamiento a la norma. Bartleby se opone a oponerse y se vacía de posibilidades en su inacción. Se trata, digamos, de una negación pasiva, de una negación en el silencio.
    Me encanta la camiseta.

  3. Es de esas pequeñas grandes obras que son tan contemporáneas que tenemos que mirar varias veces la fecha en que se publicó para salir de dudas. Melville, aquí, anticipa toda la devastadora soledad del hombre moderno, su imposibilidad de comunicación y su desamparo en el mundo. Es verdad, como dices, que seguirlo hasta el final es difícil, pero cuántos reconocemos y comprendemos el camino que sigue.

    Melville se anticipa a su tiempo en todos sus textos, fue un alma visionaria, como Kafka unos años más tarde, con quien tiene tanto que ver su literatura.

    Lástima que pinchara usted en Moby Dick, porque es un monumento de las letras, la historia de una obsesión aniquiladora.

    Un saludo.

  4. Interesante historia de desencuentros con un libro, con un convincente final feliz. siempre me ha parecido muy compleja la traducción de esta frase, a veces hay agujeros de sentido en las lenguas que no acaban por trasponerse del todo.
    Sobre Moby Dick a mi me pasó lo mismo, la primera vez que la empecé, esa especie de lenguaje bíblico me echó para atrás. Años después la leí con deleite. Tal vez es una cuestión del momento.

    Un saludo,
    Sonia

  5. Hola a todos,

    disculpen que no haya contestado antes, pero me han pillado en fin de semana de viaje. Lo mío con Melville es una historia de desencuentros: leí Moby Dick hace años y la ballena me venció. Soy plenamente consciente de que la culpa es mía; su relectura y la reconciliación es un reto pendiente que habré afrontar en algún lugar del futuro. También lo intenté con un libro de relatos que no despertó en mí gran interés. Por suerte, Bartleby ha sido un punto de inflexión, un entendimiento y un pellizco.

    Lo de la camiseta no me da mucha credibilidad como lector, pero es ridículamente verdad lo que cuento. Me la compraré en cuanto pueda. No es para menos.

    Un saludo.

  6. Confieso que a mí no me pareció para tanto. Como usted dice, supongo que también es culpa mía. Tiene su miga, por supuesto, pero partiendo de una idea inicial tan ingeniosa, esperaba bastante más. Creo que lo de que es metáfora de esto y de lo otro lo ponemos los lectores y me pregunto si la novela en sí tiene tanto fondo como se afirma..

  7. Pues lo que no me trago es la existencia de Elisa Calatrava. Omnipresente en cada post, sabia, aparentemente honesta, posiblemente bella. Prefiero creer que su novia es fea, cruel, ignorante y con olor a pata.

    Saludos afectuosos.

    P.D. envidia sana, no se ofenda.

  8. El personaje de Elisa Calatrava sale del reparto de esta teleserie bloguera. Hace unos días decidió abandonarme. Septiembre y sus cambios. Ya ve usted. Ahora habrá que inventar de veras un personaje.

    Un saludo.

  9. Hola Molina de Tirso,

    yo apostaría a que sí hay miga. La obra funciona como parábola y, para colmo, en ella ya se atisban algunas dolencias del siguiente siglo. Un amigo me dijo que en la edición de Pre-textos se incluye un ensayo muy bueno. Haga por leer ese u otro texto sobre la obra. Seguro que le ayudará a llegar a conclusiones distintas. Mi reseña, por supuesto, no da para tanto.

    Un saludo.

  10. Lo leí este verano y me encantó: divertidísimo el comienzo, terrible el final. Si veo la camiseta en algún sitio me pillaré una. Gracias

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