Podré vivir sin volver a leer a Helen Garner

La habitación de invitados, de Helen Garner

La habitación de invitados, de Helen Garner

La librera entendió el tipo de libros que andaba buscando. Puse en su mostrador La montaña mágica y Diario de un joven médico y ella se atrevió a aconsejarme dos títulos de dos escritoras completamente desconocidas para mí. Dejé mis prejuicios a un lado en pos de mi pequeña investigación literaria y le hice caso. Me llevé los cuatro libros, dos elegidos por mí y dos por ella. El primero que he leído es una de sus propuestas: La invitación de invitados, de Helen Garner.

Pensé en buscar información sobre la autora. Pero, en realidad, me da igual quién sea Helen Garner. Puedo imaginármelo: Es una señora que hizo un máster en escritura creativa. De hecho, era la empollona de la clase, había asimilado muy bien cómo se plantea una escena y cómo se desarrolla una trama. Sabía que era importante que el argumento tuviera gancho. Con todos esos conocimientos aprendidos en un curso universitario o en una escuela privada se puso a escribir una novela, porque tenía una buena idea para una novelita de ciento cincuenta páginas. Así me gusta pensar que salió La habitación de invitados. La realidad será otra, pero no es mejor.

La idea, por supuesto, es muy buena. De ella podría salir una gran novela, desgarradora, sutil, ambigua, dolorosa, redentora, qué se yo, habría que dársela a un buen escritor para que la explotara. Ni si quiera a un buen escritor, incluso me atrevo a decir que yo mejoraría esa novela. Porque, pese a que en La habitación de invitados hay una gran idea, la novela me ha resultado indiferente, insulsa, falta de estilo, en resumen, no ha habido pellizco.

Pero la idea me interesa mucho, en especial para mi pequeña investigación sobre la enfermedad y la literatura. Cuando hablo de mi relación personal con la enfermedad y de mis estancias hospitalarias con la gente, intento comentar siempre que los que verdaderamente sufren son los que están a mi lado. Yo, al fin y al cabo, soy un resignado. Mi situación es aguantar la enfermedad o morirme. Los demás lo tienen más difícil, han de buscar razones por las cuales estar o no estar a mi lado, sufriendo mi enfermedad conmigo, decidiendo que ellos también quieren compartir la enfermedad y tratar de sacarme adelante. A la gente siempre le digo que mis padres y mi pareja (sobre todo mi pareja, porque con mis padres hay un vínculo de sangre) podrían decidir no inmiscuirse tanto en mi enfermedad para que sus vidas sean más llevaderas y, sin embargo, meten la cabeza hasta el fondo y se joden como el que más para que ahora esté aquí en buenas condiciones, en condiciones de escribir esto. Ellos se deberían llevar la mayor parte del mérito de superar mi enfermedad. Por otro lado, también suelo decir que los enfermos tienden a convertirse en seres egoístas y egocéntricos. No nos culpo por ello, porque es comprensible, pero es interesante darse cuenta cuanto antes y no pretender que el mundo gire a nuestro alrededor, porque el mundo tiene que seguir funcionando pese a que nosotros no podamos seguir su ritmo.

De todo esto trata La habitación de invitados, pero yo creo que lo he dicho mejor en un solo párrafo. Una enferma terminal de cáncer se hospeda, en principio, durante dos semanas en casa de una amiga de toda la vida para recibir una terapia alternativa, pero su amiga de toda la vida no lleva del todo bien la implicación vital que supone estar al lado de una moribunda, necesita seguir con su vida y su amiga moribunda es un impedimento. La verdad es que la amiga con cáncer es odiosa, es una señora madura, muy espiritual y muy New Age, de esas de las que tanto se reía Michel Houellebecq en Las partículas elementales. Pretende curarse metiéndose tonterías en el cuerpo a cambio de varios miles de dólares y eso entra en confrontación con la escala de valores de su amiga anfitriona. En esta novela, el conflicto está cantado desde la primera página, pero en la vida real, en los momentos extremos, los conflictos llegan en situaciones mucho más sutiles. Los conflictos llegan cuando el enfermo y la familia escuchan valoraciones complejas de un mismo médico y e incluso un mismo diagnóstico es difícilmente interpretable al unísono. Cuando uno enferma gravemente, siempre se instala en una habitación de invitados en el instinto de supervivencia de los más allegados. Los demás tratan de sobrevivir/los demás tratan de sobrevivirte/los demás tratan de hacerte sobrevivir. Y uno tiene que atreverse a instalarse en otra parte.

La novela de Helen Garner es una oportunidad desperdiciada de contar algo transcendental.

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7 pensamientos en “Podré vivir sin volver a leer a Helen Garner

  1. Es usted muy benévolo. Esta novela es un auténtico bodrio. Para mi sigue siendo un misterio como pueden pasar un mínimo filtro determinadas novelas para llegar a ser publicadas. Teniendo en cuenta que se trata de autores desconocidos en España y lo difícil que debe de resultar que lo admitan a uno en una editorial de prestigio, a mi me parece increíble que se publiquen estas “cosas”.

  2. No sé cuál será el filtro, pero el mundo no se hubiera perdido nada si esta novela hubiese seguido siendo solamente un manuscrito. ¿De veras soy muy benévolo? ¡Qué mal me siento ahora!

    Un saludo.

  3. El otro día en una librería de segunda mano vi un libro que quizás tenga algún interés para tu investigación. Se titula ‘Paciente’ y el autor es BEN WATT (componente masculino del dúo ‘Everything But The Girl’). Es la crónica de su lucha con una enfermedad de esas catalogadas como “raras”, el Síndrome de Churg-Strauss.

  4. Hola,

    parece ser que lo publicó Mondadori. Si lo encuentro en alguna librería le echaré un vistazo. La idea me interesa, por supuesto. Gracias por la aportación.

    Un saludo.

  5. Lo es, lo es. ¿De verdad soy tan eufemístico? Tendré que pedirle a Carlos Tongoy que me dé clases particulares.

    Un saludo.

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