Joao Gilberto Noll y el amor a primera vista

Lord, de Joao Gilberto Noll

Lord, de Joao Gilberto Noll

Imaginen a Horacio Oliveira, protagonista de Rayuela, llegando a una ciudad extranjera sin tantas ínfulas y dejando en paz a La Maga. Imaginen que se pone introspectivo a lo bestia y empieza a darle demasiadas vueltas al trance de llegar sin hueco y sin motivo. Imaginen que todo esto no lo escribe Cortázar -por lo tanto, ni hay tanto lirismo ni el lector se va a sentir especial-, sino un Samuel Beckett que pretenda reescribir El innombrable. El resultado de esta extraña y maravillosa aberración es algo parecido a lo que se puede encontrar en Lord, de Joao Gilberto Noll.

Uno lee buenas novelas muy a menudo, pero no siempre quiere casarse con el autor. Uno no descubre todos los días escritores de los que hay que meterse por vena. En el caso de Joao Gilberto Noll, no me importaría reservar un buen puñado de mis hematíes para ofrecérselos como morada. El estilazo de Noll me ha cautivado, quizá porque yo soy un modernete impresionable, pero es que ha logrado hacerme sentir sus líneas como una secuencia hiperestésica que desencadernara el clic en mi cabeza. Y ya iba apeteciendo algo así, una obra que se pudiera leer con el cuerpo, que proporcionara un placer estético sensitivo e irracional.

A lo mejor me estoy pasando en alabanzas. Además, Lord tiene su propia posología. En esta novela uno viaja encerrado en el protagonista, y esto resulta complicado si el lector sufre distracciones alrededor. Leyendo Lord hay que estar ahí, y dejar lo demás para otro momento. Es decir, no se trata de un buen libro para leer en público, con otros seres humanos cerca, aparatos que hagan ruido y todas esas cosas que no son leer.

El caso es que Joao Gilberto Noll ya apareció en este blog con una reseña de Harmada, pero no fue escrita por mí, sino por Cristof Polo, cuando este todavía hacía incursiones dubitativas en Miedo a la literatura y en mi propia vida. Reseña, por cierto, estupenda, de las que dan ganas de tirarse por la ventana y caer en una librería y comprarse todo Noll y hacer una maratón de lectura privada y onanista. Pero yo no lo hice en ese momento y quién saber por qué no he leído a Noll hasta ahora, cuatro años después, pero todavía a tiempo.

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