Mi lectura cyborg de David Foster Wallace

La broma infinita, de David Foster Wallace

La broma infinita, de David Foster Wallace

Hace unos meses compré la edición en pasta dura de La broma infinita, de David Foster Wallace, con la intención de convertirla en una lectura de verano. Este proyecto pronto se vino abajo, duró solamente unas cuatrocientas o quinientas páginas. Me vi abocado a abandonar el libro tras descubrir o, para ser más exactos, tomar conciencia de mis hábitos de lectura. Me di cuenta de que no soy capaz de leer durante muchas horas seguidas, pero, en cambio, soy capaz de hacerlo e multitud de momentos distintos a lo largo del día. Me di cuenta de que avanzo considerablemente en mi lectura durante los tiempos muertos, es decir, mientras he de esperar a algo o a alguien, como por ejemplo en los transportes públicos o en la sala de espera de hospitales y ambulatorios. Por lo tanto, me di cuenta de que mi lectura es nómada, no tengo un sillón de lectura, sino que el libro que leo me acompaña a todas partes. Tomé conciencia de todo esto una razón muy sencilla: La broma infinita tiene unas mil doscientas páginas, que componen un objeto voluminoso y pesado de difícil portabilidad. Mis hábitos no eran los adecuados para tales dimensiones.

Ha pasado el tiempo y, en mi último cumpleaños, mi amadísima Elisa Calatrava me regaló un Kindle. Reconozco que se lo pedí yo, pese a ufanarme con frecuencia de estar chapado a la antigua en cuanto a libros se refiere. Lo utilizo, sobre todo, para no llevar muchos papeles a clase. Pero, al sentir la levedad de semejante artilugio entre mis manos, recordé mi deuda con DFW. Aquí comenzó mi primera lectura cyborg.

Para ser honesto y preciso, aclaro que mi lectura cyborg comenzó donde abandoné mi lectura analógica y orgánica. En realidad, nunca salí de la novela, porque La broma infinita es una suerte de ambiente que te rodea y que te persigue cuando te desplazas hacia otra parte. Poco importa el argumento. Solo se me ocurre decir que se cuentan las vidas cotidianas de los residentes de una academia de tenis y de un centro de rehabilitación para drogodependientes. Pese a ser una novela coral, en el primer espacio destacan las vicisitudes de Hal Incadenza y en el segundo las de Don Gately. Pero todo esto no importa. Sí podría destacar alguna que otra historia apasionante, reflejada a lo largo de algún pasaje, como esa alucinante partida al Escaton -una especie de Risk jugado sobre las pistas de tenis- que culminó en un verdadero apocalipsis mundial. Pero, de todos modos, no importa, lo que cuente sobre el argumento no importa, porque La broma infinita, más que una historia es una época.

A partir de ya, justo después de cerrar el libro, me resulta imposible recordar esta novela como una historia que me han contado, sino como una época que he vivido y de la que todavía percibo ciertas sensaciones de las que he quedado impregnado. Debería referirme a ella con expresiones del tipo “allí en La broma infinita, en aquel momento de mi vida, el mundo se movía de un modo determinado; yo pensaba así o yo actuaba así y las cosas eran diferentes a como lo son ahora”. Si alguien me pregunta por la AET o por la Ennet House o si alguien menciona a Les Assassins des Fauteuils Roulants, a lo mejor me viene a la cabeza alguna anécdota, algún hilo narrativo, pero, por lo demás, todo es un paisaje con zonas iluminadas y zonas borrosas.

Hace poco leí en una entrevista cómo DFW explicaba que sus textos han de hacerle “clic”. La verdad es que a mí Foster Wallace me hace mucho “clic”; es una sensación que aparece a menudo en mi cabeza cuando lo estoy leyendo. Pero sobre todo me ha ocurrido con sus relatos. En cambio, en La broma infinita, uno navega a través de cientos de páginas buenísimas esperando a que de un momento a otro hagan “clic”. Y ese “clic” siempre llega, antes o después, y en repetidas ocasiones, pero no se trata de una sensación continuada, porque es muy difícil que ese “clic” suene alto y claro en un espacio tan, tan, tan amplio como lo es esta novela. La broma infinita es un texto inmenso, no solo por su tamaño, sino por su fuerza arrolladora; La broma infinita se lee como quien se deja llevar por un alud, pero yo creo que a mí me tira más el snowboard sobre la sintaxis intrincada de sus cuentos largos.

Y todo esto, quiero recordarlo, como primera lectura cyborg. En un aparato liviano y ergonómico. Un aparato de plástico, sin más encantos que su diccionario hipervinculado, sin más ritual que sus botones laterales para pasar las páginas virtualmente. Un cyborg que ha renunciado al cuerpo del libro para quedarse, estrictamente, con la esencia del texto. Jamás me atreví a pensar que, al menos en la lectura, acabaría viviendo algo parecido a Ghost in the Shell. Pero esta es la nueva moda que intenta imponernos la multinacional Amazon.

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4 pensamientos en “Mi lectura cyborg de David Foster Wallace

  1. Hola, ¿qué tal? Mira, he leído pòr ahí que DFW es cómo el San Pancracio de los escritores gafapastos, que a algunos ya sólo les falta ponerle perejil… Je, je… ya sé que el chiste es malo, pero a mí me hace gracia (y eso que yo no sé, porque no he pasado de “Hablemos de langostas”, pero en fin…)
    Un saludo.

  2. Hola,

    si algo bueno tienen los gafapastos es estar abiertos a experiencias estéticas que hoy día todavía puedan ser controvertidas, precisamente, por ser novedosas. Los gafapastos se equivocan muchas veces, pero aciertan otras tantas. En esta ocasión, considero que aciertan de lleno, porque Foster Wallace es la punta de lanza de la literatura de los últimos años. Aunque mis gafas sean metálicas, me uno plenamente al gafapastismo en este punto.

    Un saludo.

  3. Sorry, no pretendía molestar a nadie… es más ¡yo también llevo gafas de pasta e incluso me gusta DFW (quizá no tanto como a casi todo el mundo, pero será cosa mía)! Simplemente, me pareció una frase graciosa.
    Un saludo también a tí.

  4. No molesta usted a nadie ni mucho menos, hombre. Lo he entendido perfectamente. No se preocupe.

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