Me siento enfermo de Kobo Abe

La mujer de la arena, de Kobo Abe

La mujer de la arena, de Kobo Abe

Hace tiempo una enfermera me pidió que escribiera una carta explicando qué supone ser un enfermo crónico. La carta sería leída en un congreso o algo así. La escribí y se la entregué, pero no le he preguntado si se atrevió a leerla en público.

Mi enfermedad no existe, porque mi enfermedad no duele. […] Los médicos han conseguido en mí algo sorprendente: mi relación con ellos ha desbancado mi relación con mi enfermedad, porque la primera es una vivencia real y esta última no lo es. Es decir, he dejado de considerarme un enfermo para toda la vida; ahora soy, sencillamente, un paciente. […] Por lo tanto, mi miedo, mi gran y verdadero miedo, emana de un lugar muy distinto al de la muerte; emana de algo mucho más cansado, pero también más llevadero; emana de todo el dolor, la incomodidad, el hastío, el desánimo, que supone este enlace de por vida para poder mantenerme a flote.

Me he acordado de esto al leer La mujer de la arena, de Kobo Abe, porque me ha sido inevitable entender esta obra como un acercamiento a la experiencia de enfermar para siempre. El protagonista de la novela, un entomólogo aficionado, llega a una aldea constantemente amenazada por la omnipresencia de la arena. El único modo de que la aldea no sucumba es trabajar todos los días retirando arena. Los aldeanos alojan al protagonista en una de las casas, supuestamente, para pasar la noche y volver, al día siguiente, a la ciudad. Pero eso hubiera sido, utilizando el símil de la enfermedad, como tener un simple resfriado. El protagonista se ve abocado, involuntariamente, a luchar contra la arena según las instrucciones de su nueva compañera. No hacerlo solo le supone perjuicios; en cambio, asumir la arena como un mal inevitable del que ocuparse diariamente es lo que mantiene el pueblo a salvo.

Quizá debería señalar que veo a esta compañera, la mujer que hospeda al entomólogo, como a una médica. Ella conoce la enfermedad de la arena y sabe cómo contenerla. El protagonista depende cada vez más de ella, pese a que a veces la trate con ira. Ella es su vínculo con la supervivencia, por lo que la arena deja de ser peligrosa si se mantiene ese estrecho vínculo. La arena lo solapa todo, pero la mujer solapa la arena. Algo así me pasa a mí con mis médicas (que, por cierto, también son mujeres), con la gran diferencia de que yo abandoné la fase de la ira hace muchísimos años.

De todos modos, me son familiares los estados de ánimo por los que pasa el protagonista, tan importantes en la novela que hacen de esta un proceso psicológico. De hecho, la arena, presente en todas partes y en todas las cosas, parece actuar como una pantalla chroma key en donde se fueran proyectando los distintos estados mentales del entomólogo aficionado. Me sorprendió en un principio -y supongo que ahora lo comprendo y lo acepto- que este texto abusara tanto del estilo libre indirecto. La voz del narrador y la voz del protagonista pugnan una con otra por aparecer a cada instante. Asimismo, cuando se describe el afuera casi solo se habla de la arena, por lo tanto, en realidad, volvemos al fuero interno del personaje.

Existen otros ángulos evidentes desde los que mirar esta obra. Por ejemplo, mis comentarios serían muy distintos si me hubiera atrevido a centrarme en la ideas de comunidad y de individuo que se retratan aquí. La novela también podría funcionar como un análisis etnológico, e incluso político. Pero yo solo veo enfermedad entre estas páginas, una enfermedad interminable, una enfermedad que hay que asumir para poder vivir con ella. Aunque el libro se termine, nunca terminaremos de desalojar toda esta arena.

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