Don Delillo high-class

Cosmópolis, de Don Delillo

Cosmópolis, de Don Delillo

Pese a que pueda parecer lo contrario, yo soy de los que prefieren ver la película a leer el libro. Quizá porque la mayoría de mis libros favoritos no tienen adaptación cinematográfica –al menos, que yo sepa y, al fin y al cabo, tampoco me interesa saberlo- o quizá porque las películas me permiten hablar sobre libros que no pienso leer. Esta aseveración, por supuesto, se convierte en un parpadeo de duda o en un temblor de rodillas cuando a David Cronenberg le da por adaptar al cine una novela que todavía no he leído de Don Delillo. Adoro a Cronenberg y adoro a Delillo y no sé decir si quiero más a papá o a mamá. Cosmópolis, la película, ha pasado fugazmente por los cines y me he quedado sin verla en pantalla grande, porque finalmente he decidido que primero había que leer Cosmópolis, la novela. Por lo tanto, mientras busco algún cine, aunque sea en Madrid, que todavía proyecte esta cinta, vamos a ocuparnos del libro.

Hace años abrí por primera vez una obra de Don Delillo, titulada Fascinación, y la dejé a medias. La razón que me di a mí mismo fue que Delillo suena demasiado profesional. Esta sentencia me lleva hoy a pensar dos cosas: 1) Fui bastante gilipollas como lector en aquella ocasión y 2) en cierto modo llevaba razón, pero ese absurdo reproche es, en realidad, una gran virtud. Cuando leo a Delillo tengo la sensación de que trabaja conociendo todas las herramientas a su alcance para lograr un propósito con su obra. O, dicho de otro modo, Delillo me da la sensación de “profesionalidad” porque en su literatura siempre encuentro un propósito que había que cumplir desde el principio.

Hablo de propósito y no de tema o sentido de la obra. No se trata solamente de significar algo con el texto sino de lograr algo con el lector. Hay un salto cualitativo en este movimiento a partir del que podríamos enmarañarnos con la Teoría de la literatura. Pero prefiero limitarme a pensar en ese propósito, a contemplarlo y a disfrutarlo.

Tanto en Cosmópolis como en Ruido de fondo –las dos obras que he leído hasta el momento–, Don Delillo crea un texto capaz de envolver (al lector) como contexto. No solo se nos cuenta una historia, sino que esta funciona de marco en el que podríamos estar viviendo. La ficción del libro se superpone a la realidad de nuestras vidas para hacérnosla ver con mayor profundidad. Esto se debe a que estas dos obras de Delillo poseen una fuerte empatía, una ligazón íntima, con el mundo en el que vivimos. Esta idea de la obra-contexto en lugar de la obra-texto quizá sea la que permita a Don Delillo cumplir esos propósitos de los que hablaba más arriba.

Si acaso fuera cierto esto de que las obras de Delillo buscan conformar su propio contexto, sería interesante rastrear la misma historia en situaciones o épocas distintas. Por ejemplo, estoy pensando en El hombre de la multitud, de Edgar Allan Poe. En este cuento un narrador en primera persona nos relata cómo observa desde un café a las personas que circulan por la calle. En un momento de la tarde, se fija en un individuo en concreto y decide consagrar el resto del día a seguirlo cautelosamente por toda la ciudad, con lo que comprueba que este ser anónimo se esfuerza en moverse siempre dentro de lugares concurridos, parece necesitar sentirse rodeado por la masa. Este relato nos ayuda a observar las tensiones entre individuo y masa en plena Modernidad, ya que Poe intentó con esta obra, al igual que Delillo, construir un contexto que se solapara con la realidad que le tocó vivir y, de algún modo, la volviera más nítida. Pero esta misma historia, trasladada a la Posmodernidad, adquiere un código nuevo con el que expresar un mensaje diferente. Esa historia actualizada sería Cosmópolis. En la novela de Don Delillo nos encontramos a un individuo que atraviesa Nueva York y, en lugar de buscar voluntariamente la presencia de la multitud como en el caso del personaje anónimo de Poe, es constantemente obstaculizado por la masa en su camino. En el caso de Poe, la masa es un alivio para el individuo y en el caso de Delillo es –al menos, en principio–, un impedimento; así que en el trayecto moderno y en el trayecto posmoderno encontramos relaciones muy distintas entre estos dos parámetros.

Diré, para situarnos, que Cosmópolis trata acerca del trayecto en limusina de un joven multimillonario que decide ir a cortarse el pelo al otro lado de la ciudad. A lo largo de su periplo, entre otras cosas, se nos narra cómo la masa de Nueva York se arremolina de distintas formas intentando engullir la voluntad del individuo. Pero claro, hablamos del individuo posmoderno, perteneciente, para más inri, a una élite, personificación del neoliberalismo capaz de hacer cumplir su voluntad sin ceder ante nada ni nadie; es decir, capaz de mantener su identidad en contra de cualquier manifestación de lo social.

El protagonista de Cosmópolis, Eric Packer, contempla el mundo desde su limusina como algo exótico. Se siente seducido por la gente, hace algunos gestos para rozarla con cierta curiosidad pero, al fin y al cabo, solo le resulta tolerable porque permanecen a una distancia prudente. Su limusina es, en cierto modo, la celda de un anacoreta que ama la humanidad porque vive cultivando, a través de su soledad, un individualismo exacerbado.

Más que un hombre, Eric Packer es una idea. Eric Packer es el movimiento arrollador del capital, es el punto álgido del ser humano según la ética y la estética del capitalismo, es a lo que todos deberíamos aspirar si creyéramos que este mundo es el mejor de los mundos posibles. Se me antoja pensar que Cosmópolis podría ser, de algún modo, una precuela de Ironman. Tony Stark no es un superhéroe a secas, sino que es un superhéroe del capital. Dentro de la naturaleza del superhéroe está tener superpoderes, pero Tony Stark no los tiene en la suya, por eso necesita cubrir su cuerpo con una armadura superpoderosa, una armadura que funciona como punta de iceberg de su desaforada riqueza. El capital, por lo tanto, es el superpoder que vence las limitaciones humanas para que la voluntad de un individuo triunfe sobre la de todos los demás. Eric Packer no tiene la armadura de Ironman, pero sí tiene el dinero que representa esa armadura, por lo tanto, es igual de poderoso; por lo tanto, también es un superhéroe del capitalismo.

La lógica neoliberal es incapaz de integrar la idea de saciedad, menos aún, la idea de saciedad como alivio, como placer, como logro. Por suerte, el protagonista de Cosmópolis, aunque haya insistido en su condición de idea, es un ser humano. El corte de pelo no es solo el leitmotiv de la novela, sino que es una búsqueda de la saciedad, es la necesidad de sentirse colmado con algo. Es precisamente por eso que descubrimos, al final de la narración, por qué va a cortarse el pelo a la otra punta de la ciudad y por qué allí consigue integrarse dentro de lo social y establecer, aunque sea solo durante un rato, relaciones humanas normales, en donde la voluntad ha de hacer concesiones. La sociedad sacia, por fin, aunque solo sea una tregua dentro de un modelo que no acaba de derrumbarse.

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8 pensamientos en “Don Delillo high-class

  1. ¿La logica neoliberal? ¿Por qué no hay una logica neosocialista o ultrasocialista o neocomunista o neobolivariana o evomoralista? La alternativa al capitalismo es el socialismo, que ya ha demostrado su monstruosidad (cien millones de muertos).

  2. Buenas tardes,

    supongo que habrá otras lógicas, como todas las que usted cita. Pero no en esta novela. En cuanto a lo que dice, difiero de usted en que la alternativa al capitalismo sea el socialismo, menos aún la única alternativa.

    Un saludo.

  3. Daniel, sos exelente. Me encanta tu blog. Tenés que llegar a ser uno de los referentes de la nueva literatura española. Un saludo desde el fin del mundo (Argentina). Atmando Azeglio

  4. Daniel! exelente tu análisis del libro de Delillo. Impecable. Un saludo desde el fin del mundo….esto es, Argentina. Un pais que a oscilado entre el neoliberalismo acérrimo y el intervencionismo surrealista-mágico.

  5. Hola, he releído mi post después de haberlo escrito hace tiempo y me ruborizo un poco ante mi falta de pudor a la hora de decir lo primero que se me pase por la cabeza. Lo más divertido de mi blog es su absoluta falta de rigor. No obstante, me alegro mucho de que le hayan interesado mis palabras.

    Un saludo.

  6. Está buenisima esa absoluta falta de rigor!! estamos demasiado rigoreados por la vida…como para leer rigurosos (y soporíferos) análisis académicos…..

  7. Jajajaja, lo ideal sería que lo riguroso también fuera divertido y cautivador. ¡Un saludo y gracias!

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