Cheever encarcelado

Falconer, de John Cheever

Falconer, de John Cheever

Este año vuelvo a dar clase en la cárcel y, por tanto, vuelvo a tener la posibilidad de adentrarme en donde solo podría pisar si me condenaran por algún delito. Siempre hago el mismo recorrido. El primer funcionario de prisiones, situado en la entrada, me pide el carné y lo coteja con un libro de visitantes autorizados que tiene a su disposición. A continuación, me da una tarjeta de identificación y me obliga a que deje el teléfono móvil en una taquilla. Empiezo a cruzar pasillos y escaleras hasta toparme con el segundo funcionario de prisiones, este vuelve a pedirme el carné, lo apunta en un listado y me permite el paso abriendo mecánicamente una inmensa puerta corredera de metal. Sigo mi trayecto, paso por un patio en donde se ven vallas con alambre con pinchos en todo lo alto, subo más escaleras hasta que llego al tercer funcionario de prisiones, que también me pide el carné y, además, se lo queda en su poder. Me hace pasar por una puerta giratoria que se activa con un botoncito desde dentro (a la vuelta no podré activarla personalmente, sino que tendré que esperar al que el funcionario me vea y me deje pasar). Así accedo, de nuevo, a un patio, esta vez mucho más amplio, en el que aparecen varios pabellones. Me voy directo al que me pertenece y, allí, un cuarto funcionario de prisiones me abre otra puerta corredera como la de antes y se encarga de avisar a los presos de que mi llegada. Luego, sube conmigo para abrir las aulas y allí me deja. Las aulas son pequeñas, pero tienen lo necesario. No tengo la sensación de estar dando clases en una cárcel. Los presos llegan desde sus celdas, y esa es la parte que no me permiten ver.

Quizá esta pequeña frustración por no poder llegar más adentro me ha hecho leer Falconer, de John Cheever. Una novela en donde Cheever coloca su clásico personaje pseudobiográfico, drogadicto y homosexual reprimido dentro de un matrimonio, en un ámbito distinto de los comunes escenarios de la clase media americana; en este caso, lo encierra en una cárcel por fraticidio.

En mi lectura de los cuentos de Cheever no conseguí conectar, de ningún modo, con la sensibilidad emocional de sus historias. Creo que lo taché de exótico, o incluso de extraterrestre. Aunque, por supuesto, disfruté de sus impresionantes habilidades narrativas; con dos líneas te dibuja un personaje al completo. Mi amadísima Elisa Calatrava torció el gesto cuando se enteró de mi desencuentro con Cheever. Poco más y duermo en el sofá. Por suerte, en esta ocasión, la lectura de Falconer ha sido mucho más empática.

Como ya conocía a los personajes de Cheever sobrellevando sus tristes existencias en distintos ámbitos de la vida, ahora solo he tenido que estar atento al cambio radical  del paisaje, en donde los barrotes obligan al personaje prototípico a dar algo más de sí. Este recurso narrativo ha sido usado infinidad de veces pero siempre suele quedar bien. Nos ayuda a ver un personaje desde otro ángulo que siempre queda en sombra en sus aventuras cotidianas. Esta novela de John Cheever me recuerda, por ejemplo, a Honor, la saga que ideó Frank Miller para Lobezno, el personaje de los X-Men. Me pareció una pasada poder ver a Lobezno en solitario, viajando a Japón para reencontrarse con el amor de su vida. El Lobezno de siempre aparecía ante mis ojos mucho más volumétrico, con más matices que no había podido saborear hasta entonces. Así es como podemos ver a John Cheever, ups, perdón, quería decir a su personaje, en esta novela. Quizá Falconer y mi trabajo en la cárcel me hayan acercado más a Cheever.

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