Italo Calvino tras la frondosa vegetación

El barón rampante, de Italo Calvino

El barón rampante, de Italo Calvino

El barón rampante, de Italo Calvino, es un libro maravilloso. Lo es en dos sentidos distintos. Me refiero, por supuesto, a que es un libro admirable, genial, precioso, excelente, y todos los elogios por el estilo que se me puedan ocurrir. Lo es porque se trata de una de esas obras que cumplen a la perfección una de las misiones de la literatura: ayudarnos a no estar aquí. El barón rampante está escrito por si acaso la vida es una mierda. Si se ríen de ti en el colegio, si no eres popular entre las chicas, si te han echado del trabajo, si tu mujer te ha puesto los cuernos, si te agobian las facturas, solo tienes que subirte a los árboles con Cosimo de Rondò, el protagonista de esta historia, y comprobar cómo los problemas terrenales dejan de afectarte, porque esta novela nos demuestra que la literatura es un plano ulterior de la vida, un lugar en el que siempre nos podemos sentir amparados. Los problemas no habrán desaparecido, pero Italo Calvino, a la larga, sienta mejor que los antidepresivos.

Cuando digo maravilloso, en otro sentido, también me refiero a fantástico, es decir, El barón rampante pueden enmarcarse dentro del ámbito de la literatura fantástica. De hecho, si lo fantástico es aquello que subyace en el plano de lo real y nos lleva hasta una experiencia inexplicable, Calvino parece darnos una versión distinta de este concepto, ya que el mundo arbóreo que nos propone es un estrato que descansa sobre lo real y que no se inmiscuye de lleno. Ambos planos, lo fantástico-arbóreo y lo real-terrenal, interactúan cuando Cosimo se relaciona con el mundo o cuando las personas miran hacia arriba y se atreven a ascender hasta el hogar de Cosimo. Aquí, lo real y lo fantástico no son planos incompatibles, se solapan con comodidad aunque en ocasiones existan ciertas fricciones. Italo Calvino nos plantea que lo fantástico está sobre nuestras cabezas, pero a nuestro alcance. Y, lo que es más importante, lo fantástico puede habitarse a lo largo de una vida.

Ahora recuerdo que Italo Calvino preparó una antología del relato fantástico, donde expone lo siguiente: “[…] el verdadero tema del cuento fantástico del siglo XIX es la realidad de lo que se ve: creer o no creer en apariciones fantasmagóricas, vislumbrar detrás de la apariencia cotidiana otro mundo encantado o infernal. Es como si el cuento fantástico, más que cualquier otro género, estuviera destinado a entrar por los ojos, a concretarse en una sucesión de imágenes, a confiar su fuerza de comunicación al poder de crear «figuras». No es tanto la maestría en el tratamiento de la palabra o en perseguir el fulgor del pensamiento abstracto que se narra, como la evidencia de una escena compleja e insólita”.

Al leer esta definición, no puedo dejar de pensar que se está refiriendo al paisaje arbóreo de El barón rampante. Cosimo de Rondò decidió establecer sus propios parámetros del mundo el día en que sus padres le obligaron a comer un plato de caracoles. Su hermano pequeño no se atrevió a seguirlo, en cambio, como el resto de los personajes de la novela y como todos sus lectores, se convirtió en un espectador de lo fantástico. A mí solo me queda parpadear con fuerza, por estupor y por fascinación, guardar este libro en la estantería y preguntarme qué pasará mañana cuando vea un árbol en la calle.

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