A propósito de Zizek

En defensa de la intolerancia, de Slavoj Zizek

En defensa de la intolerancia, de Slavoj Zizek

He confesado abiertamente -en repetidas ocasiones y ante diferentes públicos- que el día en que el Gobierno destruya definitivamente el sistema de la Seguridad Social con el que he crecido aprenderé a fabricar cócteles molotov. Si mi falta de agallas y mis prejuicios éticos no me permiten alcanzar ese estado de violencia, a lo mejor sí lo logra la desesperación. Quizá este comentario pueda parecer una salida de tono por mi parte. Y es que es, precisamente, eso lo que pretendo poner en práctica a propósito de Zizek y de su obra En defensa de la intolerancia.

El otro día entrevistaron en el programa de radio Carne Cruda a un anarquista español, ya bastante viejo y residente en París, llamado Lucio Urtubia. Quedé fascinado cuando este señor repetía la idea de que hay que dejar de respetar, hay que perderle el respeto a la sociedad. Y me fascinó porque creo que comprendí a qué se estaba refiriendo con el respeto. El respeto se convierte en una idea envenenada a partir del punto en el que alguien exige respeto a quien pretende hacer una crítica. El veneno del respeto consiste en un sedante que anula nuestra voluntad.

Entendido así, el respeto (que mantenemos los ciudadanos) es la piedra angular sobre la que es posible gobernar sin restricciones. Si Max Weber afirmaba que el monopolio de la violencia es la característica definitoria del Estado moderno, hoy día podríamos suponer que la característica principal del Estado posmoderno es el monopolio de las ideas respetables. Es decir, el Estado posee la facultad de delimitar lo políticamente correcto y plantea todas sus acciones -por descabelladas que sean- dentro de ese ámbito; su verdadera violencia es simbólica, pues, impuestas estas reglas del juego, se siente autorizado para exigirnos respeto o, de lo contrario, nos tilda de radicales, nos excluye en una nueva marginalidad que concierne a la ideología.

Por supuesto, resulta más fácil mostrarse respetuoso y tolerante con el otro cuando se carece de ideología. La ideología parece ser un lastre del pasado que ya no encaja con el individuo posmoderno. Al fin y al cabo, la ideología es una estructura incómoda para la fluidez con la que se construye la identidad de nuestro tiempo. Esta desideologización de las personas ha hecho posible un corpus de ideas hegemónicas (todo aquello que hemos aprendido como bueno y necesario) planteado, por supuesto, por quien posee la hegemonía. Por eso, el monopolio de las ideas respetables que comentaba más arriba es el monopolio de la ideología.

La política, según nos cuenta Zizek, es la acción a través de la que todo el mundo se hace oír. Un acto político es, necesariamente, un acto ideológico. Pero si la ideología ya no pertenece a los ciudadanos, pues la hemos cambiado por esta forma de respeto a la que me estoy refiriendo, el Estado deja de ser político para convertirse en un Estado policial. Esto es, no podemos hacernos oír porque solo existe la voz performativa de quien gobierna.

Esta transición de la política a la policía es la que permite el eufemismo de centro político. Si consideramos, como ya hemos dicho, que toda acción política es necesariamente ideológica, ese centro político, es decir, la ideología de centro a la que tienden los partidos políticos que verdaderamente aspiran al poder, es el centro ideológico que nos exige respeto, que margina las disidencias y que establece la hegemonía.

Por todo esto, reivindico una violencia que sea el reverso del respeto al que se refería Lucio Urtubia. Cuando hablo de violencia, en realidad, no son necesarios los cócteles molotov que quiero aprender a fabricar; hablo de una violencia más amplia, una violencia a través de la ideología. Me temo que, hoy día, esa violencia es la única forma inequívoca de política que está al alcance de los ciudadanos.

En cuanto al texto de En defensa de la intolerancia, solo lo he tocado tangencialmente, por si acaso alguien no se había dado cuenta. Me resultaría imposible hacer una reseña consistente sobre la obra de Slavoj Zizek, carezco de herramientas para ello. Pero, por suerte, a Zizek le sobran recursos para tocar la tecla adecuada de mi ánimo y obligarme a desahogarme de este modo, ante el panorama desolador de esta fecha.

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5 pensamientos en “A propósito de Zizek

  1. El respeto ahoga las revoluciones. Yo tampoco sé cuánto tardaré en echarme a quemar contenedores, pero estoy sorprendido de no haberlo hecho ya. De todos modos creo que más que respeto lo que tiene la gente es miedo. Miedo, sobre todo, a perder lo poco con la que la están dejando. Todo esto y mucho más viene en el “Manual para acabar con un país en doce meses” que algún oficinista está escribiendo tras la mesa de algún ministerio durante las pausas para ese café que también le han quitado y que menos mal porque no se lo podía seguir pagando.

    Este libro lo tengo pedido y aceptado desde hace meses pero yo creo que algún funcionario afín al PP lo tiene secuestrado.

  2. Si lo que tenemos es miedo a perder lo poco que nos queda, tendremos que perderlo todo para convertirnos en valientes, ¿no? Yo creo que el miedo no puede ser excusa, porque también podemos tener miedo a no recuperar lo que ya hemos perdido. Ese otro miedo debería estar en tensión con el que tú comentas. De todos modos, yo creo que al miedo habría que llamarlo comodidad. Es cómodo no jugarse la cara y quedarse con lo que nos dejen. Todavía no estamos lo suficientemente desesperados, y los que nos lo están quitando todos harán lo posible para que alberguemos algún tipo de esperanza que nos mantenga en calma.

    Vale, yo soy un cobarde, pero ¿no hay todavía nadie a quien le haya dado por cometer un atentado contra algún político del Gobierno?

  3. Vivimos en tiempos en los que el miedo se acomoda dócilmente junto a nosotros en el sofá, frente al televisor (o telepantalla wellesiana). Es posible que el problema no esté fuera (poder), sino dentro de cada unos de nosotros (los recortados). Expulsemos de casa al dócil enemigo. No hay mayor atentado que ese.

  4. Valiente ya eres para escribir lo que has escrito.

    Yo, personalmente, me enfrento a una tremenda contradicción. Sé que llegados a cierto punto, la violencia de los pueblos es legítima, y hasta necesaria: lo fue en 1789, lo fue en 1917, lo fue en 1959 , y en tantos y tantos lugares y momentos a lo largo de la Historia.
    Josep Fontana escribió hace años un librito muy grande que habla de las rebeliones jamás contadas en la historia de Europa (“Europa ante el Espejo”). Imprescindible

    También creo que es legítima la violencia ideológica, y la pérdida de respeto no sólo ante las ideas que nos sojuzgan, sino ante quienes las difunden y las defienden.

    Y mi contradicción no nace del miedo a perder lo que tengo. Mi contradicción nace del miedo a formar parte, a ser corresponsable de una espiral trágica que genera dolor y sufrimieno humano, y que a los pocos días me haga añorar el estado de las cosas que originó mi paso al frente.

    Por otro lado: ¿Quién decide la legitmidad de las ideas? Claro, la sinceridad en la percepción ética de la realidad. Aunque llegado el momento, todos somos sinceros. Las fronteras son finísimas. Falta muy poco para que aparezca un mercachifle que al grito de fuera los partidos, fuera la política, fuera la democracia, se quede con el cabreo y la insatisfacción generalizada y la convierta en “sinceridad ética” para legitimar la violencia, “su” violencia nacida de la lógica de sus ideas, pero violencia al fin.

  5. Buenas noches,

    disculpen mi tardanza en contestar. Estoy de viaje, por lo tanto, bastante offline.

    Señor Melquíades, en estos casos yo siempre pienso en Canetti y en lo poco que entendí cuando leí hace tantos años “Masa y poder”. Quizá la culpa no es del poder, como usted dice, sino de la masa. Eso serviría para decir que tenemos lo que nos merecemos. No sé si es miedo, pero sí es cierto que la masa no ha encontrado una fórmula rentable para desestructurar el poder cuando resulte abusivo. Nos están jodiendo y al final la culpa va a ser nuestra.

    Señor Pobrecito Hablador, seguramente todos compartimos su miedo, pero me parece obvio que todo cambio relevante requiere el paso por un trauma. Mire usted, ¿lo han operado alguna vez de algo grave? Uno se somete a cirugía para obtener un cambio, pero cuanto mayor es el cambio peor es el trance por el que ha de pasar hasta lograr la recompensa. ¿No lo cree usted así?
    Por otro lado, la verdad es que también temo que un mercachifle tenga los recursos para aportar la violencia que necesitamos y luego se quede con todo el chiringuito. El otro día ya me lo avisaba un compañero de trabajo, profesor de filosofía y persona lúcida donde las haya, me decía, sin aspaviento alguno, que estábamos viviendo una coyuntura similar a la época anterior al nazismo. No sabe usted el escalofrío que me entró al oír eso.

    Por cierto, gracias por la recomendación del libro.

    Un saludo, señores.

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