Papá Noel es en realidad Jonathan Franzen

Las correcciones, de Jonathan Franzen

Las correcciones, de Jonathan Franzen

Una de las explicaciones posibles es una canción de Astrud. Los Reyes Magos son los padres y, hoy, Papá Noel es Jonathan Franzen. En Las correcciones reside la misma mentira, el mismo simulacro baudrillardiano en donde se desvanece el sueño navideño y aparece la familia como una realidad desoladora.

[…]

Sale al salón, y mira a su madre a los ojos,
y ve el árbol y los regalos, y entiende
que eso era todo, era todo.
El árbol, los regalos, eso siempre ha sido todo.

Sus hermanos le miran
y le señalan una caja.
Él se acerca y rompe el precinto.
Y sí, era lo que había pedido.

¿Y ahora qué hacer, después de la primera gran mentira?
Porque eso es lo que es,
no una ilusión o un juego sino una mentira,
una mentira, los reyes son mentira.

[…]

Pero el nihilismo no es la solución. Jonathan Franzen quiere hacernos entrar por el aro del Realismo. Hay que creer. Hay que creer.

¿Qué es el Realismo?

Si hemos sido capaces de aceptar la idea de que la realidad es un pacto, podríamos aceptar, del mismo modo, que el Realismo es una propuesta, como lo es, al fin y al cabo, cualquier discurso artístico. Pero el Realismo podría ser la única propuesta habitable para los seres humanos, como si hubiéramos descubierto un planeta con la misma proporción de gases que la atmósfera terráquea.

Si el Realismo es eso, una ficción en la que podríamos estar viviendo, ha de tener una caducidad inminente. Tarde o temprano nos veremos obligados a cambiar la propuesta. ¿Son realistas las obras de Pérez Galdos leídas en el siglo XXI? ¿Cuánto daño le hace la perspectiva histórica al Realismo? El proyecto fosilizador del Realismo hace de Las correcciones una obra parecida a la piedra de ámbar que desencadena Jurassic Park; dentro de la piedra quedaría un lánguido mosquito posmoderno con el ADN de la tradición cultural y política que pretendemos dejar atrás, allá en el siglo XX.

Parecidos razonables

Yo diría que Jonathan Franzen y David Foster Wallace son primos hermanos. Este es más de posturitas y aquel es más paradito, pero se nota que jugaron juntos durante toda la infancia. Hay quien ha decidido posicionarse y, la verdad, esa opción me parece incomprensible, además de inaceptable. ¿Leer a Foster Wallace es más guay que leer a Franzen? ¡Venga ya! Mismo perro, distinta sintaxis.

Las correcciones también me ha traído a la cabeza Ruido de fondo, de Don Delillo. Hay un cierto paralelismo en los efectos que han provocado en mí. El otro día, un compañero me contó que en ciertos pueblos de los alrededores de Segovia está prohibido beber agua del grifo, porque los acuíferos están contaminados con arsénico. Pensé, inmediatamente, en la nube tóxica de Ruido de fondo. Por eso, estoy seguro de que la próxima Navidad pensaré en Las correcciones.

Creer en la Navidad

En mi familia paterna, la Nochevieja es un evento indispensable. Se congregan alrededor de treinta o cuarenta personas, respetando una tradición que, hasta donde alcanza mi memoria, siempre ha existido. El caso es que hace cinco o seis años que no hago acto de presencia en la fiesta familiar. Estas últimas nocheviejas he preferido configurar el cambio de año según mis gustos, expectativas y escala de valores. Esto quizá me convierta en un despegado a los ojos de mis mayores, aunque a mí me gusta buscar consuelo en la idea de que soy el único miembro de la familia con una conciencia nítidamente posmoderna.

Estoy hablando de la Navidad como conflicto estético. Creer en la Navidad hace las cosas más fáciles, pero, al mismo tiempo nos pervierte como sujetos, nos obliga a asumir una suerte de autoficción. Creer en la Navidad implica aceptar la realidad pactada y no proponer nada a cambio. De modos distintos, con estrategias más o menos brutales, los hijos de Alfred y Enid Lambert luchan contra la Navidad, porque desde lejos vislumbran una dictadura microbiótca cocinada en el útero materno.

Se nos cuenta en la novela que Enid Lambert incluye en su acostumbrada tarjeta para felicitar la Navidad la siguiente nota breve:

[…] El restaurante de Denise, un establecimiento de superlujo, en Filadelfia, ha salido dos veces en el NY Times. Chip sigue con su bufete en NY, invirtiendo también en el este de Europa. Fue una gran alegría recibir la visita de Gary y de nuestro “precoz” nieto pequeño, Jonah. Esperamos que la familia entera se reúna en St. Jude estas Navidades. ¡Un maravilloso regalo para mí! Os quiere a todos…

Una visión desencajada del mundo -como comprenderá quien haya leído las vidas de los hermanos Lambert- capaz de hacer sufrir a sus más allegados, lo que me hace pensar en una oscura conexión entre Enid Lambert y Emma Bovary.  Y siguiendo con los símiles del Realismo:

Los hermanos Lambert / Los hermanos Karamazov 

Leí Los hermanos Karamazov, más o menos, a la par que un amigo. Él terminó primero. Me decía: “Este libro está vivo, si le pusiéramos un par de patas andaría solo”. De esta obra de Dostoyevski recuerdo (y espero no estar inventándomelo, porque mi memoria es uno de mis mejores mecanismos para la ficción) la preocupación por no obviar ningún aspecto esencial para comprender a aquella familia. Había que mostrarlo todo, solo así sería posible aprehender el texto. Jonathan Franzen tiene muy claro este concepto, para comprender el conflicto en su totalidad hay que seguir todas las estelas, solo de esta forma tendremos derecho a adoptar una postura al respecto. Las páginas y páginas dedicadas a que rastrear las vidas de Chip, Gary y Denise son la causa de que seamos capaces de evaluar los daños en el momento del conflicto. Esta novela jamás podría haber tenido un formato distinto, menos voluminoso, del mismo modo que en Los hermanos Karamazov es inherente su extensión como algo absolutamente necesario.

Por si acaso no lo he confesado nunca, la familia es mi tema literario favorito. La familia es una estructura capaz de soportar las mayores tensiones narrativas. La familia es una estructura que no puede venirse abajo, porque se adapta perfectamente a la concepción derridiana. En Las correcciones, la enfermedad de Alfred Lambert es la ausencia de centro. Por eso, desde el principio, se nos permite que pongamos nuestra atención en los distintos vértices y en sus movimientos. La familia es un juego continuo de infinitas combinaciones.

Una historia política

La verdad es que no he leído mucho a Slavoj Zizek. Conozco sus ideas, sobre todo, por sus vídeos en Youtube. Había uno especialmente interesante, un documental llamado Zizkek! en donde este señor propone la idea de que “es más fácil imaginar el fin de toda la vida en la Tierra que un mucho más modesto cambio radical en el capitalismo”. Zizek desarrolla esta idea a partir del minuto 3:30. Por cierto, el documental no tiene desperdicio.

Me he acordado de Zizek por la parte de Las correcciones ambientada en Lituania. Cuando el comunismo se viene abajo, no hay imaginación para crear un modelo distinto. A lo sumo, se intenta hacer una copia apresurada del capitalismo, que solamente goza del privilegio de haber sido capaz de mantenerse en pie durante más tiempo. Jonathan Franzen, para mantenerse cómodo dentro de los parámetros del Realismo, usa la metáfora de Lituania, entre otras cosas, para mostrarnos un capitalismo así:

Y esto me ha hecho pensar en el concepto de utopía que aparece en el documental de Slavoj Zizek: “Cuando no hay un camino que nos guíe a la resolución de un problema, cuando no hay coordenadas posibles que nos saquen de la pura urgencia de sobrevivir, tenemos que inventar un nuevo espacio. La utopía no es una especie de libre imaginación. La utopía es una cuestión de la más profunda urgencia. Eres forzado a imaginarlo como el único camino posible, y esto es lo que necesitamos hoy.”

(La traducción corresponde a los subtítulos del documental)

Me gusta esta idea, porque refuerza la necesidad de entender el Realismo como un ámbito caduco. Con suerte, el panorama presentado por Franzen dejará de ser, algún día, una revelación para convertirse en un objeto arqueológico.

Paisaje emocional

He quedado tocado y casi hundido después de leer Las correcciones. Me ha costado un esfuerzo considerable volver a mi vida cada vez que cerraba el libro. De hecho, he dejado cosas importantes sin hacer para seguir leyendo, para no pasar por el proceso traumático de salir del texto. Para colmo, he acompañado buena parte de la lectura con los discos de Matt Elliott. Una noche acabé llorando sin saber muy bien por qué. Por todo esto, no puedo dejar de acordarme del primer intento de reseña de Javier Avilés en el Lamento de Portnoy, que leí muchos meses antes de llegar a esta novela. Finalmente, Franzen no derrotó a este señor bloguero. A mí tampoco, pero quizá porque ya estaba avisado por él.

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4 pensamientos en “Papá Noel es en realidad Jonathan Franzen

  1. Después de leer Las Correcciones me negué a leer nada anterior a ella (de Franzen, claro). Luego cambié de opinión pero así de entrada me gustó tanto que casi mato al escritor para que no lo jodiese con alguna mierda. ¿Sabe usted lo que es leer LC y tener que esperar, ¿cuanto, ocho años? a la siguiente? ¿No? Pues ahora se va a enterar. Verá cómo jode.

  2. Hace poco, Franzen publicó Libertad, así que, si quiero, puedo tener una nueva dosis. No voy a tener que joderme, jejeje. ¿Ha leído usted esta última novela? Su recomendación sería de gran ayuda, como siempre.

  3. Ahora que leo su reseña, creo recordarla, creo haberla leído antes. Pero, bueno, mi memoria es un instrumento extraño.
    Supongo que cualquier día de estos me haré con la novela y la dejaré por ahí, medio olvidada, para cuando la nostalgia de Franzen me asalte. A mí me es imposible eso de leerme de seguido varias obras de un mismo autor. Prefiero el método cuentagotas, prefiero distribuirlos, para que no se agoten pronto. El único problema de mi método es que, como no sé cuándo me voy a morir, no tengo claro cuánto he de dilatar la lectura de las novelas de un mismo autor. De todos modos, eso se corrige con la idea de que uno se va a morir pronto, jeje. Así no me demoro demasiado en volver a los autores que verdaderamente me gustan.

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