Maurice Blanchot en 3D

Thomas el Oscuro, de Maurice Blanchot

Cuando conocí a mi amadísima Elisa Calatrava, ella mostraba un hambre voraz de literatura, como los animales desesperados por su propia supervivencia. Leíamos, cada uno en su casa, y luego quedábamos para tomar algo. En esa época aparecieron muchas personas en mi vida, todas ellas conformando una constelación alrededor de mi amadísima Elisa Calatrava. Entre ellos, apareció a quien hoy llamaremos J., trajo consigo un grupo de excéntricos afrancesados que lo adornaban y ratificaban la leyenda que había llegado a mis oídos antes que él. Una noche, cuando mi amadísima Elisa Calatrava era todavía una mujer subjuntiva, salí con ella, con J. y con un ruso afrancesado al que llamaremos K. a un garito a tomar unas copas. Así de obvia es mi vida: pasamos la noche hablando de literatura, ya que éramos cuatro lectores, de los cuales tres éramos varones, de los cuáles dos ostentaban la novedad del recién llegado, de los cuales uno tenía una leyenda que mantener. Comenzó el juego de poner nuestros huevos sobre la mesa para comparar quién tenía el escroto más rebosante de literatura. El ruso K. decía ser un hombre de la Edad Media y J. poseía una prosodia perfecta cuando pronunciaba la palabra Baudelaire. Yo miraba a mi hoy amadísima Elisa Calatrava y me veía incapaz de mostrarle mis testículos literarios sin sentirme un enfermo exhibicionista; así que me mordí la lengua cuando, después de oír en repetidas ocasiones la palabra Baudelaire con una dicción exquisita, se dijeron cosas como (cito de memoria, después de tantos años): “Nadie recordará a Thomas Bernhard dentro de cien años” o “¿Maurice Blanchot, ese periodista?”. En ese momento no me bajé los pantalones y marqué el territorio con mi orina por simple y puro pudor, y por una prudencia que hoy todavía me agradezco a mí mismo. Hoy, del ruso no sé nada; J. es un amigo al que le tengo mucho cariño por más cosas que por lo bien que sabe decir Baudelaire; Elisa Calatrava es mi amadísima Elisa Calatrava; y yo, gracias a este blog, he podido expresar en varias ocasiones mi inmensa admiración por Thomas Bernhard sin tener que aguantar comentarios de esa sagacidad premonitoria, y ahora toca, por fin, hablar un poco de Maurice Blanchot.

Llevaba años postergando la vuelta a Blanchot, después de haber leído varias de sus obras, entremezcladas todas en mi cabeza como una misma telaraña, y ahora ha llegado a mis manos Thomas el Oscuro. Podríamos usar el siguiente esquema: La obra comienza cuando Thomas se introduce en el agua. Se cuenta lo que allí ocurre y las consecuencias que de eso se derivan en el exterior. No sabemos nada de Thomas antes de su inmersión, de su bautismo. Y a mí se me ocurren dos formas de decir lo mismo sobre esta novela:

La forma redux (y mi versión favorita) es que a Thomas se le taponaron los oídos al meterse en el agua, y se nos cuenta durante cien páginas la experiencia metafísica que supone la alteración de uno de los sentidos.

La forma extended tiene que ver con el cine 3D. Maurice Blanchot utiliza la novela de Thomas el Oscuro para hablarnos de su noción de sujeto; del mismo modo que ya ha desarrollado este tema en su obra ensayística ahora pretende ilustrar estas ideas mediante unas formas más seductoras, las de la narrativa. Cuando digo seducción me estoy refiriendo a la capacidad que tiene la narrativa para embaucarnos, haciendo que las ideas sorteen, en ocasiones, el filtro de nuestro análisis crítico y calen en nosotros hasta tomar asiento en nuestra percepción del mundo. La idea de sujeto de Blanchot entra mejor en nuestra cabeza cuando se nos es narrada que cuando se nos es explicada.

Thomas el Oscuro –su protagonista– sufre, por algún inexplicable resorte que se activa cuando este se sumerge en el agua, una dislocación de aquello que podríamos llamar, vagamente, yo. Su subjetividad pierde la fijación dentro de su persona y queda, dentro de una suerte de holgura sensitiva, como una pieza móvil y desacomodada. La percepción de su subjetividad respecto de la sensación de ser un individuo se desajustan en Thomas el Oscuro, dejan de ser dos planos solapados, y esto produce una continua búsqueda de una posición en donde la perspectiva del mundo vuelva a ser tolerable. Esta búsqueda del yo, de su nueva y dislocada posición, sigue, hasta donde he sido capaz de contar, tres patrones: los órganos sensitivos, la relación con los demás seres humanos (particularmente, la relación amorosa) y el lenguaje (la relación con el texto escrito). Ya que he perdido la referencia de mi subjetividad, dónde está lo otro para poder localizarme a mí mismo. Estas palabras no se dicen, pero las imagino en boca de Thomas. De estos tres patrones, el lenguaje es, sin duda, el que más acerca a Thomas a la fijación del yo, porque las palabras tienen la facultad de ocupar su propio lugar, las palabras pueden representarlo.

Esta búsqueda incómoda e intuitiva se parece vulgarmente a mi experiencia con el cine 3D. Las películas en 3D funcionan armónicamente cuando las mediatizamos a través de un aparato, de unas gafas que colocamos frente a nuestros ojos y que nos sirven, de algún modo, para anclar nuestra subjetividad frente a las imágenes que se mueven más allá de la pantalla. Pero lo verdaderamente apasionante y terrorífico ocurre cuando nos quitamos las gafas, en un gesto de valentía, a mitad de la película. El mundo de las imágenes armónicas se desmonta y nuestros sentidos, por sí solos, son incapaces de volver a unir el puzle. Cuanto más nos esforzamos en mirar hacia la pantalla, hacia esas luces desarticuladas, más nos cuesta mantener nuestra posición en la sala de cine. Si aguantáramos sin gafas durante toda la película, surcaríamos la historia que se nos ofrece como muertos vivientes, en un mundo donde nuestros sentidos nos distancian del otro e incluso de nosotros mismos, como si habitáramos el más acá y el más allá a un mismo tiempo, percibiendo un lugar en el que ya no estamos, de un modo parecido a como se movía Thomas el Oscuro.

Con suerte, consigo que mi amigo J. lea esta reseña y se sienta persuadido de leer a Blanchot. La verdad es que Maurice Blanchot también suena muy bien, también es francés. A lo mejor se lo oigo pronunciar con la misma habilidad con la que decía Baudelaire hace años.

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2 pensamientos en “Maurice Blanchot en 3D

  1. Uno se debería poner colorado de las cosas que con tanta liviandad dice en una charla sobre literatura. Generalmente, nos arrepentiríamos de cualquier sentencia a lo profesor ciruela.

    Noto que usted bebe (alcohol, obviamente) más de lo que lee.

    Ah, si a este post le hubieses puesto “Elisa Calatrava y mis testículos literarios”……en fin, marketing.

  2. No sé cómo lo estoy consiguiendo, pero parece ser que me estoy granjeando fama de bebedor en un ámbito que se supone referido a los libros. En fin, le he preguntado a mi amadísima Elisa Calatrava si “bebo más que leo” y ha enarcado las cejas. No sé si eso será buena o mala señal.

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