¿Dónde estaba Millares Sall cuando yo era un ferviente lector de poesía?

Cuadernos 2000-2009, de José María Millares Sall

Estos días estoy enseñando sintaxis a mis alumnos de bachillerato. Quizá lo más difícil de este asunto sea hacerles ver para qué les servirá la sintaxis en la vida. La idea que pretendo trasmitirles es básicamente la siguiente: si pensamos mediante el lenguaje y este se articula a través de una sintaxis, el estudio de la sintaxis equivaldrá, de algún modo, al estudio de cómo funciona nuestro pensamiento, por lo tanto, esto nos ayudará a pensar mejor. Supongo que a este silogismo se le podrán reprochar muchas cosas, pero, a mi modo de ver, es cierto. Durante estas últimas clases, hemos visto cómo un enunciado se comprende mejor (semánticamente) si atendemos a cómo está construido, a cómo funcionan sus partes. Esta relación con el significado de lo que decimos es lo único que ha convencido, someramente, a mis alumnos de la importancia de la sintaxis. Algo es algo. Al menos, se trata de un progreso.

Pero si nos centramos en la poesía -sobre todo, en las tendencias poéticas que a mí me hacen tilín- todo esto se pone mucho más interesante.

A principio de curso salí con mis compañeros a cenar. Luego, fuimos a tomarnos unos gin tonics. Allí, una compañera me preguntó, traído a colación por algo que no recuerdo, que cuál era mi palabra favorita. Para evitar responder a esa pregunta, le expliqué que a mí me interesa mucho más lo que ocurre entre dos palabras, especialmente cuando se trata de dos palabras que se juntan por primera vez. Cómo entre palabras que no cumplen la norma lingüística al colocarse una al lado de la otra, primero encontramos la agramaticalidad, pero después empieza a ocurrir algo, un esqueje de significación, un sentido poético abordando nuevas combinaciones como si se tratase de una metástasis.

Por eso, las funciones sintácticas de una lengua sirven para que podamos decir lo que su norma lingüística nos permite decir. En cambio, la poesía pervierte la sintaxis, a favor de otra sintaxis más laxa, para decir otras cosas que todavía no han sido dichas.

Esa es la poesía que a mí me hace tilín, y Cuadernos, de José María Millares Sall es un ejemplo paradigmático. ¿Dónde estaba este señor cuando yo era un ferviente lector de poesía? Supongo que él estaba ahí y yo no supe toparme con él en esa época.

Millares Sall construye sus poemas difuminando las fronteras de sus enunciados. Pasa de los encabalgamientos a algo mucho más hardcore, el verso o el enunciado ya no tienen fronteras formales, sino que el lector ha de preguntarse dónde está en cada momento, en qué enunciado o en qué verso, lo que influye directamente en aquello que ha sido leído en ese instante. Es como si uno no pudiera saber en qué territorio está y, por tanto, no pudiera sentirse identificado con un lugar. La poesía de Millares Sall, en el plano sintáctico, es un paraíso apátrida, un juego en donde uno observa las palabras, una a una, y mira las palabras que hay alrededor, entonces, uno tiene que decidir a qué sintagma se refiere cada sintagma, uno tiene que ordenar segmentos, categorizar segmentos, y encontrar un valor en ellos; por eso ya no hay significados oracionales posibles, tan solo sentido poético del conjunto, por eso el discurso de Millares Sall no es un dictado, sino una propuesta.

Le tengo que agradecer a mi amigo Agustín que me haya descubierto a semejante pájaro. ¿Dónde estaba Millares Sall hace diez años? No lo sé. ¿Dónde estaba Agustín hace diez años? Supongo que en Perú. Espero que tarde en volverse para seguir compartiendo con él otros pájaros de esta calaña.

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5 pensamientos en “¿Dónde estaba Millares Sall cuando yo era un ferviente lector de poesía?

  1. No lo sé, pero estoy seguro de que podríamos encontrarla en alguno de los textos de su blog. Por eso le pido que no descuide la buena costumbre de sus reseñas, ¡me dejaría usted sin palabras favoritas!

  2. Disculpa el atrevimiento para proponer en tu blog dos palabras que me encantan. La primera es “baciyelmo”, un ejemplo de como aplicar el “yo gano, tu ganas”. El otro es un verbo que prefiero conjugar en pasado: yo procrastinaba.
    Salud y fortuna.

  3. Si lo ofendo, lo siento, pero lo que más me llama la atención cuando escribe son las situaciones “me tomé u gin tonic con unos compañeros” o “me preguntó por mi palabra favorita”. Como cuando habla de, para mí, la inexistente pareja suya. Inexistente en el buen sentido, eh.

    mi palabra favorita: churrasco

  4. Querido Arsenio,

    ¡no sabes cuánto estoy aprendiendo contigo este año! La palabra “procrastinar” ya te conté cómo llegó a mi vida, jeje.

    Al señor Marc,

    no me ofende usted; en todo caso, todo lo contrario. Tengo la suerte de que haya algo en mi escritura que le llame la atención. ¡Menos mal que no prentendo ser un crítico literario, porque entonces no sabría qué decir! Jejejeje.

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